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​La tentación autoritaria La nueva izquierda europea: entre el resurgimiento y el populismo

El descontento ciudadano ha hecho emerger algunas fuerzas políticas de izquierda especialmente en el sur de Europa (como Syriza y Podemos) y ha provocado realineamientos en algunas de las fuerzas tradicionales, como el Partido Laborista británico. No obstante, pese a hacer frente a un problema existente –la creciente desigualdad y las políticas promercado–, los nuevos movimientos tergiversan las soluciones al plantear un clivaje entre «la gente» y «la casta», en una clave populista que habilita derivas no siempre deseables. Al mismo tiempo, nuevos tipos de soberanismo debilitan una mirada sobre los cambios a escala de Europa.

​La tentación autoritaria / La nueva izquierda europea: entre  el resurgimiento y el populismo

En numerosos países europeos, el panorama político está experimentando cambios históricos. En apenas tres años, la coalición griega Syriza del primer ministro Alexis Tsipras dejó de ser un partido marginal para convertirse en la fuerza dominante del espectro de la izquierda; tras la última victoria electoral de septiembre, todo indica que no será posible quitarle ese estatus. En España, más allá del reciente descenso en los sondeos, no cabe duda de que Podemos ha quebrado el sistema bipartidista tradicional. Actualmente ya son varias las listas alternativas que, organizadas en torno del joven partido de izquierda, gobiernan grandes ciudades como Madrid, Barcelona y Zaragoza. Pese a todos los vaivenes, hay una izquierda nueva o con nuevos bríos que cosecha éxitos especialmente en el sur de Europa, como mostraron también los comicios de octubre en Portugal, en los que el Bloco de Esquerda se transformó de manera sorprendente en la tercera fuerza.

Sin embargo, al observar en detalle, surge un cuadro irritante. Por un lado, presenciamos el tardío alejamiento de la tendencia neoliberal vigente en las últimas décadas. Es en parte por ello que los nuevos exponentes generan ahora expectativas tan enormes. Por otro lado, los desarrollos subyacentes son mucho más ambiguos que lo que sugiere la imagen simplista del giro a la izquierda. Especialmente, porque entre los portadores de estas nuevas esperanzas hay una evidente tendencia populista, que amenaza con dañar severamente el anhelado resurgimiento.

Sea cual fuere su color, el populismo genera un amplio recelo entre las fuerzas políticas tradicionales, las instituciones estatales y los grandes medios. En los diferentes países de Europa, todos estos actores han venido sufriendo desde la década de 1980 una pérdida gradual de credibilidad, lo que culminó en los años de crisis a partir de 2008. Las sociedades caracterizadas durante largo tiempo como apolíticas son propensas a recibir una crítica general, dirigida a las «elites» por su engaño al «pueblo». Por cierto, el éxito creciente de los populistas se basa esencialmente en las desigualdades e incertidumbres creadas a lo largo de décadas por la política económica neoliberal. Las fuerzas populistas reaccionan entonces frente a un problema que efectivamente existe, pero lo tergiversan. En su crítica al populismo de izquierda, Albrecht von Lucke alude circunstancialmente a este trasfondo socioeconómico1. Al analizar el aumento de la polarización social, no hay que subestimar la responsabilidad de los políticos neoliberales. Los partidos tradicionales no son siempre el centro moderado que pregonan; durante largo tiempo, ellos mismos han radicalizado la política económica y social de sus países. Hace poco, The New Yorker publicó un agudo comentario al respecto con el eje puesto en Gran Bretaña: «Los conservadores son los extremistas. (...) Desde una motivación ideológica, apuntan a reducir el Estado británico, especialmente el Estado social»2. La posición de Angela Merkel en torno de la cotización del euro tiene un efecto similar a escala continental. Desde 2010, con la ayuda de los mercados –y en defensa de sus intereses–, los gobiernos liderados por la canciller alemana imponen un drástico plan de ajuste, sobre todo a las economías del sur de Europa. En nombre de la competitividad, invocada como un mantra por Merkel, se hace necesario bajar los costos salariales para poder enfrentarse a países emergentes como China. Esto agudiza la división de las sociedades europeas y de todo el continente. Pero la desconfianza en las fuerzas políticas dominantes también crece porque en muchos lugares no existe ninguna alternativa en la esfera partidaria. Demasiado a menudo, los socialdemócratas –incluso, por largo tiempo, los griegos y los españoles– apoyan el proyecto de la «Europa competitiva de Merkel en favor de los dueños del capital»3. Así se alimenta la impresión de una elite cerrada, que desdeña las preocupaciones de la población.

La primera respuesta progresista frente a esta situación se produjo en los años posteriores a 2008, con numerosos movimientos de protesta que exigían más democracia y el fin de la política de austeridad. Allí jugaron un papel importante muchos ex-activistas del movimiento alterglobalización, como Pablo Iglesias (actual líder de Podemos), Ada Colau (nueva alcaldesa de Barcelona) y Rena Dourou (gobernadora por Syriza de la región del Ática). En la década de 2000, los sectores europeos críticos de la globalización aún se mostraban, en gran medida, lejos del poder, pero las nuevas corrientes pronto comprendieron que era necesario luchar por cambios en las instituciones, ya que la protesta callejera se desarrolla de manera espontánea. Muchos activistas se unieron a partidos pequeños ya existentes o fundaron uno propio.

El independentista Partido Nacional Escocés (snp, por sus siglas en inglés) logró convertirse en el vehículo de este resurgimiento con un programa socialdemócrata con elementos verdes, pacifistas y proinmigración. En la vecina Irlanda, Sinn Féin (antiguo brazo político del Ejército Republicano Irlandés –ira, por sus siglas en inglés–) busca posicionarse como alternativa para los comicios de 2016. Más afirmada está la opción en Inglaterra, donde el nuevo líder del Partido Laborista, Jeremy Corbyn, despierta similares expectativas4. Su elección como jefe del partido se debe en gran medida al apoyo de aquellos sectores que habían organizado protestas masivas en 2010 y 2011: los jóvenes y los sindicalistas. Tanto el laborismo de Corbyn como el snp constituyen una rareza, dado que se trata de partidos con una rica tradición y mucha experiencia acumulada, incluso en el quehacer gubernamental. En cambio, varias agrupaciones más jóvenes están aún en pleno proceso de aprendizaje en la actividad política. Es el caso, por ejemplo, de la alianza Združena levica de Eslovenia, con una orientación afín a Syriza. Con su victoria electoral de 2014, por primera vez un nuevo partido socialista consiguió afirmarse dentro de un país perteneciente al antiguo bloque del Este.

  • 1.

    Ver A. von Lucke: «eu in Auflösung? Die Rückkehr der Grenzen und die populistische Gefahr» en Blätter für deutsche und internationale Politik No 10/2015.

  • 2.

    John Cassidy: «Five Things Jeremy Corbyn Has Right» en The New Yorker, 14/9/2015, disponible en www.newyorker.com.

  • 3.

    A. von Lucke: Die Schwarze Republik und das Versagen der deutschen Linken, Droemer, Múnich, 2015, p. 126.

  • 4.

    Ver Michael R. Krätke: «Corbyns Sieg: Hoffnung für Europas Linke?» en Blätter fur deutsche und internationale Politik No 10/15.