Opinión
Junio 2021

Estrategias para vencer a la derecha radical

La derecha radical europea ha ido marcando la agenda en términos de identidad y seguridad. Los socialistas democráticos deben recuperarla aprovechando los desafíos que plantea el nuevo contexto post-pandémico. Están a tiempo de hacerlo.

Estrategias para vencer a la derecha radical

Por un lado, ha sido refrescante tener un año sin la obsesión global por el «populismo». Por el otro, el covid-19 ha demostrado cuán vulnerables son incluso las democracias y los Estados de Bienestar más avanzados, teniendo en cuenta qué pocos gobiernos han salido de la pandemia en una posición mejor de la que tenían antes de que esta comenzara.

Se ha vuelto parte del saber popular que la pandemia puso en evidencia a los partidos «populistas», ya sea en el rol de gobernantes o en el de oposición, pero la realidad es mucho menos sencilla. Salvo algunas excepciones, como las de los presidentes Jair Bolsonaro en Brasil y Donald Trump en Estados Unidos, la mayoría de los gobiernos populistas tomaron la pandemia con tanta seriedad como los no populistas y, en promedio, los partidos populistas no han perdido demasiado apoyo de su electorado.

Ahora bien, el covid-19 creó una muy necesaria oportunidad para recalibrar el debate y el sistema político al alejarse del nativismo y el tipo de populismo que dominaron las dos primeras décadas de este siglo. En todo caso, la pandemia mostró la importancia de la aptitud, del conocimiento y de cuestiones socioeconómicas tales como la salud pública y el Estado de Bienestar. Esto crea una oportunidad para los partidos progresistas, muchos de los cuales se han visto en buena medida marginados en un mundo político dominado por cuestiones socioculturales como la identidad y la seguridad. Tres estrategias relativamente amplias deberían guiar la resurrección política de la socialdemocracia.

Repolitizar la política

En esencia, el populismo (contemporáneo) es una respuesta iliberal-democrática al liberalismo antidemocrático. Al tiempo que apoya los aspectos básicos de la democracia –la soberanía popular y el gobierno de la mayoría–, el populismo rechaza algunos pilares de la democracia liberal, en particular los derechos de las minorías, el Estado de derecho y la separación de poderes. Su reciente éxito electoral es una respuesta directa al surgimiento apenas controlado del liberalismo antidemocrático.

Durante décadas, los políticos de las corrientes dominantes redujeron su poder en forma voluntaria mediante la desregulación, la europeización y la privatización. Mucho de esto se hizo lejos de la mirada pública y se mantuvo fuera de la agenda política. Ahora es defendido por las corrientes políticas dominantes, entre las que se incluyen los socialdemócratas, con afirmaciones estilo TINA («there is no alternative», no hay alternativa). No es de sorprenderse entonces que muchos ciudadanos sientan que tienen pocas alternativas o voz.

Mientras muchos partidos socialdemócratas reconsideraron su adhesión al neoliberalismo tras la Gran Recesión, ninguno desarrolló una nueva agenda ideológica. Muchos continúan promoviendo una política «moderada» y «pragmática», y se mantienen alejados de cuestiones menos politizadas y se enfocan fundamentalmente en el corto plazo, en un intento de evitar nuevas derrotas electorales.

Como lo demuestran las encuestas, esto no está funcionando. ¿Pero por qué debería funcionar? Esta política «pragmática» o «tecnócrata» podría resultar en los buenos tiempos, pero cuando la gente tiene que hacer sacrificios o experimenta ansiedad y crisis, busca ideas y liderazgo. Quiere saber qué pueden hacer los políticos, cuál es su visión para el futuro y por qué debería apoyarlos. Hoy, ninguna de estas preguntas tiene respuestas (convincentes) de los partidos progresistas.

Reconquistar la agenda

Como es lógico, dada esa falta de programa ideológico claro, la mayoría de los partidos progresistas han seguido la agenda política en lugar de liderarla. Mientras que podría parecer que la derecha tradicional es la que marca la agenda, es de hecho en muchos sentidos la derecha radical quien lo está haciendo. Es cierto, los partidos de derecha tradicionales todavía emplean el poder gubernamental para impulsar su agenda económica, que incluye la desregulación y los beneficios empresariales, pero el debate político y público se define por cuestiones socioculturales, como la identidad y la seguridad.

Respecto de estos temas, la derecha tradicional ha venido copiando los marcos de la derecha radical al menos desde el fin del siglo pasado, pero ahora también está implementando muchas de sus políticas. Sin ir más lejos, hay que mirar al canciller austríaco, Sebastian Kurz, o al primer ministro holandés, Mark Rutte. Que tampoco la izquierda tradicional esté inmune de cooptar la agenda de la derecha radical se evidencia tristemente en Dinamarca y en buena parte de Europa central y oriental.

Utilizando un programa ideológico renovado, los partidos progresistas deberían presentar visiones audaces de sus propios temas, entre ellos la educación, el empleo, el medio ambiente, la vivienda y la salud pública. Cada uno de estos temas aparece al tope de las prioridades de grandes porciones de la ciudadanía, en particular los potenciales votantes de izquierda, pero han resultado marginados en un debate público obsesionado con la identidad y la seguridad. Depende del movimiento progresista en su conjunto hacer que estos temas cruciales vuelvan al centro de la agenda política.

Esto no quiere decir que las cuestiones de identidad y seguridad deban ignorarse. Más bien, deberían tener su debido lugar en el debate y ser abordadas mediante marcos y políticas progresistas.

Redefinir Europa

Nada de esto es posible sin una redefinición progresista de Europa o, más específicamente, de la Unión Europea. Durante gran parte del siglo XX, la mayoría de los partidos progresistas apoyaron con fervor la integración europea. Cualquier tipo de crítica, ni que hablar el euroescepticismo, era visto como nacionalista o de derecha. Pero el apoyo acrítico a la integración europea los transformó en defensores entusiastas de un proyecto cada vez más neoliberal, en el que los valores progresistas, e incluso los democráticos liberales, se han vuelto secundarios.

La pandemia ha mostrado la importancia de la colaboración internacional y el valor de estructuras transnacionales como la Unión Europea, lo que ofrece a los partidos progresistas la oportunidad de desarrollar y promover una audaz alternativa progresista a la estructura vigente. Esa sería una Unión Europea de auténtica solidaridad europea, que ayudara a la ciudadanía y a los Estados miembros a sobreponerse a los principales desafíos de nuestro tiempo, desde el cambio climático hasta la pandemia, y que finalmente quebrara algunas de las más flagrantes desigualdades económicas y no económicas dentro de la Unión y sus integrantes.

Más aún, la Unión Europea solo puede ser progresista si ella y todos sus Estados miembros son democracias liberales. Los partidos progresistas deberían oponerse fundamentalmente a la habilitación o apoyo de líderes autoritarios, desde Budapest hasta Varsovia. Las familias de partidos europeos deberían hacer de la lucha contra los partidos, regímenes y valores autoritarios uno de sus objetivos primordiales. Esto también significaría que deberían pedir cuentas a sus propios integrantes cuando estos favorecen discursos islamófobos y nativistas, gobiernan con partidos de la derecha radical o apoyan políticas nativistas.

Un cambio bienvenido

Nada de esto es fácil, pero es necesario proteger a (muchos) partidos progresistas de la marginación política y asegurar un futuro progresista para Europa. Si bien la pandemia no transformará por sí misma la política, ha producido un bienvenido cambio respecto de la identidad y la seguridad y ha vuelto a colocar algunas de las principales instituciones de la política progresista europea de regreso en una posición positiva, en particular la Unión Europea y el Estado nacional.

Por otra parte, el actual presidente de Estados Unidos, Joe Biden, viene mostrándole, de algún modo, el camino a Europa al incrementar y promover el gasto y el rol del Estado sin ningún tipo de reparo. Si los demócratas pueden hacerlo en Estados Unidos, sin duda los progresistas también podrán hacerlo en Europa.

 

Fuente: Social Europe

Traducción: María Alejandra Cucchi



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