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Izquierda, empresarios y política

La pregunta «¿Puede un empresario ser de izquierda?» lleva a un interrogante más básico: ¿qué significa hoy ser de izquierda? Para el autor, es necesario distinguir entre dos izquierdas, una moderna y política, y otra arcaica y no política. La primera tiene, además de sus programas específicos, la obligación de garantizar la vitalidad del juego político democrático. Si lo consigue, como ocurre hoy en algunos países de América Latina, los empresarios podrán apoyar a los partidos de izquierda capaces de ofrecer una estabilidad social que garantice las inversiones de largo plazo.

Izquierda, empresarios y política

Cuando NUEVA SOCIEDAD me solicitó un artículo acerca de si es posible que los empresarios sean de izquierda, un cierto reflejo –condicionado por paradigmas que a pesar de haber desaparecido siguen como ánimas, penando– me hizo pensar de modo automático que se trataba de una imposibilidad. Es que, de acuerdo con los antiguos paradigmas, la pertenencia a la izquierda se definía, en primer lugar, por una posición de clase determinada por supuestos intereses frente a los cuales uno, en tanto intelectual orgánico de la clase desposeída, debía declararse enemigo o seguro servidor. No obstante, una segunda mirada me llevó a concluir que esa pregunta, aun de acuerdo con el antiguo paradigma, es perfectamente lógica. Basta recordar que la llamada «izquierda mundial», hegemonizada por el movimiento comunista soviético –con excepción de los breves periodos en que se vio aquejada por la «enfermedad infantil (izquierdista) del comunismo»– postuló un proyecto de alianzas en el que las llamadas «burguesías patrióticas o nacionales» tenían un lugar privilegiado.

Recuerdos del pasado

El «movimiento comunista mundial», máximo depositario de la identidad simbólica de la izquierda durante la Guerra Fría, postulaba para los países del llamado Tercer Mundo un proyecto de revolución por etapas. En las primeras, las democrático-nacionales, el proletariado debería recurrir al concurso de las «burguesías patrióticas». En términos más prácticos que ideológicos, ese supuesto movimiento comunista propiciaba ganar el concurso de las clases medias, que contenían, naturalmente, a muchos empresarios intermedios.

Incluso en algunos países europeos, en donde no podía tener lugar un proyecto de liberación nacional, los comunistas proponían una estrategia basada en la lucha contra el «capitalismo monopólico», de acuerdo con la cual los capitalistas (empresarios) eran segmentados en dos capas: una promonopólica y otra antimonopólica. Con la primera, el proletariado debía establecer una alianza táctica en función de un proyecto estratégico de toma del poder que, pasando por la antesala de un «capitalismo monopólico de Estado», debería culminar en la fase comunista final.

Por lo tanto, la idea de que parte del empresariado, aunque no fuera de izquierda, podía ser ganado por un proyecto de izquierda, no era ajena a la antigua izquierda marxista. En cierto modo, esa intención provenía no solo de una ideología soviética, sino también de una constatación realista: nunca el proletariado (es decir, su partido) podría hacerse del poder sin el concurso de las burguesías nacionales, o de las capas medias, o del «capitalismo no monopólico», o de quien fuera (las denominaciones diferían en el tiempo y en el espacio). De ahí que, para cumplir ese objetivo, era necesario el apoyo de otras «clases subalternas». El aliado natural o estratégico del proletariado debía ser el campesinado. Un aliado menos natural, no estratégico sino más bien táctico, estaba constituido por determinados grupos del «empresariado patriótico».

A fin de realizar un programa que integrara a sectores de la burguesía (empresarios), la izquierda prosoviética comenzó a favorecer, después de la Segunda Guerra Mundial, la formación de frentes o bloques de acción política, algunas de cuyas expresiones asomaron en América Latina en la Unidad Popular chilena y el Frente Amplio uruguayo. Que efectivamente esas formaciones políticas hubieran logrado arrastrar a sectores empresariales hacia posiciones de izquierda es otro cuento. La dificultad para alcanzar aquella meta residía en la división tajante que hacía esa izquierda entre los objetivos estratégicos y los objetivos tácticos. Los sectores empresariales, así como las capas medias, deberían seguir al proletariado solo hasta llegar a un determinado punto: los empresarios, no sin cierta lógica, entendían que iban a ser usados para llegar al poder, y que después serían fusilados como había ocurrido ya con la «clase campesina progresista» durante la era de Stalin en la ex-Unión Soviética.

Aun los partidos comunistas más realistas de Occidente establecieron una relación puramente instrumental con la «democracia burguesa», lo que, por cierto, no era el medio más adecuado para conquistar el amor de las capas burguesas desplazadas por el «imperialismo» o por el «capital monopólico». El único partido comunista del mundo que estableció una relación no instrumental con la democracia fue el italiano, pero para eso tuvo que dejar de ser comunista antes aún de la caída del Muro de Berlín.

Pero ocurrió que, a pesar de los llamados formulados por la izquierda prosoviética, algunos sectores empresariales se integraron en las socialdemocracias europeas, que por lo menos les garantizaban no ser fusilados en una fase «más avanzada» del «proceso histórico». Esto significa que, en el pasado, la pregunta acerca de si algunos empresarios pueden ser de izquierda fue respondida afirmativamente: para la izquierda prosoviética, la alianza con sectores de la burguesía era necesaria, pero fue imposible; para la socialdemocracia (que según los comunistas no era izquierda sino derecha, pero que según la derecha era de izquierda), era y fue posible.

Hasta aquí los recuerdos. Volvamos ahora al presente latinoamericano y a la pregunta formulada por NUEVA SOCIEDAD: ¿puede ser de izquierda un empresario? Para responder a este interrogante es necesario, antes, responder a otro: ¿qué significa ser de izquierda hoy en América Latina?

¿Qué es ser de izquierda hoy en América Latina?

Algunas respuestas a esta pregunta fueron incluidas en el número 197 de NUEVA SOCIEDAD. Es interesante constatar que cada uno de los autores definió a la izquierda de un modo distinto, aunque todos estuvieron de acuerdo en un punto: en América Latina hay dos izquierdas, una «arcaica», que equivale a los restos marxistas-leninistas de la Guerra Fría, y otra «moderna», presente en diversos gobiernos como los de Argentina, Brasil, Chile y Uruguay. La mayoría coincidió en señalar como un caso aparte al gobierno de Venezuela, que parece representar una síntesis entre el viejo populismo nacionalista, la antigua izquierda de la Guerra Fría y algunas connotaciones menores que corresponden con la izquierda moderna, a las que se suman ciertas expresiones fascistoides; es decir, un lío que alguna vez los venezolanos tendrán que desenredar.