Coyuntura

Venezuela: anatomía de una recesión profunda y prolongada

Tras el impacto generado por la crisis económica mundial en 2009, América Latina ha comenzado a mejorar su situación. Las estimaciones para este año anuncian un crecimiento de alrededor de 4%, con todos los países de mediano y gran tamaño en franca recuperación. La única excepción es Venezuela, con una caída estimada de 2% y una inflación en aumento. El artículo analiza las causas de esta situación, atribuibles a la crónica vulnerabilidad a los cambios en los precios del petróleo pero también a las inadecuadas reacciones de política implementadas, la ausencia de un modelo de desarrollo productivo y las crecientes dificultades que encuentra la iniciativa privada.

Venezuela: anatomía de una recesión profunda y prolongada

En 2008, con el advenimiento de la crisis económica global, se cerró para América Latina y el Caribe una fase de cinco años de expansión económica sin precedentes en los últimos 40 años. Para la mayor parte de los países de la región, esta etapa significó no solo elevadas tasas de crecimiento económico y descensos de los niveles de pobreza, sino también mejoras en varios aspectos significativos de la gestión macroeconómica y una reducción de la vulnerabilidad externa. Pero en 2009 las fuentes de dinamismo atadas al comercio y las finanzas globales desaparecieron: el valor del comercio de la región se desplomó, los flujos de remesas cayeron significativamente, se inició una intensa volatilidad en los mercados de capital y la inversión extranjera directa se paralizó. Según estimaciones preliminares de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal), América Latina experimentó una caída del producto de 1,8%. México, los países de Centroamérica y Venezuela fueron los más afectados: los primeros como resultado de su interdependencia y sus fuertes vínculos con la economía estadounidense; y en el caso de Venezuela, como argumentaremos con mayor detalle, como consecuencia de la combinación de una creciente vulnerabilidad a los shocks externos y un menú absolutamente contraproducente de políticas reactivas a la crisis. Esto ha sumido la economía venezolana en una recesión profunda, sin que la situación permita vislumbrar una recuperación o una salida clara en el corto y mediano plazos. Así, la economía venezolana registró en 2009 una caída del producto de 3,3%, bastante por encima de la caída promedio de la región.

El caso venezolano luce particularmente singular en la región, al menos si se contrasta con el potencial de reacción que están mostrando la mayor parte de las economías de mediano y gran tamaño. Ciertamente, las perspectivas de recuperación mundial parecen ahora condicionadas por los problemas fiscales y financieros de la zona del euro. Sin embargo, el Fondo Monetario Internacional (FMI) proyecta para América Latina un crecimiento de 4% para este año, mientras que la Cepal estima 4,1%. Según las estimaciones del FMI, con excepción de Venezuela, todos los países latinoamericanos de mediano o gran tamaño crecerán en 2010. En el caso venezolano se proyecta una caída de 2,6% (a lo que se suma la tasa de inflación más alta del continente). La cifra preliminar de crecimiento dada a conocer por el Banco Central de Venezuela (BCV) para el primer trimestre de 2010 fue de -5,8%, lo que no ha hecho más que corroborar perspectivas de una recesión que luce ya profunda y que amenaza con ser prolongada.

Para explicar este desempeño tan negativo de la economía venezolana frente a la crisis y dar cuenta de las sombrías perspectivas que sobre ella se posan, tres aspectos esenciales merecen ser destacados. Por una parte, es evidente que la economía se ha hecho más dependiente y vulnerable a los acontecimientos de origen externo. Esta creciente vulnerabilidad se explica, en buena medida, por elementos de economía política: en particular, la combinación entre el liderazgo político –y su proyecto hegemónico y de largo plazo– y la presencia determinante de un recurso mineral exportable en manos del Estado. En segundo lugar, y de cara a la crisis, las autoridades económicas han adoptado un conjunto de decisiones de política económica que, en lugar de contrarrestar o mitigar los efectos de las perturbaciones externas, más bien los han amplificado. En tercer lugar, un clima de crecientes dificultades y hostilidad sobre el capital nacional está dejando a la economía sin fuentes de dinamismo productivo interno de largo plazo.

La creciente vulnerabilidad externa y fiscal

En el segundo semestre de 2008, el ambiente de creciente efervescencia en las cotizaciones internacionales de los precios de los commodities y otras materias primas de origen minero se vio seriamente interrumpido por las secuelas de la crisis económica global desatada a partir de la quiebra de Lehman Brothers. En este contexto, y ante la perspectiva de una recesión económica global profunda y con desconocidas implicaciones, los precios de los principales productos básicos, especialmente el petróleo, comenzaron a disminuir a una velocidad y profundidad nunca antes vistas. En diciembre de 2008 el precio de la cesta de petróleo crudo venezolano se ubicó en 31,55 dólares por barril, cuando seis meses atrás rondaba los 130 dólares. En solo seis meses, el precio del barril para Venezuela había caído 75%.

Aunque el precio comenzó a recuperarse gradualmente a partir del primer trimestre de 2009, durante ese año Venezuela sufrió una caída en los ingresos externos de origen petrolero de casi 40%. Vale precisar que las exportaciones petroleras representan hoy cerca de 94% de los ingresos por exportaciones totales, cuando tan solo diez años atrás constituían 68% de ellos. Con una acumulación crónica de déficits en los movimientos de capital a lo largo de los últimos años, esta creciente dependencia hace de los ingresos petroleros la principal fuente de generación de divisas y el factor clave para explicar el posicionamiento externo de la economía. La caída estrepitosa de las exportaciones no petroleras (en razón de la disminución del comercio mundial y de la interrupción del comercio con Colombia), la permanente salida de capitales y un saldo neto negativo de inversión extranjera directa (IED) han coadyuvado a la reaparición de la restricción externa. Así, repentinamente, los enormes saldos superavitarios acumulados en la cuenta corriente del sector externo quedaron atrás, y la balanza de pagos, por primera vez en seis años, generó déficit en 2009. El primer efecto de la caída de los precios del crudo fue entonces una presión en la disponibilidad de divisas, cuyas repercusiones ulteriores quedaron condicionadas al «colchón» o el stock disponible de reservas internacionales en poder de las autoridades monetarias.

A lo que parecía vislumbrarse como un complicado cuadro en las cuentas externas se añadió, en segundo término, y al menos potencialmente, una significativa merma en los ingresos fiscales de origen petrolero. Es necesario destacar que cerca de 49% de los ingresos fiscales del presupuesto de ingresos del gobierno central proviene hoy del canal petrolero, por la vía de impuestos, regalías y dividendos. En 1999, diez años atrás, el aporte petrolero no iba más allá de 37%.