Opinión

Entre el no y el quizás: el PSOE en crisis

El Partido Socialista Obrero Español está sumido en una profunda crisis de identidad. Su decisión de abstenerse y permitir que gobierne el PP de Rajoy podría agudizar sus problemas actuales.

Entre el no y el quizás: el PSOE en crisis

Tras casi un año de ingobernabilidad, España finalmente saldrá del bloqueo institucional gracias a la abstención del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), que permitirá al Partido Popular (PP) de Mariano Rajoy gobernar en minoría. En este largo proceso de más de trescientos días, Podemos se ha congelado (soñaba con ser líder de la oposición y está a 14 escaños de la segunda fuerza), Ciudadanos se ha desinflado (otro partido que soñaba con ser segundo y está en cuarto lugar), el PP se ha recuperado (en las elecciones del 26 de junio aumentó 14 escaños y supera en 52 al Partido Socialista) y el PSOE se ha fragmentado en una de las mayores crisis de la socialdemocracia española desde los años treinta, durante la Segunda República.

Hay dos aspectos a tener en cuenta para comprender la crisis del PSOE y las decisiones que ha tomado recientemente:

1) El Partido Popular de Mariano Rajoy ha estado fuertemente implicado en casos de corrupción (llegó a ser acusado de ser un partido corrupto), ha mantenido posturas dogmáticas, ha gobernado por decreto, ha manipulado las instituciones y ha abusado de la mayoría absoluta más amplia de la historia democrática española. Su relato de la gestión de la crisis es falso: el partido no es responsable de la recuperación económica y, bajo su mandato, la desigualdad ha aumentado más que en ningún país de la OCDE. Además, ha tomado medidas que ponen en riesgo la libertad de expresión y la independencia judicial, ha colonizado instituciones, espiado a rivales políticos y manipulado las reglas del juego.

2) Por su parte, Podemos ha arrebatado al PSOE los votos de las clases medias progresistas con estudios y ha recogido el descontento y la antipolítica de la juventud del 15M, lo que ha convertido al PSOE en una organización sostenida por el electorado rural y mayor. Podemos ha cuestionado el progresismo de los socialistas y los ha acusado de adoptar políticas neoliberales, algo que ha afectado profundamente a las bases del PSOE. La fuerza liderada por Pablo Iglesias es, de hecho, la principal interesada en conseguir la hegemonía de la izquierda y en liderar la oposición. Una de las estrategias iniciales de Podemos es la «pasokización»del PSOE (en referencia al partido socialdemócrata griego Pasok, que pasó del gobierno a la irrelevancia). En un artículo en la New Left Review de abril de 2015, en el que explicaba abiertamente los planes de futuro del partido, el secretario general Pablo Iglesias escribió que «solo un PSOE superado por Podemos cederá ante nuestro liderazgo, o se suicidará políticamente entregándose al liderazgo del PP».

Desde el 20 de diciembre de 2015, el PSOE se ha debatido entre dejar gobernar a la derecha corrupta (lo que podía alejar a sus votantes más izquierdistas), verse fagocitado por una izquierda populista nueva y atractiva (lo que provocaría una rebelión de los líderes del partido más tradicionales e implicaría la desaparición progresiva del PSOE como alternativa de izquierdas) o resistir a las presiones y esperar la recuperación en clave interna, con el riesgo de cargar con la culpa de unas nuevas elecciones. No ha existido nunca una solución ideal. La elección de uno u otro camino siempre fue la elección de un mal menor.

El 23 de octubre, poco después de la dimisión del secretario general Pedro Sánchez tras una rebelión interna –que tuvo el apoyo de sectores tradicionales liderados por Susana Díaz (presidenta de la Junta de Andalucía) y referenciados en Felipe González– el Comité Federal del PSOE decidió abstenerse en la investidura de Mariano Rajoy. Esta decisión permitirá, junto a los votos favorables de Ciudadanos, que el Partido Popular gobierne nuevamente. La decisión es amarga, y ni siquiera parece satisfacer a los que la defendieron. Muchos se refieren ya a ese suicidio político que mencionaba Pablo Iglesias. La votación estuvo dividida: 139 votos a favor y 96 en contra. Los 196 partidarios de la abstención se agruparon en torno a la idea de que «abstenerse no es apoyar»y afirmaron que aquella era la única solución para no traicionar a los ciudadanos con unas terceras elecciones. El planteo, en definitiva, consistía en que permitir a Rajoy gobernar en minoría no era ni es lo mismo que gobernar con él. Los partidarios del «No»a Rajoy se dividieron entre los que impugnan melancólicamente a la derecha («no es no»), sin ofrecer una alternativa en un escenario complejo, y los que ofrecen la alternativa de pactar con Podemos y los partidos nacionalistas.

Tomada la decisión de abstenerse para dejar gobernar al PP, el PSOE necesita demostrar que ejercerá una oposición dura, no supeditada en todo momento a la gobernabilidad de los populares. El del PP será, por ende, un gobierno débil, que ya no contará con la discrecionalidad de la mayoría absoluta. Sin embargo, el Partido Popular es, en este momento, el que muestra mayor resiliencia en el parlamento: aunque ha perdido 49 escaños desde 2011, ha recuperado 14 desde 2015 y tiene 52 más que el PSOE. En septiembre, revalidó su mayoría absoluta en Galicia. Además, es el único que ha conseguido una mayoría absoluta en un escenario tan complejo. Ante esta situación de estabilidad, es muy posible que Rajoy utilice la amenaza de unas nuevas elecciones para forzar al PSOE a apoyar sus medidas: si los socialistas se presentan a unas nuevas elecciones, es posible que pierdan aún más votos. Este es el miedo de muchos votantes del PSOE que desconfían del relato de la responsabilidad institucional que ha motivado la abstención: si el PP ve que sube en las encuestas, pedirá al PSOE que apoye lo imposible para que se produzcan unas nuevas elecciones.

Crisis de ideas

En mayo de 2010, el entonces presidente socialista José Luis Rodríguez Zapatero realizó uno de los ajustes económicos más duros de su mandato y, quizá, de la reciente historia democrática española. El recorte de 15.000 millones de euros fue un duro golpe para su propio electorado. En agosto del año siguiente, a punto de terminar su gobierno, Zapatero (con los votos favorables del PP) realizó, además, una reforma exprés de la Constitución que incluía un techo de gasto. Estas dos decisiones supusieron para numerosos votantes socialistas una traición a los principios de la izquierda que el partido decía representar. Otros, más pragmáticos, reafirmaban al PSOE como un partido socialdemócrata moderno, más cercano al social-liberalismo que a la izquierda radical.

Desde la crisis económica, el PSOE vive entre dos mundos: uno idealizado en el que la política es exclusivamente una cuestión de voluntad, heredero de una época en la que la socialdemocracia tenía la hegemonía, y otro mundo más realista, consciente de las limitaciones de la Unión Europea y de la globalización. El partido se mantiene en un equilibrio muy débil entre lo que realmente es y lo que muchos creen y esperan que sea.

En esa disyuntiva, Podemos tiene un papel importante explotando las contradicciones del PSOE. En sus intervenciones parlamentarias, Pablo Iglesias ha atacado ferozmente a los socialistas con un discurso de izquierda radical (con mención a las oligarquías, los poderes fácticos y el capital) y se ha autoproclamado líder simbólico de los militantes socialistas desencantados, a los que intenta convencer con apelaciones al PSOE histórico y a la socialdemocracia clásica. Según Iglesias, detrás de los líderes del PSOE y del establishment del partido está el verdadero votante socialista que se ha equivocado de partido. Este perfil más duro lo ha combinado con llamamientos al consenso entre los partidos de izquierda para acabar con el gobierno de Rajoy. En las negociaciones para formar gobierno con el PSOE en enero, sin embargo, realizó pedidos que sus interlocutores no podían aceptar. Con esto demostró que su objetivo no era el gobierno sino unas nuevas elecciones que le permitieran ganar fuerzas.

Un argumento común en la izquierda que se mueve por fuera del PSOE es que el partido ya no responde a sus siglas: no es ya un partido porque está profundamente fragmentado, no es socialista porque ha adoptado medidas neoliberales, no es obrero, porque defiende a los poderosos. Demográficamente, sin embargo, el PSOE es más socialista y obrero que Podemos. Según trabajos de probada seriedad, los socialistas reciben casi todos sus apoyos de las rentas bajas (es el partido con más éxito en los votantes con rentas inferiores a 1.200 euros al mes) y las mujeres (el único partido con más votantes mujeres que hombres y el único con listas paritarias). El voto de Podemos, en cambio, es más urbano, masculino, de clase media con estudios y aumenta con la renta. El PSOE, un partido que podía combinar el voto obrero y de clase con otro urbano y liberal, ha perdido su atractivo frente a Podemos. Como escribe el sociólogo Ignacio Urquizu, «el principal problema del Partido Socialista no es tanto ideológico sino de conexión con sectores de la sociedad que son muy representativos de los valores de progreso». El PSOE tardará años –si es que lo consigue– en recuperar su atractivo político. Cuando su crisis interna amaine, ha de reflexionar seriamente sobre qué tipo de socialdemocracia quiere ofrecer como alternativa a la izquierda populista y la derecha corrupta.