Tema central

La evolución del Partido Revolucionario Dominicano

Surgido de las luchas contra la dictadura de Trujillo, el Partido Revolucionario Dominicano (prd) ocupa un lugar central en la historia política del país. En el preludio de la transición a la democracia, y bajo el liderazgo de José Francisco Peña Gómez, el prd abrazó los ideales socialdemócratas y se sumó a la Internacional Socialista. Pero en los últimos 30 años el prd ha derivado en una organización pragmático-clientelista y se ha desideologizado. El pésimo final de la presidencia de Hipólito Mejía en 2004, en medio de una grave crisis económica y con fuertes acusaciones de corrupción, ha mantenido al prd en la oposición en los últimos cuatro años. Este artículo argumenta que para detener el proceso de desgaste de la maquinaria electoral, el prd debe retomar sus banderas históricas de cambio social, y forjar una nueva generación de dirigentes capaces de impulsar transformaciones reales.

La evolución del Partido Revolucionario Dominicano

El Partido Revolucionario Dominicano (PRD) ocupa un lugar privilegiado en la historia política del país. Es imposible entender la construcción y el desarrollo de lo democrático-popular en la República Dominicana sin tener en cuenta el papel protagónico de esta fuerza política.

Después de la caída de la dictadura de Rafael Trujillo en 1961, el PRD cautivó el imaginario popular en la lucha contra los remanentes de la dictadura y fue el principal propulsor de una alternativa democrática. Ganó las primeras elecciones competitivas del postrujillismo en 1962, pero solo pudo gobernar siete meses. En septiembre de 1963, el presidente Juan Bosch fue derrocado por un golpe de Estado y, a partir de ahí, el PRD entró en un largo periodo de luchas políticas por recuperar la democracia.

La ocupación militar estadounidense de 1965, impuesta para ahogar las demandas de democratización que encabezaba el PRD, impidió restablecer un sistema político de libertades y derechos. Con la izquierda marxista, pero sin comprometerse con ella, el PRD se convirtió en el polo generador de esperanzas y luchas democráticas de un amplio segmento de la sociedad dominicana.

Joaquín Balaguer, por el contrario, se erigió en guardián de la estabilidad política, con un énfasis en el orden sobre la libertad. En cada coyuntura electoral (1966, 1970 y 1974), el PRD fracasó en su intento de imponer las reglas de juego democrático frente a un Balaguer autoritario, aupado por los sectores de poder local y Estados Unidos. Con trampas y represión, espejismos de modernización y la voluntad de explotar a su favor los temores en la población, Balaguer se mantuvo en el poder durante 12 años (1966-1978), mientras el PRD acumuló fracasos electorales y tensiones políticas que llevaron a Bosch a abandonar el partido en 1973.

En aquel momento, marcado por el desconcierto que generó la pérdida del líder-fundador, José Francisco Peña Gómez asumió el liderazgo del PRD. Establecido como dirigente de vanguardia del partido, pero limitado políticamente por su origen haitiano y color negro, Peña Gómez se vinculó activamente a la Internacional Socialista en busca de apoyo. Confió en que esos vínculos ideológicos y organizativos darían buenos resultados a su partido. Los frutos se evidenciaron en las elecciones de 1978, cuando con un discurso moderado y el apoyo de prestigiosos líderes de la socialdemocracia internacional el PRD logró derrotar a Balaguer.

Sin dudas, el PRD posee una herencia meritoria de luchas democráticas y una pléyade de líderes que han marcado la política dominicana en los últimos 50 años. Pero en sus gobiernos ha malgastado esa herencia. Ha fracasado tres veces en traducir en políticas públicas las ideas de la socialdemocracia.

El PRD en el gobierno

De los tres gobiernos del PRD, el único que recibe una evaluación positiva en las encuestas de opinión pública es el de Antonio Guzmán (1978-1982). Los de Salvador Jorge Blanco (1982-1986) e Hipólito Mejía (2000-2004) registran las peores evaluaciones de los diversos gobiernos dominicanos democráticamente elegidos. Este fardo explica las derrotas en las elecciones presidenciales de 2004 y 2008, y en las legislativas y municipales de 2006. Los problemas tienen orígenes distintos pero se vinculan: uno es de origen partidario y el otro, gubernamental.

En lo partidario, el PRD se ha caracterizado por la fuerte competencia de liderazgos (el llamado «grupismo»), que nunca ha encontrado canales institucionales adecuados para encauzarse. Aunque fue el primer partido dominicano en realizar elecciones internas, los perdedores y ganadores quedaban enfrentados, y los tres primeros procesos electorales (1978, 1982 y 1986) quedaron marcados por fuertes disputas intrapartidarias que afectaron negativamente el funcionamiento de los gobiernos perredeístas y las posibilidades electorales.

En cuanto a la gestión gubernamental, los gobiernos del PRD han coincidido con momentos de fuertes crisis económicas que, a pesar de tener causas distintas, han tenido manifestaciones similares: inflación, devaluación de la moneda y endeudamiento externo.

En los primeros dos gobiernos perredeístas (el de Antonio Guzmán, 1978-1982, y el de Salvador Jorge Blanco, 1982-1986) se lograron avances democráticos importantes. Se creó un ambiente de tolerancia y protección de los derechos políticos, se afianzaron los procesos electorales y se profundizó la desmilitarización de la política. En este periodo, se adiestraron también en la confrontación y negociación distintos grupos sociales, sobre todo empresariales y sindicales. Pero la crisis económica de principios de los 80 y la proliferación del clientelismo impidieron avanzar en el proceso amplio de redistribución de riqueza prometido por el PRD en sus campañas y esperado por amplios sectores de la población dominicana.

En el contexto de deterioro económico de aquella época, la percepción de un incremento en la corrupción gubernamental, unida a las luchas de facciones, produjo un fuerte descontento social. El resultado fue una pérdida de apoyo político. El porcentaje de votos obtenido por el PRD (con alianzas) bajó de 53% en 1978 a 39% en 1986, al final de la presidencia de Blanco. Este declive electoral contribuyó al triunfo de Balaguer en las elecciones de 1986, con 40,5% de los votos. Asimismo, la impopularidad del PRD benefició al Partido de la Liberación Dominicana (PLD), creado por Juan Bosch luego de abandonar el perredeísmo en 1973.

Así, quedó establecido el tripartidismo en la política dominicana. Cada una de las grandes fuerzas contaba con su líder carismático, que proveía ideología, estilo de liderazgo y base social de apoyo: Balaguer en el Partido Reformista Social Cristiano (PRSC), Bosch en el PLD y Peña Gómez en el PRD. Pero pese a contar con un líder indiscutible en la figura de Peña Gómez, el PRD no resolvió los conflictos internos ni afianzó la institucionalidad partidaria para estructurarlos. Simplemente, encubrió los problemas bajo el paraguas directivo de Peña Gómez.

Los esfuerzos de Balaguer por impedir que Peña llegara al poder en las elecciones de 1994 y 1996 dieron resultados. En esta última ocasión, el PRSC cerró una alianza con el PLD –denominada Frente Patriótico– que llevó a Leonel Fernández a la Presidencia. Pero estos esfuerzos generaron también un creciente descontento en amplios sectores sociales, muchos de los cuales se volcaron a favor del PRD en los comicios legislativos y municipales de 1998 y en los presidenciales de 2000. En ambas ocasiones, con Peña Gómez ya muerto, el PRD alcanzó la victoria. Hipólito Mejía, ex-compañero de fórmula de Peña Gómez, se impuso en los comicios de 2000 y el PRD retornó al poder.

El gobierno de Hipólito Mejía: del éxito posible al derrumbe

Una vez en el gobierno, Mejía desarrolló una estrategia de subordinación partidaria basada en la inserción clientelista de las distintas facciones internas. Mejía carecía de grandes ideas políticas pero, gracias a la distribución clientelar de posiciones y recursos, evitó que las luchas internas consumieran su gestión, como les había ocurrido a Antonio Guzmán y a Salvador Jorge Blanco. Su estrategia, sin embargo, hipotecó casi todo el liderazgo perredeísta. En oposición al discurso institucionalista desplegado durante la campaña, Mejía descansó en la distribución de poder y recursos. Primero lo hizo dentro del partido, repartiendo cargos directivos sin tener en cuenta los mecanismos institucionales; y luego en el gobierno, a través del nombramiento de amigos y adversarios partidarios en cargos públicos. Así, se crearon feudos políticos en la administración pública ocupados por los dirigentes del PRD. En ese proceso de distribución de cargos y aumento de la «empleomanía» estatal, se abandonó el proyecto de mejoramiento de la administración pública iniciado por el gobierno del PLD en 1996-2000, y que también había prometido el PRD en la campaña.En cuanto al estilo, Mejía reemplazó el intelecto político de Peña Gómez con una jocosidad que encantó, en un principio, a un amplio segmento de la población. Pero con el paso del tiempo y la agudización de la crisis económica su discurso pasó de jocoso a irritante y la población no perredeísta, sumida en la recesión, se sintió excluida del reparto clientelar.

El sistema casi autocrático que impuso Mejía, costoso y riesgoso para el PRD, marcó las relaciones de poder dentro del partido y del Estado. Se produjo un desenfrenado intento de sacar provecho inmediato de los recursos públicos, se incrementaron el endeudamiento y el gasto público y, como resultado, se generó una situación de inflación, devaluación e incertidumbre económica. El momento coincidió con la quiebra de tres bancos privados, incluido uno de los principales del país, el Banco Intercontinental. Los depositantes, grandes y pequeños, fueron rescatados por el gobierno mediante una inyección masiva de dinero, lo que aceleró la devaluación y la inflación.

Mejía había llegado al poder con casi 50% de los votos, apoyado por un partido de gran arraigo popular, con la misión de profundizar la democracia y el desarrollo social, con una cómoda mayoría en el Poder Legislativo y en los gobiernos municipales. La economía se encontraba en una situación estable y relativamente próspera y los partidos opositores habían salido disminuidos de las elecciones. ¿Qué pasó? ¿Por qué un proyecto político que podía ser exitoso se tornó tan frustrante para amplios sectores de la sociedad dominicana?

Sin dudas, la crisis bancaria empeoró el panorama económico, mientras que la voluntad de conseguir la reelección explica algunos de los males que han afectado históricamente a la nación dominicana. Pero hay que mirar otros asuntos para entender la naturaleza de la crisis que consumió al gobierno del PRD y al país durante la presidencia de Mejía. Tres factores ayudan a elaborar una explicación más amplia: la debilidad de las instituciones, la centralidad del Estado en la acumulación de riqueza y la escasa organización de la sociedad.

El primer punto, la debilidad histórica de las instituciones públicas dominicanas, facilitó, entre otras cosas, que el gobierno estableciera un control desmedido en la Junta Central Electoral, promoviera la modificación de la Constitución en 2002 para habilitar la reelección, utilizara a las Fuerzas Armadas con fines políticos, violara las leyes monetarias en el rescate de los depósitos de los bancos quebrados, realizara una convención amorfa en el PRD para elegir al candidato presidencial, utilizara los medios de comunicación del quebrado Banco Intercontinental para promover su proyecto político y lanzara una campaña electoral sobre la base del uso de los recursos públicos.

Por otra parte, la centralidad del Estado en la acumulación de riqueza es un factor de tentación constante. En una sociedad capitalista subdesarrollada como la dominicana, el Estado es un mecanismo vital de acumulación de riqueza para la elite económica y política que, sin someterse al esfuerzo competitivo, busca un enriquecimiento rápido e ilícito. Algo similar ocurre con la formación de clientelas políticas en las capas medias y en sectores empobrecidos que ofrecen lealtad a cambio de ayuda gubernamental.

La debilidad organizativa de la sociedad dominicana también juega un rol importante. En 2001 se iniciaron los debates en el Congreso para modificar la Constitución. Con tal fin, el Poder Ejecutivo convocó a las organizaciones de la sociedad civil para que estudiaran el asunto e hicieran recomendaciones. A principios de 2002, Mejía recibió un informe de una comisión, nombrada por él e integrada por representantes de distintas organizaciones sociales, con propuestas específicas de reforma. Sin embargo, después de obtener la mayoría en las elecciones legislativas de mayo de 2002, Mejía y los legisladores perredeístas ignoraron las sugerencias de la comisión y se embarcaron en una modificación constitucional que apuntaba simplemente a habilitar la reelección. La reforma fue aprobada fácilmente por el Congreso, con una amplia mayoría perredeísta, a pesar de que el PRD se había comprometido históricamente con la no reelección.

En otros aspectos la gestión presidencial de Mejía tampoco consiguió avances. El objetivo central del programa de gobierno del PRD era combatir la pobreza. Mejía recordó que había ganado las elecciones ofertando un programa de gobierno que, en lo esencial, se centraba en la lucha contra la pobreza y la corrupción. La consigna de campaña había sido: «PRD. La esperanza de la gente». Sin embargo, la política económica se basó en un aumento de impuestos y un incremento del endeudamiento externo y de los gastos corrientes. Esto contribuyó a crear una crisis económica con dos ejes que empeoraron las condiciones de vida de casi toda la población: inflación y devaluación de la moneda.

Las derrotas de 2004 y 2008

Hacia fines de 2002 la confianza en el gobierno de Mejía comenzaba a debilitarse; desde principios de 2003, el país entró en un periodo de grave crisis de confianza. Entre enero y julio, la acelerada devaluación del peso, que pasó de 22 a 35 por cada dólar, potenció el clima de crisis económica, al que se sumó el ya mencionado escándalo financiero por la quiebra de tres bancos. En 2003, por primera vez en una década, la economía dominicana entraba en un proceso de decrecimiento y registraba una caída significativa de las reservas internacionales.

En este contexto adverso, el proyecto reeleccionista se afianzó cuando Mejía anunció que buscaría un nuevo mandato. Esto generó importantes consecuencias políticas: en principio, profundizó el descrédito ético de los funcionarios públicos, ya que el presidente había reiterado en numerosas ocasiones que no buscaría la reelección. Al mismo tiempo, cobró aún más énfasis el clientelismo como estrategia para mantener cautiva una base social de apoyo. Finalmente, en un contexto de crisis económica cada vez más grave, se profundizó la crisis institucional del PRD en torno de la selección de la candidatura presidencial para las elecciones de 2004: aunque muchos líderes aspiraban a ella, ninguno pudo competir en igualdad de condiciones con el presidente.

Mejía diseñó su estrategia política sobre la base del cálculo de que las instituciones públicas dominicanas eran débiles y manipulables y que la sociedad era vulnerable a la corrupción y al clientelismo. No estaba del todo errado. Sin embargo, este plan de extorsión, clientelismo y corrupción encontró sus límites en la crisis económica, y porque además el bienestar de los grupos vinculados al gobierno contrastaba con las penurias de la mayoría de la población. El resultado fue que, en el contexto de dificultades económicas que atravesó el país en 2003 y 2004, solo permanecieron leales al gobierno aquellos que conformaban el voto duro del PRD o formaban parte de su clientela política. Mejía trató de aglutinar a este sector desesperadamente en la campaña electoral.

A diferencia de lo que ocurrió en el año 2000, cuando casi todos los vientos soplaban a favor de Mejía, el escenario de 2004 era adverso por la crisis económica y porque el PRD no lograba recuperar su tradicional arraigo social, ni retomar su misión histórica de promover la democracia. En este contexto, Mejía perdió las elecciones en manos de Leonel Fernández, del PLD.

Dos años más tarde, empequeñecido electoralmente, el PRD estableció una alianza electoral con el PRSC, el partido fundado por Balaguer, para competir en las elecciones legislativas y municipales de 2006. Pero la llamada «Alianza Rosada» resultó fallida, básicamente porque articulaba a dos partidos históricamente enfrentados que, más que unirse, necesitaban relanzarse. Muchos precandidatos del PRD se negaron a ceder sus nominaciones a los postulantes del otro partido.

En 2008, la situación también se presentaba difícil. Suele tomar cierto tiempo recuperar la popularidad después de un gobierno que concluyó con una crisis económica tan grave como la de 2003-2004. Sin embargo, no fue solo por el recuerdo negativo de los últimos años de la presidencia de Mejía por lo que el PRD terminó derrotado, sino también por errores de campaña que impidieron mejorar significativamente su posición.

El primero fue adelantarse en la selección de Miguel Vargas Maldonado, un rico empresario que había sido secretario de Obras Públicas de Mejía, quien fue tempranamente consagrado como candidato. Aunque aportaba recursos económicos, Vargas Maldonado nunca había ocupado un cargo electivo, carecía de ascendiente en las masas perredeístas y no contaba con una historia política que le permitiera ganar el apoyo de sectores ajenos al partido. El PRD debió hurgar más en sus filas para identificar una figura con capacidad de inspirar políticamente a los votantes.

Con esta decisión, el PRD abandonó una vez más la posibilidad de construir una alternativa política con un fundamento ideológico socialdemócrata. Prefirió el pragmatismo político apostando a un candidato que aportaba recursos económicos para mantener la maquinaria partidaria en movimiento, pero que no pudo liderar un proyecto político renovador y progresista.

El otro error fue la zigzagueante estrategia de campaña. En un principio, se lanzó una ofensiva mediática que presentaba a Vargas Maldonado y difundía ampliamente sus propuestas de políticas públicas orientadas al empleo y la educación. Sin embargo, al poco tiempo, la dirigencia del PRD comenzó a ocupar el centro de atención denunciando actos de corrupción del gobierno de Fernández, con lo que el programa del candidato quedó opacado.

Por otra parte, el PRD no logró responder de manera contundente al discurso central de campaña del PLD, sintetizado en el eslogan: «Cuando el PRD sube, el país baja». Frente a esta crítica, la dirección del PRD y su candidato presidencial se mostraron incapaces de asumir una defensa de la historia del partido, al que los propios dirigentes miraron como una fuente de problemas más que como un emblema a enaltecer. Esto quedó muy claro en la publicidad electoral, en la que las iniciales MVP (Miguel Vargas Maldonado) resaltaron sobre la sigla PRD.

Finalmente, el PRD cometió el error de recurrir intermitentemente a la figura de Mejía. Luego de la muerte de Peña Gómez, el ex-presidente sigue siendo el único líder partidario de alcance nacional, pero su figura genera un alto nivel de rechazo en un amplio segmento de la población. Si se quería utilizar a Mejía para movilizar al electorado perredeísta, debió habérsele asignado un papel importante desde el principio de la campaña, de manera que se obtuvieran rápidamente los beneficios y se minimizaran los costos. Pero si la idea era excluirlo de la contienda, Mejía debió mantenerse siempre a distancia.

El reto principal que enfrentó el PRD en las elecciones del 16 de mayo de 2008 fue demostrar que podía ampliar su base electoral de 2004. Lo logró. Subió seis puntos, de 34% en 2004 a 40% en 2008. Sin embargo, perdió las elecciones frente al presidente Fernández, del PLD, que obtuvo 54% de los votos. Como en otras ocasiones, el PRD ha intentado maquillar su derrota. En esta oportunidad, el argumento fue que el gobernante PLD había ganado las elecciones gracias a la utilización de los recursos públicos. Aunque el dispendio fue real, la diferencia de votos entre ambos partidos fue significativa, de casi 14%, por lo que el clientelismo político no alcanza para explicar la derrota.

El PRD hacia el futuro

La perspectiva del PRD es difícil. Su ciclo de «partido vanguardia» de los 60 y 70, cuando primaban los ideales políticos, está agotado, pero también su ciclo de «partido víctima», expresión de la deuda histórica que un sector importante de la sociedad sentía con el liderazgo injustamente cuestionado –en buena medida por el origen haitiano y color de piel– de Peña Gómez. No puede ser ya la vanguardia política porque su lucha histórica por la competitividad electoral se materializó, y porque durante sus gobiernos el país no avanzó hacia la construcción de un ideal redistributivo de corte socialdemócrata como el proclamado en sus campañas. Y no puede victimizarse, porque ha cometido los errores que critica a otros partidos, entre ellos la corrupción y el clientelismo.

«Socialdemocracia» fue el término que utilizó el PRD en los 70 para relanzarse electoralmente frente al conservador Balaguer. La apelación a estos ideales contribuyó a que el partido se tornara potable para amplios sectores de poder nacional e internacional y, además, ayudó a renovar ideológicamente sus cuadros más progresistas. Sin embargo, a pesar del destacado rol de Peña Gómez en la Internacional Socialista, los ideales socialdemócratas no se materializaron cuando el PRD estuvo en el poder.

Desde 1998, el PRD ya no cuenta con el liderazgo de Peña Gómez. En su doble condición de líder de masas y víctima del racismo, Peña Gómez había mantenido vigente al partido incluso en medio de los fracasos gubernamentales. Sin dudas, la construcción del personaje político de Peña Gómez dio muchos frutos electorales al PRD. Por ejemplo, sería imposible entender las victorias perredeístas en 1998 y 2000 sin tomar en cuenta la popularidad de Peña Gómez, manifestada incluso luego de su fallecimiento. En ambas ocasiones, el PRD logró capitalizar el voto del electorado antibalaguerista. En este sentido, podría decirse que las elecciones de 1998 y 2000 representaron las últimas venganzas del electorado antibalaguerista contra Balaguer.

Ahora, vacío de contenido ideológico y sin un líder capaz de articular ideas, generar sentimientos de simpatía y buscar acuerdos, el PRD tendrá que hacer un gran esfuerzo para no verse reducido a una red de traficantes políticos que sustentan su proyecto partidario en meros objetivos económicos. No se trata de un problema nuevo. Existía desde la época de Peña Gómez. La diferencia radica en que anteriormente el partido retenía cierto colorido ideológico. Pero la mayoría de los discípulos de Peña Gómez se dejaron arrastrar por el reeleccionismo de Mejía, cuando en aquel momento el deterioro económico e institucional del país exigía la formación de una corriente interna crítica que lograra salvar al PRD de la hecatombe electoral de 2004 y del predominio de un craso pragmatismo.

El PRD sigue atrapado en las luchas internas y no parece encontrar la forma de energizarse ideológicamente. Podrá seguir funcionando como maquinaria electoral, e incluso podría ganar nuevas elecciones. Sin embargo, sus gobiernos difícilmente alcanzarán éxito si el partido no articula un cuerpo de ideas y proyectos de transformación que pueda ejecutar con efectividad, y si no forja líderes comprometidos con la renovación social de la República Dominicana.