Opinión

El asesinato de Jamal Khashoggi y los juegos de tronos en Arabia Saudita

Desde sus orígenes como reino unificado, Arabia Saudita selló una alianza con Estados Unidos que sobrevivió a todo, incluyendo los atentados del 11 de septiembre de 2001, en el que los perpetradores eran en su mayoría sauditas. El asesinato del periodista Jamal Khashoggi en el consulado saudita en Estambul pone en cuestión las intenciones modernizadoras y reformistas del joven príncipe heredero Mohamed bin Salman y alienta un juego geopolítico en Oriente Medio, mientras crecen los cuestionamientos en Occidente al permanente encubrimiento del régimen saudita a cambio de negocios millonarios.

El asesinato de Jamal Khashoggi y los juegos de tronos en Arabia Saudita

Hay que remontarse al caso del diplomático estadounidense Alfred Erdos, quien mató a su colega Donald J. Leahy dentro de la embajada estadounidense de Guinea Ecuatorial en 1979, o al disparo que salió de la representación libia en Londres y terminó con la vida de la oficial de policía Yvonne Fletcher en 1984, mientras controlaba una manifestación opositora a Muamar Gadafi, para rastrear un caso tan bizarro de asesinato dentro de los límites de las misiones extranjeras alrededor del mundo como el del periodista Jamal Khashoggi en el consulado saudita en Estambul.

En el mediodía de 2 de octubre, el periodista saudita residente en Estados Unidos ingresó en el consulado de su país de esa ciudad turca con el fin de conseguir un qayd fardi, un papel que cualquier musulmán con intenciones de casarse conoce y donde se testimonia que es soltero. Su prometida, que lo acompañó hasta la puerta, lo esperó varias horas, pero Khashoggi nunca volvió a salir de allí (y si salió, según las numerosas filtraciones de los proestatales medios turcos, lo hizo cortado en pedazos en una o varias valijas diplomáticas).

Asustada de que su futuro esposo hubiera sido arrestado, llamó presurosamente a Yasin Aktay, asesor cercano del mandamás turco Recep Tayyip Erdoğan, quien empezó a montar una campaña de presión mediática que consistió en ir revelando día a día truculentos detalles y sospechosos movimientos de oficiales sauditas en la misma jornada de la desaparición del periodista. El joven príncipe heredero Mohamed bin Salman, quien está cargo de casi todo lo que sucede fronteras afuera del reino, negó toda responsabilidad de su país en el hecho, aunque en una entrevista días después anunció veladamente el triste final del periodista cuando afirmó que «Khashoggi no está dentro del consulado» y que «Arabia debe saber dónde está antes de poder decidir si enfrentará cargos en nuestro Estado".

A partir de ese momento, comenzó una espeluznante saga: espías sauditas camuflados como unos particulares turistas que solo permanecen una decena de horas en Estambul; forenses especializados en desmembramientos de cuerpos que casualmente ingresaron en el consulado horas antes que el periodista; un viaje relámpago del secretario de Estado Mike Pompeo a Riad, donde sugirió implícitamente que el rey saudita estaba jugando al «policía bueno»; decenas de versiones periodísticas motorizadas con cuentagotas por un Estado con una prensa purgada y dependiente; la ominosa oportunidad turca de liberar a un pastor estadounidense como signo de «buena voluntad» hacia Estados Unidos para tratar de formar un polo de presión conjunto (y dar marcha atrás en las camufladas sanciones comerciales a Turquía); un cónsul que días después de la desaparición de Khashoggi recibe a la prensa en la misma habitación donde se cree que fue asesinado el periodista y que luego regresa presurosamente a Riad para evitar que Turquía lo declare persona non grata y que lo expulse; un presidente estadounidense que sugiere que es más provechoso un lucrativo paquete de venta de armas para la economía de su país que la libertad de prensa de un residente extranjero; y muchas otras situaciones que podrían despertar la sana envidia intelectual de la plataforma de películas y series Netflix en una posible búsqueda de nuevas ideas para una producción de espías.

Cuando ya estaba claro que Arabia Saudita había asesinado o al menos secuestrado al periodista –¿cómo se explica que no publicaran un video de Khashoggi saliendo del consulado para terminar con las especulaciones?–, el reino empezó a encomendar a sus leales y rentados «muyahidines» de Twitter que convirtiesen cualquier acusación contra la monarquía en una desgarrada batalla de relatos. Así, el jefe de la policía de Dubái terminó compartiendo una imagen falsa de Khashoggi saliendo de la misión diplomática (pero con el olvido amateur de modificar el reloj del video que seguía marcando el mismo momento en el cual el periodista había ingresado).

Entretanto, las autoridades religiosas sauditas se pronunciaran a favor de la elástica teoría de que todo era una conspiración religioso-política entre judíos, cataríes y safávidas (iraníes) y salió de los medios de prensa de Riad la amenaza velada contra Estados Unidos de aumentar el precio del petróleo, acercarse a Irán y Rusia y cambiar su moneda de transacción petrolera al yuan chino. Todas alocadas aritméticas que solo un desprevenido observador de la región podría aceptar como verosímiles.

Sauditas y estadounidenses: una alianza a prueba de todo

Para analizar por qué es imposible siquiera considerar las imaginativas amenazas de los Saúd –familia real que remonta su origen a una alianza religioso-militar entre el fundador del clan Muhamad bin Saud y el predicador Muhamad ibn 'Abd al- Wahhab, que combinó las habilidades militares de la familia Saúd con el impulso ideológico de una de las interpretaciones mas conservadoras del islam sunita, el wahabismo–, cabe remontarse a los primeros años de la fundación del reino (década de 1920). En esos años, los habitantes locales vivían casi únicamente de los impuestos religiosos que recolectaban de los peregrinos que visitaban las ciudades santas de La Meca y Medina.

Con la llegada de la Gran Depresión de los años 30, que trajo aparejada una drástica disminución del tránsito humano a las ciudades santas musulmanas, la Corona se encontraba profundamente endeudada y en dificultades para mantener el apoyo de las diferentes tribus del reino que constituían la base estructural de su poder. Por lo tanto, el primer rey saudita, Ibn Saúd, abrió las fronteras del reino –lo que propició una amplia oposición del clero, que siempre se negó a la presencia de infieles en territorio sacro– a los geólogos estadounidenses en busca de petróleo.

La novedosa selección de los estadounidenses –en detrimento de los ingleses, que ya habían descubierto antes petróleo en Irán e Irak– se debió a que, según las palabras del por entonces ministro de Economía saudita Mohamed al-Manasi, «Si los ingleses venían por nuestro petróleo, nunca estaríamos seguros de hasta qué punto llegarían a influir en nuestro gobierno. Los estadounidenses, por el contrario, estaban simplemente interesados en el dinero, un motivo que los árabes, como históricos comerciantes, podíamos fácilmente apreciar y aprobar». Fue así como en 1933 la Standard Oil de California consiguió un contrato de exploración por 60 años a cambio de 170.000 dólares (cuenta la leyenda que como los beduinos desconfiaban del valor del papel, exigieron oro como contrapartida, que el rey presuroso puso a resguardo en la casa, abajo de la cama, del ministro de Economía).

Desde 1938, cuando encontraron crudo en Dhahran, Arabia Saudita se convirtió en el mayor exportador de petróleo del mundo y Estados Unidos hizo su entrada triunfal en una región dominada por los intereses coloniales de Gran Bretaña y Francia. Sin embargo, el matrimonio entre la monarquía saudita y el gigante norteamericano (ideado por los demócratas estadounidenses y no, como se cree, por los republicanos) no estuvo sellado hasta 1945. En ese año, Franklin D. Roosevelt viajó desde la Conferencia de Yalta para encontrarse en el Canal de Suez con el deteriorado y enfermo rey Ibn Saúd. Los motivos eran diversos, pero el más importante arreglo acordado en la cubierta del USS Quincy fue el compromiso del monarca de suministrar petróleo a Estados Unidos según sus necesidades y de reinvertir los ingresos resultantes en armas y activos estadounidenses; a cambio, recibirían protección tanto la familia real como Arabia Saudita.

Desde entonces, esta alianza sobrevivió a todo: desde el embargo petrolero en 1973 hasta los ataques del 11 de septiembre de 2001 (pese a que 15 de los 19 secuestradores eran sauditas). Y quedó refrendada cuando, en 1991, Estados Unidos atacó a Saddam Hussein para proteger al reino de los tanques iraquíes que se apostaron en sus fronteras luego de invadir Kuwait.

Matar en un consulado

El ejemplo más claro de que la operación dentro del consulado en Turquía representa un cambio radical en el comportamiento del régimen saudita es el hecho de que el propio Khashoggi eligió ingresar en el edificio. El disidente conocía muy bien la política saudita, tenía llegada a altos estratos del reino (se desempeñó en el pasado como asesor de medios del príncipe Turki al-Faisal, el ex-embajador saudita en Gran Bretaña y Estados Unidos), pero pese a ello no logró prever su suerte.

Está claro que una operación que involucre tanta complejidad no podría haberse llevado a cabo sin la aprobación del rey o el príncipe heredero (The New York Times ha confirmado –utilizando software de reconocimiento facial, registros públicos, redes sociales, informes de noticias y documentos oficiales– que al menos 9 de los 15 sauditas que ingresaron en el consulado junto a Khashoggi y se retiraron de Turquía ese mismo día trabajaron para los servicios de seguridad, el gobierno o el ejército real). Khashoggi abandonó Arabia Saudita en 2017 luego de criticar a Donald Trump y ponderar a los Hermanos Musulmanes, justo después de que el presidente estadounidense eligiese Riad como destino de su primera visita oficial. Y es más que probable que no haya desaparecido por sus críticas al régimen saudita, sino por su intención manifiesta de crear un grupo online para denuncias sobre la corrupción en las altas esferas del reino, junto con sus denuncias veladas contra los negocios familiares de los príncipes, en especial los del príncipe heredero Mohamed bin Salman (MBS), quien se muestra como un reformador/modernizador del oscurantista sistema saudita y era un niño mimado en Occidente (en Arabia Saudita es tabú la discusión pública tanto de las intrigas palaciegas como del uso discrecional que hace cada príncipe del dinero del reino).

Los sauditas han rociado su dinero de manera muy efectiva en Estados Unidos (destinaron 27 millones de dólares a su lobby en Washington el año pasado), lo que ha llevado a algunos observadores de Oriente Medio y diplomáticos a morderse la lengua antes de hablar mal del reino y ponderar las reformas sociales instaladas por el príncipe heredero (Tom Friedman, Dennis Roos, entre ellos). MBS, como se conoce al príncipe que ya se prueba la corona de rey, sedujo a Occidente con promesas implícitas de grandes proyectos y lucrativos contratos, muy pocos de los cuales se han materializado al día de hoy (incluso el influyente líder evangélico Pat Robertson dijo que «la desaparición de un periodista no vale 100.000 millones de dólares» en ventas de armas acordadas por Trump). Sin embargo, un órgano cercano al presidente como lo es Fox News no ha caído en el convite y vienen denunciado la relación comercial desde hace años entre la familia Trump y la familia Saúd. Lo que los separa no es el odio o el espanto; acertadamente, ese medio ubicado en la derecha conservadora viene alertando desde hace años que las acciones sauditas siempre van a contramano de los intereses o planes estadounidenses para la región, tal como lo consideró Barack Obama al acercarse a Irán.

El asesinato de Khashoggi es la primera crisis de política exterior en tiempo real del gobierno de Trump que involucra al Congreso, a los medios de comunicación y al sector privado de manera significativa. El hecho de que el príncipe heredero haya pensado que podía asesinar a Khashoggi con total impunidad en el propio consulado nos dice tanto sobre su comprensión de la banalidad de Washington como su nulo entendimiento de la prensa estadounidense, que está más que dispuesta a seguir la pulseada hasta las últimas consecuencias.

Al parecer los sauditas esperaban lograr un arreglo con Erdoğan, quien juega a la geopolítica con la difusión táctica de los contenidos de supuestos audios del asesinato con un fin todavía no dilucidado. No obstante, Trump saboteó inadvertidamente el plan el lunes 15 cuando habló de «asesinos rebeldes» para tratar de exculpar al liderazgo saudita. Paradójicamente, se trataría de una particular clase de «asesinos rebeldes»: del tipo que desmembran el cuerpo de un periodista en la oficina del cónsul general, acompañan al príncipe heredero en numerosos viajes al extranjero y entran (y se van del país) en aviones del reino.

No es muy complicado dilucidar hacía dónde va la «teoría» de Trump –replicada por más de un medio oficialista saudita–: Arabia Saudita dirá que fue un error, responsabilizará a uno o dos oficiales, el presidente estadounidense prometerá un «castigo ejemplar» y las relaciones estadounidenses-sauditas, tarde o temprano, volverán a sus carriles normales. Antes de que Khashoggi desapareciera, la Casa Blanca y los sauditas tenían un plan: cortar las exportaciones de petróleo de Irán, mientras que el reino extraería más crudo para compensar la diferencia, y como contrapartida seguiría teniendo las manos libres para continuar con su guerra fratricida en Yemen.

A simple vista, los planes del rey Salman para una sucesión tranquila y ordenada parecen hoy sufrir algunas turbulencias. El embajador saudita en Washington, el príncipe Khalid bin Salman (hermano de MBS) fue convocado a Riad la semana pasada luego de que su embajada lanzara un «tuit clarificador» que intentó bajarles el tono a las amenazas mediáticas del reino contra su aliado estadounidense. Puede ser que haya sido llamado para recibir una reprimenda, aunque también es posible que no esté todo bien con MBS en casa. Y a pesar de que la supervivencia de la monarquía saudita está estrechamente relacionada con su imprevisibilidad, el príncipe heredero no ha hecho nada diferente a sus antecesores en el poder: encarcelar disidentes y activistas por los derechos de las mujeres, iniciar boicots sin rumbo contra los vecinos, participar en guerras sectarias, cohesionar su liderazgo amenazando a otros miembros de la familia real e incluso encarcelando príncipes.

El periodista Khashoggi, junto con sus ideas y opiniones (algunas de ellas más que controvertidas), es la más reciente víctima de los represivos regímenes árabes, el último sacrificado en una larga lista de activistas, periodistas, académicos, novelistas, artistas y políticos asesinados por monarquías y repúblicas por igual. Algunos asesinados en sus países de origen, otros en el extranjero. La represión estatal es larga y hay una línea directa entre Abdel Hamid Sarraj, el carnicero sirio de Gamal Abdel Nasser durante la República Árabe Unida, que quemó el cuerpo del comunista libanés Farajallah al-Helou en un charco de ácido en Damasco en 1959, y los secuaces de MBS que cortaron en pedazos a Khashoggi en Estambul hace un par de semanas. Mientras tanto, los comentaristas y los aparatos políticos occidentales siguen poniendo sus veladas esperanzas de cambio en supuestos reformistas jóvenes como Mohammed bin Salman, Gamal Mubarak, Seif al-Islam o incluso Bashar al-Assad (quien ha hecho desaparecer el doble o triple de personas en un par de años que su padre en tres décadas). Ergo, a veces cuanto más cambian las cosas en Oriente Medio, más permanecen igual.

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