¿Capitalismo para todos?
Las elites, lo popular y el giro a la derecha boliviano
Nueva Sociedad 320 / Noviembre - Diciembre 2025
Tras una larga hegemonía del Movimiento al Socialismo (MAS), las recientes elecciones presidenciales sellaron un cambio de rumbo político e ideológico en Bolivia. ¿Hasta qué punto se trata de un triunfo de la vieja oposición? ¿Por qué el «bloque popular» se decantó por la fórmula Rodrigo Paz-Edman Lara, de centroderecha? ¿Qué nos dice esto de los clivajes que atraviesan la historia boliviana?
El ciclo del Movimiento al Socialismo (mas) boliviano fue un fenómeno de hegemonía ideológica y política de tal magnitud que puso a la derecha neoliberal, tras su caída con el derrocamiento y la huida del país del presidente Gonzalo Sánchez de Lozada en octubre de 2003, en una situación de gran precariedad que, con matices, duró hasta la campaña electoral de 2025.
Los partidos «tradicionales», como el Movimiento Nacionalista Revolucionario (mnr) de Sánchez de Lozada, Acción Democrática Nacionalista (adn) del dos veces presidente Hugo Banzer y de Jorge «Tuto» Quiroga, y el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (mir) del ex-presidente Jaime Paz Zamora (que, pese a su nombre, se había convertido en una fuerza de centroderecha), se derrumbaron a comienzos de los años 2000, en el marco de un fuerte desprestigio social. Tras esto, comenzó una era de intensa debilidad organizativa de los liberal-conservadores bolivianos, que buscaron un lugar bajo el sol como oposición al mas.
Nuevos partidos, formados por viejos políticos, fueron ampliamente derrotados por el mas en el escenario nacional, aunque en algunos casos lograron hacerse fuertes en el ámbito regional y local. Apostaron en muchos casos a representar una identidad política urbana de clase media tradicional (es decir, no indígena)1, contraria por razones de conveniencia de clase y privilegio étnico-racial a los gobiernos de la llamada «Revolución Democrática y Cultural» liderada por Evo Morales, cuyo propósito explícito era empoderar a los indígenas y sus descendientes mestizos populares o «cholos». Esta situación de continua inferioridad y antagonismo ante el presidente indígena y los «cholos» que dirigían las organizaciones sociales indígenas, los sindicatos de trabajadores y el mas mismo marcó la personalidad de la derecha boliviana del nuevo siglo.
Esta ha sido, entonces: casi totalmente «blanca», con excepciones solo anecdóticas; por tanto, fuertemente urbana (de los barrios centrales y residenciales de las ciudades, que son los barrios de descendientes blancos); con su principal baluarte en Santa Cruz, Beni y Tarija (la llamada «medialuna», por su forma geográfica), es decir, en los departamentos menos indígenas del país; definida por una única línea pragmática: el antagonismo con el mas; fragmentada por el alcance más local que nacional de sus componentes y por el caudillismo del sistema político boliviano pero, al mismo tiempo, presionada por sus representados para unificarse, lo que le ha significado vivir una vida política dual, de supuesta fraternidad y, simultáneamente, de intensas luchas internas; crítica de los excesos caudillistas y del autoritarismo de Morales y, por tanto, partidaria teórica, aunque no siempre práctica, del pluralismo democrático; antagonista del modelo económico estatista del mas y entonces, por contraste (pero también por intereses y convicciones), liberal en economía, aunque muchas veces iliberal en materia de valores, pues reproducía la herencia de la elite social que representaba, que siempre ha sido católica/cristiana y conservadora; y, por último, frecuentemente racista, como también lo era su base social.
Esta enumeración es, por supuesto, una generalización. Pese a la relativa homogeneización que la presencia y el éxito del mas imprimieron en la oposición de derecha, y a la importancia de la consigna de «frente único» para combatir al invencible Morales, hubo diferencias internas sustantivas que anteriormente he clasificado, siguiendo las categorías del filósofo político conservador Michael Oakeshott, como la «política de la fe» y la «política del escepticismo»2.
La primera es la que confía en la acción política para remodelar de manera voluntarista la sociedad, por lo que quienes creen en ella han considerado el ciclo del mas como el resultado de la voluntad de este partido y sus aliados de la izquierda internacional, aprovechando la «ignorancia» de una mayoría que se dejaba llevar por promesas «populistas». Según esta interpretación, si el mas pudo mantenerse durante tanto tiempo en el poder fue por los dólares del súper ciclo de las materias primas que le «llovieron» y porque, además, habría hecho sistemáticamente fraude electoral.
Pues bien, si para la política de la fe el mas era un puro artefacto político (sin vinculaciones profundas con la historia, los daños del colonialismo, el racismo del país, etc.), entonces Bolivia podía plantearse borrarlo, dejar atrás el delirio y volver en sí, recuperando la razón. Y entonces enmendarse mediante la reconstrucción del neoliberalismo y la reprivatización de la industria extractiva nacionalizada, volviendo a una situación en la que nuevamente se antepusiese la universalidad de derechos (la «República») al Estado plurinacional, con sus derechos especiales indígenas, creado por la Constitución de 2009.
Esta ha sido la doctrina de la parte más recalcitrante de la derecha, la formada por los grupos políticos cruceños (Demócratas, del ex-gobernador de Santa Cruz Rubén Costas; Creemos, del sucesor de Costas, Luis Fernando Camacho –posteriormente encarcelado–; y ex-dirigentes cívicos como Branko Marinković), y por «Tuto» Quiroga, ex-presidente conservador y miembro de pleno derecho de los círculos de derecha y de extrema derecha del mundo hispánico.
Por otra parte, los partidarios de la política del escepticismo han visto al mas, aunque no siempre de forma consecuente, como la expresión legítima de ciertos sectores sociales que siempre existieron y que no iban a desaparecer, por lo que no postularon una política de tabula rasa, sino «un modelo híbrido» entre lo ya existente y lo que querían construir. Por ejemplo, Samuel Doria Medina señalaba:
El péndulo entre un lado y otro [nacionalización y privatización] no sirve. Un extremo trae falta de consenso político y el otro, ineficiencia económica. Lo que necesitamos es un modelo híbrido. Empresas estatales capaces de generar ganancias para el Estado y, al mismo tiempo, millones de emprendedores privados que den dinamismo y eficiencia a la economía. No nos confundamos, sacar completamente al Estado de la economía, como en los 90, fue lo que engendró al mas. Bolivia necesita un camino de centro, sostenible y justo.3
Doria Medina, político y empresario de centroderecha, fue hasta ahora el mayor exponente de la política del escepticismo (es decir, del realismo sobre los límites de la política a la hora de transformar las estructuras históricas del país). Más recientemente, podemos situar en esta política del escepticismo –por lo que plantearon en campaña– a los vencedores de las elecciones presidenciales de octubre de 2025: Rodrigo Paz Pereira y Edman Lara.
En los últimos años, también ha aparecido en Bolivia una extrema derecha, que hasta ahora es marginal cuando no logra enquistarse dentro de alguna expresión de la oposición tradicional. Se puede identificar, por ejemplo, una facción liberal-libertaria que en la última campaña electoral se alineó tras la figura del broker bursátil Jaime Dunn, quien al final no pudo participar en los comicios por tener deudas con el fisco. También hay que mencionar a una figura boliviana notoria dentro del trumpismo internacional: Carlos Sánchez Berzaín, ex-mano derecha de Sánchez de Lozada en los años 90, que hoy dirige el extremista Instituto Interamericano para la Democracia con sede en Florida.
El antagonismo entre estas dos alas –«fe» y «escepticismo»– no solo ha sido teórico, como podría parecer por lo dicho hasta aquí, sino también existencial. Dentro del marco de un discurso de «unidad opositora» que nadie quería abandonar, los radicales han mostrado un fuerte desprecio por los moderados, a quienes consideraban «funcionales al mas»; a la inversa, estos últimos han criticado a los primeros por su divorcio de la realidad y su falta de diálogo con el sustrato «nacional popular» del pensamiento boliviano. Unos eran «muy blandos»; los otros, «muy fachos».
La (contra)revolución de 2019
Estas disensiones internas se suspendieron a fines de 2019, durante la campaña conjunta de todos estos grupos en contra de la tercera reelección de Evo Morales en los comicios de ese año –a los que, sin embargo, habían concurrido divididos–. En medio del conteo de los votos, se unieron para denunciar un «fraude monumental».
El cómputo de votos presentó una serie de problemas que despertaron la furia de la clase media tradicional, ya airada por la vulneración del resultado del referéndum del 21 de febrero de 2016, que había prohibido una nueva reelección de Morales y que no fue respetado. Una ola de protestas exigió la renuncia de Morales y escenificó un rechazo visceral al mas que empoderó a los «halcones» de la oposición (Quiroga, el dirigente cívico de Santa Cruz Luis Fernando Camacho) y arrastró a los dirigentes del centro (Carlos Mesa, Doria Medina, Juan del Granado) a las trincheras de la política de la fe.
La sustitución de Morales por la senadora radical del partido cruceño Demócratas Jeanine Áñez abrió las puertas a la impaciencia (contra)revolucionaria de la derecha unificada. Apenas dos meses después de la sucesión, y pese a haberse autodefinido como un «gobierno provisional», Áñez ya había buscado revertir la mayor parte de las orientaciones de la política nacional e internacional impulsadas bajo los gobiernos del mas.
En este marco, alineó a Bolivia con Estados Unidos, que volvió a darle cooperación económica (el presidente Donald Trump dijo que ayudar a Bolivia era «vital» para los intereses de su país); cambió los principios de la política económica nacionalista en favor de una liberal; y alentó un discurso antiindígena contra el Estado plurinacional4.
Como se veía por estas políticas, el primer gobierno derechista tras 13 años de dominio del mas pretendía llevar a la sociedad en dirección totalmente opuesta, haciendo un movimiento de péndulo que ha sido constante a lo largo de la historia boliviana. En este caso, el péndulo estaba yendo de un estatismo desordenado y despilfarrador de energías que beneficiaba –legal e ilegalmente– a una contraelite plebeya (chola e indígena), hacia un capitalismo de camarilla, también despilfarrador, que beneficiaría –legal e ilegalmente– a una elite proveniente de la Bolivia «blanca» y conservadora.
La gestión de Áñez reveló que la clase política tradicional, sobre todo su núcleo más poderoso, el cruceño, que era el más importante en el gobierno, no había aprendido nada de la derrota del neoliberalismo a manos del mas, porque repitió los errores de aquel periodo, como gobernar sin los sectores sociales populares, restaurando un privilegio étnico-racial abolido por aquel. En esa medida, el gobierno de Áñez fue una imagen especular del propio mas, que igualmente había hecho cambios holistas y también había tratado de refundar la sociedad.
La resistencia indígena y popular a esta (contra)revolución fue reprimida con dos masacres (con un saldo de 22 muertos) y con el encarcelamiento y el exilio de numerosos dirigentes de izquierda. Fue un despliegue total de la política de la fe, pero fracasó rápidamente. Políticos «escépticos» como Doria Medina y Mesa, no por casualidad oriundos de La Paz, uno de los departamentos más indígenas e izquierdistas del país, se fueron distanciando de este proceso conforme este caía más y más en el desprestigio. Incluso Quiroga renunció a su cargo de vocero internacional del gobierno interino. Finalmente, llegaron las elecciones de octubre de 2020 y el mas, esta vez encabezado por el ex-ministro de Economía Luis Arce Catacora, aplastó a sus rivales con 55% de los votos.
La (contra)revolución de Áñez no cuajó porque la sociedad rechazó dar un bandazo para retornar al neoliberalismo y a las viejas jerarquías políticas determinadas por el estatus étnico-racial. Pese al rechazo de la sociedad al reeleccionismo de Evo Morales, la derecha tal como se presentó con Áñez, llena de ínfulas clasistas y racistas, no constituía una alternativa para la mayoría. Solo se habría podido imponer por medio de la violencia, no en un país con elecciones democráticas. El evismo había logrado una transformación radical: la toma de conciencia de una enorme cantidad de bolivianos sobre su propio peso electoral y lo que podían hacer con él, algo que antes era desconocido o subutilizado.
Así, luego de ese breve interregno, el mas volvió al poder, pero ni este partido ni el país eran ya los mismos. En todas las clases sociales se incubó el deseo de renovación política, y esto alimentó las disputas caudillistas entre los jefes del mas. Junto con la crisis del modelo económico estatista, que estalló en 2023, estas peleas internas causaron la implosión de la izquierda y desbrozaron el camino para un cambio ideológico general: en los últimos años, el antimasismo prendió también en sectores que antes se veían representados «naturalmente» por este partido. Las nuevas clases medias «cholas» se fueron alejando, por lo que la base de apoyo más fiel del mas se fue reduciendo a las áreas rurales. Y de esta forma, por primera vez en 20 años, el poder quedó al alcance de la mano de la derecha boliviana, pero… ¿sería sencillo que esta corriente se hiciera con él pese a su distancia del «campo popular» y después del rotundo fracaso del experimento de Áñez?
El fin del ciclo del mas, del que todos hablaban, ¿no implicaría también el fin de la oposición al mas tal como la conocíamos y, por tanto, la llegada de una tercera opción?
La derecha tradicional y el fin del mas
A fines de 2024, Bolivia vivía una grave crisis económica que se manifestaba en falta de dólares para importar y en un «corralito» bancario de esa divisa. Los años de fuerte crecimiento y masiva entrada de dólares parecían lejanos. Además, la guerra fratricida entre Arce y Morales se había ido intensificando y se sabía que terminaría en la inhabilitación electoral de este último debido al manejo político de la justicia. Quedaba por averiguar cuál sería la reacción del ex-mandatario, pero lo cierto era que el mas vivía un proceso irreversible de descomposición y que el propio Morales ya no era el de antes, crecientemente aislado en el mundo rural y atrapado como estaba en el culto a su propia personalidad.
Pese a estas circunstancias, la inercia llevó a los principales precandidatos de la oposición a aplicar una estrategia dictada más por sus necesidades del pasado que por las del presente. Así, formaron un Bloque de Unidad por si el mas resolvía su sangrienta disputa interna y se rearmaba. Una posibilidad fantasiosa que, sin embargo, continuó hasta la inscripción de los candidatos, que finalmente ocurrió sin Morales ni Arce.
Pero volvamos al 18 de diciembre de 2024, cuando Carlos Mesa, Samuel Doria Medina, Jorge Quiroga y Luis Fernando Camacho (por medio de un poder, ya que estaba en prisión, acusado de inducir a la Policía a participar en el derrocamiento de Morales en 2019) firmaron un acuerdo por el que se comprometían a encontrar la forma de designar un candidato único a la Presidencia. Decían responder así a la «demanda histórica» del electorado antimasista.
Quedaron por fuera de este acuerdo Manfred Reyes Villa, a quien Camacho consideraba criptomasista por no haberse posicionado a su favor tras su detención en 2022, y el senador Rodrigo Paz, quien se había lanzado a la Presidencia por su cuenta, lo que había irritado al jefe de su agrupación, Carlos Mesa. Ulteriormente, Paz fue invitado al Bloque de Unidad, pero declinó participar. «Respeto este intento; no he participado del mismo porque considero que [la población] busca una nueva generación y una nueva etapa para Bolivia», se justificó. También señaló que los principales precandidatos del Bloque, Quiroga y Doria Medina, no eran una «respuesta factible, por los negativos que tienen»5. No entrar en la «bolsa de gatos» de los opositores tradicionales fue la primera de las buenas decisiones de campaña de Paz que lo conducirían posteriormente –y de manera completamente sorpresiva– a la Presidencia de Bolivia. Al parecer, este político de centroderecha y miembro de segunda línea de la oposición había heredado el legendario olfato político de su padre, Jaime Paz Zamora, presidente entre 1989 y 1993.
Tras mucho negociar, el Bloque de Unidad decidió que designaría a su candidato único aplicando una batería de encuestas, un acuerdo que poco después «Tuto» Quiroga, que recibía asesoramiento del estratega ecuatoriano Jaime Durán Barba, rechazó tras verificar que los sondeos favorecerían a Doria Medina.
Esto sucedió con gran ruido mediático y por tanto confirmó el estereotipo del político incapaz de ceder protagonismo y poder, ya presente en la mente del público, que había sido justamente el caso de Evo Morales. Simultáneamente, los estudios electorales mostraban un gran rechazo a los políticos, sobre todo a los del mas, pero también a los de la oposición. La mesa estaba servida para un outsider que, saliendo de la nada, acabara al mismo tiempo con la agonía del mas y el monopolio de la representación opositora por parte de un puñado de políticos seniors. Ese advenedizo aparecería justo en vísperas de la primera vuelta electoral.
Tras la renuncia de Mesa a postularse y su neutralidad en la guerra entre Quiroga y Doria Medina (su partido, en cambio, se dividió entre ambos líderes y desapareció como entidad independiente), el Bloque de Unidad quedó escindido en dos grupos: el de Doria Medina-Camacho y el de Quiroga y sus aliados cruceños (algunos de ellos «halcones» exiliados durante los gobiernos de Morales por el movimiento de 2008, acusado de separatismo). La facción que impulsó la candidatura de Doria Medina se llamó Unidad y la que apoyó a Quiroga, Libertad y Democracia (libre).
Después de esto, el imperativo de la unificación (que ya era, como dijimos, fantasmal) no impidió que ambas facciones se atacaran abiertamente, en particular la de Quiroga, que azuzada por Durán Barba no dudó en lanzar una guerra sucia contra Doria Medina, que encabezaba las encuestas. Unidad y libre emergieron de una razón caudillista, su incapacidad de definir un candidato único, pero expresaban ciertas diferencias ideológicas, que aumentaron conforme se intensificó la guerra entre ellas.
En una, libre, solo imperaba la política de la fe; en la otra, Unidad, había un conflicto entre el corte liberal más moderado de Doria Medina6 y el conservadurismo radical de Camacho, el dirigente más carismático y «populista» de la derecha cruceña con el que se alió Doria Medina. Tanto libre como Unidad buscaron expresar sobre todo a Santa Cruz, sede de la parte más importante de la burguesía boliviana, la elite agroindustrial, y donde había estado el mayor bolsón de votos opositores al mas (insisto en que se seguía pensando, por inercia, con temor a la izquierda, aunque esta no fuera más que una sombra de lo que había sido).
Aunque «Tuto» Quiroga nació en Cochabamba, en el centro del país, en estas elecciones era el representante del establishment cruceño. La razón fue ideológica e histórica. Este establishment había sido fuertemente antimasista por su antagonismo con todos los rasgos del mas: el estatismo, que lo llevó a controlar los mecanismos de acumulación de la agroindustria; y su inclinación procampesina y preponderantemente «colla», que facilitó la creación de comunidades campesinas de inmigrantes andinos en tierras cruceñas, lo que irritaba a la jerarquía latifundista. Y, no menos importante, el mas fue otra expresión del tradicional dominio político de La Paz sobre Santa Cruz. Como Quiroga –muy cercano a la derecha dura de Miami– era el más antimasista de los candidatos, libre se convirtió en la carta de la elite cruceña en las elecciones: en esa región, se impuso sobre Doria Medina-Camacho en la primera vuelta y sobre Paz-Lara en la segunda, con casi 62% de los votos. Dado que este departamento es hoy el más populoso, esto le dio a Quiroga una gran ventaja sobre sus competidores de la derecha tradicional, pero al mismo tiempo le planteó una limitación muy seria para poder llegar a la Presidencia.
Al quedar asociado al establishment cruceño, Quiroga padeció en carne propia el dilema de esta facción de la elite boliviana. El cruceñismo –como ideología– garantiza el orden interno de Santa Cruz mediante la transformación de los valores de la blanquitud de la población y del progreso económico basado en el agronegocio en pautas de identidad y orgullo de sus habitantes. Así produce al sujeto «camba» (de los llanos orientales) como distinto y a veces opuesto al «colla» (de los Andes y los valles). Pero por su propia naturaleza, no puede extender su influencia al resto del país, excepto a los otros departamentos del Oriente y sur, como Beni y Tarija, que tienen similitudes con Santa Cruz. No fue casualidad que en la segunda vuelta libre obtuviera una votación muy alta en esta parte del país y en cambio perdiera en todos los departamentos occidentales.
Además de regionalista, el cruceñismo es liberal (Santa Cruz tiene un modelo económico abierto y basado en la propiedad privada y la explotación de recursos naturales renovables, el denominado «modelo cruceño») y conservador (católico/religioso, tradicional y jerárquico). Se ha constituido en uno de los elementos fundamentales del pensamiento boliviano de derecha en todos sus matices. Con su alianza con Camacho, Doria Medina también trató de apelar a él, aunque con menos suerte que Quiroga porque, dada su condición «escéptica» (en el sentido ya explicado), resultaba muy «zurdo» para los estándares de la región.
Al mismo tiempo, Doria Medina no logró convencer al anterior electorado del mas de que podría representarlo y conducirlo en el virtual giro a la derecha que estaba experimentando el país. Doria Medina era el «mal menor» para los sectores populares, pero su alianza con Camacho, su antigua cercanía a Áñez, su campaña de corte tecnocrático, así como su clase y fenotipo, impidieron que se convirtiera en la «tercera opción» que la gente estaba buscando. Pese a la originalidad de su pensamiento dentro de la derecha boliviana, quedó atado a la versión (contra)revolucionaria de esta, sin ser tampoco su adalid, lo que puso en ventaja a «Tuto» Quiroga dentro del electorado más radical.
Y en eso apareció el binomio Paz-Lara
Según todas las encuestas, el gran tema de las elecciones era la crisis económica y por eso inicialmente, del lote de candidatos, destacaron los dos con mayores antecedentes en este campo: el economista Doria Medina –quien fue en el pasado ministro de Planificación– y «Tuto» Quiroga, ex-ministro de Finanzas. Pero había otro clivaje que resultó poco visible en las encuestas encargadas por los medios de comunicación.
Pese a todo su sufrimiento económico, el «bloque popular» del país quería a alguien que lo representara. Esto era algo que no podían hacer Doria Medina ni Quiroga, por lo mencionado, ni tampoco ya Evo Morales, que no había podido inscribirse en el acto electoral por el bloqueo de Arce, ni los candidatos izquierdistas Andrónico Rodríguez y Eduardo del Castillo, a causa del agotamiento y fracaso del mas.
Por eso hubo, durante mucho tiempo, una gran cantidad de indecisos: 30% del electorado estaba buscando una «tercera opción». Finalmente la encontró en las semanas previas a la primera vuelta del 17 de agosto de 2025 en la dupla Rodrigo Paz-Edman Lara, sobre todo debido al arrastre del último aunque solo era candidato a la Vicepresidencia. Una vez más, el voto identitario definió las elecciones, pero en condiciones totalmente diferentes.
Paz, que había conseguido la sigla del Partido Demócrata Cristiano (pdc) –un partido sin base militante real–, fue hasta ahora una figura de segunda línea de la oposición de centroderecha. Se lanzó a la Presidencia con un conjunto de ideas ambiguas, presentándose como alguien que había viajado mucho por todo el país –inclusive por los lugares más recónditos– para contactar con la gente común. Su programa promovía una mayor descentralización del Estado, lo que coincidía con su condición de ex-alcalde y senador por Tarija, una región periférica, y también habló de «capitalismo para todos» a fin de recoger el impulso de los jóvenes en contra del «socialismo» que habían vivido a lo largo de su vida y que había terminado por hartarlos. Al mismo tiempo, evitó estrellarse contra la nacionalización de las principales empresas estatales y dijo que continuaría con el Estado plurinacional, lo que lo alineó en la política del escepticismo.
Todo esto no le habría bastado para superar a Doria Medina, que sostenía posiciones similares (aunque Paz era más prudente al momento de anticipar el ajuste económico que realizaría en caso de ser elegido). Lo que verdaderamente le dio la ventaja decisiva fue mostrarse como una alternativa de renovación generacional, sin dejarse llevar por el mito de la «unidad opositora» y, sobre todo, fichar como acompañante a un popular tiktokero, ex-policía, vendedor de ropa usada y flamante abogado: Edman Lara.
Lara permitió que esta fórmula encarnara, a la vez, el papel del outsider y la representación de lo «cholo». Expulsado públicamente de la Policía por haber denunciado corrupción en la fuerza, el «capitán Lara», como todos lo conocen, aprendió desde entonces a rentabilizar políticamente el agravio que le había hecho la institución policial (en Bolivia, la corrupción policial, a pequeña y gran escala, es masiva y motivo de malestar social). El núcleo de la identidad «chola» es justamente el agravio, la necesidad de un reconocimiento que siempre ha sido negado. Este bloqueo en el reconocimiento ha producido masivas perturbaciones psíquicas y políticas a lo largo de la historia de Bolivia, con el «cholo alzado» por un lado y con los «señores» que lo desprecian –y le temen–, por el otro. Por ello, la protoburguesía chola que se ha expandido en las últimas décadas carece de legitimidad social. Simbolizando estos agravios, Lara logró la confianza del electorado popular que estaba vacante por la desaparición en la práctica del mas.
El clivaje identitario se profundizó en el momento de la segunda vuelta contra Quiroga. La clase media tradicional sintió pánico de estatus por la posible llegada al poder de un personaje que despreciaban con racismo y clasismo por su condición social y su discurso popular/populista, aunque no de izquierda: su proyecto podía sintetizarse en «Dios y capitalismo para todos», junto con ambiguas referencias al salvadoreño Nayib Bukele7. Con ello, para esta clase se repetía la historia del mas, pues aunque Lara no se reivindicaba indígena, estaba catalogado como «cholo». Este brote de elitismo (que golpeó a Doria Medina por decidir votar por Paz-Lara en contra de la mayor parte del electorado que había votado por él) escondía el miedo de clase a perder la oportunidad que se había presentado de volver a acceder a los espacios del poder, con sus añoradas gratificaciones, tras dos décadas de «exilio interior». Paradójicamente, ese rechazo solo sirvió para cohesionar al mundo popular, que finalmente le dio la victoria a Lara y, de paso, a Paz. Pero todo indica que este desprecio al vicepresidente boliviano no va a desaparecer y pondrá límites a su capacidad para actuar de un modo consensual.
En suma, la elección entre dos formas y momentos de la derecha boliviana reprodujo el movimiento pendular de la historia nacional, determinado desde el siglo xix por el enfrentamiento sin cuartel entre una elite «decente», como se llamaba antes, conformada por los estratos superiores y privilegiados de la sociedad, y una contraelite chola «arribista». Es posible remontarse hasta tan lejos como diciembre de 1848, cuando triunfaba la revolución de Manuel Isidoro Belzu, para verlo8.
Estas son las «dos Bolivias» que algunos académicos niegan, pero que reaparecen siempre. Su enfrentamiento también informó el clivaje más universal entre izquierda y derecha durante el periodo del mas. Funciona como un significante flotante en el que se representan y articulan los diferentes antagonismos sociales a lo largo del tiempo.
Tal es el resultado perverso de la condición poscolonial y del racismo estructural de la sociedad boliviana. Los ataques elitistas contra Lara no tocaron a Rodrigo Paz, miembro de una de las familias notables de la elite política boliviana9. Como mínimo, se dijo que sería engañado y boicoteado por su vicepresidente.
Muchas veces los «cholos» han ganado las contiendas políticas, pero rara vez han gobernado efectivamente. Generalmente, han sido usados como mayorías electorales, como apoyo de proyectos progresistas o no, y luego han sido desechados y decepcionados por sus sucesivos caudillos, varios de ellos «caballeros». El gobierno del mas fue, en varios sentidos, una excepción, que articuló a dirigentes indígenas-campesinos, sectores populares urbanos y miembros de la «elite» blanca en un gobierno comandado por un indígena.
¿Volverá a ocurrir que, a diferencia de lo que sucedió con el mas, que en esto fue realmente excepcional, se haya usado el «bloque popular» para que lleguen al poder los «caballeros»?
Tras la victoria de Paz, el conjunto de la derecha boliviana, inclusive Quiroga, que mostró una agilidad enorme para adecuarse a las nuevas condiciones políticas luego de la derrota de su candidatura, se ha alineado con el nuevo presidente (y solo con él). Este alineamiento es tanto oportunista como programático. Paz prometió un ajuste económico progresivo y evadió las definiciones más dolorosas, como la relativa al retorno de la Administración de Control de Drogas (dea, por sus siglas en inglés) a la represión interna del narcotráfico. Pero comenzó su gestión invitando a la dea y con movimientos pendulares parecidos a los de Áñez, como muestra su gabinete con presencia directa de las organizaciones agroindustriales de Santa Cruz. En el plano geopolítico, sus primeros pasos fueron el acercamiento a eeuu y la recomposición de las relaciones con Israel.
Al mismo tiempo, Lara ha quedado cultural y comunicacionalmente aislado, sin otro respaldo visible que algunos piropos de Evo Morales y sin lugar en la foto de familia del nuevo poder.
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1.
Con la excepción del gobierno de la ciudad aymara de El Alto (2015-2021), liderado por la alcaldesa Soledad Chapetón, del partido Unidad Nacional (UN).
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2.
F. Molina: «La oposición boliviana entre la ‘política de la fe’ y la ‘política del escepticismo’» en Nueva Sociedad No 254, 11-12/2014, disponible en nuso.org.
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3.
S. Doria Medina: «¿Necesita Bolivia privatizar todas las empresas públicas? Te respondo esa pregunta en 30 segundos» en Facebook, 4/10/2025, disponible en www.facebook.com/samueldoriamedina.bo/videos/necesita-bolivia-privatizar-todas-las-empresas-p%c3%bablicas-te-respondo-esa-pregunta/637663192758264/.
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4.
F. Molina: La crisis del mas. De la pérdida de las clases medias al inicio de la crisis económica (2018-2023), Libros Nómadas, La Paz, 2023.
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5.
«Rodrigo Paz critica al bloque de unidad de la oposición porque ‘no generan un proyecto victorioso’» en Unitel Digital, 3/4/2025.
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6.
Pese a no expresar una cultura política socialdemócrata, en 2023 Doria Medina fue elegido vicepresidente de la Internacional Socialista (IS) para América Latina y el Caribe.
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7.
«‘La garantía soy yo’: Edmand Lara construye su personaje inspirado en Bukele» en Urgente.bo, 24/8/2025.
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8.
Andrey Schelchkov: La utopía social conservadora en Bolivia. El gobierno de Manuel Isidoro Belzu (1848-1855), Plural Editores, La Paz, 2011.
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9.
Además de hijo de Paz Zamora, Rodrigo Paz es sobrino nieto de Víctor Paz Estenssoro, líder de la Revolución Nacional de 1952 y ex-presidente de Bolivia en los años 50 y 80.

