Ensayo

México: el país de los muertos sin nombre

Las autoridades mexicanas logran detener a capos del narcotráfico en arrestos de película. Sin embargo, muchas veces estos procedimientos atentan contra los derechos humanos y la cifra de muertos sigue creciendo. Peor aún: desde que el Ejército salió a las calles y comenzó la guerra, ya nadie sabe quiénes son los «buenos» y quiénes los «malos». Muchos hablan de la «marca de sangre» de la época y algunos periodistas buscan ponerles nombre a las víctimas, en medio de la culpabilización generalizada de los muertos y desaparecidos. Otros buscan salidas, como la legalización de las drogas. Y muchos simplemente esperan...

México: el país de los muertos sin nombre

Cuando en México cae un capo del narcotráfico, se lo presenta ante las cámaras, en una exhibición pública que debería convertirse en sus primeros momentos de escarmiento por el mal que ha hecho. Varios policías bien armados y encapuchados lo sujetan de los brazos mientras le dan órdenes como «mira al frente», «a la derecha», «a la izquierda», «gírate». De fondo hay una pared como de utilería donde se ven los logos del gobierno que se hizo cargo de su captura. La escena recuerda a un famoso futbolista dando una entrevista delante de una pared tapizada de marcas deportivas...

Así pasó en 2011 con Raúl Lucio Hernández, «el Lucky», uno de los fundadores de la sanguinaria banda Los Zetas; con Óscar García Montoya, «el Compayito», ex-líder de la agrupación criminal La Mano con Ojos. También con José Antonio Acosta, «el Diego»; en 2010, con Sergio Villarreal, «el Grande»; con Édgar Valdez, el famoso mexicano-estadounidense apodado «la Barbie»; con Gerardo Álvarez, «el Indio»; con la muerte en 2009 de Arturo Beltrán Leyva, «el Barbas», y el arresto en 2008 de su hermano Alfredo, «el Mochomo». Todos capos de los más buscados por el gobierno mexicano o estadounidense, y siempre con el mismo patrón: un capo narco arrestado con camiseta tipo polo (muchas veces de Ralph Lauren), policías encapuchados sujetándolo y, atrás, una pared con logotipos gubernamentales.

Los medios de información hacen fotografías y las grandes planas se tapizan de estas microhistorias exprés. Sobra decir que le dan la vuelta al mundo. Parecería que a México le va muy bien en su campaña contra el narcotráfico. Pero también podría ser una gigantesca campaña de medios que ha puesto en marcha el presidente mexicano Felipe Calderón para mostrar que el poder militar o policial es el camino correcto para detener la violencia.

En realidad, las pesquisas de los capos del narcotráfico no han impactado mucho –o nada– en la disminución de la violencia. Más bien parece ocurrir lo contrario. Nunca antes un presidente había capturado a tantos capos del narcotráfico, pero tampoco nunca antes un presidente democrático había tenido en tan solo cinco años de mandato tantos muertos. El pensador mexicano Jesús Silva-Herzog osó llamar a este sexenio presidencial el «sexenio de la muerte». Y lo explicó así:Escribir que este ha sido el sexenio de la muerte no es estridencia amarillista: es constatación de su naturaleza trágica, casi podríamos decir, de su maldición. Por supuesto que el gobierno de Felipe Calderón ha sido muchas cosas pero su destino y su memoria estarán ligados irremediablemente a la muerte. El segundo gobierno panista buscó enmendar muchas de las herencias que venían del primero. Imprimió cierto orden en la agenda, restableció la seriedad de la oficina presidencial. Resistió una severa crisis económica, promovió importantes obras de infraestructura e impulsó el seguro popular. Durante su sexenio se vivieron importantes reformas en materia judicial y cambió el perfil de algunas instituciones. Se mantuvo la perniciosa alianza con el sindicato de maestros limitando su tímido impulso reformista. Un balance de la gestión calderonista habrá de aquilatar todo esto, pero nada podrá remover de ella la marca de sangre como el sello de estos penosos años de México.

Y Silva-Herzog prosigue sobre la imagen de época que se va sedimentando y sus consecuencias indelebles:

No: este no será recordado como el gobierno de la infraestructura. No será recordado como el gobierno de la educación o del trabajo. Será recordado como el sexenio de la muerte. A un año de que concluya esta malhadada administración, ya puede decirse que la guerra contra el crimen organizado ha representado una reversión histórica que va mucho más allá de la seguridad. Se trata de un retroceso para México en su lento proceso de civilización. Nada menos. No puede negarse que México es hoy un país más inhóspito, más bárbaro, más cruel, más salvaje de lo que era hace cinco años.

Efectivamente, cada año las cifras de muertos han aumentado de manera exponencial. Mientras en 2009 fueron 6.587 personas (todas cifras confirmadas oficialmente y de personas muertas con violencia, es decir, relacionadas con la guerra contra el narcotráfico), en 2010 fueron 11.800. En 2011 se estaba cerrando con «solo» 12.000 muertos; sin embargo, cifras extraoficiales hablan de 35.000. Incluso algunas organizaciones comenzaron a tomar en cuenta la cifra de desaparecidos, de quienes no se sabe nada durante semanas o meses, con lo que la cifra se elevó a 40.000. Y algunos medios de información difundieron en diciembre de 2011 la escalofriante cifra de 60.000 muertos.

Paralelamente a la detención de los grandes capos del narcotráfico, se ha observado otro fenómeno que, incluso, se podría relacionar directamente con el aumento de las muertes. Se trata de la creación de nuevas bandas. Los expertos lo explican con palabras mitológicas: le quitas la cabeza a un ente pero salen varias cabezas más. Ese fue, por ejemplo, el caso de La Mano con Ojos, creada por Óscar García Montoya después de que la policía capturara a su jefe, uno de los líderes del cartel de los Beltrán Leyva, Édgar Valdez, «la Barbie». La organización no llevaba ni un año de existencia cuando el propio García Montoya también fue detenido. Y muchas otras agrupaciones han surgido tanto a partir del descabezamiento de un cartel como por disputas internas en los carteles por el control del territorio y por negociaciones con otros grupos.

Un cartel de droga puede ser visto entonces como una empresa que, independientemente de quién la dirija, siempre seguirá hacia adelante. Y si estas empresas que viven de negociar con una producción ilegal pueden existir es principalmente porque el Estado se lo permite. Un experto en asociaciones criminales y narcotráfico en México, el uruguayo Edgardo Buscaglia, lo ha definido de la siguiente forma: «Las mafias no son dependientes de las personas, sino de las estructuras corruptas del gobierno y de la economía».

La frase es lapidaria. Marca una verdad que todo el mundo sabe y que pocos denuncian, y sentencia al gobierno del presidente Felipe Calderón a repensar la forma en que está combatiendo el narcotráfico. Fue en diciembre de 2006 cuando Calderón sacó al Ejército a las calles para comenzar a combatir a los carteles de la droga. Con la «enfermedad» tan avanzada, era necesario intervenir quirúrgicamente: esta fue la idea que usó el presidente mexicano para comenzar a justificar lo que después se denominó oficialmente «guerra contra el narcotráfico».