Opinión

El nuevo hombre en La Habana

Por primera vez, el máximo cargo político e institucional de la Cuba no lleva el apellido Castro. Miguel Mario Díaz-Canel, nuevo presidente de la isla, es percibido con incertidumbre. Unos lo ven como un hombre para el cambio. Otros, sin embargo, lo perciben como un tecnócrata tradicional que le debe todo a Raúl Castro, su mentor y maestro.

El nuevo hombre en La Habana

Miguel Mario Díaz-Canel Bermúdez celebró su cumpleaños número 58 un día después de convertirse en presidente de Cuba. Nacido en Placetas, Villa Clara, Díaz-Canel es el primer presidente nacido luego del triunfo del Ejército Rebelde de Fidel Castro en 1959.

No obstante, su llegada al poder no supone el fin de la era Castro, sino un deje de funciones burocráticas para el sucedido Raúl. El artículo 5 de la Constitución de la República de Cuba define al Partido Comunista de Cuba (PCC) como «vanguardia organizada de la nación cubana, fuerza dirigente superior de la sociedad y del Estado, que organiza y orienta los esfuerzos comunes hacia los altos fines de la construcción del socialismo y el avance hacia la sociedad comunista».

Raúl Castro será el primer secretario del PCC hasta 2021. De algún modo, lo que sucederá en Cuba a partir de ahora es lo que ya venía ocurriendo en los últimos meses: Díaz-Canel recibirá a los presidentes y delegaciones de alto rango que visiten La Habana -como acaba de hacer con su homólogo venezolano Nicolás Maduro-, se reunirá con ellos, acudirá a cumbres intergubernamentales, recorrerá el país de punta a cabo para echarle un ojo y determinar cómo pueden empezar a mejorar las inquietudes sociales, pero luego tendrá que llegar a casa y telefonear a la secretaria de Raúl para que le abra un hueco y le pacte una cita en su agenda para rendir las cuentas pendientes.

Algo de ese acatamiento nos dejaron ver ambos políticos cuando corrían tan solo los primeros minutos de presidencia de Díaz-Canel. Esteban Lazo, presidente de la Asamblea Nacional del Poder Popular, se pegó al micrófono y anunció que Cuba tenía un nuevo mandatario. Entonces, un Díaz-Canel sonrojado y alegre subió al estrado y, mientras pasaba por delante del resto del Consejo de Estado, chocó su palma de la mano derecha con cada uno de ellos.

Se trataba de una imagen desenfadada, bien diferente a la que Cuba había estado acostumbrada a presenciar en este tipo de escenarios. Un hombre que se emocionó por su investidura como presidente, un hombre que trasmitió nervios con sus gestos. Después de casi medio siglo, las elecciones en la isla siguen siendo una performance. Pero por esta vez y durante unos instantes, la impostura desapareció y los cubanos asistieron a un escenario insospechado.

Pero ya en el estrado, todo volvió a su sitio. Raúl Castro le tomó el brazo izquierdo a Díaz-Canel y se lo elevó al aire evocando la sucesión. Luego se abrazaron un par de veces y el nuevo presidente se dirigió a leer su primer discurso, que se resume en una frase: «Raúl Castro seguirá siendo el guía y decisor de la revolución cubana».

El discurso fue un retrato fiel a su propia figura: parco, leído, sin intervenciones ni improvisaciones. Con una jerga dogmática, digno de lo que es Díaz-Canel: un tecnócrata. Un hombre que ha llegado a ser presidente de Cuba porque su principal virtud es acatar las órdenes de sus superiores y nunca disentir.

Díaz-Canel dedicó gran parte de sus primeras palabras a Raúl Castro, el alumno que le agradece al maestro, el hijo que retribuye al padre. Luego dejó claro que no habrá cambios sustanciales en el gobierno de Cuba. Que vaya con una tablet debajo del brazo y sea el único entre los 605 diputados parlamentarios que, en lugar de escribir en agendas de hojas rayadas, posa sus dedos sobre una pantalla táctil, no significa que su mirada vaya a recolocar los enfoques que han prevalecido en Cuba durante tantos años.

«Asumo la responsabilidad de ser presidente de Cuba con la convicción de que todos los revolucionarios seremos fieles al ejemplar legado de Fidel y Raúl», dijo también Díaz-Canel para no dar margen a las dudas, para aclararle a los que lo ven como el agente del cambio que se equivocan.

Lo expresado por el nuevo presidente no salió del marco esperado y siguió con el triste método de los políticos cubanos que se entretienen en empeñarse a resolver los problemas de corrupción moral de una sociedad alicaída a golpe de consignas y alaridos preestablecidos.

Con Díaz-Canel, por el momento y por lo que se pudo escuchar de sus labios, Cuba seguirá siendo dos países que convergen en uno. La isla que emerge del discurso gubernamental y la isla real. Un desfasaje de tiempo, una hecatombe temporal donde los dirigentes hablan desde una cima a la sombra y el pueblo camina y los mira a la distancia, con desdén, sudando bajo el sol, desde un descampado.

Díaz-Canel no habló de reformas, de mejorar el país, de cómo salir de la estrechez económica y dejar atrás de una vez y por todas las penurias de una vida difícil. Mientras los cubanos piden cambios a gritos, Díaz-Canel se dedicó a enarbolar las banderas del socialismo y evocar a sus gestores en la isla.

La novena legislatura de la Asamblea Nacional del Poder Popular dejó para el cierre un discurso prolongado de Raúl Castro a modo de despedida. En sus palabras, Castro devolvió elogios a su pupilo, a su fiel discípulo. Y en un acto de delación dejó claro que él y su cúpula de poder son quienes deciden y decidirán los nombres que se encargarán del futuro inmediato de la nación. Como en otras ocasiones, criticó la «mentalidad paternalista» y la lentitud de las reformas, por momentos como si fuera un observador. Y dijo que en otras ocasiones se habían equivocado con la elección de jóvenes dirigentes (en una poco velada referencia a los prugados Felipe Pérez-Roque y Carlos Lage) por ir demasiado muy rápido pero que con Díaz-Canel habían ido más despacio.

Luego, sin nada de dramatismo, sentenció: «Terminé». Como quien se saca un peso de encima, como quien se va a ver los toros desde la barrera con las llaves del establo en el bolsillo.

En Cuba comienza una nueva etapa. Quizás, se trate del momento crucial del que se lleva décadas hablando. De algún modo, ya con algunos de los símbolos ideológicos de una generación fuera del tablero de ajedrez político. El instante histórico es un parteaguas en el porvenir de la isla. Algo así como lo describiera en su cuenta de Facebook Luis Silva, el actor humorístico de mayor renombre en el país que encarna el personaje de un anciano que se hace llamar Pánfilo: «Que sea lo que Díaz quiera, perdón, lo que Dios quiera».

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