Entrevista

América Latina en la estrategia económica china Entrevista a Gustavo Girado

La iniciativa china de la Ruta de la Seda resulta impactante para la economía mundial. ¿Qué papel puede tener América Latina en esta estrategia del gigante asiático?

América Latina en la estrategia económica china / Entrevista a Gustavo Girado

Durante el último año se ha hablado mucho de la iniciativa china «One belt, one road» que supone el desarrollo de una serie de corredores económicos para conectar el comercio mundial. ¿En que consiste exactamente esta estrategia y cómo está siendo recibida esta iniciativa por el resto de los países, sobre todo por aquellos que pretenden fortalecer sus relaciones económicas con China?

La iniciativa del One Belt, One Road (OBOR) – conocida en español como la Iniciativa del Cinturón y Ruta de la Seda – fue presentada oficialmente por el presidente Xi Jinping en 2013 y es, de hecho, el resultado de dos proyectos: uno terrestre –llamado Silk Road Economic Belt o Cinturón Económico de la Ruta de la Seda-, y otro marítimo –21st Century Maritime Silk Road o Ruta Marítima de la Seda del Siglo XXI—. La OBOR los enmarca. El primero se despliega desde China hasta Europa pasando por Asia Central, y el segundo incluye las costas de China, el sureste de Asia, atraviesa el Indico y va hasta el cuerno de Africa, y por Medio Oriente hacia el Mediterráneo. Con el mapa a la vista, es notorio que el proyecto es una gran estrategia diplomática y geopolítica de China que se despliega hacia sus vecinos. Y se despliega aún más allá. En los papeles constituye una ambiciosa estrategia de desarrollo liderada por el gobierno chino para promover el comercio y la integración económica entre los países a lo largo de rutas marítimas y terrestres, diseñada para mejorar el flujo de factores económicos –más libre y ordenadamente- y la asignación eficiente de recursos. Con un criterio menos discursivo, representa una ofensiva diplomática china con fuerte retórica de destinos y objetivos comunes y relaciones amistosas, encerrando una estrategia con un alto componente económico y político. La iniciativa en su conjunto gira en torno a una gran cantidad de proyectos de infraestructura con el objetivo de vincular extensas regiones y territorios a través de ferrocarriles, carreteras, puertos, aeropuertos, pero también telecomunicaciones y redes financieras. Se trata, por tanto, de un proyecto económico de gran envergadura para Asia en general y para China en particular. El plan genera oportunidades para estimular numerosos sectores económicos, en particular para la construcción. Los seis corredores terrestres son sencillamente impresionantes y constituyen una verdadera red de infraestructura multidimensional. A todos se los denomina Corredores Económicos: el Nuevo Puente Terrestre Euroasiático, el China-Mongolia-Rusia, el China-Asia Central-Asia Occidental, el China-Península de Indochina, el China-Pakistán y el Corredor Económico Bangladesh-China-India-Myanmar. China planeó un esquema financiero que supera con creces las capacidades patrimoniales de las entidades multilaterales que habitualmente conocemos financiando estos proyectos especialmente en Occidente, en el que participan el Banco Asiático de Inversión e Infraestructura (AIIB, por su sigla en inglés), el Fondo de la Ruta de la Seda, y dos gigantescos bancos chinos: el China Development Bank (CDB) y el Export-Import Bank of China (Exim Bank). Hay fuentes que incorporan financiamiento cruzado del Banco de los BRICS y de la Corporación China de Inversiones. De todas éstas, la participación más llamativa es quizás el compromiso explicitado por el Banco de Desarrollo de China para dedicar US$ 890.000 millones de sus inversiones a todos los proyectos relacionados con la Ruta de la Seda. Paralelamente, China multiplicó sus compromisos bilaterales (US$ 20.000 millones prometidos a India, US$ 46.000 millones a Pakistán, US$ 15.700 millones a Bielorrusia, entre otros). Se deben considerar los efectos multiplicadores de estos anuncios, que incluyen la participación del capital privado provincial (algunas provincias chinas están creando sus propios fondos para la Ruta de la Seda) y de otros países asiáticos.

Pero este gran despliegue no es un camino de rosas pues enfrenta la resistencia de algunos Estados como Pakistán y Nepal, quienes recientemente se retiraron de algunas negociaciones para construir represas con China debido a desavenencias sobre los términos de los acuerdos, lo que podría ser una muestra sobre los eventuales límites existentes para el despliegue de la influencia económica china. Trascendió que para el primer caso, China exigió la propiedad del proyecto y sus operaciones, y quería que sus propias fuerzas proporcionaran seguridad, criterios que no fueron compartidos por los paquistaníes.

¿Cuáles son las maneras en las que América Latina puede integrarse a esta iniciativa y qué repercusiones podría tener para la región?

Entiendo que para el caso latinoamericano la famosa distancia geográfica (que suele ponerse sobre la mesa para graficar la brecha cultural) brinda una distancia natural con el proyecto, y que a su vez hay que usar mucha imaginación para pensar en una participación directa. Sin embargo, la vinculación indirecta me parece más probable. Las empresas de las economías que participan como socios locales de los capitales chinos, pueden participar en la medida que sus gobiernos formen parte (como accionistas) de, por ejemplo, el AIIB. Lo mismo cabe para Brasil como accionista del Banco de los BRICS. En ese sentido, si Argentina decidiese capitalizar su –hasta ahora- decisión política de formalizar su membresía en el AIIB, entiendo que las empresas residentes argentinas podrían participar de alguna manera de alguno de aquellos proyectos. Como hay economías latinoamericanas que ya han asumido dicho compromiso, entiendo que algunas empresas con origen en nuestros vecinos, ya pueden tener cabida. as empresas de Brasil formarían parte del pelotón que encabezaría el eventual grupo de participantes latinoamericanos. Ahora bien, esto lo asumo pensando que la OBOR privilegia inversiones en infraestructura, pero hay un importante espacio vinculado a los servicios que podría aparecer posteriormente, en donde habría que estar atentos en caso de que la ruta marítima se desarrolle ampliamente. Los aspectos logísticos y de comercialización van a estar presentes siempre, y si la OBOR privilegia en su diseño el abastecimiento chino y la salida de sus manufacturas al exterior como exportaciones, flaco favor le haría la OBOR a esa expansión global china si no hay capacidad en América Latina para enviar y recibir la mayor densidad de la relación con China.

Durante la última década, los intercambios económicos y comerciales entre China y América Latina tuvieron un crecimiento significativo. ¿Cuánto tuvieron que ver las características políticas de nuestra región, marcada entonces por la presencia de una serie de gobiernos de izquierda o progresistas? ¿Esa situación se puede modificar hoy al calor de los nuevos liderazgos vinculados a la derecha en América Latina?

Diversas necesidades, fruto del crecimiento que el país debió y debe convertir en desarrollo, hicieron que China se vincule más estrechamente con socios que considere confiables, de largo plazo y que le provean de productos de calidad y competitivos. Esto puso a Latinoamérica y Africa en su radar desde hace un par de décadas. Son espacios geográficos en los que se desplegó con intensidad tanto material como políticamente. La proyección de China sobre estas regiones ha sido muy intensa y dinámica. En suma, lo hizo y hace a gran velocidad y ritmo. El pulso de esa relación estuvo dado por China, pues gran parte del aumento en el precio de los productos que constituyen la canasta clásica de exportaciones de estas regiones fue explicado por esa verdadera aspiradora de comodities en que se convirtió China. Entiendo que esto ha sucedido más allá de la empatía política con los regímenes que, desde el centro a la izquierda, han administrado gran parte de las economías de América Latina. Siendo generosos, claro. El nuevo – o diferente— registro que ahora caracteriza gran parte de los nuevos gobiernos latinoamericanos, no parece haber hecho mella en la relación bilateral, más allá de que algunas economías manifiesten posiciones diferentes, en un esfuerzo –quizás meramente político- por diferenciarse de las administraciones anteriores. Aunque las declamaciones de los nuevos gobiernos de Brasil y Argentina, por caso, pudieran aparecer a contrapelo de los manifestado durante las gestiones previas, en los hechos no parece haber (salvando las circunstancias coyunturales) cambios que permitan pensar en sustanciales modificaciones respecto de los gobiernos que usted llama «de izquierda o progresistas».


Gustavo Girado es Director de la carrera de posgrado de Especialización en Estudios en China Contemporánea de la Universidad Nacional de Lanús, co-coordinador de la Diplomatura en Gestión de Negocios con China de la Universidad Nacional de Córdoba, y docente de grado en la UBA y en la UNLaM.


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