Opinión
Marzo 2021

La cultura socialista como respuesta a la dictadura

Durante la dictadura militar argentina, un grupo intelectual heterogéneo promovió, desde el exilio interno y externo, una renovación del pensamiento socialista anudado a la democracia como valor fundamental. Cuando esta última se consiguió en 1983, sus ideas marcaron la transición política, aunque la crisis económica frustró muchos de sus objetivos.

La cultura socialista como respuesta a la dictadura

Al campo intelectual argentino de la década de 1980 podría aplicársele la expresión que utilizó alguna vez el escritor Daniel Link: era «una galaxia que proliferaba». La imagen, que evoca la idea de expansión, grandeza y brillo, cobraba sentido a partir de las transiciones a la democracia en el Cono Sur. Muchos intelectuales consideraron, en ese contexto, que todo era posible. Para la ensayista Beatriz Sarlo, ese fue el momento en que «Argentina volvía, pero en mejor forma, a tener un futuro».

Para entender ese «optimismo intelectual» que caracterizó las transiciones democráticas y las ideas que se discutieron en esos años, es necesario referirse a la derrota previa. La izquierda, se ha dicho incontables veces, había sufrido una derrota atroz. Las dictaduras echaron por tierra una serie de intuiciones, ideas y convicciones de una importante franja de intelectuales que se habían representado a sí mismos como la vanguardia de un movimiento político que los conducía a una sociedad mejor y más igualitaria. Las influencias de esa década eran variadas, pero comunes a toda una franja de jóvenes en América Latina: a las teorías de la dependencia se les sumaba el marxismo (muchas veces leído a través de Louis Althusser o Antonio Gramsci), la teoría del intelectual comprometido de Sartre se complementaba con las experiencias revolucionarias de los países periféricos: Cuba, China, Vietnam. 

El Mayo francés, Tlatelolco, el Cordobazo, constituían experiencias simultáneas que daban cuenta de un proceso de cambio y transformación de las izquierdas, pero también de emergencias juveniles. Estas experiencias fueron, al menos en un sentido, fallidas (en particular, la de Tlatelolco), pero daban cuenta del poder insurreccional de los trabajadores y los estudiantes a escala mundial. Esa historia es bien conocida y ha sido descripta en algunos libros emblemáticos sobre la cultura de izquierda en los países de América Latina como Nuestros años sesenta, de Oscar Terán y Entre la pluma y el fusil, de Claudia Gilman.  

Las dictaduras del Cono Sur fueron así un parteaguas en la historia de los discursos revolucionarios, pero quienes sobrevivieron a ellas lograron emerger de los períodos represivos con nuevas ideas y teorías, aunque fueran acusados, en ocasiones, de traidores a sus valores de juventud. De eso se ha escrito menos, por lo que vale la pena revisitar cuáles fueron esas ideas, por qué surgieron y en qué contribuyeron a los procesos de democratización.

En el caso de los países del Cono Sur, la discusión fundamental se produjo en torno al debate sobre la democracia y la violencia. Los cambios de ideas pueden entenderse como una subversión profunda de los sentidos de estos términos. En el período anterior a las dictaduras, el concepto de «democracia» había sido sinónimo de «democracia burguesa» para la mayoría de la intelectualidad apegada a las distintas versiones del marxismo. Aunque la presidencia de Salvador Allende en Chile contradecía en un punto esa tesis, para el «intelectual revolucionario» la «democracia verdadera» solo podía existir cuando la lucha de clases diera paso a una nueva sociedad, sin proletarios ni burgueses. Mientras tanto, la democracia representativa-liberal se rechazaba por representar una institución que perpetuaba la opresión. En esta concepción, el Estado era más bien reproductor del modo de producción capitalista y no su límite. Por otra parte, la violencia (a veces referida como «lucha por la liberación») era el horizonte no solo posible, sino también inevitable, que acompañaba a los esfuerzos por la emancipación. En última instancia, la violencia era la solución última, el punto de llegada de toda la teoría revolucionaria. En la célebre película La Hora de los Hornos (1968), de Pino Solanas y Octavio Getino, verdadero manifiesto vanguardista del marxismo latinoamericano de la década de 1960, el mensaje era claro: mientras las imágenes finales mostraban a un Che Guevara en su lecho de muerte, la voz en off preguntaba: «¿Qué le queda al latinoamericano? Elegir su propia vida, su propia muerte. Cuando se inscribe en la lucha por la liberación, la muerte deja de ser la instancia final, se convierte en un acto liberador». La invitación a tomar las armas no era ambigua.

La subversión de los sentidos acerca de la democracia y la violencia en el pasaje de la década de 1970 a la de 1980 fue el legado fundamental de los textos de los intelectuales de izquierda. ¿En qué consistían estos cambios en el lenguaje político? ¿Y por qué se dieron? Tal vez, la respuesta a esta última pregunta se vincule directamente con el contexto: las dictaduras militares fueron tan devastadoras que un pensamiento anclado en la realidad no podía más que reflexionar acerca de sus implicancias en términos de violencia y autoritarismo. Estos términos se tiñeron, inevitablemente, de un sentido mucho más oscuro que en tiempos anteriores y se convirtieron en horizontes que había que rechazar de plano. Cuando los países se sacudieron del horror de la represión, los más audaces de entre los intelectuales de izquierda decidieron repensar esta categoría y realizar, también, una autocrítica.

En México, un grupo de argentinos exiliados publicó importantes reflexiones sobre estos temas en la revista Controversia, tal vez la única publicación sistemática de exiliados de la época. En 1979, Héctor Schmucler (fundador de la revista Los Libros en la década de 1960), escribió en Controversia un artículo titulado «Actualidad de los derechos humanos» en el que afirmaba que la derrota que habían sufrido «no solo es la consecuencia de la superioridad del enemigo sino de nuestra incapacidad para valorarlo, de la sobrevaloración de nuestras fuerzas, de nuestra manera de entender el país, de nuestra concepción de la política». Alejados de la política partidaria y de su país de origen, los intelectuales se disponían a revisar sus ideas políticas de juventud.

En Argentina, el grupo de intelectuales nucleados alrededor de la revista Punto de Vista, fundada por Beatriz Sarlo, Carlos Altamirano y Ricardo Piglia en 1978, comenzaba a tematizar el tema de la derrota en términos similares. Ya en democracia, Beatriz Sarlo escribió un ensayo emblemático en esa revista, Intelectuales ¿escisión o mímesis?, donde puso de manifiesto el tema del fracaso de la idea de revolución y el ajuste de cuentas con el pasado violento de la izquierda, a la que ella y sus compañeros habían pertenecido. La relación entre estas dos revistas fue tan fluida durante los últimos años de la dictadura que cuando los argentinos de Controversia regresaron al país una vez comenzada la transición, dos de sus miembros, José Aricó y Juan Carlos Portantiero, se unieron al consejo editor de Punto de Vista.

La contracara del nuevo rechazo a la violencia y el autoritarismo fue la revalorización de la democracia republicana y, con ello, la reivindicación de ciertos valores provenientes del liberalismo. Se consolidaba el nuevo binomio de los ochenta: si antes había prevalecido la fórmula «liberación versus dependencia», ahora la dicotomía principal se plasmaba en el binomio «democracia versus autoritarismo». Los intelectuales comenzaron a pensar a la democracia ya no como burguesa, sino a través del lente liberal: la democracia era ahora un conjunto de reglas que garantizaban la libertad (y con ello, prevenían el autoritarismo) y la pluralidad de opiniones. Portantiero, en su emblemático texto «Democracia y socialismo: una relación difícil», sostenía que «el socialismo no podría prescindir de la acumulación cultural y política que implican ciertas adquisiciones del liberalismo» e invitaba a conjugar ambas nociones en un nuevo pensamiento político. Para Portantiero, como para sus colegas, la democracia era ahora el piso mínimo para cualquier discusión acerca de la igualdad social, porque garantizaba una serie de libertades que eran esenciales: la libertad de prensa, las garantías individuales y la pluralidad de opiniones.

En Argentina, otra institución fundamental de la época que promovió este ideario fue el Club de Cultura Socialista (CCS), fundado en 1984 por todos los miembros de la revista Punto de Vista y muchos de los que habían editado Controversia en México. En su declaración de principios, los miembros del Club sostenían que «las libertades civiles y políticas que constituyen el funcionamiento de la democracia representan un patrimonio irrenunciable para una perspectiva socialista». También afirmaban que el socialismo no podía ser una quimera futura, sino que debía practicarse en el aquí y ahora, con los elementos disponibles. El CCS fue un lugar de reunión semanal para figuras intelectuales cuyo objetivo no era simplemente discutir ideas, sino construir un socialismo democrático en la Argentina. El Club estableció así nexos con figuras de la política y la intelectualidad del mundo, recibiendo en su sede a personalidades como Ernesto Laclau, Alain Touraine, Tulio Halperín Donghi y Christine Buci-Glucksmann, entre muchos otros. También se organizaron allí actividades con políticos socialistas de Francia, Brasil y Uruguay y contaron con el apoyo de las fundaciones Friedrich-Ebert y Pablo Iglesias, asociadas a la socialdemocracia alemana y española, respectivamente. La década de 1980 era una «galaxia que proliferaba» también para los intelectuales.

Sin dudas, el contexto de la transición invitaba a repensar una nueva forma de defender el ideario socialista. El entusiasmo derivado de las transiciones relativamente exitosas y el nuevo clima de liberalización que se vivió en muchas áreas de la cultura promovió ese optimismo. Como muestran Luis Roniger, Leonardo Senkman, Saúl Sosnowski, and Mario Sznajder, en Chile y Uruguay, por ejemplo, muchos intelectuales que volvían del exilio ocuparon importantes cargos políticos y académicos que produjeron una renovación de las ideas. En Uruguay, este fue el caso del crítico literario Hugo Achúgar, el matemático Rodrigo Arocena y los economistas Danilo Astori y Samuel Lichtensztejn, quienes a su vuelta del exilio produjeron una renovación de las carreras universitarias y, en varios casos, también participaron de la política. En el caso de Chile, intelectuales y académicos que retornaron a su país luego del exilio formaron la Concertación de Partidos por la Democracia. Argentina, país en que históricamente la elite intelectual tuvo menos nexos con la política –a diferencia de México, por ejemplo– los intelectuales participaron activamente en política, pero principalmente como consultores.

El presidente Raúl Alfonsín, por ejemplo, se rodeó de al menos dos grupos importantes de pensadores. El primero fue el de los llamados «filósofos», constituido por Carlos Santiago Nino, Jaime Malamud Goti y Martín Farrell. Se trataba de un grupo proveniente de la Sociedad Argentina de Filosofía Analítica (una de las instituciones de «las catacumbas» durante la dictadura), especializados en ética y derecho. Desde su candidatura, Alfonsín los convocó para diseñar la creación de la Comisión Nacional por la Desaparición de Personas (Conadep) y el proceso de enjuiciamiento a las juntas militares. La cercanía entre este grupo y el presidente fue muy estrecha y un importante testimonio de esta relación se encuentra en el libro de Nino Juicio al mal absoluto.   

El otro grupo importante que rodeó a Alfonsín en los primeros años de su presidencia fue el Grupo Esmeralda, integrado por politólogos y sociólogos que contribuyeron, sobre todo, a la estrategia discursiva del gobierno. De las reuniones con el Grupo Esmeralda, surgió un documento fundamental del alfonsinismo, el discurso de Parque Norte, escrito por Juan Carlos Portantiero, Sergio Bufano y Emilio de Ípola. En palabras de Gerardo Aboy Carlés, se trata del documento más importante del gobierno de Alfonsín. El discurso proponía como idea principal que modernización material y ética eran dos caras de una misma moneda, solo posibles dentro del suelo democrático-liberal.

El consenso sobre la necesidad de adoptar un discurso democrático y antiautoritario fue tan grande que, aún los intelectuales que se opusieron ideológicamente a quienes promovían este nuevo socialismo posmarxista, adoptaron un lenguaje similar. En Argentina, por ejemplo, Horacio González ha dicho que en la revista peronista Unidos –de la cual formó parte junto con Carlos Chacho Álvarez, Mario Wainfeld y José Pablo Feinmann– utilizaban «el lenguaje alfonsinista para seguir siendo peronistas. Unidos era una revista en el fondo alfonsinista, pero en su superficie peronista». Para volver a la metáfora de Link, también la galaxia de la idea de democracia y sus usos proliferaba y revestía con su brillo todas las discusiones del campo intelectual.

Por último, el pasaje de la década de 1970 a la de 1980 trastocó la autopercepción de los intelectuales. Si antes se habían asignado un lugar a la vanguardia de los cambios, el nuevo tiempo los encontraba más humildes. En Intelectuales, ¿escisión o mímesis?, Sarlo proponía que el intelectual no debía volver a cometer el error de sobreponer la «lógica política» a sus ideas y que tal vez fuera posible encontrar «algún discurso que nos hable de una figura más general y más pública, que no sea necesariamente la figura del político». Mucho más recientemente, Carlos Altamirano sostuvo en su libro Intelectuales: notas de investigación sobre una tribu inquieta, que «el intelectual público no se concibe como un magistrado del espíritu ni como un experto, sino como un ciudadano que busca animar la discusión de su comunidad». Esta caracterización, escrita en 2013, tiene ecos de ese pensamiento de la década de 1980. Los intelectuales no se colocaron, o al menos pretendían no hacerlo, por sobre otros actores, sino como ciudadanos que, desde sus disciplinas, intentaban contribuir al debate público. Esa idea los ubicaba como un actor más dentro de una comunidad de voces diversas, contrapuestas y más complejas que el antiguo binomio proletariado-burguesía. José Nun lo había señalado también en su artículo La rebelión del coro, en donde proponía abandonar el dualismo de clase clásico del marxismo para atender a una serie de actores tradicionalmente relegados al coro que comenzaban a alzar su voz en democracia: las minorías étnicas, religiosas, sexuales y, sobre todo, las mujeres. Nun advertía que el movimiento feminista tenía un potencial inesperado en el ámbito de la izquierda, puesto que para él «el símbolo por excelencia de esta rebelión es el movimiento de liberación femenino».

A cuatro décadas de ese momento de renovación ¿qué nos queda como legado? El objetivo de mínima se mantuvo: el consenso acerca de la democracia, pese a sus defectos, ha sobrevivido. Nos quedan también esos textos que han pasado la prueba del tiempo. No solo son un testimonio de cómo una generación intelectual reevaluó su propio pasado aun cuando era joven y logró dar nacimiento a una corriente intelectual que puso en primer lugar a la ética y a la democracia. Esos textos difundieron un pensamiento político que sentaba las bases para la valorización del consenso, la pluralidad y las leyes. Buena parte de ese pensamiento nos ha sido legado a través de los mismos intelectuales que aún hoy siguen contribuyendo al debate público.

Alfonsín, que no era socialista pese a interactuar con algunos intelectuales que sí lo eran, le dijo una vez al escritor y periodista Pablo Giussani que una nación se construía a partir de «elementos étnicos, políticos, sociales y culturales inicialmente dispersos e inconexos que en cierto momento se sienten convocados a integrarse en una gran empresa común» y agregaba que era un hecho que las opiniones de estos distintos elementos divergen, porque así ocurre en las sociedades plurales. «El desafío que debe afrontar toda sociedad democrática», concluía Alfonsín, «es el de cómo este hecho [el del pluralismo], en lugar de ser un factor de división social, se transforma en un factor de enriquecimiento de la vida colectiva». Altamente influido por las discusiones propiciadas por hombres y mujeres del campo intelectual en el contexto de la democratización, Alfonsín ponía de relieve la necesidad de una mirada plural. Si estas ideas hoy tienen poco eco en las discusiones públicas, tal vez recordarlas ya sea valioso en sí mismo.

Sin embargo, también cabe aprender otras lecciones de la caída del socialismo democrático de la década de 1980. En efecto, las nuevas ideas propuestas por los intelectuales poco tenían para decir sobre algunos problemas fundamentales que Latinoamérica enfrentaba sistemáticamente: el de la desigualdad económica y la falta de desarrollo. En última instancia, los intelectuales fueron demasiado idealistas; tal vez creyeron, con Alfonsín, que la democracia bastaba para «comer, educar y curar». Pero no quedaban claros los pasos para que la consolidación democrática fuera acompañada de prosperidad material. Esa prosperidad material también era, de algún modo, una condición básica para que hubiera democracia «sustantiva» y no sólo «formal», en la terminología que se usó en la época.

Cuando sobrevinieron las crisis económicas de fines de la década de 1980 y otros discursos, provenientes del neoliberalismo, comenzaron a poblar los lenguajes políticos, los intelectuales entraron en crisis. Economía y modernización reemplazaron el interés por la democracia y sus formas. En el mundo de las ideas, el panorama era, más bien, de desolación ante la caída del optimismo ochentista. La historiadora Hilda Sábato se preguntaba en 2002: «¿Dónde fueron a parar las expectativas, los proyectos y las ilusiones de refundación política en clave democrática que la sociedad desplegaba en 1983?» Al cambiar de siglo, la constatación de que la democracia por sí sola no bastaba fue patente, como lo fue la desolación ante un mundo que había cambiado sin que los intelectuales se hubieran dado del todo cuenta. No solo el proyecto de refundación ética de los ochenta parecía derrotado, sino que también cambiaba la sociedad y, con ella, los esquemas modernos que, con variaciones, los intelectuales habían habitado por muchos años. Entre estos cambios se encontraban las nuevas maneras de hacer política (centradas menos en el partido y más en las encuestas, las apariciones mediáticas y el marketing), la «hiper-especialización» del trabajo académico, la transición hacia las plataformas digitales y la creciente fragmentación social. Aun si los intelectuales hubieran podido dar una respuesta acerca de lo qué había pasado con sus expectativas ochentistas, cada vez era menos claro a quién podían dirigir esos discursos. Hoy, muchos de estos intelectuales se han retraído a sus labores académicas, otros siguen participando del debate público en los medios de comunicación, a sabiendas de que corren el riesgo de que sus ideas se simplifiquen al máximo.

Enzo Traverso ha escrito que luego de la caída de los socialismos realmente existentes en 1989, con la caída del muro de Berlín, sobrevino una «melancolía de izquierda». El caso de los intelectuales socialistas no puede estar más lejos de esta caracterización si la circunscribimos a la década de 1980. Sin embargo, una década más tarde, las nuevas configuraciones del campo intelectual, si es que todavía podemos hablar en esos términos, los acercó más a la melancolía. 



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