Opinión

Incógnitas sobre el voto argentino

¿Argentina vota según el eje peronismo-antiperonismo? ¿Elige sobre el clivaje izquierda-derecha? ¿O acaso lo hace sobre el binomio populismo-república? Los ejes del voto, así como el armado de las coaliciones, son también fuente de disputa entre los principales contendientes. Es decir, entre el gobierno de Mauricio Macri y la oposición liderada por Alberto Fernández y Cristina Fernández de Kirchner.

Incógnitas sobre el voto argentino

El largo partido que comenzó a jugarse en Argentina a comienzos de este año con las elecciones internas en la provincia de La Pampa tuvo su entretiempo el fin de semana pasado. Ya se definieron las candidaturas y la conformación de las coaliciones electorales que competirán por los cargos nacionales, primero en las elecciones primarias de agosto, posteriormente en las generales de octubre y, probablemente, en el balotaje presidencial de noviembre. Ahora comienza el segundo tiempo. Las elecciones argentinas están al rojo vivo.

En esta larga carrera, los dos principales competidores ya tomaron forma. De un lado, el gobierno nacional de la coalición derechista Cambiemos buscará retener la Casa Rosada. Para eso, apeló a reconfigurar su estructura interna, sumando aliados y conteniendo a los propios. Hasta retocó su estética: Juntos por el Cambio es el nuevo nombre de la alianza. Del otro lado, el peronismo, ese movimiento amplio y heterogéneo que todo lo abarca, intentó (y logró) unificar la mayoría de sus corrientes internas en el Frente de Todos. Vuelta al ruedo: Mauricio Macri versus Cristina Fernández de Kirchner. Más relegadas quedaron otras alternativas, como Consenso Federal (coalición entre partidos progresistas y peronistas no alineados con el kirchnerismo), dos opciones de izquierda y algunas más volcadas a la derecha.

Una vez presentados los jugadores, aclaremos que el proceso electoral de este año no arrancó el fin de semana pasado sino más temprano. El primer punto destacable fue el desdoblamiento de las elecciones provinciales respecto de la disputa por los cargos nacionales. También hay que resaltar la dinámica de competencia que, aparentemente, caracterizará a los principales competidores por la Presidencia de la Nación. Por último, hablar un poco de las reglas del partido.

El primer tiempo

Argentina se caracteriza por un federalismo electoral muy marcado: los 24 distritos que componen el país definen sus propias reglas electorales y, en particular, la fecha en que convocan a comicios provinciales. Los gobernadores en ejercicio tienen la posibilidad de separarse o unirse a las elecciones nacionales. Esta herramienta estratégica resulta muy útil en aquellos casos en que privilegian campañas electorales estrictamente locales, o bien cuando tratan de que la discusión nacional no incida en las candidaturas provinciales o en el resultado electoral.

Salvo Santiago del Estero y Corrientes (provincias que tienen un calendario de renovación de autoridades desfasado), de 22 distritos solamente cinco pegaron sus elecciones provinciales a la nacional: Ciudad Autónoma de Buenos Aires y las provincias de Buenos Aires, Catamarca, La Rioja y Santa Cruz. De las 17 restantes, 14 ya eligieron, con un resultado algo amargo para Cambiemos: en 10 ganaron la gobernación distintos frentes dominados por el Partido Justicialista (PJ), en tres, coaliciones de partidos provinciales, y en tan solo uno, un aliado propio (la Unión Cívica Radical).

No es la mejor forma de preparar el segundo tiempo. Esta oleada de derrotas para el oficialismo nacional anticipó un escenario de mayor paridad para la competencia nacional de este año y revirtió el presagio que arrojaron las elecciones de 2017, cuando la marea amarilla aparentaba convertirse en hegemónica. De hecho, se espera que Cambiemos repita victoria solo en Ciudad de Buenos Aires y Mendoza. En la provincia de Buenos Aires y Santa Cruz habrá pelea hasta el minuto final. Y menos suerte tendrá en Catamarca y La Rioja, donde los oficialismos peronistas fuertes apostarán todo a mantenerse.

Dónde y cómo se disputa el partido

Lo que parece que cambiará un poco es la dinámica competitiva que ha caracterizado históricamente a Argentina, al menos para estas elecciones de 2019. Desde mediados del siglo XX, la disputa política se construyó en torno del eje peronismo-antiperonismo. O bien, para simplificarlo, entre oficialistas y opositores. Hemos sido reacios a asimilar el tradicional eje izquierda-derecha como continuo desde el cual se posicionan los partidos políticos y los electores votan, principalmente debido a que los actores, el peronismo y el radicalismo, han incluido corrientes conservadores y progresistas al mismo tiempo.

Este año parece ser la excepción, mas no necesariamente será la nueva regla. Gran parte de la pelea y de la discusión política electoral girará en torno de los efectos del programa económico actual y los ajustes necesarios del futuro, de la ampliación y el reconocimiento de los derechos de las mujeres (como por ejemplo, la interrupción voluntaria del embarazo) y de la intervención y el rol de las fuerzas de seguridad en fenómenos complejos (narcotráfico, manifestaciones, fronteras, etc.). Son discusiones modernas y actuales en el mundo. Volvimos.

La salida de la lógica peronismo-antiperonismo ha sido motivada por un fenómeno que recuerda las elecciones del año 2003: en las fórmulas presidenciales de las tres principales coaliciones electorales hay al menos un dirigente del peronismo. En el Frente de Todos el binomio es puro: Alberto Fernández, ex-jefe de Gabinete de Néstor Kirchner, y Cristina Fernández de Kirchner. En Juntos por el Cambio, Mauricio Macri sumó a Miguel Ángel Pichetto, eterno jefe del bloque justicialista en el Senado de la Nación. Mientras que en Consenso Federal, Roberto Lavagna, ministro de Economía entre 2002 y 2005, se alió con Juan Manuel Urtubey, reconocido gobernador peronista de la provincia de Salta.

La pesca de sectores del peronismo nos ha llevado a una actualidad competitiva con dos características particulares. En primer lugar, la elección tendrá un alto nivel de polarización entre Juntos por el Cambio y el Frente de Todos. Los gestos de ampliación política de ambas coaliciones no impedirán que durante la campaña se muestren los dientes. Ambas coaliciones carecen de palabras bonitas entre ellos. Esto, sin dudas, les rinde electoralmente. Por lo cual, a la hora de buscar a los votantes, difícilmente apelen a la moderación: todo lo contrario. En esto el principal perjudicado será Consenso Federal, la tercera fuerza, que quedó flaca de estructura territorial y con poco equipo para hacerse un lugar en el medio.

En segundo lugar, cada actor político tendrá su propia interpretación del eje izquierda-derecha. Juntos por el Cambio está orientando su campaña hacia la discusión entre república y populismo. Ser progresista implica defender las instituciones, mantener una moral republicana y no apelar a recetas exitosas en el corto plazo para preservar el largo plazo. Enfrente está el caos de los líderes transitorios que malgastan recursos producidos con esfuerzo. El Frente de Todos, por su parte, se concentrará en una construcción más tradicional del eje. El progreso se logra con trabajo, con ingresos acordes, una redistribución más marcada y palpable y niveles de equidad mayores a los actuales. En la otra vereda están las corporaciones, los medios hegemónicos y el financiamiento internacional.

Ni en los términos de la discusión se pueden poner de acuerdo.

Algunas notas sobre las reglas de agosto y los tiempos que quedan

Por último, cabe destacar que, además del federalismo electoral, Argentina tiene un sistema único de definición de candidaturas, la primarias abiertas, simultáneas y obligatorias (PASO). Por primaria se entiende una instancia previa a la elección general: hay un momento en el que los ciudadanos eligen quiénes van a competir por los cargos y quiénes tienen que esperar (o buscar otro lugar). Como son abiertas, todos los electores habilitados para sufragar en una elección pueden votar en las primarias, independientemente de si están o no afiliados a algún partido político específico. Este proceso es simultáneo para todos los actores políticos: en un mismo día todos coinciden en la definición de sus candidatos. Y es obligatorio tanto para los partidos o coaliciones que quieren competir en la elección general (quien no va a la primaria no puede competir después) como para los ciudadanos (votar es un derecho y una obligación). Esto difiere de Chile (solo van a primarias quienes no acuerdan lista de unidad) y de Uruguay (son obligatorias solo para los partidos y coaliciones, no para los electores).

El mecanismo tiene su particularidad adicional en lo que respecta a la fórmula presidencial: se presentan tanto presidente como vicepresidente a competir: el que gana pasa y el que pierde deberá esperar cuatro años (otra diferencia más respecto de Uruguay). Para estas elecciones todas las candidaturas han sido consensuadas, y es la segunda oportunidad desde 2011 en que no habrá competencia interna.

Esto ha llevado a que el sistema sea recientemente cuestionado por el gasto público que implica su organización. Sin embargo, al momento de escribir esta nota, se espera que en varias provincias haya internas para dirimir candidatos a legisladores nacionales. Eso ocurrirá en 13 provincias para Juntos por el Cambio, cantidad similar a 2015 (14) y 2017 (11). El Frente de Todos hará lo propio en siete, número mayor al de 2015, cuando era Frente para la Victoria (tres provincias) pero menor al de 2017 (13). Consenso Federal tendrá competencia en tres de los 12 distritos donde pudo presentar listas: uno de ellos, la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, central en su construcción política. Las PASO se usarán, y para bien de sus dirigentes.

El balance de la herramienta desde su implementación es positivo. Brinda una posibilidad en caso de que no haya consenso, con un impacto favorable en el sistema político. Ha contribuido a reducir la cantidad de candidatos luego de la crisis de 2001 y ha impactado en un comportamiento más homogéneo del electorado en las distintas provincias. Los actores se han ordenado. Y estas reglas han ayudado.

En todo caso, desde ahora hasta agosto-octubre, resultará largo el segundo tiempo. En las PASO, cada equipo se medirá el aceite y medirá el de su rival. Tantearán el terreno. Convencerán a dubitativos y mantendrán a los propios. Las primarias serán un buen termómetro de los apoyos electorales de cada uno en cada rincón del país, y los candidatos apostarán todo al final del tiempo reglamentario en octubre. Ahí se distribuirán los cargos legislativos (130 diputados y 24 senadores).

El alargue muy probablemente será en noviembre, donde el sucesor de Mauricio Macri será su segunda versión, o bien la primera de Alberto Fernández.