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El fenómeno Sanders y el socialismo en Estados Unidos

¿Tiene sentido dar una batalla presidencial desde la izquierda en un país como Estados Unidos? Esta pregunta permite abordar el lugar del senador demócrata Bernie Sanders, quien alteró las aguas de la política de su país al hablar de socialismo democrático en la campaña para las elecciones de fines de 2016. Aunque su proyecto remite al New Deal, defender la universidad gratuita y los derechos de los trabajadores y colocar la brutalidad policial en el marco más amplio de la desigualdad hace resonar términos que la victoria neoliberal había condenado al olvido.

El fenómeno Sanders y el socialismo en Estados Unidos

La única vez que vi a Bernie Sanders fue siendo estudiante de secundaria, cuando trabajé como pasante en su oficina del Congreso en Washington, dc, durante parte del verano de 1997. En general, yo abría la correspondencia, contestaba el teléfono y anotaba cuánta gente llamaba o escribía cartas y sobre qué temas versaban. Y recuerdo que la gente solo escribía sobre dos temas principales: la Agencia Central de Inteligencia (cia), diciendo que leía sus mentes (estas parecían venir de Vermont), y el aborto (estas venían de todos lados). El propio Sanders estuvo en Vermont durante la mayor parte de mi pasantía en su oficina, de modo tal que solo lo vi una vez al final de ella, cuando me llamó a su despacho para charlar unos minutos. Durante esas vacaciones de verano, había tenido un trabajo remunerado en el taller de aire acondicionado y calefacción del edificio del Capitolio, ayudando a los mecánicos que mantenían fresco al personal del Congreso en el clima húmedo de Washington. Pasé la mayor parte del tiempo haciendo trámites, durmiendo la siesta encerrado en los depósitos del subsuelo, llenos de muebles sobrantes –los sofás de la recepción de los despachos de los congresistas son largos y lo bastante suaves como para dormir confortablemente, y las mejores oficinas tenían televisores– y cumpliendo a veces tareas agotadoras de discutible necesidad –como limpiar las emisiones de los escapes de automóviles que se habían acumulado por años en los garajes subterráneos– y otras de necesidad nula –como pintar las cañerías amarillas de agua caliente de otro tono de amarillo–. En una economía de pleno empleo, este quizás no habría sido un trabajo de verano para adolescentes con tiempo libre; en ese momento, no me pasaba totalmente inadvertida la ironía de que en Washington, dc, una ciudad pobre llena de gente que quería trabajar pero no podía, yo, que no quería hacerlo pero podía, estaba ahí limpiando estacionamientos.

Es probable que los técnicos que hacían el mantenimiento del aire acondicionado en el Capitolio supieran poco sobre Sanders, que en ese entonces era un congresista prácticamente desconocido fuera de Vermont. Con amabilidad, se evitaban las discusiones políticas a la hora del almuerzo, y el hecho de trabajar cerca de los políticos y sus equipos tendía a abonar una indiferencia insensible hacia la grandiosidad marmórea del Capitolio de Estados Unidos y los políticos que lo habitaban. Así que para cuando entré en la oficina de Sanders, también yo había heredado algo de esa indiferencia. Mi postura de ese momento –que mis empleos no habían hecho más que alimentar– sostenía que el Congreso era básicamente espantoso y que, en el mejor de los casos, era simplemente ineficaz. (Esta sigue siendo más o menos mi posición al respecto). Con Sanders, hablamos sobre su idea del socialismo, y lo único que recuerdo de la conversación es que al final le pregunté (yo tenía 18 años) si tenía algún sentido ser socialista en el Congreso de eeuu, incluso ser un socialista moderado o pragmático como él. Si Sanders en verdad creía en lo que decía creer, y estoy convencido de que así era, ¿qué sentido tenía todo aquello?, le pregunté mientras le señalaba en general su oficina, el personal que estaba afuera, la rotonda del Capitolio al final de la cuadra; en pocas palabras, ¿qué sentido tenía su trabajo? Recuerdo que me pareció que disfrutaba la pregunta y que, en lugar de sacarme a patadas de su oficina, como podría haber hecho y con razón, me dio una respuesta extensa y bien elaborada. Ahora Sanders debe contestar algo parecido a mi pregunta, como senador de eeuu y precandidato presidencial por el Partido Demócrata. ¿Cuál es el sentido de participar en una institución tan corrupta y cínica como la política presidencial estadounidense? Sanders no es ingenuo ni es el idealista cándido de las caricaturas de la derecha, como lo demuestra una anécdota de su época como alcalde de Burlington, en el estado de Vermont. en contra de los activistas por la solidaridad con Centroamérica que querían bloquear la salida de armas destinadas a la dictadura salvadoreña. Sin embargo, también parece ser un político de principios sinceros, que en verdad desea rechazar la negociación cínica que los demócratas tradicionales demandan de sus partidarios progresistas. «Lo perfecto es enemigo de lo bueno» (lo «bueno», misterioso y nunca visto) es un lema de los así llamados «centristas», que exhortan a los de la izquierda a tragarse sus principios y a votar por un demócrata argumentando que es «elegible». Esto ha conducido a lo que, en retrospectiva, se aprecia como errores garrafales grotescos, por ejemplo cuando los demócratas intentaron nominar a un ex-general mediocre, Wesley Clark, contra George W. Bush, con el argumento de que un militar podría aplacar a la derecha jingoísta. O, en 2004, el triste espectáculo de John Kerry, quien comenzó su carrera política como líder de la organización Veteranos de Vietnam contra la Guerra y más tarde llegó al escenario de la convención que lo nominó con un séquito castrense y un saludo militar orquestado.

Por lo tanto, dado tal estado de situación, ¿qué propuestas impulsa en realidad la campaña de Sanders? Una de sus respuestas a la pregunta de por qué se molesta en presentarse como candidato es señalar que sus reivindicaciones no son en sí especialmente radicales, y que también son muy populares entre el electorado estadounidense (teniendo en cuenta que «radical» se entiende con frecuencia, en forma incorrecta, como sinónimo de marginal o alternativo). Aquí recuerdo a los técnicos de los equipos de aire acondicionado, que disfrutaban las mieles del empleo federal, él único Estado de Bienestar que eeuu había dejado vigente: seguro de salud, una jubilación aceptable, acción afirmativa en la contratación y salarios más altos que los de empleos similares en el sector privado. En esencia, Sanders quiere extender esos beneficios a los trabajadores de todos los sectores: un seguro de salud financiado por el Estado para toda la población, educación universitaria pública gratuita y un aumento al doble del sueldo mínimo federal son los ejes de su campaña.

Sin embargo, en un país donde la última década fue el clímax ruinoso de tres décadas desastrosas para la clase trabajadora, y en una cultura política que apenas puede manejar su triste pantomima usual de democracia, las humildes propuestas de Sanders se sienten casi como radicales. En la campaña republicana, los principales candidatos como Ted Cruz y Donald Trump –dos caras de la misma moneda ultrarreaccionaria– han explotado hábilmente el estado de ánimo de crisis y temor reinante. Mientras eeuu entra en su segunda década de guerra en Afganistán, el Estado Islámico, fruto de la última guerra norteamericana en Iraq, conjura la maquinaria bélica del país y sus miedos nativistas y antimusulmanes. Su apelación racial y religiosa a un electorado blanco de clase media y trabajadora ha sido descaradamente xenófoba: deportaciones masivas de inmigrantes latinoamericanos, vigilancia federal de los musulmanes, más bombardeos, más «seguridad». Por su parte, Hillary Clinton, cuando se vio cuestionada por sus vínculos estrechos con Wall Street, agitó la «camisa ensangrentada» del 11-s. Aunque parezca increíble, afirmó que apoyaba a los financistas de Wall Street porque el sur de Manhattan –donde se localiza físicamente el centro financiero– había sufrido el ataque de los terroristas. Frente a la violencia policial contra los negros, que los jóvenes activistas han convertido en una crisis nacional, Clinton ofrece clisés sentimentales como su «identificación» con las madres de los jóvenes perdidos a causa de la «violencia», pero no menciona en forma explícita a los perpetradores de esa violencia. Para Clinton, no existe prácticamente un problema económico estructural –desde el cuidado de la salud hasta la educación superior, pasando por el crecimiento del empleo– que no pueda diluirse mediante el elixir del «libre mercado». En el plano de la política nacional, Sanders es el único que articula el estado de ánimo prevaleciente de crisis o decadencia nacional desde algo que podría llamarse «izquierda»: la palabra «oligarquía» aparece en su biografía de campaña casi tres veces más que «innovación». Y su declaración política acerca del movimiento Black Lives Matter1 no aparece bajo el ítem «reforma de la justicia penal», como en el caso de Clinton, sino bajo un titular dedicado a los «cinco tipos principales de violencia ejercidos contra los estadounidenses negros, mestizos y nativos: física, política, legal, económica y ambiental». Quizás se trate de una mera distinción retórica, pero el encuadramiento de Sanders refleja un punto de vista sobre la violencia contra los negros según el cual esta es algo más que una «cuestión» política: es la consecuencia de desigualdades más profundas y más antiguas de la vida norteamericana.

Se trata de un marco retórico que no se identifica particularmente con el Partido Demócrata. En especial desde que Bill Clinton encabezó su renacimiento en la década de 1990, los demócratas, al igual que el laborismo de Tony Blair, están comprometidos con lo que los intelectuales de izquierda de eeuu llaman «neoliberalismo». Esta es una palabra que escuché por primera vez en español; mi impresión es que llegó al discurso político estadounidense a través de la izquierda latinoamericana, que es un punto de referencia crítico para los miembros de la izquierda norteamericana desde una perspectiva intelectual y simbólica. Dado que el Consenso de Washington ha mostrado sus consecuencias en el país, en términos de privatizaciones a gran escala, un «ajuste estructural» en los niveles estatal y municipal, recortes en el empleo e interrupción de los servicios públicos en ciudades y estados de todo el territorio, ha sido necesario darle un nombre al proceso. Más que un mero conjunto de políticas volcadas a dar soluciones de austeridad a problemas económicos, el neoliberalismo es, en primer lugar, una forma de entender la naturaleza de los problemas y nuestras relaciones con ellos. En otras palabras, es una ideología que eleva la lógica del mercado –la búsqueda del lucro– a lo que la académica Wendy Brown llama «el lugar, antes que un lugar, donde se establece el régimen de verdad (…) para cada escenario y tipo de actividad humana»2. Como ejemplo, veamos cómo presenta el presidente Barack Obama su compromiso con la educación primaria y secundaria en el sitio oficial de la Casa Blanca: «en la economía global del presente, una educación de calidad ya no es solo un sendero hacia la oportunidad, es un prerrequisito para el éxito». Y estamos hablando de Obama, nuestro presidente intelectual, en su primera frase sobre la educación; el imperio del mercado es aquí tan completo que casi no merece mención particular, como el oxígeno que el orador inhala mientras habla. La clase empleadora, con sus requerimientos laborales, no es alguien que visita la escuela y que requiere presentación; con el Partido Demócrata, la escuela es su casa y nosotros y nuestros hijos somos solo invitados.

Entonces, de nuevo: ¿por qué tomarse el trabajo con esta gente? En un discurso de noviembre que delineó su visión del «socialismo democrático», Sanders colocó su filosofía política en un marco básicamente conservador: un regreso al breve experimento de democracia social que vivió eeuu durante la era de la Gran Depresión, cuando el New Deal del demócrata Franklin D. Roosevelt reguló la actividad de los bancos, construyó viviendas públicas, proveyó fondos para jubilaciones y promovió (y también reglamentó) el sindicalismo industrial. Roosevelt «vio que un tercio de la nación tenía viviendas deficientes, estaba mal vestido y malnutrido», afirmó Sanders frente a una audiencia de estudiantes que lo escuchaban con empatía en la Universidad de Georgetown, en Washington. «Y actuó, aun contra la feroz oposición de la clase dirigente de su época». Hoy el New Deal se encuentra en ruinas, destruido por Ronald Reagan y todos los presidentes que lo sucedieron. En consecuencia, el llamado de Sanders a la tradición solo mira hacia un par de generaciones atrás y su «socialismo» es lo que otros podrían llamar «democracia social». Pero en el siglo xx, el adalid del socialismo en las elecciones presidenciales –«democrático» o de otra índole– fue Eugene V. Debs, un empleado ferroviario autodidacta oriundo de Indiana, que logró un millón de votos haciendo campaña desde la prisión en las elecciones presidenciales de 1922. Sanders no tiene mucho que ver con ese agitador que llamó a la propiedad privada y la esclavitud del salario «la maldición de la nación», en el discurso que lanzó su campaña en 1904. «El capitalismo está muriendo y sus extremidades ya están en descomposición», dijo Debs, que tenía un don para la metáfora y un temperamento ferviente de los que Sanders, quien se impacienta frente a lo que considera retórica política sin sustancia, en general carece. Se podría decir que el momento más importante de su campaña hasta ahora se produjo durante un debate televisivo, cuando le dijo a su rival Hillary Clinton, para obvia satisfacción de esta última, que estaba «harto de escuchar sobre sus malditos correos electrónicos»3, en referencia al escándalo sobre los correos electrónicos en que se ha enredado la campaña de Clinton, pero que es claro que Sanders consideraba una maniobra de distracción de los medios para evitar los problemas «reales» del país. En una campaña caracterizada por la demagogia de Trump, la cantinela bíblica de Cruz y la superficialidad de Clinton, Sanders se destaca como un crítico honesto de todo lo previamente enumerado.

Sanders, tan suspicaz respecto a los medios y las representaciones de la campaña, no es tan demagógico ni, de hecho, tan anticapitalista como lo era Debs. Quiere incrementar la regulación estatal sobre el sector financiero, no nacionalizarlo; quiere subir el salario mínimo federal a 15 dólares la hora, como lo han demandado los activistas sindicales en la campaña nacional, pero quiere hacerlo en etapas «a lo largo de los próximos años». Como sostuvo frente a su audiencia de Georgetown: «no creo que el Estado deba ser dueño de los medios de producción, pero sí creo que la clase media y las familias trabajadoras que producen la riqueza de eeuu merecen un trato justo». (Comparen: «Las manchas sobre la superficie indican que la sangre ya no circula», prosiguió Debs en su lanzamiento de campaña de 1904. «Se acerca el momento en que será necesario sacar el cadáver y purificar la atmósfera»).

Por esta razón, muchos de los críticos radicales de Sanders en eeuu sostienen que una campaña nacional en un partido tecnocrático y conservador como el Demócrata ofrece pocas esperanzas para el cambio estructural que necesitamos con desesperación, a diferencia de la campaña de Jeremy Corbyn por el Partido Laborista en Gran Bretaña o de las campañas contra la austeridad en Europa de, por ejemplo, Podemos o Syriza. En contraposición a esos sistemas europeos, las primarias de los partidos norteamericanos están menos abiertas a iniciativas de insurgencia que las elecciones parlamentarias, y los demócratas estadounidenses no tienen una tradición viva de socialismo como la que tiene el laborismo británico. Y en verdad, los críticos están en lo cierto. En el periódico norteamericano Socialist Worker, Ashley Smith sostiene que los miembros de la izquierda de eeuu necesitan «ganarse a la nueva izquierda nacida de Occupy, de las luchas del sindicalismo del sector público y del movimiento Black Lives Matter para romper con el Partido Demócrata y construir una alternativa electoral que sirva de complemento a la lucha desde abajo»4. Este argumento es bien conocido y emana del desagrado por un sistema electoral que muchos de la izquierda consideran como una distracción del verdadero trabajo de construir un movimiento. Pero también es una simplificación radical, dado que de los movimientos que Smith cita, uno (Occupy Wall Street) está de hecho muerto, y el otro («las luchas del sindicalismo del sector público») solo floreció en un estado, Wisconsin, hasta que fue derrotado por un gobernador proveniente de la derecha en 2012. Smith acierta en decir que el Partido Demócrata es donde van a morir todos los votos de los socialistas, pero esto es verdad con o sin la participación de Sanders. Si por primera vez desde los tiempos de Debs alguien que se autodefine como socialista está dando pelea por la candidatura a la Presidencia, el hecho demanda una mirada más comprensiva y crítica.

Las campañas electorales, aunque sean corruptas, captan sin duda la atención de la ciudadanía hacia temas políticos. Y Sanders es el único candidato que ofrece algo parecido a un horizonte más allá de la farsa del proceso democrático norteamericano. Su propuesta más popular, la universidad pública gratuita, no significa una reestructuración radical de las relaciones de propiedad, pero aun así parece impensable en el contexto actual de la política estadounidense. Y sin embargo, para la generación de mis padres, una inversión pública tal en la educación de los jóvenes era algo absolutamente normal. No obstante, Smith tiene bastante razón cuando dice que, en una elección que Sanders no puede ganar, la única marca de éxito real es lo que la campaña deja atrás. Claramente, Sanders enmarca su candidatura en términos de la política de movimientos, al menos en la retórica: «Si en serio nos proponemos transformar nuestro país –afirmó frente a su audiencia en Georgetown–, si en serio nos proponemos reconstruir la clase media, si en serio nos proponemos revitalizar nuestra democracia, es preciso que desarrollemos un movimiento político que, una vez más, esté preparado para hacerse cargo y derrotar a una clase dirigente cuya codicia está destruyendo a nuestra nación».

Este llamamiento es en buena medida convencional en el marco de la campaña presidencial norteamericana y sus extrañas paradojas: el país que actúa como si hubiese inventado la democracia y que simula exportarla al exterior a punta de pistola está a la vez «revitalizando» eternamente su propia versión aparentemente decrépita. E incluso mientras se dirige a una mítica «clase media», el electorado liberal estándar al que todos proclaman pertenecer, Sanders también afirma que los trabajadores «producen la riqueza de eeuu». Se describe menos como un instrumento carismático de transformación que como el líder de un «movimiento», y la medida del éxito de su candidatura estará en lo que ayude a producir, si ayuda a producir algo, fuera del Partido Demócrata. Porque con seguridad no producirá un presidente Sanders.

Las razones de esto son demográficas y políticas: es blanco y representa a un pequeño estado rural de Nueva Inglaterra, de población en su mayoría blanca y relativamente próspero. Su base está en el norte urbano: en las ricas ciudades costeras como Seattle y Nueva York y en ciudades universitarias como Burlington, donde tuvo sus comienzos, y Madison, en Wisconsin, donde ha atraído a gigantescas multitudes entusiastas. El sindicalismo organizado, acobardado desde hace mucho tiempo en una lealtad desesperada hacia el establishment demócrata, no se ha congregado masivamente a su alrededor. Fue apoyado por unos pocos sindicatos pequeños, pero las principales federaciones sindicales norteamericanas son demasiado débiles para sostener a Sanders, su más claro aliado. La mayoría apostará por Clinton, con la esperanza de ganar algún favor a cambio de su apoyo a un ganador.

Sanders todavía obtiene apoyo entre los jóvenes políticamente activos, como aquellos que podrían haber trabajado para él como pasantes en 1997. Clinton, mientras tanto, atrae casi a la mitad de los votantes demócratas de más de 45 años. Sin embargo, lo que es más problemático para Sanders es la división étnica y racial: en noviembre de 2015, 54% del electorado afroamericano y 62% del latino prefería a Clinton, contra solo 4% y 12% respectivamente para Sanders. Las razones de esto tienen mucho que ver con el bajo perfil nacional de Sanders entre el total de los votantes, y también con la popularidad de larga data de Bill Clinton entre los votantes demócratas afroamericanos. Pero Hillary Clinton también derrota a Sanders entre el total de los votantes blancos, 43% a 32%: sin duda, Clinton es una política refinada cuyo nombre todos conocen. También cuenta con mucho más dinero, gracias a sus arraigadas conexiones con Wall Street, el empresariado y el ala liberal de la oligarquía norteamericana.

La candidatura de Sanders, y en particular el desempeño de este en los espectáculos televisados que sustituyen a la «política» en la versión oficial estadounidense, es notable por su terca reticencia a ofrecer la piedad reconfortante o la demagogia hemorrágica con que la mayoría de los candidatos operan. Su aire de honestidad parece convincente; su inquietud hacia los medios políticos refleja, pienso, la de la mayoría de los norteamericanos, que ni siquiera se molestan en votar en un sistema que la mayoría ve como corrupto o irrelevante. Su modo básico es la crítica antes que el consuelo. Para él, el socialismo es una crítica de nuestro actual sistema desigual, antes que una estrella revolucionaria para la liberación humana.Su campaña muestra, cuanto menos, que la palabra «socialismo» ya no está contaminada por la Guerra Fría, en particular entre los jóvenes que nacieron tras su fin. De acuerdo con los datos de las encuestas –cualquiera sea su valor–, la mitad de los votantes estadounidenses y tres cuartos de los votantes de menos de 30 años podrían elegir a un socialista. Sanders está jugando un papel –el tiempo dirá qué tan pequeño o grande– en la recuperación del socialismo en eeuu. «El socialismo ha estado desaparecido de la política norteamericana por una generación», dice Bhaskar Sunkara, editor de la revista socialista Jacobin, que se ha convertido en una de las mejores revistas políticas del país. «El mero hecho de que alguien se proclame socialista en el escenario nacional es increíble»5.

Como sugiere Sunkara, la prueba del valor de la campaña de Sanders residirá en cuánto contribuya a despertar una tradición socialista dormida durante largo tiempo, que ni siquiera muchos estadounidenses de izquierda parecen tomar en cuenta. Debs se «opuso a todas las guerras menos una», como dijo a comienzos de la Primera Guerra Mundial, cuando fue encarcelado por sedición debido a sus opiniones antibélicas. En las profundidades de esa guerra cataclísmica y de la respuesta nacionalista xenófoba que dio el país hace un siglo, en un momento no muy diferente del nuestro, «la tierra tiembla con la furia de la horrenda carnicería, pero del espantoso maremágnum de sangre y desolación se levanta la brillante estrella de la esperanza»6. En su famoso , por el que fue arrestado y condenado por sedición, Debs le preguntó a su audiencia por Wall Street:

Es preciso que sepan que es por su bien conocer algo sobre la literatura, la ciencia y el arte. Es preciso que sepan que están muy cerca del surgimiento de un gran mundo nuevo. Es preciso que se pongan en contacto con sus camaradas y compañeros trabajadores y sean conscientes de sus intereses, sus poderes y sus posibilidades como clase. Es preciso que sepan que pertenecen a la gran mayoría de la humanidad. Es preciso que sepan que mientras permanezcan ignorantes, mientras se mantengan indiferentes, mientras sean apáticos, desorganizados y se contenten con poco, permanecerán exactamente donde están. Serán explotados, degradados y tendrán que suplicar por un empleo. Obtendrán solo lo suficiente como para que su trabajo servil los mantenga en funcionamiento, y serán mirados con desprecio y desdén por los mismos parásitos que viven y se deleitan a costa de su sudor y su trabajo no remunerado.7Es obvio que este no es el estilo de Sanders y que él no tiene el privilegio de participar en una campaña en los albores de un movimiento revolucionario de alcance mundial (o desde la prisión). Uno de los grandes logros de los republicanos del presente, y de muchos demócratas, ha sido convencer a amplias porciones del público estadounidense de que los verdaderos «parásitos» no son los duques, los condes y los dueños del capital, como habría sostenido Debs, sino quienes hacen un «trabajo servil» por migajas. Sanders es el primer candidato presidencial importante que yo recuerde que se atreve al menos a decir que eso es mentira. Su campaña no será victoriosa, pero la verdadera cuestión es qué vendrá después.

  • 1.

    «Las vidas negras importan»: movimiento organizado alrededor de 2013 contra la brutalidad policial hacia los afroamericanos [N. del E.].

  • 2.

    W. Brown: Undoing the Demos: Neoliberalism’s Stealth Revolution, Zone Books, Nueva York, 2015, p. 67.

  • 3.

    Refiere a la polémica suscitada por el uso de su cuenta privada de correo para tratar temas de interés nacional como secretaria de Estado [N. del E.].

  • 4.

    A. Smith: «The Problem with Bernie Sanders» en Socialistworker.org, 5/5/2015.

  • 5.

    Dylan Matthews: «A Leading Socialist Explains What Bernie Sanders’ Socialism Gets Right – and Wrong» en Vox, 20/11/2015.

  • 6.

    E.V. Debs: «Men Shall Marvel That This Could Be» en The New York Call vol. 10 No 297, 24/10/1917, p. 9, disponible en www.marxists.org.

  • 7.

    E.V. Debs: «The Canton, Ohio Speech, Anti-War Speech», 16/6/1918, disponible en www.marxists.org.