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Economía de redes y redes económicas. Las comunidades chinas en América Latina

En el contexto de una «economía de redes», las redes económicas no pueden ser concebidas como el resultado de simples interacciones cibernéticas en un mundo virtual cuya plataforma es internet. Las redes son también la expresión fáctica de flujos de información verificables entre comunidades entrelazadas por lazos étnico-culturales, comunidades que hoy cuentan con poder de lobby, representatividad política e influencia económica. El artículo analiza el rol de las comunidades chinas de ultramar, actores no estatales relevantes que crean riqueza y funcionan como vectores de la expansión de los valores culturales e intereses económicos de China en el mundo.

Economía de redes y redes económicas. Las comunidades chinas en América Latina

Introducción

Las comunidades chinas dispersas por el mundo (overseas Chinese) y presentes en América Latina y el Caribe (ALC) conforman una verdadera red (network) basada en una identidad común provista por un mismo tronco cultural y origen geográfico. En términos analíticos, su representatividad como portadoras de valores, tradiciones y capacidades económicas destaca a estas redes como un poderoso vector amplificador de la influencia china en los asuntos mundiales y constructoras de globalización mediante interacciones no virtuales. Esto refuerza la conectividad ya de por sí existente en razón de la identidad étnico-cultural y/o lingüística que las une.

En el contexto de una «sociedad global de redes»1, las comunidades chinas de ultramar sirven a los objetivos generales de transformar a China en un poder emergente durante el siglo XXI. Sin embargo, los enfoques relativos a la lucha por la supremacía mundial, la conservación de la hegemonía global y el ejercicio de mayor influencia sobre actores y procesos globales han puesto poco énfasis en el análisis de sus lógicas de comportamiento.

Su utilización como variable explicativa surge de considerar a estas comunidades como actores claves para entender la malla de interacciones públicas (gubernamentales) entre gobiernos, semigubernamentales (diplomacia de los pueblos) y no gubernamentales (intercambios sociales, lógicas relacionales vía ONG de distinto tipo) entre China y los distintos países de la región. En este orden, las políticas públicas y los diseños estratégicos de los gobiernos orientados a profundizar los vínculos con China no siempre proveen ajustados indicadores sobre la intensidad de las relaciones bilaterales, subregionales e interregionales. Es necesario considerar también la mayor o menor presencia de las comunidades chinas instaladas y activas en un determinado país.

En ocasiones, el papel desempeñado por ellas queda desdibujado por los argumentos explicativos sobre procesos sociales, flujos de comercio e intercambios culturales. Aunque sin dudas son positivos y constituyen el mainstream de la relación pública bi- o multilateral, también soslayan procesos que subyacen en el downstream y que no manifiestan gran visibilidad, no obstante lo cual explican parte del activismo chino en la región y el creciente interés latinoamericano por acortar distancias geográficas con ese país.

Asimismo, en América Latina los estudios técnicos ofrecidos por instituciones, think tanks u organismos hemisféricos no suelen incorporar esta cuestión en sus análisis. Más allá de los estudios que consideran a las comunidades chinas de ultramar objeto de interés desde el punto de vista «socioantropológico», en pocas ocasiones son presentados como «actores económicos» destacados en análisis de casos, planteos estratégicos de negociación o diseño de políticas de vinculación y cooperación con China.

Es cierto que parte de estas restricciones tienen que ver con «diferencias culturales» que, en ocasiones, inhiben o dificultan la recolección de datos empíricos, así como con la escasa información existente sobre su cuantía, tipos y formas de inserción por país y sus objetivos colectivos. Asimismo, la poca transparencia dificulta el acceso a datos relevantes acerca de las actividades económicas o negocios desarrollados por estas redes como resultado de profundos niveles de asociación intracomunitaria (función de solidaridad). Esto, desde luego, conspira contra el análisis sobre su rol en los procesos bilaterales de vinculación.

Incluso los estudios más evolucionados sobre su ubicación, papel social e importancia económica sesgan las aproximaciones analíticas hacia facetas limitadas al rol que desempeñan como «generadores de riqueza». Estos análisis se centran en la pericia aplicada al desarrollo de negocios y establecimiento de contactos (guanxi), atendiendo sus reconocidas capacidades para derribar barreras políticas o geográficas mediante relaciones transfronterizas que los lazos étnicos sobrepasan de manera relativamente fácil.

Muchas veces, como resultado de sospechas por el tipo de negocios y actividades económicas que desarrollan en los países receptores, estas comunidades han sido objeto de penalizaciones bajo el formato de violencia social2. En algunos países incluso se han aplicado políticas gubernamentales que, mediante leyes específicas, han tratado de restringir o anular durante décadas sus derechos políticos y sociales o contener la expansión de su poderío económico (por ejemplo en Indonesia, Malasia, Australia o Nueva Zelandia).

Sin embargo, a pesar de los contextos a menudo hostiles y de rechazo social, en la actual etapa, caracterizada por la reconstrucción del poder chino en el mundo, las comunidades chinas de ultramar han pasado a ser consideradas un «activo» determinante a la hora de expandir la influencia del país en el mundo, así como instrumentos esenciales para el logro de sus objetivos nacionales de largo plazo, entre los cuales se destacan la permanente ganancia de prestigio internacional como potencia emergente (estrategia de ascenso pacífico, heping jueqi) y la necesidad de asegurarse el control de recursos naturales vitales para dotar de sustentabilidad el modelo de crecimiento. En el mismo sentido, para los países de acogida, las comunidades chinas de ultramar comienzan a ser percibidas como forjadoras de estrechos vínculos con el gigante asiático en el campo económico-comercial y, por lo tanto, claves para generar mayor confianza entre las partes.

Así consideradas, las redes trasnacionales formadas por chinos étnicos son una variable relevante que no puede estar ausente en las agendas nacionales, subregionales y regionales de articulación política y económica con China, por ser imprescindibles para la promoción de contactos empresarios y la dinamización de las actividades ligadas al comercio, inversiones y finanzas. En consecuencia, un calibrado diagnóstico sobre el devenir de las relaciones sino-latinoamericanas requiere analizar, entre otras cuestiones, el papel de estas redes en los procesos políticos y económicos internos (poder de presión, influencia sobre decisiones de gobierno); sus actividades económicas (nivel de concentración, tipo de unidades de negocios, papel empresarial, estructura empresarial-familiar, papel en la creación de pequeñas y medianas empresas); aporte comunitario realizado –o no– a la estabilidad, integración y cohesión social mediante la reticulación del tejido social herido por lógicas centrífugas de mercado; y la importancia que revisten como emisores de remesas desde las economías receptoras hacia sus familias en la Madre China. Los resultados obtenidos seguramente contribuirán a un análisis más ajustado de la proyección del poder político y económico de China en América Latina.

Definiendo el objeto de estudio

La dinámica asociativa-integrativa de las comunidades chinas de ultramar también responde a patrones conductuales definidos. En este sentido, su funcionamiento, racionalidad intrínseca y rasgos relacionales interétnicos y/o extracomunitarios se fundan en la «identidad en torno de la diferencia»3 que provee un mismo tronco cultural. Sobre la base de esta diferenciación, las comunidades chinas de ultramar «contienen» a los emigrados, proveen asistencia financiera, preservan sus vínculos parentales cercanos (país de residencia) o lejanos (lugar de origen), actúan como custodios de valores y tradiciones arraigados en la cultura china, socializan a las nuevas generaciones en dichos valores y protegen un legado que, si bien puede difuminarse con el paso del tiempo, el contexto geográfico y el cambio generacional, remite permanentemente al «deber moral» de asistencia mutua (ren, o benevolencia, virtud central en el Confucianismo), solidaridad intrafamiliar y preservación de vínculos con el terruño (qiaoxiang).

En términos idiomático-simbólicos, el idioma chino mandarín provee asimismo riqueza heurística para precisar el conocimiento sobre su caracterización, sus rasgos y la relevancia otorgada por la «política» y la dirigencia a su existencia. En ese sentido, varios términos describen las causas y la situación de los chinos que en sucesivas oleadas, desde el siglo XIX hasta el presente, han abandonado la Madre China (China continental). El término huáqiáo (chinos de ultramar) refiere en general a quienes emigraron pero mantienen su ciudadanía (es decir que no optaron por adoptar la del país receptor) y residen en otros países que no son China, incluyendo los territorios de Hong Kong, Macao y Taiwán. Esta identificación situacional (emigrados) y con definida fuerza legal interna (leyes especiales) es la comúnmente utilizada en documentos y discursos oficiales en referencia a su existencia, e implica un reconocimiento público sobre su función proveedora de lazos y apoyo en el exterior a los esfuerzos gubernamentales de reconstrucción nacional.

La acepción es lo suficientemente abierta y comprehensiva como para encuadrar a los chinos dispersos por el mundo originarios de los más diversos enclaves provinciales y municipales de base continental, así como a los emigrados hacia territorios de «cultura china» (Hong Kong, Macao, Taiwán y Singapur), países del Sudeste de Asia y otros territorios. Asimismo, la bibliografía precisa diferencias dentro de los «chinos de ultramar» (overseas Chinese) en general, introduciendo subcategorías que distinguen entre los pertenecientes al tronco étnico mayoritario han (Han overseas Chinese) y los que no pertenecen a él (no-Han overseas Chinese) pero sí a otros grupos étnicos originarios de China, como por ejemplo tibetanos, uigures o hakkas.

En segundo lugar, cabe destacar el término-concepto Huaren, que se aplica a todos los chinos que residen en el exterior pero no poseen nacionalidad china por haber adoptado la del país receptor. Para las leyes chinas, los chinos de ultramar que, por ejemplo, han adoptado la ciudadanía norteamericana son considerados ciudadanos de Estados Unidos4.

Importancia política

El reconocimiento político de los chinos de ultramar como actores sociales y económicos no es novedoso y tiene una larga historia. Los chinos de ultramar jugaron un destacado papel durante las grandes contiendas y tragedias chinas del siglo XIX y XX. En primer lugar, las oleadas de emigrados comenzaron a dejar el país a mediados del siglo XIX, cuando era evidente el ingreso de la China Imperial en un ciclo de crisis e inestabilidad permanente signado por la sumisión a las potencias coloniales, guerras locales y divisiones entre «señores de la guerra»: como resultado, las corrientes de emigrados chinos se trasladaron al Sudeste de Asia para establecer comunidades en esos territorios.

En su mayoría provenientes de las provincias históricamente consideradas expulsoras de población, como Guangdong y Fujian, algunos intentaron aventurarse hacia tierras aún más lejanas, como América, atraídos por las «oportunidades» laborales generadas por el reemplazo de mano de obra esclava negra y ante la escasez de trabajadores. En EEUU, por ejemplo, los trabajadores chinos se volcaron a los campos de cultivo y se desempeñaron en la extensión del ferrocarril, en particular luego del fin de la Guerra de Secesión en 1865. Posteriormente, una vez arraigados en sus nuevas comunidades, fluyeron hacia territorios del sur del hemisferio americano, como punta de lanza de las hoy importantes comunidades chinas presentes en Cuba, Perú y Brasil.

Posteriormente, mientras muchos regresaban para participar en las luchas revolucionarias fundacionales de la República de China (1911) por parte de Sun Yat Sen, otros proveyeron soporte financiero (en EEUU o Japón) para sostener la utopía revolucionaria que finalmente entronizó al médico cantonés como primer presidente republicano, poniendo así fin a siglos de conservadurismo imperial dinástico.

En las siguientes décadas, durante la Guerra Civil que dividió al país hasta 1949, millones de chinos optaron por emigrar como consecuencia de un ciclo de crueles hostilidades internas, agravadas por la invasión japonesa. De esta forma, entre 1936 y 1949, millones de chinos fueron forzados a emigrar hacia EEUU, Canadá, Hong Kong y finalmente Taiwán. El objetivo era evitar represalias políticas, esquivar el impacto del «inevitable» conflicto bélico entre el régimen maoísta y EEUU, o simplemente alejarse de cualquier peligro proveniente de la hostil y revolucionaria China comunista.

Durante las décadas del 50 y 60, los chinos emigrados expresaron la división geográfico-ideológica cristalizada en la partición entre Taiwán y la RPC. Las comunidades instaladas en EEUU, por ejemplo, manifestaron diferentes «lealtades», a uno y otro régimen: dieron apoyo político a las reivindicaciones internacionales del gobierno de la RPC en Taiwán o, en otros casos, actuaron como proveedores de ayuda financiera aplicada a promover el despegue de una economía agrícola y atrasada como la de Taiwán. A menudo la RPC percibía a los emigrados como posibles «enemigos ideológicos» y socios del capitalismo agresor; motivo por el cual intentó cooptarlos mediante apelaciones a la «debida lealtad» hacia la nación (Motherland), e impelerlos a cooperar y formar parte de la vanguardia revolucionaria. Los primeros destinatarios de estos reclamos fueron las comunidades de emigrados localizadas en el Sudeste de Asia, históricamente las más importantes en número y peso político.

En los 70, una vez iniciadas las reformas económicas e implementada la política de apertura, las comunidades chinas de ultramar fueron revalorizadas como instrumentos para la generación de negocios, construcción de confianza ante los gobiernos de los países receptores y proveedores de inversiones aplicado al endógeno proceso de industrialización generado por Deng.

A medida que el poder chino se consolidaba y Taiwán confirmaba su camino como economía desarrollada, ambas partes introdujeron normas especiales aplicables a los chinos de ultramar. Estas normas incluían el otorgamiento de ventajas económicas y preferenciales y la apertura de espacios de participación política en distintos poderes y agencias gubernamentales, a fin de garantizar la «comunicación» y retroalimentación informativa de los respectivos gobiernos centrales con los ciudadanos chinos residentes en el exterior.

Como resultado de esta jerarquización como actores a nivel gubernamental, y con el fin de validar el diálogo político interétnico y la retroalimentación permanente con los máximos órganos de poder, los chinos de ultramar cuentan con representación parlamentaria, tanto en el Poder Legislativo continental (APN) como en el Yuan legislativo de Taiwán. Su creciente importancia para el despliegue de los intereses políticos y económicos de China les ha permitido ganar representatividad en el contexto del diseño e implementación de las políticas sobre comercio, inversión y promoción cultural, de manera tal que sus «intereses locales comunitarios» converjan y coincidan con los «objetivos nacionales y globales» que China persigue, entre ellos la modernización del país y la reunificación nacional. En lo atinente a la expresión político-institucional que atiende los asuntos de los chinos de ultramar, las políticas referidas a ellas están en manos del Consejo de Estado (gabinete) y, en particular, la Oficina de Asuntos para los Chinos de Ultramar y sus contrapartes locales a nivel provincial. Otras agencias semigubernamentales, como la All China Federation of Returned Overseas Chinese (FROC), fundada en Beijing en octubre de 1956, y la Asociación de Intercambio de Ultramar, establecida en 1990, funcionan como «enlaces» entre el gobierno central y las comunidades en el exterior.

El permanente diálogo entre la máxima dirigencia política china y las organizaciones de chinos de ultramar, que a su vez pueden estar subdivididas por regiones (América del Norte, Sudeste de Asia, América Latina) ha dado origen a diversas iniciativas de interacción concertada y ha provisto claves para un ajustado cálculo del esfuerzo tendiente a maximizar las ventajas de acceso a mercados y construcción de poder de lobby. Es importante mencionar el compromiso personal de la actual dirigencia china, liderada por el presidente Hu Jintao, mediante la implementación de una serie de medidas tendientes a reforzar los vínculos, «entender sus demandas y puntos de vista» e integrarlos a la «estrategia general» del poder político sobre el presente y futuro del país. Complementariamente, sus aspiraciones de regreso han sido sistemáticamente contempladas, mediante, por ejemplo, políticas públicas orientadas a la provisión de incentivos vinculados al empleo, facilidades para el asentamiento y acceso a vivienda, protección de los derechos de propiedad intelectual, garantía de seguro médico y acceso a educación de calidad para sus hijos y empleo para sus cónyuges5.

Desde esta perspectiva, el rol de los emigrantes chinos ha sido revitalizado y hoy son copartícipes en la construcción de poder nacional en el largo plazo, proveedores de capacidades y habilidades y, fundamentalmente, propulsores de «modernización», tal como ocurriera con los burócratas e intelectuales chinos que a fines del siglo XIX trataron de introducir reformas modernizadoras en el agonizante régimen imperial.

Redes étnicas chinas y poder blando (soft power)

El concepto de «poder blando» (soft power) aplicado a las relaciones interestatales fue ampliamente desarrollado y difundido como parte de las construcciones teóricas justificatorias de la cambiante naturaleza del poder mundial en un contexto de interdependencia propio de la Posguerra Fría. Desarrollado teóricamente por Joseph Nye Jr., se utiliza para describir la capacidad de un actor político –como el Estado– de influir directamente en el comportamiento o los intereses de otros sujetos políticos por medio de instrumentos culturales o ideológicos. La importancia del llamado «poder blando» se ha incorporado progresivamente al discurso político como una forma de distinguir el atractivo generado por la cultura, los valores y las ideas, frente a los medios e instrumentos del «poder duro» (hard power), basado esencialmente en las capacidades militares.

Desde esta perspectiva, surgen distintas reflexiones sobre los alcances y límites del poder blando. En primer lugar, implica la capacidad de un Estado de ganar influencia por medios persuasivos antes que coercitivos. En segundo lugar, al constatar el radical cambio operado en el sistema internacional, Nye asume que no solo cuentan los atributos de poder económico, militar o tecnocientífico, sino también las capacidades derivadas de un poder cooptativo o indirecto. El poder blando no genera rechazo sino adhesión y expresa la habilidad de atraer a otros en virtud de la legitimidad de las políticas propuestas y los valores que a ellas subyacen 6.

La definición amplia del concepto de poder blando incluye la inversión, la ayuda económica y la diplomacia formal, pero también la influencia cultural, la diplomacia pública, la participación de los Estados en organizaciones multinacionales y los negocios en el extranjero vía inversiones directas o financieras por parte de empresas o gobiernos.

Desde la óptica de Nye, China decodificó acertadamente las nuevas dimensiones del poder en la Posguerra Fría adoptando una estrategia de proyección externa mediante la manipulación de la interdependencia, la activa participación en instituciones multilaterales y la creación de nuevos regímenes internacionales. La lectura china sobre los fundamentos del poder americano y su aspiración a jugar en la arena internacional orientaron la estrategia externa del país a esfuerzos, medios e instrumentos destinados a ganar la buena voluntad y la simpatía de la opinión pública internacional. En ese contexto, la formación de la imagen internacional de China y la influencia de este país en la opinión pública mundial reconoce en la transmisión simbólica efectuada por medio de sus comunidades de ultramar un factor clave.

Una radiografía de su poder relativo

Estimados en 35 millones, de los cuales dos tercios residen en Asia, los chinos de ultramar constituyen una fuente importante de inversiones para una economía en desarrollo como la china. Asimismo, por su rol socioeconómico en el Sudeste de Asia, en ellos suele residir el «poder económico real», gracias al control que ejercen sobre instituciones financieras, empresas logísticas, industrias manufactureras, redes de comercio minorista o mercados de capital.

Durante décadas han sido vistos con desconfianza en esta región, por su protagonismo económico y por ser considerados «instrumentos» de apoyo a la proyección del poder ideológico de la China comunista. Un ejemplo de ello fue el golpe contra Sukarno en 1965 en Indonesia. Pero a medida que China se fue abriendo al exterior, los intercambios económicos se han vuelto más fluidos, hasta alcanzar un nivel de integración e interdependencia comercial y financiera cristalizado hoy en una zona económica (China, Hong Kong y Taiwán) articulada por el Sudeste de Asia.

El poder económico de estas comunidades se funda en:

- la red de contactos (networks) que poseen y el grado de control que ejercen sobre las economías, aun siendo minoritarios sobre el total de población local (ejemplo de ello es el rol que cumplen en varias de las economías del Sudeste asiático, como Malasia, Indonesia, Singapur, etc.);

- el formidable conocimiento que provee la red de contactos sobre oportunidades de negocios, vías de acceso y penetración comercial en la región, basadas en las formas «relacionales» que el modo capitalista confuciano imprime a su desempeño como red;

- la capacidad de proveer know how sobre la lógica operativa en economías comercialmente difíciles de penetrar, donde los sistemas legales son difusos y se imponen en general métodos informales de definición de estrategias comerciales;

- la estructura familiar de las empresas y la forma de hacer negocios de los chinos étnicos, fundada en un patrón de «relaciones paternalistas», que los proveen de un ámbito flexible y ágil, donde la toma de decisiones empresariales se da de manera vertical y donde el trabajo intergeneracional prima sobre consideraciones de rentabilidad económica pura. Esto suele dotar a las unidades económicas de alta flexibilidad operativa. En consecuencia, se estructuran pequeñas unidades de negocios con lazos extendidos y cruzados que allanan la resolución interna de problemas, pero dificultan la percepción sobre los centros operativos y de decisión para el observador extranjero;

- los lazos colectivos y afectivos, que plantean la necesidad de considerar los intrincados vínculos que la comunidad china de ultramar mantiene entre sí, con particular énfasis en quienes viven en Asia y en el marco de los procesos de interdependencia económica en la Zona Económica China (China, Hong Kong y Taiwán), y entre esta y las economías del Sudeste de Asia.

Mirando al Sur

Las comunidades chinas constituyen, desde fines del siglo XIX, una de las más importantes colonias extranjeras en América Latina y el Caribe. Esas corrientes migratorias fueron impulsadas por la pobreza. La inmensa mayoría de los chinos que llegaron a la región eran trabajadores por contrato (coolies) en sectores agrícolas y procedían principalmente del sur de China.

A estos pioneros se unieron más tarde, durante el siglo XX, nuevas corrientes de chinos emigrados. En este caso, fueron producto de la conflictiva situación sociopolítica en la China continental y de la falta de horizontes y oportunidades en territorios como el de Hong Kong controlado por los ingleses y amenazado por la China maoísta. También partieron de Taiwán, cuyo despegue económico recién sería verificable a partir de fines de la década del 60. Con mayor lentitud, pero persistentemente, se sumaron a las consolidadas comunidades chinas de Brasil (San Pablo), Ecuador y Perú, emigrados a Argentina, Chile y, en menor medida, Venezuela y Colombia. Poco a poco, estas corrientes, fomentadas por el gobierno central chino y las flexibles políticas inmigratorias aplicadas por diversos países de la región, permitieron aumentar los flujos de chinos emigrados, que pasaron a formar parte de la red de contactos operativos intracomunitarios (asistencia financiera).

La expansión de la influencia china en América Latina

Los espacios geográficos «vacíos» de América Latina la tornan atractiva para la emigración, como así también las perspectivas de alcanzar, tras el paso por la región, países como EEUU y Canadá. Un cuadro de situación regional demuestra que cada país latinoamericano ha recibido parte de la «diáspora china», con raíces que en algunos casos son de larga data. Un ejemplo es la histórica existencia de comunidades chinas en el norte de México, herederas de flujos inmigratorios que datan del siglo XIX y que, aunque aspiraban a instalarse en EEUU, al verse impedidos arraigaron en Sinaloa, Jalisco, Guerrero y Puebla. Hoy esas comunidades, varias de ellas cristianizadas, otorgan a México una posición privilegiada en su relación con China, aun cuando esta sea no muy aceptada por algunos sectores críticos del empresariado nacional.

Otro ejemplo es la presencia de chinos étnicos en Perú. De hecho, Lima alberga uno de los barrios chinos más antiguos en América Latina y existe una amplia comunidad china en Iquitos, en el norte del país. Esto sitúa a Perú en el segundo lugar en importancia dentro de la distribución espacio-geográfica de las comunidades chinas en América del Sur. Este proceso de asentamiento vivió una nueva fase de auge como resultado de los temores que generaba el proceso de reversión (handover) de la soberanía china sobre Hong Kong (1997) y Macao (1999).

En Brasil, las comunidades radicadas en San Pablo explican gran parte del auge de la relación bilateral, la más importante que mantiene China en la región. La mayoría son pequeños y medianos empresarios, importadores que controlan empresas manufactureras y circuitos de distribución y que distribuyen en el país bienes adquiridos en China. Los empresarios chinos están agrupados en asociaciones que integran intereses tanto a escala nacional como local, por ejemplo a través de la Brasilia Chinese Overseas Chinese Association. Desde el punto de vista cuantitativo, en Brasil reside la segunda comunidad china de ultramar más numerosa de América Latina. Se trata de un actor poderoso e influyente en la definición de la estrategia de relacionamiento sino-brasileña, dada su representatividad económica y su influencia en el gobierno federal y estadual.

En Argentina, la comunidad china desarrolla sus actividades económicas principalmente en el sector de comercio (en particular minorista), turismo, emprendimientos gastronómicos y en el sector importador de bienes. De raíz esencialmente taiwanesa y en menor medida de Hong Kong, los primeros inmigrantes conviven hoy con aquellos provenientes de China continental, que en su mayoría ingresaron al país durante los 90. En su mayoría originarios de la provincia sudoriental de Fujian, han pasado a formar parte del «patrimonio urbano y cultural» de ciudades como Buenos Aires (90% de los inmigrantes chinos se encuentra concentrado en la ciudad y la provincia de Buenos Aires). Quienes investigan la acción internacional de las redes chinas en su configuración como «poderes fácticos» (tríadas) asumen que Argentina ha sido –y es– un país de tránsito, con el fin de alcanzar EEUU o Canadá. Sin embargo, el endurecimiento de la política migratoria norteamericana luego de 2001 ha disminuido esta alternativa.

En Paraguay, la inmigración china data de los años 60, cuando el entonces presidente de facto Alfredo Stroessner estableció una alianza con Jiang Kai Shek, líder del Partido Nacionalista Chino de Taiwán, en el marco de la Guerra Fría, por la cual Paraguay aceptaría inmigrantes chinos provenientes de la isla a cambio de financiamiento. Los objetivos del gobierno paraguayo de aquel entonces consistían en orientar la inmigración al poblamiento de ciudades periféricas y nuevos asentamientos y facilitar el desarrollo de tareas agrícolas, dada la experiencia en este tema de los taiwaneses, mayoritariamente campesinos, provenientes del forzado exilio continental luego de la derrota sufrida por los nacionalistas a manos del Partido Comunista Chino (PCCh) en 1949. Posteriormente, la construcción durante los 70 de la represa de Itaipú (emprendimiento binacional paraguayo-brasileño) provocó modificaciones en el espacio geoeconómico brasileño y paraguayo. Esto facilitó la localización de población brasileña y la introducción de inmigrantes chinos por parte de Paraguay en la frontera Sudeste del país, junto con la creación de nuevos asentamientos. Durante la década del 90, varios factores impulsaron la localización y el empoderamiento de las comunidades chinas radicadas en la zona de la Triple Frontera: la expansión del comercio intrarregional gracias a la consolidación del Mercosur, la flexibilización inmigratoria para chinos continentales establecida por Argentina, el atractivo de la economía argentina para el desarrollo de negocios y las facilidades de traslado intrabloque gracias a los acuerdos relativos a la movilidad de personas.

Las economías receptoras o anfitrionas han sido permeables a la influencia china en diferente grado, pero en general han aceptado el ingreso de los inmigrantes, conscientes de su importancia para entrelazar intereses económicos con la potencia emergente del siglo XXI. Si en el pasado la falta de horizontes económicos, junto con las recurrentes crisis políticas, dio lugar a la emigración de millones de chinos étnicos que buscaron instalarse en distantes territorios de América, Europa, el Sudeste de Asia y África, en la actualidad, a diferencia de aquellos pioneros lanzados a la aventura, la migración está compuesta por empresarios y familias con capital para hacer negocios, montar establecimientos comerciales y prosperar, lo que refleja la potencia económica en que se ha convertido China. Por todo lo expresado, resulta lógico que el intercambio comercial entre China y Sudamérica se concentre sobre todo en las economías que forman el denominado «Arco del Pacífico», y que cuentan con importantes comunidades chinas de ultramar, como por ejemplo México y Perú, y en menor medida Chile.

Conclusiones

Mientras EEUU plantea el conflicto en el campo ideológico-cultural con el objeto de sostener la legitimidad del ejercicio hegemónico del poder mundial y las categorías que lo representan, los emigrados chinos avanzan en el terreno concreto de la influencia socioeconómica, cultural y comercial en América Latina.

A pesar de que el Documento sobre la Política de China hacia América Latina y el Caribe (Libro Blanco), publicado en noviembre de 2008 por el gobierno chino, no menciona específicamente a las comunidades chinas, estas son aludidas elípticamente al considerar necesaria la cooperación, la protección del comercio, las inversiones y las actividades económicas de los ciudadanos chinos y latinoamericanos.

Como actores globales, las comunidades de chinos emigrados funcionan como vectores de conexión intercultural, pero con claros impactos en el campo económico, entre China y América Latina. Un sentimiento de lealtad, correspondencia y memoria hacia la Madre China los impulsa a no abandonar los lazos con el país de origen a pesar de las grandes distancias geográficas y materiales recorridas.

Bibliografía

Arnson, Cinthya, Mark Mohry y Riordan Roett: Enter the Dragon. China´s Presence in Latin America, School of Advanced Studies (SAIS), Latin American Program, Washington, DC, febrero de 2008. Birsdall, Nancy y Frederick Jaspersen (eds.): Pathways to Growth, Comparing East Asia and Latin America, Banco Interamericano de Desarrollo (BID), Washington, DC, 1995.Cesarin, Sergio: China se avecina, Capital Intelectual, Buenos Aires, 2006.

  • 1. El concepto ampliamente desarrollado por Manuel Castells entiende la estructura social compuesta de redes potenciadas por las tecnologías de la información y comunicación (tic). Según el autor, se trata de una nueva cultura basada no en el contenido sino en el proceso, una cultura de la comunicación, una red abierta de significados culturales que pueden no solo coexistir, sino también interactuar y modificarse mutuamente sobre la base del intercambio.
  • 2. El ejemplo más claro es el ataque sufrido por los comerciantes chinos instalados en Jakarta (Indonesia), objeto del «rencor social» resultante de la grave crisis económica que asoló el país durante 1998-1999.
  • 3. Es decir, el proceso mediante el cual –según Castells– un actor social se reconoce a sí mismo y construye significado en virtud sobre todo de un atributo o conjunto de atributos culturales determinados, con la exclusión de una referencia más amplia a otras estructuras sociales.
  • 4. En septiembre de 1980 (a comienzos de la política de reforma y apertura y con Deng Xiaoping en la Presidencia de China), al finalizar el iii Periodo de Sesiones de la Quinta Asamblea Popular Nacional (apn), fue aprobada la Ley de Nacionalidad de la República Popular China (rpc). Esta determinaba el no reconocimiento de derechos de ciudadanía ante situaciones de doble nacionalidad para chinos residentes en el exterior, así como la pérdida automática de esa ciudadanía en caso de elección de la nacionalidad del país receptor.
  • 5. De manera complementaria, en julio de 2004 el primer ministro Wen Jiabao propuso cinco aspectos sobre los cuales trabajar para mejorar la interfaz gobierno central-chinos de ultramar: a) reforzar la enseñanza del idioma chino a través de la creación de la China Overseas Chinese Language Education Foundation; b) reforzar la atracción de talentos chinos provenientes de ultramar; c) ayudar a los profesionales a desarrollar sus carreras en China; d) desarrollar granjas chinas en el extranjero a fin de mejorar el nivel de vida; e) aprovechar la presencia de los chinos en el extranjero como un activo para lograr la reunificación de la Madre Patria.
  • 6. Joseph Nye Jr.: Bound to Lead. The Changing Nature of American Power, Basic Books, Nueva York, 1990, p. 32.