Coyuntura

La crisis de la izquierda europea y la necesidad de construir un nuevo paradigma para el siglo XXI.

Aunque el estallido de la crisis económica mundial alentó las expectativas de un ascenso de los partidos de centroizquierda en Europa, la realidad demostró que se trataba de una quimera. La dura derrota en las elecciones europeas del 7 de junio confirmó la tendencia descendente, cuyas causas profundas deben revertirse construyendo un nuevo paradigma político. El artículo sugiere alguno de los ejes para un nuevo programa de izquierda –una nueva política redistributiva, un Estado más activo, el impulso a una democracia más participativa– y argumenta que, si no se avanza en estos temas, la centroizquierda europea corre el riesgo de desaparecer lentamente, como sucedió con los partidos radicales nacidos a principios del siglo XX.

La crisis de la izquierda europea y la necesidad de construir un nuevo paradigma para el siglo XXI.

El 15 de septiembre de 2008, el día en que Lehman Brothers se declaró en quiebra, fue una jornada gris y fría en Londres. La ciudad, que depende del sector financiero más que casi ninguna otra en el mundo, parecía extrañamente calma y apagada, como si los titulares de la prensa vespertina la hubiesen dejado paralizada por el shock. Pero no todo era depresión. Ese mismo día, un grupo de intelectuales y políticos socialdemócratas provenientes de toda Europa se había reunido para participar en un seminario de reflexión sobre el futuro de la centroizquierda europea. El evento estuvo marcado por un optimismo amargo: el crash del capitalismo financiero, por dolorosas que fueran sus consecuencias, no podía implicar otra cosa que una revalorización de las políticas y los valores socialdemócratas.Un año después sabemos que se trataba de ilusiones vanas. La derrota en las elecciones europeas del 7 de junio demostró que ni el «efecto Obama» ni la crisis del capitalismo financiero podían detener la caída de la socialdemocracia europea. En aquellos comicios, el Partido Laborista británico obtuvo su peor resultado desde 1918; el Partido Socialdemócrata Alemán (SPD) y el Partido del Trabajo Holandés (PvdA), el peor desde 1945. En tanto, el Partido Socialista francés de François Mitterrand y Lionel Jospin alcanzó 16,4% de los votos, apenas por delante de los verdes. A esto hay que añadir el fracaso del SPD en las últimas elecciones nacionales realizadas en Alemania en septiembre de 2009 (11% menos de los votos en comparación con las elecciones de 2005).

Por supuesto, las expectativas de este seminario eran ingenuas desde el inicio. Los partidos de centroizquierda estuvieron demasiado involucrados en el desarrollo del capitalismo financiero como para que la crisis no los afectara. Pero el problema tiene raíces mucho más profundas: el electorado de la centroizquierda ya no sabe muy bien qué y a quiénes representa en verdad la centroizquierda. Tampoco lo saben los propios partidos: en el transcurso de los últimos años, el movimiento fue perdiendo progresivamente su perfil político e ideológico, renunciando largamente a formular un proyecto progresista auténtico y autónomo.Las siguientes reflexiones se centrarán en cinco áreas en las cuales se presume que radican las principales causas de la pérdida de caudal electoral de los partidos socialdemócratas europeos, pero que son también las áreas políticas donde se debe construir un nuevo paradigma político de centroizquierda. Es decir, aquellas áreas por las que habría que comenzar si se pretende formular un proyecto socialdemócrata para el siglo XXI.

1. La vuelta de la cuestión distributiva

La creciente brecha social constituye el problema socioeconómico más urgente que debe enfrentar la izquierda en Europa. Tampoco el neoliberalismo «suavizado» por el Estado social de los gobiernos de izquierda de la segunda mitad de la década del 90 (que por entonces gobernaban 12 de los 15 países de la Unión Europea) pudo impedir el descenso social de un sector cada vez más amplio de trabajadores. En las últimas décadas, la participación de los salarios en la renta nacional sufrió una disminución constante en los países de la UE, al igual que en el resto de la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE). Y no solo los sectores de bajos ingresos se vieron afectados, sino también los de ingresos medios, es decir, ese «centro» de la sociedad cuyos intereses y necesidades había prometido defender la izquierda tecnocrática. Además, la distribución del patrimonio es aún más injusta. Los principales beneficiarios de esta tendencia fueron un pequeño grupo de personas riquísimas cuyos altos ingresos aumentaron enormemente en aquella etapa, alimentando la burbuja especulativa de los mercados financieros de los últimos años.

En este contexto, parece inevitable que la centroizquierda europea reoriente sus propuestas en materia de política económica, impositiva y laboral. La teoría del derrame (trickle down) no se ha verificado en los últimos años, tampoco en su versión socialdemócrata. Por eso, la cuestión de la distribución de la plusvalía entre el capital y el trabajo debe ser reinstalada en el centro de la política. El objetivo principal de una política progresista no debería ser mitigar la pobreza mediante políticas sociales, sino más bien impedir que esta se genere. En los últimos años, sin embargo, sucedió lo contrario. La centroizquierda se concentró, mediante una política social «activadora», en el alivio de la pobreza y en el combate a sus raíces, supuestamente privadas y subjetivas. Las consecuencias no deseadas de esta política quizás hayan superado largamente las deseadas: la flexibilización de la legislación laboral, la reducción de las prestaciones sociales y la necesidad de los desempleados de aceptar trabajos de menor calificación ejercieron una presión considerable sobre los salarios y las condiciones de trabajo, contra la que poco pudo hacer un movimiento sindical cada vez más debilitado. La evolución de los salarios se desacopló considerablemente de la evolución de la productividad. «Estamos corriendo para no movernos»: así describió la evolución de la situación social un estrecho asesor de Gordon Brown en Gran Bretaña. Las transformaciones en la «economía real» son de una magnitud tal que incluso los considerables esfuerzos y gastos sociales realizados desde 1997 por los gobiernos laboristas apenas han logrado que la situación no empeore, sin generar mayores avances.

En las economías de mercado, la distribución de la plusvalía entre trabajadores y empresarios constituye un problema difícil de regular de manera directa mediante políticas públicas. Más allá de las políticas regulatorias, influyen otros factores: la globalización, el mercado interno europeo, la desocupación crónica y la inmigración limitaron considerablemente la eficacia de las políticas estatales (pero también de las estrategias sindicales) en esta área. No obstante, existen posibilidades de acción: ampliar los derechos de coparticipación de los trabajadores en las empresas, gravar más fuertemente las ganancias, los ingresos más altos y las herencias, fortalecer la participación de los empleados en los ingresos operativos, implementar y aumentar los salarios mínimos, re-regular los mercados de trabajo, fortalecer los derechos de los trabajadores y las posibilidades de organización de los sindicatos, mejorar los salarios en el sector público para que ejerzan presión sobre el sector privado... son muchas las alternativas posibles para un «stakeholder capitalism» practicado en serio, cuyo objetivo sea corregir un esquema de redistribución que impide el aumento de salarios y combatir el desacople entre la evolución de la productividad y la de los salarios. Hay espacio para hacerlo: entre 2001 y 2006, la renta nacional de Alemania se incrementó en 202.000 millones de euros, de los cuales 85% fueron ingresos empresariales y patrimoniales, mientras que los 34 millones de trabajadores en relación de dependencia se quedaron apenas con 15%.