Opinión
Febrero 2021

Fran Lebowitz: francotiradora contra los lugares comunes

En un reciente documental, la escritora Fran Lebowitz arremete contra los lugares comunes de la vida urbana contemporánea y rememora, sin nostalgia ni melancolía, la Nueva York en la que le tocó vivir. Un relato de independencia y crítica real que, extrañamente, pretende ser metabolizado por los mismos a quienes Lebowitz desafía. Esa operación es imposible sin morir en el intento.

Fran Lebowitz: francotiradora contra los lugares comunes

No son suficientes los siete episodios de Pretend It's a City [supongamos que es una ciudad] (2020) para conocer las múltiples aristas de Fran Lebowitz, una de las críticas sociales más celebradas de Estados Unidos. Documentada a través de una serie de conversaciones con Martin Scorsese, su amigo íntimo y uno de los grandes popes de la cultura cinematográfica, y a la usanza de Public Speaking (2010), esta mujer nacida en New Jersey y radicada en la Gran Manzana en la década de 1970 ofrece lapsos humorísticos a la vez que profundas observaciones críticas sobre determinados rasgos de la sensibilidad neoyorquina. Sin embargo, y quizás en contra del propio imaginario convertido en producto por las diversas industrias del país del «libre mercado», aquella sensibilidad de ningún modo puede restringirse a una única ciudad sino que es atinado pensarla casi como un manifiesto cosmopolita de nuestros días.

«Estoy enojada porque no tengo poder, pero estoy llena de opiniones», dice Fran con los ojos severos, clavados en la cámara, y enmarcada por su saco de grandes hombreras. Ahora bien, ¿son esas «opiniones» parte de la masa dominante de la positividad, ciertamente coercitiva, o son ideas propias que, gestadas por fuera del mandato de la empatía y la aprobación, admiten dentro suyo el gen de la negatividad? ¿Es el profundo malestar de Lebowitz un ejercicio vital de resistencia a los nuevos esquemas que el siglo XXI impone sobre las grandes ciudades?

Los asuntos que urtican la mente de la autora de Metropolitan Life (1978) y Social Studies (1981) son variopintos. Van desde nimiedades hasta políticas urbanas. No obstante, todos ellos conforman, sin perder detalle, el delineado ciudadano que suscita en Lebowitz esa forma de alta misantropía: la gente que pregunta cosas en la calle, los que no saben circular por la ciudad, los que lo hacen sumidos en sus dispositivos móviles sin tener registro del prójimo; los entusiastas que llevan sus mats a la clase de yoga y los mormones del wellness (bienestar); la gente que no lee y la gente que ama escribir —«la mayoría de las personas que aman escribir son escritores horribles», observa—; los impudorosos que muestran su mediocridad y confunden cualquier cosa con el arte; los productos culturales comercialmente exitosos —a pesar de haber sido ella misma una bestseller, enlista los musicales como Evita—; los que sobredimensionan los dones de la buena voluntad en detrimento del talento —algo que, según Lebowitz, exaspera a las personas en tanto «no pueden comprarlo»—; el dinero de los contribuyentes destinado a parafernalias superfluas para el turismo —como maceteros, reposeras y demás artilugios, que bien podrían ser parte de la gestión de diversos alcaldes latinoamericanos—; a los que viven «en un mundo de uno» y a la juventud, presa de su falta de juicio y sentido crítico, pendulante entre el odio y la alabanza indiscriminada, degradada a un manojo de clichés.

Entre todos esos sujetos y entre todos esos recortes, esas escenas mínimas, se urde el grado de fuera-de-quicio-contemporáneo tan fácil de advertir en las calles de cualquier capital del mundo occidental, donde el sentido de comunidad —ni hablar del sentido de «pueblo»— ha sido perforado de muerte en virtud del solipsismo y la egomanía, de mano de las políticas neoliberales y la tecnologización paroxística de la vida humana. Lo que Lebowitz confecciona palabra tras palabra, lo que parece construir a través de la queja incisiva, es un réquiem a los códigos mínimos de aquella fuerza magnética que alguna vez la llevó a Nueva York y que la convirtió, de un modo u otro, en otro de sus grandes íconos culturales.

En otro lugar, en otro tiempo

Ante los modos de vincularse con la ciudad que describe con tanta certeza, ante el «habitar» al que conduce el capitalismo salvaje, veloz y desapegado, individualista al extremo pero extorsivo en lo social, Lebowitz elige ubicarse en el lugar de la extrañeza. Presa de una incomodidad sin arreglo frente a muchas de las características que la vida metropolitana ha adquirido, su discurso nunca se bandea hacia la nostalgia, jamás se melancoliza en expresiones conservadoras, mucho menos reaccionarias. Por el contrario, apuesta a la ruptura, por momentos temeraria, poco afecta a las sentencias voluntaristas instaladas en la Costa Oeste de su país. Y lo hace sintiéndose parte (fundante) de la mítica New York, a la vez que alejada o expulsada de ella por completo: sus movimientos son de astucia, como los de una francotiradora que puede ubicarse en la terraza del Chrysler Building, en un sótano del Greenwich Village o sentada a una mesa de The Player’s Club.

En ese sentido, Frances Ann también se posiciona como un espíritu extemporáneo a la vez que contra su tiempo, que es también y a su pesar, este tiempo: fascina sin el mínimo esfuerzo, con la misma potencia que lo hizo con sus primeras columnas en Changes o en Interview —la célebre publicación de Andy Warhol—, y continúa sorprendiendo con una verba acelerada, cargada de juicios y determinaciones, que arremeten sin detenerse en las barricadas que imponen tanto la institución de la corrección política como la decadencia (y derechización) del sentido común. Condición de unos pocos: Lebowitz fue una rara avis en sus comienzos y lo es también ahora, con una sagacidad fuera de serie que cautiva a la crema de los círculos artísticos, a los universitarios y al ala más culturizada del liberalismo progresista de los grandes centros urbanos. Aporta, en dentelladas cargadas de ingenio, la cuota de subversión que un sistema como el suyo es capaz de admitir.

Haber sido expulsada de su escuela secundaria y no haber continuado con estudios formales no perjudicaron a Lebowitz en su inserción en las esferas más snobs, lo que demuestra que es su su manera autárquica de observar la realidad la que constituye su diferencial y la que le abrió paso en la mitología de la que es parte insoslayable. Fuera de lugar y fuera de tiempo, la autora erigió una firma y forjó su voz mediante columnas periodísticas, rayanas en el ensayo, que tomaban los riesgos que todos a su alrededor, por provocadores que se presentaran, parecían esquivar. La construcción de su obra respondió a la lógica del trabajo, antónima a los automatismos digitales que hoy operan en los guetos culturales y que, con la velocidad de un click, tienen la capacidad de enaltecer o destronar a cualquiera con la prepotencia de quien cree estar determinando «una verdad», cincelando «una reputación». El éxito, en tanto lengua madre del capital, ha desplazado de manera definitiva a cualquier otro valor, sobre todo (y definitivamente) a los que atentan contra la diosa de la productividad. Sustentada no por credenciales académicas sino por la propia palabra y la propia experiencia, Fran es muy dura en este aspecto. Desde ya.

Es especialmente interesante la relación con el trabajo de aquella joven Lebowitz, que anhelaba convertirse en escritora al mismo tiempo que sabía que para hacerlo debía asegurarse ciertas condiciones materiales mínimas de existencia en una de las ciudades más caras del mundo. En los relatos de la crítica social nacida en 1950, criada bajo los nubarrones de la Guerra Fría, contrastan las ocurrencias de la veinteañera que llegó descalza a un gran edificio editorial y con total desparpajo dejó sus poemas, con la muchacha que fue taxista, limpió casas y vendió en la calle; una variedad de trabajos que constituyen un ejercicio de humildad que autorizan su palabra como breadwinner. ¿Cuántas críticas sociales de las altas esferas, cuántas personalidades de la cultura que son parte del alto universo neoyorquino, pueden jactarse de conocer las preocupaciones obreras, los sacrificios subterráneos que habilitan aquella otra vida de galerías de arte, cocktails y presentaciones de libros? En este sentido, la propia figura de Lebowitz perfora el paquete de ensoñaciones que ha sido inoculado en las mujeres occidentales mediante personajes como Carrie Bradshaw, la mujer de prendas millonarias protagonista de la serie Sex & the City, modelo que hoy se replica en imitaciones más o menos somníferas, aunque siempre en perfecta armonía con el status quo, en medios de todo tipo, en diferentes formatos y latitudes. «No pude evitar pensar…» como prefijo a una pregunta con ínfulas filosóficas e interpelación personal —el latiguillo de la starlet de la moda interpretado por Sarah Jessica Parker— es justamente el tipo de escritura especular que Lebowitz rechaza (y ridiculiza): «No quiero leer algo con lo que me identifique, sino todo lo contrario». Para Frances Ann aquello que uno escribe primero debe merecer ser escrito y, como principio, también debe apelar a abrir nuevas dimensiones en vez de destinarlas al onanismo de la identificación.

«Yo solía ser escritora», dice de sí misma y así hace pretérita su relación con la escritura, tan poderosa y arrasadora al mismo tiempo que trunca. Convertida en oradora, presentada como humorista —un título que a su vez merece discusión—, en el «bloqueo de escritor» que Fran padece desde la década de 1990 se hace carne la dificultad de quien busca escribir contra el cliché. Se rompen allí, como contra una pared, los idilios «marketineros» alrededor de la escritora talking head que todo lo cuenta. De un modo u otro, como invitada a un talk show o como entrevistada en una universidad, la palabra de Fran Lebowitz se sigue abriendo paso para penetrar allí donde ella misma se encuentra y de donde otras, por supuesto, prefiere escapar. Dialoga y discute, ante todo, consigo misma, como quien se reconoce su peor enemigo y entonces ensaya sus palabras frente al espejo. Pero luego, ¿qué público tiene la capacidad de metabolizar la verborragia crítica de Lebowitz sin morir en el intento?

Sátira

Quizás sea la adoración y la alabanza desmedida —que bien denosta la autora— las que abren de par en par las puertas al equívoco: quienes observan a Fran Lebowitz, quienes la «consumen» como una miel cultural, no se identifican en la posición de jerarquización y distancia controlada del público sino que prefieren verse en su lugar de enunciación. Así, y porque la violencia de la positividad se impone como una obediencia debida, la audiencia «empatiza» con ella, «se ve» en sus enconos, «se reconoce» en sus quejas en lugar de verse en el lugar de objeto de aquello que Lebowitz señala. Hay un desplazamiento muy particular, quizás alguna forma novedosa de la negación, que genera que la tribuna aplauda y ría, con la risa nerviosa de aquel que acaba de escuchar un chiste que no entendió.

El humor no puede ser forcluido de la cosmogonía lebowitziana porque sin él no hay elemento, no hay sobrevida posible para ese singular mundo de ideas que se bate a duelo con los dogmas urbanos del neoliberalismo. Fuera de serie, quizás como ese otro ícono de New York llamado Woody Allen —tan brillante como objeto de polémica, discutido y cancelado—, Fran Lebowitz se consagra como la gran traficante de la sátira norteamericana y una excelente lectora de las páginas que no escribe pero enuncia sobre la vida metropolitana tal como la conocemos.



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