Tema central
NUSO Nº 299 / Junio - Julio 2022

El curioso caso de un peronismo no verticalista

El rechazo de gran parte del kirchnerismo a la firma del acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI) muestra la heterogeneidad de la coalición panperonista que gobierna Argentina. Pero, al mismo tiempo, las tensiones internas en el gobierno de Alberto Fernández reflejan una situación inédita en el peronismo: la ausencia de un liderazgo unificado. Esto genera incertidumbre sobre el futuro inmediato.

El curioso caso de un peronismo no verticalista

El peronismo está viviendo una situación inédita. No es inédita la derrota electoral que sufrió en noviembre pasado en las elecciones de medio término, ya que también fueron derrotados gobiernos peronistas en 1997, en 2009 y en 2013. Tampoco es inédita la difícil situación económica; durante los primeros meses del gobierno de Carlos Menem se dio un pico inflacionario y en los últimos años de su gobierno la desocupación alcanzó a 13% de la población económicamente activa. Lo que sí es inédito es la división del gobierno en dos bloques abiertamente opuestos. El enfrentamiento entre los dos sectores internos del Frente de Todos ha escalado en los últimos meses hasta alcanzar un grado de incertidumbre que ha congelado la agenda legislativa y amenaza las perspectivas de los últimos dos años de la gestión del presidente Alberto Fernández. 

El tema que expuso la profundidad de la fractura entre las dos «alas» del Frente de Todos fue la firma de un acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (fmi) para habilitar la refinanciación del gravoso préstamo asumido en 2018 por el entonces presidente Mauricio Macri. En ese año, y luego de varios meses de crisis cambiaria y devaluación del peso, Macri obtuvo un financiamiento del fmi por más de 50.000 millones de dólares y Argentina pasó a ser el principal deudor del organismo (su deuda equivale hoy a 61% de la cartera de la institución). Sin embargo, esta megainyección de fondos no detuvo la crisis, a punto tal que el gobierno saliente entró en default pocos días antes de dejar el poder. Desde el primer día en que asumió el gobierno la fórmula ganadora integrada por Alberto Fernández y Cristina Fernández de Kirchner, los vencimientos del préstamo con el fmi han pendido sobre la cabeza de la nueva administración como la espada de Damocles. 

Todos los sectores del Frente de Todos están de acuerdo en algunas cuestiones básicas. El préstamo fue asumido por Macri en condiciones de dudosa legalidad según los protocolos del Fondo y con una bajísima legitimidad política doméstica: la deuda fue tomada sin discusión en el Congreso argentino, anunciada por el presidente con los hechos consumados, en un video de Facebook de apenas un minuto y medio de duración. El propio fmi aceptó en un informe interno de evaluación en 2021 que al menos parte de los fondos en dólares fueron ofrecidos por Argentina a inversores financieros para desarmar sus posiciones en pesos y fugar sus divisas fuera del país. La posibilidad de repago real del préstamo era desde el comienzo bastante fantasiosa; luego, en medio de la pandemia, fue claro que era imposible afrontar el esquema de vencimientos en dólares tal como se había pactado. Aquí, sin embargo, terminan los acuerdos. Mientras tanto, el préstamo sigue vigente, ya que es una obligación soberana asumida por el Estado nacional. 

Luego de dos años de negociación, el ministro de Economía Martín Guzmán (ex-profesor de Economía de la Universidad de Columbia y alumno de Joseph Stiglitz) anunció que se había obtenido un preacuerdo para una refinanciación. Este tomó la forma de un crédito de facilidades extendidas mediante el cual el fmi le represtaría al país las sumas necesarias para afrontar cada uno de los pagos agendados, bajo la condición de aprobar revisiones trimestrales de los números de la economía argentina. Las condicionalidades que exige el fmi, si bien son menores a las que el organismo ha impuesto históricamente, incluyen un compromiso de aumentar las tarifas de energía y de revisar de alguna manera el sistema de previsión social del país (los subsidios a la energía y las jubilaciones representan la mayor masa de gastos del Estado argentino). Estos puntos, sin embargo, son provisionales. 

En este contexto, pocos días después del anuncio del preacuerdo, el hijo de la ex-presidenta Cristina Fernández, el diputado nacional Máximo Kirchner, anunció mediante una carta pública que no lo apoyaba. Expresó fuertes críticas a la gestión del ministro Guzmán y manifestó que se sentía excluido del sistema de toma de decisiones del presidente Fernández. Por todo esto, renunció al cargo de presidente del bloque legislativo del Frente de Todos en la Cámara de Diputados. Llamar a esta reacción «explosiva» sería poco.

Si bien en los días que siguieron a la renuncia se dieron pasos para desescalar la situación (Fernández dijo que no les pediría las renuncias a los funcionarios cercanos a Máximo Kirchner y este anunció que su agrupación, La Cámpora, no se iría del gobierno), las grietas parecen hoy más profundas que nunca. Dirigentes políticos y referentes de opinión del kirchnerismo se muestran críticos hacia el acuerdo con el fmi y llaman a denunciar la deuda y recurrir al Tribunal de La Haya y dividirán el voto oficialista en el Congreso.

No obstante, las grietas no son nuevas. La vicepresidenta Cristina Fernández ya había manifestado su disconformidad con el gobierno en varias oportunidades y ministros de su sector presentaron públicamente su renuncia al gabinete en octubre de 2021, luego de la derrota en las elecciones primarias (no les fue aceptada). En esa oportunidad, ella misma manifestó en una carta abierta que a Alberto Fernández le falta decisión, voluntad de enfrentarse con los sectores del capital y celeridad en la gestión1. La centralidad que ha asumido el género epistolar en la política argentina es prácticamente decimonónico, aunque esas cartas se publiquen en plataformas virtuales.

Hay que señalar, sin embargo, que los dos sectores internos en pugna no son equivalentes. El kirchnerismo es un colectivo compacto, con un liderazgo único y definido: Cristina Fernández de Kirchner. El sector que podría llamarse «albertista», en cambio, es más bien una especie de archipiélago de actores singulares unidos en una desconfianza (que no es nueva) hacia el estilo de conducción de la ex-presidenta. Gobernadores, alcaldes de la provincia de Buenos Aires, los sindicalistas unidos en la Confederación General del Trabajo (cgt), el Movimiento Evita y figuras del peronismo de la ciudad de Buenos Aires cercanas desde hace décadas al presidente, como Gustavo Béliz (muy resistido por Cristina Fernández) forman parte del conglomerado, pero no tienen con Alberto Fernández la relación vertical que el kirchnerismo tiene con la ex-presidenta. Hay que sumarles a estos dos sectores el del presidente de la Cámara de Diputados Sergio Massa, que hasta ahora se mantiene más o menos prescindente del conflicto abierto, pero cuyas ambiciones (seguramente) recaen en él mismo.

El experimento del Frente de Todos

Si la situación actual del peronismo es inédita, lo es porque el Frente de Todos fue, a su vez, una construcción novedosa. Es la primera vez, desde 1983 hasta hoy, que el peronismo no tiene un liderazgo único, fuerte y vertical. Steven Levitsky y Kenneth Roberts ofrecen una pista para pensar la situación actual en su libro del año 2011 The Resurgence of the Latin American Left [El resurgimiento de la izquierda latinoamericana], dedicado a interpretar el auge de las izquierdas latinoamericanas en la primera década del siglo. Allí, clasifican los partidos y movimientos que estaban en ese entonces en el poder en cuatro categorías. Movimientos de izquierda (el Movimiento al Socialismo boliviano), populismos de izquierda (el chavismo, con Hugo Chávez aún vivo), partidos de izquierda institucionalizados (el Partido Socialista chileno y el Frente Amplio uruguayo) y, finalmente, el peronismo, clasificado como «partido-máquina populista». Levitsky y Roberts escriben: «los partidos-máquina populistas son organizaciones establecidas que han sobrevivido años, o incluso décadas, fuera del poder, incluso como oposiciones a gobiernos autoritarios. Sin embargo, esas organizaciones están atadas al proyecto político de una personalidad dominante que se ubica en el vértice de una estructura de autoridad piramidal»2.

La teoría de partidos, que conocen bien Levitsky y Roberts, supone que estos o bien son institucionales o bien son movimientos basados en liderazgos. Los partidos institucionalizados tienen dirigentes, pero estos son varios, y ninguno de ellos tiene un rol de líder único (los ejemplos serían el socialismo chileno y el Frente Amplio uruguayo). El peronismo sería una rara avis, un partido institucionalizado, con mecanismos rutinizados y durabilidad, pero que requiere de un liderazgo personalista para funcionar. Es decir, afirman Levitsky y Roberts, que el peronismo funciona como un partido pero tiene la particularidad de operar con «liderazgos seriales». A un líder fuerte le sucede otro, y otro, y otro (u otra). La mejor descripción del partido-máquina con liderazgo serial del que hablaban Levitsky y Roberts la dio en 2015 el entonces gobernador de la provincia de Salta, Juan Manuel Urtubey, pocos meses antes de la elección, cuando en una entrevista con el diario La Nación dijo: «Mirá, cuando tenga un candidato a presidente, que todavía no lo tengo, me va a empezar a parecer un gran dirigente; en septiembre, me va a parecer que es lo más cercano a los postulados del peronismo, y en octubre, cuando gane las elecciones, me va a parecer la reencarnación de Perón. Así somos nosotros».

La experiencia peronista es entonces única por partida doble. Para comenzar, hay pocos partidos políticos fundados por un líder carismático que hayan logrado sobrevivir al exilio prolongado o a la muerte del fundador. El peronismo lo hizo doblemente: primero sobrevivió a 18 años de proscripción, exilio de su líder y persecución de sus militantes entre 1955 y 1973, luego, al fallecimiento de Perón en 1974, y poco después, a siete años más de represión violenta bajo la última dictadura militar (1976-1983). Las explicaciones para la supervivencia del peronismo ponen el acento en la capacidad de organización y resiliencia de diversos actores de la base del movimiento: los sindicatos (analizados por Daniel James3), los gobernadores y dirigentes provinciales relativamente autónomos de las provincias (estudiados por Ana María Mustapic4), la descentralizada militancia territorial (retratada por el mismo Levitsky5) y las camadas juveniles que se incorporaron masivamente al peronismo en la década de 1970. Es decir, los sectores que permitieron sobrevivir al peronismo sin Perón y que le dan vitalidad aún hoy son los mismos que tensionan la vida interna del Frente de Todos. Estas tensiones, históricamente, se han resuelto por el liderazgo. El peronismo nació como un movimiento ligado a un liderazgo carismático que logró sobrevivir a la muerte de su líder originario. Esto es poco habitual, pero no imposible. Lo curioso es que haya sobrevivido sin burocratizarse por completo, que haya conservado una especie de necesidad serial de carisma. 

La bibliografía sobre partidos asume que, en aquellos casos en que un partido carismático logre transicionar hacia un formato de partido institucionalizado, lo hará transformándose en una organización más gris, más procedimental, manejada por burócratas. Así lo dice Max Weber, creador tanto del concepto de carisma como del de burocratización. Weber compara los partidos modernos con la Iglesia católica. El carisma es el milagro original: no se planifica ni se diseña. Es reconocido como tal por los seguidores o no lo es. El carisma se autoexplica y se autolegitima. Además, es siempre personal y constituye la única fuente de lo nuevo en la política. El carisma no se transmite ni se hereda, dice Weber; a lo sumo, se sublima en autoridad organizacional. El carisma del fundador se puede institucionalizar, pero ninguna figura alcanzará la autoridad del líder original. 

Esto no es, sin embargo, lo que sucedió con el Partido Justicialista. Al liderazgo original de Juan Domingo Perón lo sucedió un breve periodo de «desorden» y conducción colegiada bajo las 62 Organizaciones Peronistas, que culminó en la derrota de 1983. El momento de refundación se dio en 1988, cuando Carlos Menem le ganó en una primaria al gobernador bonaerense Antonio Cafiero. Pero lo importante para el argumento de este artículo es que luego de la primera y única elección interna del peronismo para la candidatura presidencial, no se produjo la burocratización del justicialismo, sino que surgió un liderazgo que duraría 11 años. Tanto es así, que Menem integró sin rispidez y de manera completa a toda la dirigencia de la Renovación cafierista: Carlos Grosso, José Luis Manzano y Juan Manuel de la Sota asumieron responsabilidades de peso durante el gobierno menemista, y Menem pudo operar durante los diez años de su presidencia como la máxima autoridad del partido sin grandes desafíos. El éxodo del llamado Grupo de los Ocho en 1991, bajo el comando de Carlos «Chacho» Álvarez, no hizo sino confirmar el liderazgo de Menem: tan fuerte era su figura que el exit, la fuga, era preferible a dar batalla en el interior del partido.

El patrón serial solo fue fortalecido más tarde con el ascenso de Néstor Kirchner y Cristina Fernández como articuladores de una nueva hegemonía dentro del partido. (Eduardo Duhalde nunca pudo consolidar su liderazgo interno de manera total). La victoria del kirchnerismo sobre Duhalde en 2005 consolidó un nuevo «liderazgo serial» que duraría hasta 2015 (aunque tuvo desprendimientos). La efectiva anulación de Menem y su transformación en un senador muy poco relevante no dejaron de ser sorprendentes para quienes habían visto de primera mano el control que llegó a ejercer en su momento de auge.

Solo entendiendo el rol del liderazgo como punto de síntesis de las tensiones internas del peronismo puede comprenderse el péndulo ideológico entre el neoliberalismo radical del menemismo y las políticas de centroizquierda «nacionales y populares» del kirchnerismo. Históricamente, siempre han existido posturas diversas dentro del denominado «movimiento nacional y popular». Lo que suturaba la inconsistencia programática era la aceptación de la unicidad del liderazgo. Esto permite comprender trayectos como, por ejemplo, el del actual senador Oscar Parrilli. Peronista desde siempre, dirigente del peronismo de la provincia del Neuquén, Parrilli fue en 1992 el miembro informante que defendió en la Cámara de Diputados la privatización de Yacimientos Petrolíferos Fiscales (ypf), empresa estatal de hidrocarburos y entonces (como ahora) principal compañía del país. Cercano a los Kirchner en los 90, se incorporó a la «mesa chica» de su gobierno como secretario general de la Presidencia en 2003 y defendería la «recuperación» de la empresa por parte del Estado. Hoy, como senador, es una de las voces activas del kirchnerismo contra la firma del acuerdo con el fmi

No se trata, sin embargo, de que el peronismo fuese ajeno al internismo más salvaje. Por el contrario, los enfrentamientos internos del movimiento han llegado a niveles muy altos de violencia, incluso violencia armada entre diversas facciones, de la izquierda y la extrema derecha peronistas, en la década de 1970. En la entrevista citada, Urtubey agregaba sobre el nuevo liderazgo que estaba esperando: «Si le va bien, dentro de cuatro años militaremos su reelección, y si no le va bien, nos lo llevaremos puesto [le pasaremos por encima]». La clave es ese «si no le va bien». El enfrentamiento interno suele aplacarse durante la gestión de gobierno, cuando se acepta la hegemonía del presidente o la presidenta, y recrudecer en los últimos años del periodo de gobierno de un presidente sin reelección posible (como ocurrió entre Menem y Duhalde entre 1997 y 1999, o en el kirchnerismo luego de 2013) y durante los periodos en la oposición. Lo novedoso es que el peronismo sigue hoy igual o más dividido que en 2019, cuando comenzó el actual gobierno.

El peronismo luego de 2015: una nueva era para el movimiento

La finalización del gobierno de Cristina Fernández en 2015 dejó en claro que la vieja dinámica de internas salvajes/aceptación del nuevo liderazgo había perdido vigencia. En 2015 el peronismo entró en una nueva era. 

El primer factor novedoso es que el lazo carismático entre Cristina Fernández y un sector importante de la sociedad no se agotó con su salida del poder. La fortaleza de ese lazo quedó en evidencia en 2017, cuando la ex-presidenta mostró que su nombre encabezando una boleta era competitivo electoralmente. El peronismo nunca tuvo un ex-mandatario que ocupara este lugar real y simbólico. Perón nunca fue un «ex-presidente». En el exilio, siguió más vigente que nunca y luego falleció en el poder. (Su viuda, María Estela Martínez, nunca fue líder real del movimiento). Menem agotó su capital político rápidamente al dejar el poder. Aunque fue candidato presidencial y luego fue elegido para el Senado de la Nación varias veces, nunca se destacó en el recinto ni intentó (ni habría podido) encabezar una corriente interna del peronismo. Su liderazgo, antaño tan poderoso, simplemente se evaporó. 

Pero el peso de Cristina Fernández se mantuvo tras su salida de la Presidencia. No solo no se agotó su liderazgo, sino que mantuvo una total centralidad en el peronismo entre 2016 y 2019. En la elección de 2017, compitió con los sectores encabezados por Sergio Massa por un lado, y Florencio Randazzo y el Movimiento Evita por el otro (con el actual presidente Alberto Fernández como jefe de campaña), y los superó ampliamente.

La pregunta entonces es por qué la ex-presidenta no reconstruyó su liderazgo partidario ni intentó volver al poder. La propia Cristina Fernández renunció a ello al elegir a Alberto Fernández como candidato presidencial en 2019. Él afirmó en una entrevista con el diario Página/12 en 2018 que «sin ella no se puede, pero con ella sola no alcanza». Cristina Fernández pareció haber tomado en cuenta que un sector importante de la sociedad argentina jamás la votaría, que hay actores con poder dentro del peronismo que miran con recelo su estilo de conducción, y que sin sumar a todo el arco peronista la victoria se alejaba en 2019. La unidad del peronismo fue la clave para el triunfo sobre el macrismo. Y así se llegó a la bifurcación entre la Presidencia (encabezada por Alberto Fernández) y el liderazgo político dentro del peronismo (corporizado en la ahora vicepresidenta).

Modelos de sucesión en el peronismo

Entonces, los antecedentes existentes del pasaje del bastón de mando de un liderazgo a otro pueden sintetizarse en tres modelos: 

(a) Desaparición física del líder. En este caso, se abre una sucesión obligada. Es lo que ocurrió con Perón. Su fallecimiento en la Presidencia, en 1974, abrió un periodo de vacancia y anomia que no se saldó hasta 1987, cuando Antonio Cafiero resultó electo gobernador de la provincia de Buenos Aires (el liderazgo de Cafiero fue fugaz y duró hasta su derrota a manos de Menem en 1988). 

(b) Agotamiento natural del liderazgo. Esto sucedió con Menem en 2003. Varios esperaban que sucediera con Cristina Fernández luego de 2015 pero, como señalamos, ella probó que su capital político estaba, si no intacto, tan vigente como siempre, y que el kirchnerismo constituía una facción estable dentro del peronismo.

(c) Desafío exitoso de un challenger que «jubila» al líder. Esto se aplicaría a dos casos: Menem con Cafiero en 1988, y Néstor Kirchner con Duhalde en 2003. Son casos algo diferentes, pero opera la misma lógica de una figura desafiante que logra ocupar el liderazgo del movimiento.

Escenarios a futuro en el Frente de Todos

La primera conclusión es que el Frente de Todos, en tanto organización política, no funciona bien sin un liderazgo unificado (o simplemente no funciona). No es fácil pensar en el futuro en un contexto tan desfavorable y con un grado tan alto de incertidumbre. (Alberto Fernández asumió en diciembre de 2019, en marzo de ese año el mundo se sumergió en la pandemia de covid-19 y ahora, en 2022, con la pandemia cediendo, el mundo se encuentra inmerso en un conflicto global con la invasión rusa a Ucrania). 

En este marco, emergen distintos escenarios. El primero sería la institucionalización de la disputa interna. En este caso, todos los sectores existentes (kirchnerismo, albertismo y massismo) aceptarían dirimir el liderazgo en elecciones internas, ya sean las primarias abiertas, simultáneas y obligatorias (paso) o de otro tipo. Esta opción implicaría un esfuerzo por salir del empantanamiento actual mediante la apuesta a transformar al peronismo en el tipo de partido «burocratizado» que, hasta ahora, nunca fue. Tal cosa parece poco probable hoy, porque además quien pierda queda automáticamente fuera de competencia para la Presidencia. Alberto Fernández dijo que impulsaría esta vía (con él como competidor), pero los acuerdos parecen muy improbables. 

El segundo escenario sería que Alberto Fernández se decidiera a romper con el kirchnerismo, tal como Néstor Kirchner lo hizo con Eduardo Duhalde en 2005, y que construyera finalmente el «albertismo». No hay dudas de que hay actores cercanos al presidente que le aconsejan seguir este camino, pero el propio Fernández parece muy poco decidido a tomarlo. ¿Ganaría en caso de hacerlo? Es cierto que tendría el apoyo de algunos sindicatos, de algunos gobernadores y alcaldes, tal vez de movimientos sociales y hasta quizás de algunos empresarios. Pero Néstor Kirchner desafió a Duhalde en un momento de economía en ascenso y luego de haber acumulado una gran popularidad. Ninguna de esas dos condiciones se da hoy, tanto por factores ajenos al gobierno como por errores autoinfligidos (como la reunión en la residencia presidencial para festejar el cumpleaños de la primera dama en medio de la cuarentena). 

El tercer escenario sería que el kirchnerismo denunciara al gobierno y rompiera definitivamente con él. Tal cosa no es imposible, y puede hasta ser inevitable. Es difícil imaginar cómo continuaría la coalición tras la oposición de sectores kirchneristas al acuerdo con el fmi. Pero es también casi imposible imaginar cómo continuaría si el kirchnerismo profundizara su ruptura con el gobierno.

El cuarto escenario es que continúe el empantanamiento, esta convivencia poco agraciada entre quejas, rezongos y denuncias mutuas. Los acontecimientos de los primeros meses de 2022 parecen solo confirmar que, en efecto, ni Alberto Fernández ni Cristina Fernández y su hijo Máximo Kirchner pueden, o quieren, romper con la lógica del conflicto constante sin ruptura abierta. Máximo Kirchner eligió el acto por el aniversario del golpe de Estado del 24 de marzo de 1976 para mostrar la capacidad de movilización de su organización, La Cámpora; Alberto Fernández volvió a insistir en que él es quien toma las decisiones, en una reiteración no demasiado convincente; Cristina Fernández utilizó un homenaje a los ex-combatientes con motivo del 40o aniversario de la Guerra de Malvinas para criticar a la vocera presidencial (extraña elección por lo asimétrico de las figuras6). Esta dinámica, sin embargo, no parece satisfacer a nadie. Los dos años restantes mostrarán, probablemente, a un gobierno con graves problemas para tomar decisiones y para establecer lineamientos compartidos por todos sus socios; dos años más de gestión ralentizada por desconfianzas y bloqueos entre primeras y segundas líneas. Y, finalmente, sería muy difícil pensar en una opción que garantice una única oferta electoral en 2023. En caso de ser derrotado en ese año, ¿se consolidaría un liderazgo nuevo, que no fuera ni Alberto Fernández ni Cristina Fernández, o continuaría la entropía? Resulta difícil decirlo. La situación misma de un peronismo sin un liderazgo claro ya resulta desconcertante.

  • 1.

    Puede leerse el texto completo de la carta en www.lanacion.com.ar/politica/el-texto-completo-la-dura-carta-de-cristina-kirchner-contra-alberto-fernandez-y-su-entorno-nid16092021/.

  • 2.

    S. Levitsky y K. Roberts: The Resurgence of the Latin American Left, Johns Hopkins UP, Baltimore, 2011, p. 14.

  • 3.

    D. James: Resistencia e integración. El peronismo y la clase trabajadora argentina, Siglo Veintiuno, Buenos Aires, 2006.

  • 4.

    A.M. Mustapic: «Del Partido Peronista al Partido Justicialista. Las transformaciones de un partido carismático» en Marcelo Cavarozzi y Juan Manuel Abal Medina (comps.): El asedio a la política. Los partidos latinoamericanos en la era neoliberal, Homo Sapiens, Rosario, 2002.

  • 5.

    S. Levitsky: «Una ‘Des-Organización Organizada’: organización informal y persistencia de estructuras partidarias locales en el peronismo argentino» en Revista de Ciencias Sociales No 12, 2001.

  • 6.

    Mencionó, además, que le envió de regalo de cumpleaños al presidente el libro Diario de una temporada en el quinto piso. Episodios de política económica en los años de Alfonsín, del sociólogo Juan Carlos Torre. No pasó desapercibido que este libro habla de la crisis económica que acabó con el gobierno de Raúl Alfonsín, ni que la vicepresidenta destacara en su discurso la «tremenda actualidad» del libro. Extracto disponible en «Interna: Cristina Kirchner reveló que le regaló un libro a Alberto Fernández y chicaneó a su vocera», video en TN, 2/4/2022, www.youtube.com/watch?v=ibbxj4g95m8.

Este artículo es copia fiel del publicado en la revista Nueva Sociedad 299, Junio - Julio 2022, ISSN: 0251-3552


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