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Providencialismo y discurso político en Nicaragua

El providencialismo siempre estuvo presente en la historia nicaragüense y en los primeros años de la república independiente se articuló con la naturalización de la injerencia estadounidense. Con la revolución sandinista de 1979, emergió un Dios articulado a la teología de la liberación y el cambio social. Pero tras la caída del sandinismo, el viejo providencialismo retornó triunfante y el propio Daniel Ortega regresó al poder apelando a él y sellando alianzas con sectores del clero tradicional. Parte de su nueva fe post-revolucionaria se expresa en su cruzada contra el aborto terapéutico.

Providencialismo y discurso político en Nicaragua

Los estudios del desarrollo político latinoamericano han prestado poca atención a la contradictoria relación entre la idea de democracia –por la que se sigue luchando en América Latina– y la cultura religiosa providencialista que predomina en la región. Mientras que la democracia asume la existencia de una fe secular en la capacidad de los seres humanos para controlar su destino, el providencialismo ofrece una visión de la historia como un proceso controlado por un Dios que lo decide todo1. Adoptando las premisas históricas de las ciencias sociales europeas, la sociología y la politología latinoamericanas asumen que el desarrollo político de los países de la región ocurre dentro de un espacio secular separado del espacio de lo sagrado, divino, religioso o sobrenatural. Ignoran, pues, que las ideas de Dios que permean el imaginario de los latinoamericanos y las latinoamericanas son, fundamentalmente, ideas acerca del papel de Dios en la historia. Estas ideas condicionan la manera en que los latinoamericanos percibimos el poder, así como la manera en que actuamos frente a él2.

Nicaragua ofrece uno de los ejemplos más dramáticos de las formas en que la visión providencialista de la historia condiciona las percepciones de la política y el poder. El propósito de este artículo es mostrar la influencia de esta visión mediante una breve revisión histórica del discurso político nicaragüense. Buscamos mostrar, además, cómo el providencialismo ha facilitado la formación de una cultura política pragmática-resignada que induce a los nicaragüenses a percibir la realidad social como una condición histórica determinada por fuerzas ajenas a su voluntad. Esta percepción es una derivación lógica –aunque no necesariamente consciente– de otra más básica: la de un mundo que no controlamos porque lo controla Dios.

El artículo se divide en tres secciones. La primera analiza la influencia del providencialismo en las visiones de la política y del poder en Nicaragua hasta antes del triunfo de la Revolución Sandinista en 1979: el discurso de las elites del país durante este periodo expresa una visión de Dios como la fuerza que legitima la distribución y los usos del poder. La segunda sección explica la relación entre política y religión durante la década revolucionaria de 1980: en este intenso periodo de la historia nicaragüense, surge una visión de Dios como una fuerza liberadora que se contrapone a la visión providencialista dominante a lo largo de la historia del país. Finalmente, la tercera sección analiza la evolución de la relación entre política y religión a partir de la llamada «transición democrática» que se inició en 1990, después de la derrota electoral del Frente Sandinista de Liberación Nacional (fsln): durante este periodo, se reinstauran en Nicaragua una cultura religiosa providencialista y una cultura política pragmática-resignada que empujan a los nicaragüenses a poner sus vidas en «las manos de Dios», y de un Estado que ellos no controlan. Esta restauración cultural tiene una de sus principales expresiones en la sacralización del discurso político del fsln.

Política y religión antes de la Revolución Sandinista

Al igual que en el resto de los países de América Latina, el reto principal del Estado nicaragüense después de la independencia fue el establecimiento del orden. Liberales y conservadores lucharon por definirlo en función de sus propios intereses, sin la habilidad política necesaria para articular un consenso social que sirviera de base al desarrollo de la sociedad nicaragüense. Ambos grupos imitaron el pensamiento europeo sin contar con la madurez intelectual para adaptar, críticamente, aquellos aspectos de ese pensamiento que pudieran ayudarlos a desarrollar su capacidad para hacer historia; o bien, para rechazar, también críticamente, aquellas ideas que no encajaban con la realidad del país. En su novela El comandante, el escritor nicaragüense Fernando Silva sintetizó en una frase la naturaleza del pensamiento político nicaragüense durante este periodo: «Todo lo que hemos procurado aquí, liberales y conservadores, lo hemos hecho solo por instinto, somos pasiones nada más»3.

En el discurso con el que las autoridades celebraron en 1849 la llegada al país del primer diplomático estadounidense acreditado en Nicaragua, la sociedad nicaragüense aparece representada como una entidad carente de la capacidad para alcanzar, por sí misma, los atributos de un verdadero Estado nacional. «Hace mucho tiempo», dijo el mandatario Norberto Ramírez en su bienvenida a Ephraim George Squier, que «Nicaragua sentía necesidad de abrigarse bajo el esclarecido pabellón de Norte América; pero no había llegado aún la hora en que el árbitro de las Naciones debía levantarnos a tan alto grado de dicha y prosperidad»4.

Más tarde, en 1855, en medio de una de las guerras en las que liberales y conservadores se enfrentaron para capturar el poder del Estado, un grupo de mercenarios estadounidenses fue contratado por los liberales para derrotar a sus adversarios. Los «filibusteros» derrotaron a las tropas conservadoras y la ciudad liberal de Granada celebró con gran júbilo el triunfo de los estadounidenses. En una misa de acción de gracias oficiada en esa ocasión, el sacerdote Agustín Vijil señaló que William Walker –el jefe de los mercenarios– podría ser «el enviado de la Providencia para curar heridas y reconciliar la familia nicaragüense»5.

Walker terminó desplazando del poder a los liberales que lo habían llevado al país. Se eligió presidente, impuso el inglés como idioma oficial y legalizó la esclavitud. Temerosos de las manifiestas ambiciones expansionistas del filibustero, los ejércitos centroamericanos se unieron para expulsarlo. Walker fue capturado y fusilado en Honduras, y Nicaragua, como las estirpes condenadas a la soledad en la imaginación de Gabriel García Márquez, obtuvo una «segunda oportunidad sobre la tierra»6.

En la sesión inaugural de la Asamblea Constituyente organizada para reconstruir el Estado nicaragüense, Gregorio Juárez reafirmó la visión providencialista dominante en el país: «La divina Providencia que por medios preparados y dispuestos con su propia mano os ha reunido en este augusto recinto, no os abandonará; antes bien, os estrechará en su pecho como se le ve abrigar al recién nacido en su estado de inocencia»7.

  • 1.

    Andrés Pérez-Baltodano: es profesor de ciencia política en la Universidad de Western en Canadá e investigador asociado del Instituto de Historia de Nicaragua y Centroamérica (ihnca) de la Universidad Centroamericana (uca) en Managua.Palabras claves: providencialismo, religión, sandinismo, Daniel Ortega, Nicaragua.. Ver Peter C. Hodgson: «Providence» en Donald W. Musser y Joseph Price (eds): A New Handbook of Christian Theology, The Lutterworth Press, Cambridge, 1992, pp. 229-236; Charles Taylor: A Secular Age, Harvard University Press, Cambridge, 2007.

  • 2.

    A. Pérez-Baltodano: «Dios y el Estado: dimensiones culturales del proceso de formación del Estado en América Latina» en Nueva Sociedad No 210, 7-8/2007, disponible en www.nuso.org.

  • 3.

    F. Silva: El comandante, Editorial Latinoamericana, Managua, 1969.

  • 4.

    Cit. en A. Pérez-Baltodano: Entre el Estado conquistador y el Estado nación: providencialismo, pensamiento político y estructuras de poder en el desarrollo histórico de Nicaragua, ihnca-uca, Managua, 2003, p. 179.

  • 5.

    Ibíd., p. 216.

  • 6.

    G. García Márquez: «La soledad de América Latina», discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura, 1982.

  • 7.

    Cit. en A. Pérez-Baltodano: Entre el Estado conquistador y el Estado nación, cit., pp. 65-66.