Entrevista

América Latina frente al nuevo tablero global

Entrevista a Guadalupe González y Monica Hirst


abril 2026

En un escenario internacional marcado por la disputa entre potencias, la erosión del regionalismo y la presión creciente de Estados Unidos, Guadalupe González y Monica Hirst analizan el lugar de América Latina y los dilemas de su autonomía a partir de la publicación de la encuesta AMLAT Radar 2026.

<p>América Latina frente al nuevo tablero global</p>  Entrevista a Guadalupe González y Monica Hirst
Monica Hirst y Guadalupe González

América Latina enfrenta una coyuntura compleja. A las persistentes dificultades de crecimiento y desarrollo de la región se suman nuevos desafíos que provienen de la arena internacional. La disputa por el poder global, la crisis del orden liberal internacional y las urgencias de la transición energética han provocado una situación paradójica en la que los países de la región reciben una atención inusitada, pero se encuentran a la vez vulnerables y aturdidos. En los últimos meses, América Latina fue escenario de grandes foros internacionales –como el de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños y la Unión Europea (Celac-UE) y la Conferencia de las Partes de la Convención de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP) en Belém–, de nuevos acuerdos comerciales y de cooperación sectoriales, pero también enfrentó ataques en el mar Caribe, una intervención militar en Venezuela y presiones inéditas sobre la licitación y el control de infraestructuras estratégicas en países como Panamá, Perú o Chile.

En esta entrevista, Guadalupe González y Monica Hirst, miembros del grupo Diálogo y Paz, analizan el presente de la región. Guadalupe González es investigadora y analista en El Colegio de México (COLMEX), especializada en política exterior latinoamericana, relaciones interamericanas y opinión pública en asuntos internacionales. Monica Hirst es especialista en temas de política exterior brasileña, cooperación internacional y seguridad regional. Se desempeña como investigadora en el Instituto de Estudios Sociales y Políticos de la Universidad del Estado de Río de Janeiro.

Esta entrevista tiene como trasfondo la publicación de la encuesta AMLAT Radar 2026: Miradas latinoamericanas sobre Europa y el mundo, sustentada en un relevamiento de 12.000 entrevistas realizadas en diez países: Argentina, Brasil, Bolivia, Chile, Colombia, Costa Rica, Guatemala, México, Uruguay y Venezuela.

El escenario internacional atraviesa una recomposición acelerada, muchas veces pensada en términos de crisis o de interregno. En este marco signado por la incertidumbre y por la disputa entre viejos y nuevos centros de poder, ¿cómo se lee hoy el mundo desde América Latina?

Guadalupe González: Yo me inclino por la tesis del interregno más que por aquellas que hacen hincapié en la crisis, en tanto todo interregno supone, a la vez, una ruptura con lo preestablecido y la gestación incierta de un nuevo orden. En ese marco, también el lugar de América Latina está siendo recalibrado, tanto desde la mirada de los polos de poder global como desde la propia región. Creo que es importante atender a esas dos dimensiones.

Desde los centros de poder, América Latina aparece como una región menos gravitante que en otros momentos, pero al mismo tiempo más atractiva, porque en la lógica de la nueva geopolítica y de la nueva geoeconomía la región ha ganado importancia. La percepción desde la propia América Latina es que el continente vive cierta dispersión, como si hubiera varias brújulas moviéndose en direcciones distintas. Al mismo tiempo, se evidencia en la ciudadanía latinoamericana un ánimo de defensa de la soberanía. Y debo aclarar que esto lo digo no tanto desde la perspectiva de los gobiernos o de las políticas exteriores, sino a partir de lo que muestran los datos de percepción ciudadana.

Monica Hirst: Está, por un lado, la idea de interregno, concebida por Gramsci en los años 30; y, por el otro, la interpretación histórica de Edward Hallett Carr sobre la crisis de la década de 1920, que resulta muy semejante desde el punto de vista del diagnóstico. La contribución de Carr fue justamente distinguir entre un periodo en el que se mira hacia el pasado y otro en el que se mira hacia el futuro.

En el trabajo con la encuesta AMLAT Radar 2026 utilizamos el concepto de interregno como una brújula. Creo que, en una primera etapa, los hechos nos llevaban a mirar aquello que estaba quedando atrás, aquello que empezaba a agotarse: el orden liberal, la incontestable hegemonía de Estados Unidos sobre la región y una serie de rasgos asociados a las etapas ya cerradas de la Posguerra Fría. El periodo que atravesamos hoy obliga, en cambio, a mirar hacia adelante. En ese marco, y con todas las señales mórbidas de las que hablaba Gramsci, la incertidumbre se impone con mucha fuerza. Al mismo tiempo, se verifica un cambio en el lugar geopolítico de América Latina.

Antes prevalecía una suerte de marginalidad estratégica, una relativa irrelevancia desde el punto de vista de la incidencia o de la presencia de la región, no solo en la agenda global sino también en la propia configuración del orden internacional. En esta segunda etapa en la que la región empieza a mirar hacia el futuro, aparece un nuevo protagonismo y una nueva gravitación para América Latina. Y eso ocurre en un contexto que ya no es simplemente de transición, sino de ruptura.

Allí es exactamente donde estamos. Tal vez la presencia de Donald Trump sea la señal mórbida más contundente, pero no es la única. En este nuevo momento, la región va a ocupar un lugar distinto. Pero eso no significa necesariamente que ese nuevo lugar vaya a beneficiarla, ni que vaya a facilitar sus opciones de política exterior, sus preferencias de asociación con distintos centros de poder o la superación de los grandes problemas que enfrenta en su vida cotidiana.

Recién señalaban que, en este nuevo escenario, América Latina vuelve a adquirir una relevancia geopolítica que parecía haber perdido, y que en ese giro ocupa un lugar central la relación con Estados Unidos y, en particular, con Donald Trump. El año pasado, en un artículo publicado en la revista Latin American Policy, ustedes plantearon que Washington estaba convirtiendo a la región en una suerte de «laboratorio de control». ¿Cómo evolucionó ese vínculo desde entonces, sobre todo tras el anuncio del «corolario Trump» a la Doctrina Monroe?

GG: Cuando publicamos el artículo, partíamos de una intuición: la creciente centralidad de América Latina en el diseño de política exterior de Estados Unidos sugería que la región podía convertirse en un laboratorio de control. Es decir, en uno de los escenarios privilegiados de ese pasaje de la hegemonía a la dominación que constituye, también, uno de los rasgos del interregno actual. En los meses siguientes, esa hipótesis se reforzó con el despliegue en el Caribe, con la operación del 3 de enero en Venezuela y con la publicación de la Estrategia de Seguridad Nacional y la Estrategia de Defensa Nacional de Estados Unidos. Todo eso confirma, a mi juicio, que América Latina está funcionando como un laboratorio para testear dispositivos, escenarios y formas de intervención. Y eso se vuelve todavía más visible cuando empieza a hablarse de si puede haber una «salida venezolana» para Oriente Medio o de qué va a ocurrir con Cuba.

Lo que se juega hoy en América Latina excede, en cierto modo, a la propia región. No se trata solo de dirigirse a ella o de controlarla, sino de utilizarla como pieza de un tablero geopolítico más amplio. Eso era, en el fondo, lo que buscábamos señalar con la hipótesis del laboratorio, y creo que los hechos la han confirmado.

Ahora bien, que esa lógica aparezca plasmada tanto en acciones concretas como en documentos estratégicos no significa que exista un diseño perfectamente aceitado. Y eso también refuerza nuestra hipótesis. En los últimos meses siguió predominando una dinámica de prueba y error, marcada por la improvisación y una insólita ampliación de los instrumentos de control. Me parece un punto importante, porque no estamos frente a una estrategia completamente cerrada. Es cierto que existe una visión de mundo que no está carente de ciertas convicciones. Pero las decisiones concretas no se toman en el vacío: están atravesadas por la enorme polarización que vive hoy Estados Unidos y por el juego político-burocrático que se vive dentro de la propia administración Trump.

MH: Por un lado, está la improvisación, ligada a la idea de testeo, de laboratorio y, por ende, a la ausencia de una gran estrategia. El de «gran estrategia» es, de hecho, un concepto clásico, asociado a las dinámicas hegemónicas o imperiales; pero, en el caso de la administración Trump, lo que vemos son más bien impulsos, construcciones precarias que expresan cierta fragilidad. En este marco, subrayaría dos puntos. El primero es que esta lógica de experimentación y prueba y error probablemente se haga todavía más visible en el segundo año del gobierno de Trump, aunque no alcanza con describirla solo en esos términos. En ese sentido, con o sin Trump, hay un proceso que no tiene vuelta atrás, también desde el punto de vista de la crisis reputacional de Estados Unidos. El hecho de que la región se haya convertido en un laboratorio hizo que esa crisis se manifestara de una manera contundente y unidireccional.

Esto abre otro tema, que es el del apoyo existente hoy dentro de la propia región para llevar adelante este proceso. América Latina podría haberse convertido en un laboratorio de resistencia o de contestación. Pero lo que termina imponiéndose es una lógica de captura. Así ocurrió con Nicolás Maduro, por ejemplo, y así está ocurriendo con Cuba. Cuba está siendo capturada. Mucho de lo que Estados Unidos no logró con un bloqueo que lleva ya muchas décadas lo está logrando ahora.

Por otra parte, es importante destacar que ciertas orientaciones de política exterior encuentran respaldo en algunos gobiernos, pero no en sus sociedades. Se trata de un dato importante y novedoso, que en nuestra investigación aparece de manera diferenciada según los países, con posiciones tanto favorables como contrarias.

Hay gobiernos que hoy hacen cosas muy distintas en materia de política exterior: basta pensar, por ejemplo, en Argentina y en Brasil. Hay, además, un conjunto de bedfellows [«compañeros de cama», es decir, socios circunstanciales] de Washington en la región, lo que permite que esta experimentación cuente con un colchón de apoyos y, obviamente, atenúe su impacto. Esta es una situación sustancialmente distinta a la que, por ejemplo, se vive en Oriente Medio. Y esa diferencia va a hacerse cada vez más visible porque, por primera vez, una metáfora regional es utilizada para pensar un escenario global: todo lo que Trump desearía es una Delcy Rodríguez en Irán. Y la frustración de no tenerla lo vuelve más agresivo en ese frente.

También es notable la diversidad de funciones que la región empieza a cumplir en esta coyuntura. Son papeles que antes no tenía. Pero, por ahora, se trata siempre de roles definidos y habilitados por Estados Unidos, no de lugares construidos desde la propia región. Europa permanece silenciosa frente a América Latina. China también mantiene un silencio muy marcado. Y ese es otro dato que conviene subrayar.

GG: Exacto, se trata de un silencio activo…

¿Qué quiere decir, en este caso, un «silencio activo»?

GG: Quiere decir que, tácitamente, en toda la estrategia de Estados Unidos hay una voluntad de evitar una confrontación directa con China. Es decir, la disputa se juega en otro tablero: no hay una confrontación abierta. Y, del lado chino, creo que ocurre algo similar. Cuando hablo de un «silencio activo» respecto a América Latina, me refiero a eso: por un lado, China no toma posición de manera explícita; por otro, no hay el menor repliegue en sus iniciativas concretas de inversión, financiamiento, comercio, cooperación y tecnología en la región. Esas iniciativas siguen sumándose, pero sin estridencias y sin producir una confrontación directa.

Hay un punto llamativo en esta dinámica de Estados Unidos hacia la región: no vemos reacciones latinoamericanas como las que quizá hubiéramos visto hace una o dos décadas, incluso cuando las acciones que Washington impulsa en su «laboratorio» parecen tensionar principios que durante mucho tiempo fueron constitutivos de la identidad regional, como la no intervención en los asuntos internos o el rechazo al uso de la fuerza. Ustedes sugieren que parte de la explicación remite a esos apoyos y bedfellows, pero ¿hay también otros actores en juego? ¿Está emergiendo una nueva legitimidad para este tipo de acciones?

MH: Creo que usted toca un punto muy relevante, que además nos permite tender un puente con la encuesta AMLAT Radar 2026. El daño reputacional que sufre Trump es claramente visible en la región y está siendo producido por decisiones y orientaciones de los gobiernos, no de las sociedades. Desde el punto de vista de las percepciones y de los climas de opinión predominantes, no hay un respaldo a las acciones de Washington. Al contrario: lo que aparece es una manifestación de rechazo y una búsqueda de preservación por otras vías, no militarizadas y no violentas. Ahí hay, entonces, un problema. La pregunta es hasta qué punto todo esto puede terminar provocando un daño mayor a la democracia en la región.

Si uno se pregunta si existe algún margen para trabajar con una agenda más progresista e inclusiva orientada hacia el futuro, hacia el desarrollo sustentable y hacia un abanico más amplio de vínculos internacionales en el que la subordinación no sea la única opción, lo que se observa es que hoy todavía hay elementos en América Latina para avanzar en esa dirección. Y eso es visible tanto en el marco de los Estados nacionales como en el de los actores subnacionales.

GG: Ahí hay una pregunta de fondo: ¿por qué no vemos una práctica de acción colectiva que sostenga una opción de este tipo? Y si esa ausencia se combina con coaliciones de gobiernos que se alinean con Estados Unidos, ¿no estaríamos, por lo tanto, ante una nueva legitimidad? La respuesta, creo, es compleja.

Estamos en un momento de desconcierto. Dada la centralidad que hoy le asigna a la región, Estados Unidos está desplegando una batería de mecanismos de control y de presión, lo que ubica a los países latinoamericanos en una situación de asedio. A eso se suma que la estrategia estadounidense responde, en buena medida, a una lógica de «divide y reinarás». La propia Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos explicita esa orientación: construir seguidores, apoyarse en ellos y delegar en ellos parte del control. En parte, entonces, la falta de coordinación también se explica por esa misma estrategia.

Al mismo tiempo, los países enfrentan presiones distintas, en tiempos distintos y, en algunos casos, de forma sostenida y prolongada. Es la combinación de lo que llamamos el «efecto vértigo» y los bilateralismos a la carta. Por eso no hay una reacción coordinada. Lo que sí existe es una diversidad de estrategias diplomáticas orientadas a negociar en medio de esa presión y a encontrar pequeños márgenes de maniobra, según la problemática que atraviesa cada caso. Pienso, por ejemplo, en México.

Para México, hoy lo fundamental es atravesar la renegociación del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC). Y eso explica muchas de las cosas que está haciendo. Esto no quiere decir que México esté inmóvil o que no tenga nada para hacer. Está desplegando una diplomacia múltiple dentro de Estados Unidos, aunque esa diplomacia no siempre se vea. También está buscando una interlocución con Washington en torno de la cuestión cubana, porque la relación entre México y Cuba es triangular y ha sido siempre muy activa. Por eso no conviene quedarse con la impresión de un simple seguidismo de los gobiernos.

Hay otra explicación que se vincula a la primacía de una política interna marcada por la miopía del corto plazo. Tanto en Estados Unidos como en América Latina, muchas decisiones responden hoy, sobre todo, al cálculo electoral más inmediato, lo que produce una suerte de miopía estratégica.

Hay, además, una tercera explicación que me parece más compleja y más profunda: la emergencia de derechas radicales en todo el continente, que en buena medida reproducen fórmulas importadas. Y eso remite, justamente, a la cuestión de si está emergiendo una nueva legitimidad que ya no sería liberal, sino conservadora. Pero, al menos en términos económicos, yo no veo en la encuesta la consolidación de una nueva legitimidad conservadora o anticomercio. Lo que aparece son preferencias muy marcadas a favor del derecho internacional, de la apertura comercial y de la paz, junto con un rechazo al armamentismo y a la nuclearización.

MH: En relación con la crisis del regionalismo, creo que hay un dato que la encuesta AMLAT Radar 2026 también confirma: la caída, en el imaginario de la región, de la idealización de la integración regional. Durante mucho tiempo, la integración fue una gran bandera del regionalismo latinoamericano. Hoy, en cambio, ya no hay un proyecto regional como tal. Y, en términos generales, la integración aparece claramente como una prioridad de menor peso.

Cuando un sistema de creencias en torno de un proyecto o de un ideal empieza a resquebrajarse, resulta más fácil que otro lo desplace. Eso es, en parte, lo que ocurrió con el regionalismo. Ese horizonte regionalista fue perdiendo fuerza por frustración, pero también por la falta de estímulos que la propia América Latina fue generando. No se trató de un proyecto desmantelado por una gran ofensiva en su contra ni por la resistencia de intereses poderosos, sino de un horizonte que fue perdiendo fuerza por su propio desgaste. Llevamos 25 años de agrarización, desindustrialización y reprimarización de nuestras economías, y en ese contexto la integración regional fue quedando cada vez más relegada, como una idea que dejó de ser perseguida, sostenida y defendida.

En ese contexto, tanto la extrema derecha en el plano político como los intereses comerciales completamente desvinculados de cualquier horizonte desarrollista avanzan con mucha facilidad. Y ahí hay una responsabilidad de la propia región. No conviene victimizarnos cuando pensamos en el lugar en el que hoy estamos en materia de regionalismo.

La paradoja es que América Latina vuelve a ganar relevancia en el escenario internacional, pero lo hace sin casa propia, sin un marco regional que la contenga. Y eso la enfrenta a esta reconfiguración del orden global en condiciones de mayor vulnerabilidad.

Hay un concepto que atraviesa buena parte de esta discusión y que durante mucho tiempo tuvo un peso decisivo en las políticas latinoamericanas: el de autonomía. A la luz de las conductas de los gobiernos de la región y de las preferencias que revelan hoy las sociedades, ¿qué espacio queda para pensar la autonomía en América Latina en un contexto de presión geopolítica como el actual?

GG: Voy a responder desde lo que encontramos en la encuesta AMLAT Radar 2026. Hoy, la idea de autonomía cobra nuevo sentido a partir de una percepción clara: la de que ya no existe un liderazgo único ni un solo polo de poder.

Y no se trata solo de que no haya un polo dominante. Desde la perspectiva latinoamericana, aparece un polo para las cuestiones normativas, otro para la dimensión militar y otro para la tecnológica; mientras que, en el terreno económico, lo que predomina es la competencia entre Estados Unidos y China. Eso se ve con mucha claridad cuando analizamos las distintas dimensiones de la estructura del sistema internacional de poder. Hay, además, algunos temas en los que los resultados de la encuesta sugieren la existencia de vacíos de liderazgo, vacíos que alguien va a tener que llenar. Yo señalaría tres: la promoción de la paz, donde hoy hay un vacío muy marcado; la lucha contra la pobreza y la desigualdad; y la defensa de los derechos humanos.

Desde la perspectiva ciudadana, en América Latina aparece un rechazo al planteo del proyecto MAGA encarnado por Trump. Y, al mismo tiempo, se evidencia la idea de que existen otras alternativas. Se percibe que Estados Unidos ya no funciona como un modelo de desarrollo, que su democracia está en retroceso y que muchas de las decisiones de Trump son vistas muy negativamente. Ahí se advierte con claridad esa percepción de que hay otras opciones posibles.

Por último, hay otra clave importante: hoy la autonomía parece estar cada vez más asociada a beneficios tangibles para las personas. Ya no funciona como un tipo ideal ni como un símbolo vacío. La política exterior empieza a pensarse, más bien, en función de dos criterios muy concretos: por un lado, la posibilidad de obtener beneficios materiales, tangibles y reales; por otro, la capacidad de decisión, que es donde entra en juego la defensa de la soberanía y de una identidad propia. En ese punto, la soberanía no aparece tanto en términos ideológicos o simbólicos, sino como la condición mínima de una existencia propia y de un perfil propio. Por eso, me parece que en esta visión de la autonomía se trasluce una actitud profundamente pragmática.

MH: Yo sumaría otros elementos que quizás ayuden a pensar esta discusión. El primero es lo que, en la literatura de relaciones internacionales, se ha llamado la difusión del poder internacional. La percepción de esa difusión es importante porque habilita la posibilidad de elegir entre distintas opciones, de no quedar atados a un único centro de poder. Y ahí aparece un rasgo central de la autonomía: la posibilidad de moverse.

Ese margen de movimiento se sostiene, a mi juicio, en dos cuestiones. La primera es que las sociedades de estos diez países –tal como muestra la encuesta– no son ingenuas ni están desinteresadas de lo que ocurre en el mundo. Al contrario: siguen esos procesos, los registran y se sienten parte de ellos.

En ese marco, la idea de que el regionalismo podía funcionar como trampolín o como base de articulación con el exterior pierde fuerza. Pero lo que no pierde fuerza es justamente el exterior. Hay una percepción clara de los procesos globales, al mismo tiempo que disminuye la valoración de la dimensión regional como mediación o plataforma.

Dicho eso, hay otra cuestión importante vinculada con esa difusión del poder internacional: el desplazamiento de Occidente hacia Oriente y el deseo de la región de acompañar, en alguna medida, ese movimiento. Hay una tendencia a mirar hacia Oriente, no para construir una nueva subordinación ni para reemplazar un liderazgo por otro, sino para ampliar el abanico y generar más opciones. Pero ese movimiento exige autonomía y exige soberanía. Sin soberanía, ese giro es apenas un sueño de una noche de verano. Y cuando aparece la idea de Oriente, no se trata solo de China, sino también de Japón y Corea. Al mismo tiempo, cae la valoración que las sociedades atribuyen a los países europeos.

Durante mucho tiempo, Europa fue para América Latina un socio y también una fuente de referencias en varios de los terrenos que hoy ustedes identifican como vacíos de liderazgo. En este contexto, ¿cómo ven hoy el lugar de Europa?

GG: Europa hoy tiene menos peso en la mirada latinoamericana y aparece cada vez más asociada a una imagen del pasado. La agenda, sin embargo, sigue ahí: la paz, la lucha contra la pobreza y la desigualdad, los derechos humanos. Todos esos siguen siendo temas centrales para la región. La disonancia aparece más bien en la forma en que Europa los aborda, a veces con un tono civilizatorio, cuando América Latina se mueve hoy en un registro mucho más pragmático, más ligado a beneficios tangibles.

Si esta encuesta deja una implicancia para Europa, es bastante clara: necesita actualizar su manera de acercarse a la región. Porque incluso en terrenos en los que hoy se percibe que China lleva la delantera, Europa todavía tiene mucho para ofrecer, y además sin despertar el nivel de desconfianza que sí genera Estados Unidos. Pienso, sobre todo, en ciencia, educación y tecnología.

MH: De las tres grandes banderas en las que la Unión Europea puso más énfasis durante los últimos 25 o 30 años de la Posguerra Fría –la integración regional, primero el medio ambiente y luego el cambio climático, y los derechos humanos–, la única en la que realmente tuvo éxito fue la de los derechos humanos, en el sentido de haber proyectado en la región una voz normativa y una cierta autoridad como referente. Podría decirse, incluso, que contribuyó a producir un cambio de mentalidad. Eso se vio en cuestiones como la democracia y el Estado de derecho, y ese reconocimiento aparece también en la encuesta. Pero dentro de la agenda de derechos humanos hay una dimensión social, de la que Europa se desentendió por completo.

En los otros temas, en cambio, el balance es distinto. En materia de integración, hay una correlación entre la importancia que tuvo el modelo europeo y la propia valoración de la integración regional, y se pone en evidencia que se trata de una referencia en retroceso. Y, en lo que respecta a la economía verde, me parece que ahí hay un punto al que vamos a tener que prestar mucha atención.

En el debate público empieza a instalarse la idea de que la agenda climática pertenece a un contexto de paz, no a uno de guerra. Y eso, creo, profundiza una tendencia más general: la incapacidad de Europa para ofrecer un horizonte de transformación, en lugar de una lógica de condicionalidad, como ocurrió en la agenda comercial. Ese impulso se perdió; ya no viene de ahí. Si en nuestra región se protege el medio ambiente o se toma en serio el cambio climático, no es por pontificación, por influencia o por una misión civilizatoria europea, sino por una convicción propia.

Me gustaría detenerme ahora en las estrategias de los gobiernos y en las políticas exteriores de la región, en un escenario marcado por respuestas muy distintas: Brasil intentando resistir las presiones de Trump, México condicionado por la renegociación del T-MEC, Panamá revisando las concesiones chinas en torno del canal. ¿Cómo evalúan esas respuestas en los últimos meses? ¿Y qué capacidad real tienen hoy los gobiernos para sostener vínculos diversos en un contexto como este?

MH: El caso de Brasil exige muchos matices. Como en el cuento de los tres chanchitos, la casa parece de ladrillos, pero esos ladrillos están huecos: son de mala calidad, están expuestos y pueden empezar a derrumbarse. En este momento, yo diría que México dispone de un margen mayor de resistencia, aunque también ahí sabemos que la situación dista de ser sólida.

Es cierto que, desde el punto de vista de la narrativa de gobierno, y también por la complejidad de su economía –que le da más margen de maniobra–, Brasil parece hoy en condiciones de sostenerse y de ir administrando la competencia internacional. Pero yo sería muy cauta antes de celebrar esa imagen. El propio gobierno brasileño la ha inflado bastante, y falta ver hasta qué punto no responde también a una cuestión de timing.

Le doy un dato: hasta hoy, el gobierno de Estados Unidos no ha nombrado embajador en Brasil porque está esperando las elecciones. No va a ser fácil para la democracia brasileña lidiar con ese nivel de exposición y con los huecos de sus propios ladrillos. Desde Estados Unidos es muy fácil asfixiar a Brasil, y hay poco tiempo y pocas posibilidades de frenar ese proceso. Brasil dispone de un margen estrecho y, además, lo hace desde una posición bastante solitaria dentro de la región. Yo, más bien, estoy preocupada.

GG: Yo creo que hoy no hay condiciones –ni internas, ni internacionales ni regionales– para políticas exteriores de gran vuelo. Tampoco veo una actualización estratégica de largo alcance. Lo que estamos viendo es, más bien, una adaptación a las condiciones de cada país, una suerte de muddling through [ir saliendo del paso]: transitar el proceso como se puede, en función de las restricciones y oportunidades que cada escenario nacional va imponiendo. Por eso diría que las políticas exteriores actuales, incluso en los dos países más grandes y relativamente más estables, descansan sobre bases frágiles.

Una de las razones de esa fragilidad es que venimos de un periodo de desinstitucionalización de nuestras políticas exteriores, marcado por diplomacias personalistas y presidencialistas. Ahí habría incluso materia para un estudio específico: cómo se fue desmantelando, tanto en México como en Argentina, la diplomacia profesional, dando lugar a una creciente politización y al uso interno, con fines político-electorales, de las acciones de política exterior.

A eso se suma que Estados Unidos ha impuesto una lógica bilateral, y eso también pesa mucho. No son muchos los momentos en que, desde el plano sistémico, se nos impone como condición una bilateralización tan extrema. Y eso empuja políticas básicamente transaccionales, atravesadas por una mirada muy cortoplacista. Aunque en países como México, Brasil o incluso Chile pueda haber una mayor estabilidad de consensos o de doctrinas diplomáticas, lo cierto es que hoy las condiciones para proyectarlas son muy limitadas.

Al mismo tiempo, las propias reglas del juego internacional están siendo disputadas. Y entonces no hay márgenes asegurados para moverse. Yo no veo, en lo más mínimo, la emergencia de una nueva legitimidad, ni tampoco de un sistema, aunque sea mínimo, de creencias compartidas que permita sostener políticas exteriores con cierta coherencia y continuidad.

A eso se suma que estamos entrando en un ciclo electoral, y eso va a ser decisivo para lo que viene. Si uno mira el escenario desde México, la pregunta es inmediata: ¿qué va a pasar si Lula pierde las elecciones en Brasil? ¿Y si la derecha llega al poder en Colombia o en Perú? En ese caso, México tendría que afrontar un reacomodamiento, porque evidentemente quedaría más aislado y se vería obligado a ajustarse. Y también habrá que ver qué ocurre en las elecciones de medio término en Estados Unidos. Estamos, en definitiva, en un momento de enorme incertidumbre.

Y ahí sí, volviendo a la encuesta, me parece que la visión de los ciudadanos latinoamericanos tiene un sentido de realidad muy notable. Incluso cuando se les pregunta si la era de la primacía de Estados Unidos llegó a su fin, la respuesta no es clara. En Sudamérica, por ejemplo, todavía aparece la idea de que se conserva margen de maniobra. Y, curiosamente, en países como México y Guatemala, que son los que más sienten la presión estadounidense, aparece con más fuerza la percepción de que esa era ya terminó. Ahí se ve, justamente, la incertidumbre propia del interregno. El problema es cómo generar condiciones para sostenerse en medio de esa turbulencia.

MH: En el caso de Brasil, va a ser decisivo que Europa y otros actores externos adopten una posición más firme en defensa de la democracia y del Estado de derecho en la región. En las últimas elecciones presidenciales brasileñas, Estados Unidos jugó a favor del reconocimiento de los resultados electorales y de la preservación del Estado de derecho en un momento extremadamente delicado, atravesado además por un intento de golpe que remitía de manera muy clara a lo ocurrido en el propio Estados Unidos el 6 de enero de 2021. Esta vez, en cambio, Washington no va a ocupar ese lugar; si interviene, probablemente lo haga en sentido inverso. Y si Europa opta por mirar hacia otro lado, el panorama puede volverse muy preocupante.

A la luz de todo lo que hemos venido conversando, si tuvieran que elegir una sola clave para entender el momento que atraviesa hoy América Latina, ¿cuál sería?

GG: Yo diría que la clave es asumir la complejidad y no dejarse arrastrar por lecturas simplistas. En el momento actual estamos rodeados de desinformación y de manipulación, y ese quizá sea el mensaje más importante. Se trata de asumir que vivimos una coyuntura compleja, cargada de riesgos, pero que al mismo tiempo abre espacios. Y también de intentar ir más allá del tono dominante de muchos gobiernos, marcado por un oportunismo miope que, en el fondo, nace de su incapacidad para asumir esa complejidad.

MH: Yo sumaría una última idea: hay conceptos que, sencillamente, se fueron perdiendo en el tiempo. Ahí están, por ejemplo, la integración regional, el nacionalismo o ciertas ideas ligadas a la protección. Pero hay uno que sigue en pie, y es la defensa de la soberanía, asociada a proyectos democráticos. Me parece que ahora la región busca proyectarse desde ahí. Es en esas semillas donde todavía puede encontrar una base para hacerse un lugar en esta nueva etapa del orden internacional. Si no es desde ahí, difícilmente encuentre otro punto de apoyo para hacerlo.

GG: Suscribo plenamente lo que dice Monica. Y, además, pondría sobre la mesa otra cuestión: la de la justicia social. Ese también es un punto central. No se trata solo de democracia; se trata también de justicia social. Porque se puede crecer, puede haber empleo, pero lo más tangible, y lo más decisivo, sigue siendo la reducción de la precariedad.

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