Opinión
Mayo 2021

¿Un neoliberalismo popular para Madrid?

Las elecciones para la Comunidad de Madrid dieron un claro triunfo al ala derecha del Partido Popular. Con un discurso contra las restricciones que exige la pandemia, la actual presidenta Isabel Díaz Ayuso se impuso sobre el conjunto de la izquierda con lemas como «comunismo o libertad» y un proyecto abiertamente neoliberal. El Partido Socialista Español quedó tercero -después de Más Madrid- y los malos resultados de Unidas Podemos llevaron a Pablo Iglesias a renunciar a la política institucional y partidaria.

¿Un neoliberalismo popular para Madrid?

El triunfo rotundo de Isabel Díaz Ayuso en la Comunidad de Madrid abre el camino a algo inédito hasta hoy en la política española: un discurso abiertamente neoliberal que se le ofrece al Partido Popular (PP) como vía de salida para alcanzar autónomamente la Moncloa, absorbiendo a Ciudadanos y conteniendo a Vox, la fuerza de extrema derecha fundada a fines de 2013. Se dirá que fue Madrid justamente el lugar del ala neoliberal del PP, con su ex-mandataria Esperanza Aguirre. Sin duda, pero ni aun en los momentos más débiles de Mariano Rajoy en la jefatura del partido, ese discurso había logrado hegemonizar la formación conservadora. Eran los tiempos en que las elecciones se ganaban «por el centro».

Ayuso ha logrado resolver la ecuación que el líder del PP Pablo Casado viene intentando despejar desde que ganó la dirección del partido en 2018, relegando a la «centrista» Soraya Sáenz de Santamaría: volver a ocupar todo el espacio del centro a la derecha, sin depender de Vox ni de Ciudadanos. La gran diferencia entre los tiempos de Rajoy y Aguirre y el momento actual es la aparición de Vox, formación posfascista escindida del PP y que le disputa los votos de la derecha más radical. Ayuso parece haberlo conseguido. No solo porque ha absorbido a Ciudadanos, sino también porque ha frenado a Vox, que sigue siendo necesario para formar gobierno, pero queda políticamente irrelevante. En efecto, Vox no se puede negar a apoyar al PP –sea absteniéndose o votándolo en la investidura–, pero en cualquier caso no podrá exigirle entrar en el gobierno ni condicionar su accionar. Por otra parte, es muy probable que eso no le interese a la formación liderada por Santiago Abascal, pues estas elecciones son para completar los dos años que le quedaban al mandato de Ayuso. Vox prefiere aparecer como la agrupación que frenó a la izquierda y no comprometerse con la que llama «derechita cobarde» del PP, a fin de mantener su perfil partidario.

Resignificación de la pandemia

Este discurso abiertamente neoliberal tiene mayor impacto porque se da en el marco de una recuperación del protagonismo estatal y comunitario motivada por la pandemia. En efecto, en marzo de 2020 toda España se vio abocada a un confinamiento estricto. Tras décadas de corrosión de la autoridad estatal y de desprestigio de lo público –especialmente en Madrid, donde el PP gobierna desde 1995–, la izquierda depositó buena parte de sus esperanzas en que la pandemia hiciera ver la necesidad de recobrar el pulso comunitario. El cumplimiento del confinamiento fue disciplinado y el gobierno de centroizquierda –Partido Socialista Obrero Español (PSOE) y Unidas Podemos– diseñó políticas públicas de apoyo a los desfavorecidos por la pandemia. Aunque lo negó, entre la salud pública y la economía, optó lógicamente por la primera sin desatender la segunda, si bien sus medidas sociales fueron criticadas por algunos de sus socios de izquierdas por poco audaces.

Díaz Ayuso fue ocupando de a poco, en unos términos inusuales para la política española, el liderazgo de facto de su partido en la labor de oposición nacional a la gestión de Pedro Sánchez y Pablo Iglesias. En efecto, la presidenta de la Comunidad de Madrid no les reprochaba ya incapacidad técnico-administrativa, sino un fanatismo ideológico que –valiéndose de las circunstancias excepcionales– les permitía privar de la libertad a los ciudadanos y tomarlos como rehenes del Estado, a fin de convertirlos en sus mantenidos. De este modo, el discurso de Ayuso evocó una vaporosa combinación de comunismo, chavismo y populismo, según la cual se iba contra el mercado, se esclavizaba a la ciudadanía tratándola como a menores de edad dependientes del Estado, se destruía la economía y, de paso, la nación española. Esto último era el corolario lógico de un gobierno, según Ayuso, «social-comunista aliado a los enemigos de España» (Partido Nacionalista Vasco, Esquerra Republicana de Catalunya y Bildu). España retornaba de este modo a la Guerra Fría.

Así, donde la izquierda esperaba encontrar el antídoto contra el neoliberalismo –del que en España se habla poco, por otra parte–, la derecha más dura halló la forma de mostrar la necesidad de un Estado «mínimo» y de un gobierno «técnico». Cumplió entonces el sueño neoliberal: el Estado es importante, pero no para quitarles autonomía a los individuos privados con su paternalismo, sino para devolverles esa naturaleza comerciante borrada por años de intervencionismo. Colocó así al emprendedor como figura paradigmática del ciudadano y desde ahí reivindicó una idea epicúrea: huye de la política pero no de lo colectivo, cuya única expresión auténtica es la comunidad privada conformada por los amigos y la familia. Los miembros de esa comunidad privada engrandecen la nación a través de la búsqueda privada de su beneficio personal. Este vitalismo fraternal, antipolítico y hedonista tenía su lugar natural: los bares, la calle, el encuentro con «los tuyos» después de una dura jornada laboral. No fue ajena a este sentimiento la idea de un orgullo de Madrid («vivir a la madrileña»), reafirmado tras años de auge del «catalanismo». Ayuso vino a decir lo que no se podía enunciar: España empieza en Madrid, Madrid es España y, por supuesto, España es una gran Nación. Todo ello le permitió legitimar en nombre de la “libertad” su opción en favor de la economía y en detrimento de la salud.

El contragolpe al 15-M

Esta resignificación de la excepción pandémica en prueba de normalidad del mercado y del emprededorismo ha venido a significar un fabuloso contragolpe, largamente elaborado, contra la izquierda y el progresismo, justo a diez años del 15-M y del movimiento de los «indignados», del cual surgiría Podemos. La irrupción de Pablo Iglesias en la campaña electoral de Madrid, a la que «bajó» dejando su lugar nada menos que como vicepresidente del gobierno nacional, fue muy bien recibida por Ayuso, que necesitaba un contrincante a su medida que hiciera verosímil su discurso de «comunismo o libertad». Iglesias entró con aire salvífico en la campaña, dando un golpe de efecto que no duró más que unas horas. Ni siquiera pudo disimular que escondía una importante debilidad: en verdad, su candidatura mostraba la fragilidad estructural de un partido leninista construido alrededor de su liderazgo, sin estructura organizativa ni arraigo popular en un territorio que, como Madrid, debería ser más que propicio para una fuerza como Unidas Podemos. En efecto, Iglesias quiso encubrir ese tembladeral ofreciéndose como prenda de unidad de la izquierda, un fetiche de la cultura política de la izquierda no socialista. 

Iglesias fue rechazado, no sin cansancio e incomodidad, por los dos partidos a los que interpelaba. Más aún, el propio PSOE, con el que Unidas Podemos cogobierna en el nivel nacional, afirmó a través de su candidato Ángel Gabilondo que «con este Iglesias» no formaría gobierno. Luego, solo cuando vio que no le alcanzaban los votos, ensayó una rectificación y llamó a «Pablo» a vencer juntos a la derecha. En verdad, Iglesias solo buscaba que su partido no quedara por debajo de 5% de los votos, límite para conseguir representación, y de paso cobrarle una antigua factura a su otrora número dos de Podemos, Íñigo Errejón, obligándolo a una negativa a la unidad que lo hiciera responsable de la desunión y, eventualmente, de una derrota a manos de la derecha. 

Finalmente, Iglesias logró apenas 7% de los votos. El golpe para Unidas Podemos no pudo ser más fuerte: no solo se presentó con un discurso antifascista, propio de la vieja izquierda no socialista eternamente enojada con el PSOE y sus bases por sus «traiciones» e «inconsecuencias», sino que además movilizó a la derecha extrema más que al electorado abstencionista tradicionalmente vinculado a la izquierda. Por si esto fuera poco, su rival íntimo, Más Madrid de Errejón, logró rebasar electoralmente al PSOE y se colocó como segunda fuerza por un puñado de votos. La fuerza de Errejón conseguía así dar el sorpasso al PSOE. La reacción de Iglesias –renunciar a sus cargos y abandonar la política partidaria e institucional tras conocerse los resultados– no deja de ser una muestra de responsabilidad política, si bien alejarse de todos sus cargos se inscribe en un acto repetido de muchos dirigentes del Podemos inicial, que parecieron entender que la política tenía la lógica de las redes sociales, donde o hay éxito inmediato o no hay nada. No parece ser la enseñanza que se puede extraer de la ética política de quien lucha por una causa.

El partido que sale ganador, tras PP y Vox, es Más Madrid, que se consolida como cabeza de la oposición en Madrid. Es el rol que venía ocupando de facto en el Parlamento madrileño. Los análisis electorales han tenido en cuenta casi exclusivamente la campaña y poco la oposición de los dos últimos años. Esta ha sido la que ha resaltado el papel de Mónica García, una médica de hospital público capaz de transmitir autenticidad y compromiso social en el contexto de la pandemia, como contracara de un deslucido Gabilondo, una vez más candidato del PSOE. Esto le ha permitido vivir en primera persona la crisis del covid-19, cuya gestión por parte de Ayuso dejó serias dudas, algunas muy comprometedoras, como la decisión de que los ancianos de las residencias no fueran trasladados a los hospitales. García se ha destacado en el Parlamento por su convicción y su firmeza, pero asimismo por no tener los modos de una burócrata de partido. Esto también puede ser una enseñanza para una formación joven como Más Madrid, necesitada de arraigo en la sociedad civil.

Ciudadanos fue literalmente engullido por el PP y ha pasado de ser la tercera fuerza, con casi 20% de los votos –lo que le permitió cogobernar con Ayuso–, a quedarse sin representación (3,57%). Es el otro gran perdedor, junto al PSOE. Pero, a diferencia de este, carece de estructura y arraigo, una deficiencia de los partidos de la llamada «nueva política». 

Vox aparece como un ganador sui géneris: pese a que no mejoró sus números y repitió la elección de hace dos años (9%), su objetivo político no es electoral, sino de medio plazo: derechizar el debate público. Para ello necesita arrastrar al PP a la derecha, obligándolo a hablar de temas «políticamente incorrectos» para el «consenso del 78», como inmigración, Estado de Bienestar, «costo» de la política, etc. Por ello necesita conservar esa porción de votos que al PP se le ha ido y que le resulta clave de cara a formar gobierno. Tener de rehén al PP le permite a Vox, de paso, alcanzar un gran eco mediático para su discurso de extrema derecha. Y eso lo consiguió con creces de la mano de Rocío Monasterio, una candidata que capturó los focos durante toda la campaña y no escatimó en escándalos, como cuando le dijo a Iglesias que «se largara» de un estudio de radio.

El PSOE, finalmente, tendrá que reorganizarse en Madrid, plaza en la que está orgánicamente tocado desde hace décadas. De hecho, el largo gobierno del PP en la Comunidad de Madrid, iniciado en 1995, se origina en que dos diputados socialistas impidieron la consagración del candidato del PSOE al ausentarse el día de la votación (el «tamayazo»). Todas las sospechas indican que fueron sobornados por el PP, situación que –más allá del evidente caso de corrupción– señala la debilidad interna del poder socialista en la región. El candidato Gabilondo repitió porque las elecciones se adelantaron y el PSOE no tuvo tiempo de renovar su candidatura. Se trata de una voz propia de la Transición, una cultura política en buena medida ya «fuera de contexto», de una época que ya significa poco para los votantes –especialmente para los jóvenes–.

¿Un triunfo de proyección nacional?

La pregunta que deja la elección de Madrid es si este escenario se puede trasladar al ámbito nacional, es decir, a las próximas generales de –en principio– 2024. La propia Díaz Ayuso interpretó así su triunfo en su discurso de la noche electoral, en el que saludó a los militantes de la mano del líder nacional, Pablo Casado. La traslación no es obvia, y tampoco lo es que le traería solo ventajas al PP. En efecto, cuando asumió la presidencia del PP, Casado comenzó haciendo seguidismo de Vox, para luego dar un golpe de timón hacia el «centro». Volvió así al lugar conservador clásico del PP, con sus trazos nacionalistas, católicos y liberales. La política española no está acostumbrada a los vaivenes a los que estaría obligado Casado ahora: carece del swing movimientista, es más bien de seguir escrupulosamente un único paso de baile. De hecho, Díaz Ayuso ha tenido éxito porque su discurso es muy similar al de Vox, no porque haya podido balancearse de la extrema derecha al centro según silbe la música del momento. Por otra parte, este triunfo agrega una nueva presión a Casado: la del liderazgo de la propia Ayuso, que vendría a representar ahora el original a imitar.

Pero aun en el mejor de los casos para el PP, no está claro que ese discurso resulte atractivo en todo el país. Cabe decir que el PP no es realmente un partido nacional, pues su representación en Cataluña y en el País Vasco es muy baja para un partido que aspira a la Moncloa, máxime con el llamado «problema catalán» –se trata más bien de la cuestión española sobre cómo organizar el Estado en torno de una identidad común– como principal asunto político de alcance histórico.

La elección de Madrid refuerza el eje izquierda-derecha que la nueva política había venido a cuestionar y liquida todo vestigio de la «hipótesis populista» del primer Podemos. Pero con una novedad: ahora parece que las elecciones no se ganan en todo el país «por el centro», sino que en algunas autonomías se triunfa por la derecha, merced al éxito del contragolpe de Vox, quizá el gran vencedor a medio plazo de la aparición de la «nueva política».

En cualquier caso, España sigue alejándose de los modos y procedimientos de la Transición, sin tener todavía un rumbo claro. Pero, eso sí, arrastrando algunos fantasmas que desde aquella época transporta en la bodega y que están también en el origen de este nuevo rumbo incierto, a la espera de ser resueltos: la cuestión nacional, llamada piadosamente «cuestión catalana» o «problema territorial», de la cual Vox se ha beneficiado, y la cuestión social, esto es, su relativo atraso en el desarrollo del Estado de Bienestar, merced a un importante acento oligárquico de sus elites, que no parecen dispuestas sencillamente a pagar impuestos, a la espera de que los fondos europeos compensen ese impago. Mientras, desgastan las condiciones laborales y, así, toda la vida comunitaria. El discurso de Díaz Ayuso expresa en buena medida eso, pero también el haber logrado el consentimiento de importantes segmentos de los sectores populares, condenados como están a la lucha darwinista. Lo que está en juego no va más allá de una posición defensiva de la izquierda que, ante el embate neoliberal y nacionalista español que la acusa de «comunista» y/o «populista», intenta solo que este discurso reaccionario no siga conquistando voluntades en los sectores populares.



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