Coyuntura

​El chavismo sin Chávez La deriva de un populismo sin carisma

Antes de su fallecimiento, en marzo de 2013, Hugo Chávez nombró a Nicolás Maduro como su sucesor y heredero de su legado. De origen popular, este ex-sindicalista y canciller no logró, sin embargo, reproducir el liderazgo carismático del Comandante, y el proceso bolivariano, en el contexto de la caída de los precios del petróleo, se deterioró de manera significativa. El último escalón de ese deterioro se produjo el 6 de diciembre de 2015, cuando el oficialismo fue derrotado ampliamente por la opositora Mesa de Unidad Democrática, que pasó a controlar la Asamblea Nacional.

​El chavismo sin Chávez / La deriva de un populismo sin carisma

No todo liderazgo carismático es necesariamente populista, pero los liderazgos populistas son casi siempre carismáticos. Por su forma de apelar al pueblo, prometiendo la salvación, el populismo requiere de una jefatura extraordinaria capaz de encarnar esa promesa. Aunque la relación entre populismo y carisma no ha sido trabajada suficientemente, por lo general las aproximaciones al populismo incorporan el carisma como característica regular. Esa asociación entre ambos fenómenos se entiende mejor cuando constatamos que, para el populismo, el orden político no es asumido como producto de un vínculo racional-legal, sino como derivado de un «orden revelado», según ha puesto de manifiesto Loris Zanatta, quien ha intentado establecer la conexión entre el populismo y el ethos religioso1. El carisma, esa cualidad extraterrenal que, según Max Weber, permite al líder que lo posea ser percibido como enviado de Dios, viabiliza la ruptura populista. En el caso venezolano, el liderazgo de Hugo Chávez, provisto de un extraordinario carisma, impulsó tal ruptura2. El inicio y el curso de la Revolución Bolivariana son tributarios de ese liderazgo. Una vez desaparecido su portador, el proyecto se ha enfrentado a la necesidad de mantenerse de la mano de un sucesor, designado por el mismo Chávez antes de su fallecimiento. El escogido, Nicolás Maduro, está lejos de portar esa gracia que los prosélitos reconocen y corroboran, lo que otorga legitimidad a la autoridad carismática. Teniendo como respaldo las contribuciones weberianas en la materia, este artículo se propone indagar sobre el tipo de populismo que encarna el presidente venezolano, así como sobre los costos que parecería tener para la Revolución Bolivariana una dirección política con poco ascendiente sobre las masas. El interrogante clave es si un populismo desprovisto de carisma, como el que personifica Maduro, es capaz de mantener en pie el tinglado, material e ideológico, sobre el que descansa el proyecto socialista erigido por Chávez.

Chávez: populismo y carisma

Si algún líder latinoamericano de última generación encajó cómodamente en los moldes de un populismo anclado en el carisma, ese fue Chávez, quien logró revitalizar la práctica política populista a través de un discurso fuertemente emocional.

Siguiendo a Carlos de la Torre, convenimos en que el populismo es «una estrategia para llegar al poder y gobernar basada en un discurso maniqueo que polariza la sociedad en dos campos antagónicos: el pueblo contra la oligarquía»3. Como escribió Ernesto Laclau, para que se produzca una «ruptura populista», es necesario que un conjunto de demandas sociales diferenciadas e insatisfechas alcancen un «momento equivalencial» a partir de un «significante» que logra representar la cadena de demandas como totalidad4. El fenómeno Chávez materializó claramente esta fórmula conceptual. Su nombre condensó un conjunto de aspiraciones presentes en la sociedad venezolana, potenciado por su formidable carisma. Como nos recuerda Weber, la legitimidad de este tipo de autoridad reposa en el reconocimiento y la corroboración de tales cualidades por parte de sus seguidores. De allí que si el portador de la gracia llegare a faltar, su sucesión se convertiría en un problema si este modo de dominación aspirara a institucionalizarse con horizonte de permanencia. El riesgo de que Chávez desapareciera enfrentaba al cuadro gobernante a la necesidad de asegurar la perdurabilidad de la revolución. El problema fue resuelto por el propio presidente. A mediados de 2011, el mandatario comunicó al país su problema de salud; un año y medio más tarde, transmitió su decisión sucesoral. El 8 de diciembre de 2012, en su última aparición pública, un Chávez suplicante diría: «Si algo ocurriera (…) que obligara a convocar (…) de nuevo a elecciones presidenciales, ustedes elijan a Nicolás Maduro como presidente (…) Yo se los pido desde mi corazón».

El anuncio sorprendió a todos. Sin haber adelantado debate alguno en el seno de su partido, el presidente celebraba una transferencia «hierúrgica» de su autoridad al escogido. Según Weber, empero, cuando se trata de una dominación carismática, no puede hablarse de una «libre elección» de quien sucede, sino «de un reconocimiento de que existe el carisma en el pretendiente a la sucesión»5. La selección del sucesor, en este caso, no estuvo mediada por esta exigencia. Maduro carece de esa gracia divina que rubrica a toda personalidad carismática. Su designación pasó por alto tal carencia.

El delfín insospechado

«Cuando Chávez decidió que fuera Maduro, yo lloré muchísimo. Qué prueba tan difícil nos pusiste (…) Si el comandante dice que es él, es él y lo sigo como un soldado»6. Una mezcla de insatisfacción resignada con lealtad incondicional hacia el líder desaparecido se aprecia en este testimonio de una militante del partido oficialista. Es que, antes de su nombramiento, Maduro era, para el común de los ciudadanos, uno más de los hombres de confianza de Chávez. Tenía una desventaja de entrada: no formó parte del núcleo de oficiales que había protagonizado la asonada militar de febrero de 1992. A pesar de este hándicap, el ex-chofer del Metrobús logró escalar importantes posiciones dentro del gobierno. Según Roger Santodomingo, él era una especie de recipiente pasivo del verbo presidencial: «Maduro no hablaba, escuchaba. [Chávez] era su mundo, sin él no había otra Venezuela que recordar ni que imaginar»7. Ser escucha rendido del presidente sería, sin embargo, solo uno de los ingredientes que compactarían, con el tiempo, la predilección del mandatario por su acólito. Maduro contaba también con otras cualidades que inclinaron la balanza a su favor. Así, en funciones de canciller, impulsaría lo que para el líder era uno de sus mayores sueños bolivarianos: la integración de los pueblos latinoamericanos. Este factor se sumaba al más importante acaso: Maduro era un socialista de los «duros». Fue militante de un pequeño partido radical, la Liga Socialista; había recibido entrenamiento del Partido Comunista cubano y, sobre todo, gozaba de la confianza y el aprecio de los hermanos Castro, particularmente de Fidel, una verdadera deidad para Chávez8.

Hacia la Presidencia, «desde mi corazón»

«Yo no soy Chávez, hablando estrictamente de la inteligencia, del carisma, de la fortaleza histórica. Una cosa es que soy chavista y vivo y muero por él (…), y otra cosa es que alguien pueda aspirar a que Nicolás Maduro sea Chávez, no (…)»9. El reconocimiento de esta realidad obligaba al gobierno a adelantar la promoción de su figura desde un plano secundario. Aunque muerto, Chávez seguía muy presente aún. La campaña entonces se enfocó en el fenecido líder, en una suerte de explotación política post mortem del carisma. Se intentó así dotar de legitimidad a un líder que carecía de ella. No era la primera vez, sin embargo, que en el mundo ocurría algo semejante. La experiencia analizada por Carol Strong y Matt Killingsworth10 sobre el intento de legitimar la Revolución Rusa a partir de Josef Stalin, reciclando la figura gloriosa de Lenin, provee un interesante ejemplo en este sentido. Señalan los autores que el culto a la personalidad de Stalin tuvo como propósito legitimar al Estado soviético bajo su figura. Teniendo en cuenta el principio weberiano según el cual la dominación puramente carismática resulta «volátil» e «inestable», ya que depende de la interacción del jefe con sus seguidores, resulta imperativo alcanzar formas más estabilizadas de autoridad, a fin de perpetuar el estado de cosas nacido a la luz del carisma «genuino». Esto explicó la necesidad de manufacturar el carisma de Stalin, a fin de sostener el legado bolchevique. De allí que su estrategia de poder se ligara a la cooptación que él mismo hiciera del culto a Lenin. Con ello, logró autotransformarse exitosamente de opaco burócrata en dinámico líder, auxiliado por el Partido Comunista, y captó la devoción del pueblo soviético.

Algo similar se ha intentado con Maduro. A pesar de la distancia temporal y las condiciones históricas diversas, puede trazarse un paralelismo entre ambos procesos, radicado en la urgencia de legitimar a un personaje carente de «gracia», forzados por la exigencia de estabilidad y continuidad en el tiempo.

De esta manera, la promoción del candidato Maduro se diseñó como si el mismo Chávez participara en otra más de las jornadas comiciales11, de cuerpo ausente esta vez. Con ello se proyectó prolongar la campaña desplegada por el finado líder, intentando «amarrar el sentimiento de pérdida y hacerlo perpetuo, obteniendo ventajas y ganancias electorales»12. Así, la decisión de sufragar se convirtió finalmente en una promesa de fidelidad al difunto a través del eslogan: «Chávez, te lo juro, mi voto es pa’ Maduro». Un corazón fue el icono propagandístico. Desde este fluía la frase: «Maduro desde mi corazón. Chávez para siempre».

El legado populista

Según Weber, el carisma rutinizado deja de actuar revolucionariamente como al momento de su nacimiento y se convierte en el fundamento de derechos adquiridos. Al acceder Chávez al poder, la Revolución Bolivariana inició «el camino del estatuto», instalando un estado de cosas en el tiempo a partir de «una posesión permanente de lo habitual y cotidiano». Los signos de ese esfuerzo fueron, entre otros, el diseño de una Constitución bolivariana, que dio fundamento y legitimidad al cuerpo de aspiraciones sociopolíticas del proyecto chavista, y la cooptación de los poderes públicos, que se concentraron en el presidente. Esto último hizo de Chávez una suerte de «señor patrimonial», cuyos «prosélitos» se han comportado como «comensales», «distinguidos con derechos especiales», «funcionarios del Estado y el partido» que «quieren vivir del movimiento carismático»13. Efectivamente, la concentración de poder en Chávez, así como la institucionalización de distintas instancias públicas bajo la lógica revolucionaria, fue legitimada por sus fieles, estimulados por la fascinación que aquel ejercía.

Cuando Maduro alcanza la primera magistratura, ya se ha producido entonces la rutinización del proceso bolivariano, el cual se ve enfrentado a la necesidad de permanecer en ausencia de su auténtica autoridad carismática. A conciencia de su déficit de gracia, Maduro procura compensar replicando profusamente el discurso populista de su mentor y reproducir así la «frontera política entre el pueblo y su otro»14. Como señala Laclau, «no hay populismo sin una construcción discursiva del enemigo»15. Es lo que el legatario ejercita cada vez que toma el micrófono.

«Hay que luchar contra los pelucones que odian al pueblo» o «esta es tierra sagrada que no puede ser tocada (…) por bota imperialista jamás» son frases que el presidente enfila constantemente contra los enemigos internos y externos. Este manejo maniqueo del campo sociopolítico ha sido reforzado por un culto religioso a Chávez. No existe territorio, urbano o rural, donde la figura o los ojos del desaparecido líder no aparezcan estampados. Con ello se intenta perpetuar su presencia vigilante en cada punto del paisaje nacional. Los complejos habitacionales construidos por el gobierno tienen plasmada, en gran formato, la firma del difunto; también se exhibe su rúbrica en la lencería y las vajillas con que se equipan las viviendas asignadas. Como si de un Cristo vernáculo se tratara, el mandatario presenta la Misión Vivienda como «el milagro de Chávez en la tierra». Y es que para Maduro él es «el líder militar más importante de la patria en los siglos por venir, después de Simón Bolívar»16. Maduro afinca su acción política en el discurso divisor y en su adoración al «padre» muerto; pero también ensaya una cercanía con el pueblo basada en la dádiva maravillosa e inesperada. Tal fue el caso de la señora que recibió una flamante camioneta de manos del presidente, solo porque tuvo la «suerte» de que la caravana presidencial coincidiera con ella en la autopista, justo cuando su viejo auto habría sufrido una avería: «Saca todo de tu carro y te vas en esa camioneta [la presidencial] que yo mañana te entrego una igual»17. O aquella otra que le arrojó un mango y a cambio Maduro la gratificó con una vivienda. Treta publicitaria o no, la estrategia quiere trasmitir que, como Chávez, él también obra milagros. Tales milagros parecieran diluirse, no obstante, en el mar de dificultades en que el país naufraga desde su arribo al poder.

¿Venciendo dificultades?

Justo al año de haber alcanzado la primera magistratura, fue lanzada una campaña promocional de Maduro que intentaba aproximarlo a los sectores populares. Por más que la imagen de Chávez hubiera sido utilizada para socorrerlo en su acción de gobierno, el malestar de la población parecía imparable. En un esfuerzo por presentarlo como un hombre sencillo, cercano, se recurrió a la frase «Maduro es pueblo», y él mismo insistió en mostrarse como un obrero, como el chofer que alguna vez fue.

Pero el balance de los resultados de su gobierno ha sido cada vez más desfavorable en la apreciación de los venezolanos. Según la encuestadora Datanálisis, una de las más reputadas del país, 84% opina que la situación es negativa. Desde que Maduro asumió el poder18, el respaldo al chavismo se ha derrumbado a la mitad. El día que Chávez hizo su última aparición pública, se definía como chavista 44% de la población. En julio de 2015, esa cifra descendía a 22%19.

Esta importante caída en los apoyos al gobierno se conecta con el deterioro en la calidad de vida de los venezolanos expresado en inseguridad, incremento de la pobreza, inflación y escasez de bienes esenciales. Según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal), Venezuela registró un incremento de su índice de pobreza de 25,4% a 32,1% entre 2012 y 201320. Una investigación elaborada por tres de las más importantes universidades del país reveló que, para noviembre de 2015, 76% de los venezolanos estaba en situación de pobreza medida por ingreso21. La inflación acumulada anual con que se cerró 2015 fue calculada por expertos en 236,3%, la más alta del mundo y de la historia del país22. Los problemas de inseguridad constituyen también una causal de agobio para los venezolanos. En efecto, los delitos se han incrementado considerablemente, cobijados en la enorme impunidad reinante, que se ubica en un 90%23.

Una situación como esta tiene su ine-vitable correlato en la protesta social, la cual se ha elevado de manera notoria en los últimos años. Esto ha hecho que el gobierno reaccione intentando nuevamente recolocar la imagen de Maduro, esta vez como un hombre capaz de enfrentar las adversidades. Sin embargo, como indica Anne Willner, «los mass media pueden ser un valioso aporte para promover el llamado carismático; pero (…) no es seguro que puedan crearlo donde es pequeño o no tiene bases para su generación»24. Más allá de la publicidad con que se intenta una y otra vez posicionar al presidente, la puesta en escena día a día lo muestra como un gobernante débil. El ex-capitán y durante estos años presidente de la Asamblea Nacional, Diosdado Cabello, quien sí participó en el levantamiento de 1992, se ha convertido en la figura omnipotente del régimen y ha absorbido fuerza y espacio a la majestad presidencial. Probablemente el lado flaco de Maduro –no provenir de la institución armada– sea cubierto por Cabello en un intento por mantener simbólicamente viva la herencia militar del padre de la Revolución Bolivariana. No parece irrelevante que el número de ministerios controlados por uniformados haya aumentado en el gobierno de Maduro en relación con el de Chávez.

Chavismo no madurista: ¿una nueva identidad política?

Un focus group realizado en una barriada de Caracas, a principios de 2015, recoge los siguientes testimonios:

Tengo una corazonada de que este país va a cambiar pues son tantas cosas que están pasando las personas que ya estamos al borde de la locura; ya no se consiguen los alimentos (…) hay muchas madres que tienen niños pequeños y no consiguen los pañales, la leche. (...) Hay un odio contra este gobierno que hay ahora… Hay mucha gente que está despertando porque Maduro no está haciendo nada bueno. Me arrepiento de haber votado por Maduro25.

De acuerdo con Héctor Briceño, el lapso que transcurre entre la llegada de Maduro a la Presidencia en abril de 2013 y junio de 2015 ha presenciado «la aparición de nuevas identidades políticas que navegan entre los polos que han regido la política entre 1998 y 2013. Una de ellas: los chavistas no maduristas, desprendimiento polar del gran glaciar/archipiélago del chavismo»26. Esta nueva identidad revela que la adhesión a Maduro, solicitada por el desaparecido caudillo, ha venido debilitándose cada vez más, lo cual puede estar indicando, además, que el vínculo emocional de los adeptos al chavismo parecce descomponerse espoleado por el padecimiento nacional. De acuerdo con Weber, el jefe carismático debe «probar su misión divina por el hecho de que a las personas que a él se consagran y en él crecen [sic] les va bien. Cuando no ocurre tal cosa, no es ya manifiestamente el señor que ha sido enviado por los dioses»27 (mi énfasis). Chávez era considerado una especie de semidiós; Maduro, a pesar de ser su heredero, no es portador de dones carismáticos como aquel y, por añadidura, a los adeptos comienza a irles mal. El desánimo por la política y la ideología parece estar tocando a las puertas del chavismo, según se desprende del llamado del presidente a las bases de su partido: Un pueblo despolitizado, desideologizado, que abandone su campo de batalla por sus propios derechos y su propia patria, sería instrumento ciego de su propia destrucción y [de la] del legado del comandante Chávez. Vayamos al encuentro de este fenómeno (…) que lo pudiera condenar a perder los logros de la revolución y a la propia revolución. Vamos hacia un proceso de renovación, repolitización, reideologización, remoralización de nuestro pueblo28.

¿Se despide la revolución?

De acuerdo con este estado de cosas, da la impresión de que la energía activadora del proceso bolivariano comienza a agotarse y este se restringe así a la esfera discursiva. Laclau puede sernos útil en este punto cuando advierte que

El régimen resultante de una ruptura populista se vuelve progresivamente más institucionalizado, de manera que la lógica diferencial comienza a prevalecer nuevamente y la identidad popular equivalencial se convierte en un langue de bois inoperante que gobierna cada vez menos el funcionamiento efectivo de la política (…) Encontramos en estos casos que la creciente distancia entre las demandas sociales concretas y el discurso equivalencial dominante conduce con frecuencia a la represión de las primeras y a la violenta imposición de este último.29

La institucionalización del proyecto bolivariano, que en este artículo hemos asociado con la rutinización del carisma de su líder máximo, se inició, en efecto, con el presidente Chávez; sin embargo, pareciera que la lógica diferencial comienza a despuntar, expresada en el malestar de los sectores populares insatisfechos y en sus consiguientes exigencias. Frente a ello, el relato construido alrededor del pueblo que condensa todas las demandas populares se ha venido transformando en un langue de bois, como apunta Laclau. Es decir, en un lenguaje vacío y repetitivo en el cual la lógica equivalencial es reproducida interminablemente a fin de deslegitimar al adversario estatuido como enemigo que amenaza con aniquilar el poder popular.

Así, ante la posibilidad de que la revolución fracasara, Maduro ha anunciado «tiempos de masacre y de muerte». Ante el riesgo de perder el control sobre el Poder Legislativo, el presidente señaló: «Si la derecha tomara la Asamblea Nacional, sucederían cosas muy graves (…) se desataría un proceso de confrontación social de calle. Yo sería el primero en lanzarme a la calle junto al pueblo para defender la revolución»30.

A despecho de estas amenazas y de un fuerte ventajismo oficialista en la carrera electoral, en los comicios parlamentarios celebrados el 6 de diciembre de 2015 se impuso la Mesa de la Unidad Democrática (mud), que obtuvo 112 escaños, más del doble de los alcanzados por el gobierno. Tales resultados otorgan mayoría calificada a la oposición y alteran significativamente el balance de poder nacional31. Ello podría estar evidenciando un desplome de la fidelidad afectiva y política del sujeto popular a la revolución32. A pesar de que el presidente reconoció oficialmente la derrota, insistió luego en la necesidad de desarrollar «una estrategia revolucionaria que nos permita vivir un nuevo 4-f [día del golpe del 92] (…) un renacer de esta fuerza popular de la revolución».

El poco margen del cual dispone el presidente para profundizar y extender medidas de distribución en clave populista, en virtud de la significativa merma de la renta petrolera, le impide sortear fácilmente las fuertes dificultades que atraviesa la revolución. Su falta de carisma remata las contrariedades. Paradójicamente, la cabeza escogida por el propio Chávez para darle continuidad a la revolución parece colocarla en grave riesgo. No obstante, un cuadro administrativo autoritario, como fue el de Chávez originalmente, hará todo cuanto esté a su alcance para preservar su dominación. Ello podría derivar en severos problemas de gobernabilidad.

Conclusión

El acceso a la Presidencia de la República de Nicolás Maduro ha puesto de relieve, por contraste, el enorme peso que tuvo la condición carismática de Hugo Chávez en el transcurso de la Revolución Bolivariana. La ausencia de tal condición en el sucesor se ha intentado remediar por la vía de su manufactura mediática, así como exacerbando el discurso populista, cada vez más huero y reiterativo. El importante deterioro en la calidad de vida de los venezolanos, sin embargo, parece colocar en riesgo la continuidad del proceso bolivariano. La contundente victoria de los factores opositores en las elecciones parlamentarias parece apuntar en ese sentido. Una estrategia populista de gobierno desprovista de carisma, como la que personaliza Maduro, se muestra incapaz de contribuir a sostener en pie el entablado revolucionario erigido por Chávez. Mucho más, en un contexto de considerable disminución de la renta petrolera.

  • 1.

    L. Zanatta: «El populismo entre religión y política. Sobre las raíces históricas del antiliberalismo en América Latina» en Estudios Interdisciplinarios de América Latina y el Caribe vol. 19 No 2, 2008, pp. 29-44.

  • 2.

    M. Weber: Economía y sociedad, FCE, México, DF, 1992.

  • 3.

    C. de la Torre: «El populismo latinoamericano: entre la democratización y el autoritarismo» en Nueva Sociedad No 247, 9-10/2013,

    disponible en www.nuso.org.


  • 4.

    E. Laclau: «Populismo: ¿qué nos dice el nombre?» en Francisco Panizza (comp.): El populismo como espejo de la democracia, FCE, Buenos Aires, 2009.

  • 5.

    M. Weber: ob. cit., p. 858.

  • 6.

    Héctor Briceño, José Luis Hernández et al.: Informe de grupos focales. Expectativas de los ciudadanos, Caracas, 2015, mimeo.

  • 7.

    R. Santodomingo: De Verde a Maduro, Debate, Caracas, 2013, p. 22.

  • 8.

    José Emilio Castellanos: «¿Por qué Nicolás Maduro es el hombre de los hermanos Castro?» en Análisis Libre, 4/1/2013.

    9.

  • 9.

    «Nicolás Maduro reconoce no tener carisma de Chávez ni su fortaleza histórica» en La Tercera, 10/3/2013.

  • 10.

    C. Strong y M. Killingsworth: «Stalin the Charismatic Leader?: Explaining the ‘Cult of Personality’ as a Legitimation Technique» en Politics, Religion, Ideology vol. 12 Nº 4, 2011.

  • 11.

    Chávez concurrió a elecciones por un nuevo lapso en octubre de 2012, haciendo caso omiso de su enfermedad. A pesar de resultar victorioso, no pudo juramentarse en la fecha correspondiente pues su salud empeoró. Su deceso, el 5 de marzo de 2013, obligó a la convocatoria de nuevas elecciones, de manera que el país vivió dos campañas presidenciales muy seguidas.

  • 12.

    «Canción electoral de Nicolás Maduro. Un remix de los éxitos de Chávez» en Jingle Electoral, <http://jingleelectoral.com/2013/03/22/cancion-electoral-de-nicolas-maduro-un-remixde-los-exitos-de-chavez/>, 2/3/2016.

  • 13.

    M. Weber: ob. cit., pp. 857-858.

  • 14.

    F. Panizza: «Introducción» en F. Panizza (comp.): El populismo como espejo de la democracia, cit.

  • 15.

    E. Laclau: ob. cit., p. 59.

  • 16.

    «Maduro: Chávez siempre buscó completar la obra del Libertador» en El Universal, 5/7/2015.

  • 17.

    «Maduro sorprende a familia, al bajarla de su ‘catanare’ y le presta su camioneta» en Venezolana de Televisión, 15/4/2015.

  • 18.

    No olvidemos que esta erosión del capital electoral chavista se inició con la elección de Maduro, quien obtuvo la Presidencia con apenas una diferencia de 1,59% sobre su contendor Henrique Capriles.

  • 19.

    «Datanálisis: Maduro bajó a la mitad el apoyo al chavismo» en El Nacional, 4/7/2015.

  • 20.

    Cepal: «Pobreza en Venezuela aumentó a 32,1%» en El Nacional, 26/1/2015.

  • 21.

    Victor Salmerón: «La pobreza medida por ingresos se disparó hasta 76% en Venezuela, según Encovi» en Prodavinci, 20/11/2015.

  • 22.

    «Economistas concluyeron que la inflación anualizada en Venezuela alcanzó 236,3%», video en El Nacional, 4/12/2015.

  • 23.

    «Inseguridad en Venezuela: el índice de impunidad alcanza el 90 por ciento» en Infobae, 9/1/2014.

  • 24.

    En C. Strong y M. Killingsworth: ob. cit, p. 400.

  • 25.

    H. Briceño, J.L. Hernández et al.: ob. cit.

  • 26.

    H. Briceño: «Chavistas no maduristas. Los nuevos actores políticos, parte i» en Política UCAB, 4/6/2015.

  • 27.

    M. Weber: ob. cit., p. 850.

  • 28.

    «Presidente Maduro alerta sobre proceso de despolitización y desideologización de algunos sectores del pueblo» en Maduro Pueblo Presidente, blog, 2/6/2015.

  • 29.

    E. Laclau: ob. cit., pp. 67-68.

  • 30.

    Cit. en El Nacional, 22/6/2015.

  • 31.

    Este nivel de representación permite, por ejemplo, tomar la iniciativa de convocar a una Asamblea Constituyente; modificar leyes orgánicas; remover magistrados del Tribunal Supremo de Justicia; escoger los titulares de los órganos del poder ciudadano.

  • 32.

    «Marea de pueblo acompañó a Maduro en asamblea popular» en Aporrea, 10/12/2015.