Coyuntura
NUSO Nº 280 / Marzo - Abril 2019

20 años de chavismo: el quiebre del «Estado mágico»

La Revolución Bolivariana se benefició de un aumento del precio del petróleo de alrededor de 1.000% desde la llegada de Hugo Chávez al poder, a inicios de 1999, hasta los picos del segundo boom petrolero. No obstante, esto tendió a reforzar la dependencia de los hidrocarburos y reactualizó las ilusiones de la «Venezuela saudita», en medio de una gestión de los recursos públicos ineficiente y crecientemente autoritaria. Hoy, tras dos décadas de esa experiencia, Venezuela vive una combinación de crisis que hablan del agotamiento del proyecto chavista.

20 años de chavismo: el quiebre del «Estado mágico»

Muy pocos de los venezolanos que el 2 de febrero de 1999 estaban eufóricos por la toma de posesión de Hugo Chávez habrían podido imaginarse su país 20 años después. Ni ellos ni el grupo nada despreciable que vio la jornada como una tragedia podrían haberse hecho una idea clara de cómo marcharía el país en las siguientes dos décadas. Es probable que solo dos de las muchas ideas que entonces bullían en torno de Chávez se hayan cumplido a cabalidad, cada una sostenida por uno de los espectros polares del mapa político de aquellos días: que dos décadas más tarde el chavismo seguiría gobernando, como entonces solo se habrían atrevido a asegurar los más entusiastas (seguramente Chávez incluido entre ellos), y que el balance de su gestión sería un colapso económico y social de proporciones bíblicas, como barruntaban los más escépticos.

Demostrando, a contravía del tango, que en ciertos casos 20 años sí es mucho, el 2 de febrero de 2019, en el aniversario de aquella controvertida toma de posesión, casi nadie se acordó de ella. Juan Guaidó, presidente de la Asamblea Nacional proclamado «presidente encargado» en franco desafío a Nicolás Maduro y rápidamente reconocido por varias decenas de países, fue por esos días el foco de atención. Y es un dato muy revelador del estado de la Revolución Bolivariana.

Con Chávez muerto –otra cosa que nadie habría podido pensar en 1999– y el chavismo dividido, con un presidente con 80% de rechazo, el balance de las dos últimas décadas parece desolador. Venezuela es la economía con el peor desempeño del mundo y probablemente con uno de los peores de la historia mundial. Ha sufrido una contracción de más de 50% del pib en cinco años (bajo la Gran Depresión en Estados Unidos, el retroceso fue de 30% y solo duró tres años) y sigue sumida en la hiperinflación. Según la asociación empresarial Fedecámaras, en 20 años han cerrado 60% de las empresas existentes para 1999. El salario mínimo es de alrededor de seis dólares mensuales, mientras la canasta alimentaria se ubica en unos 300 dólares al mes, según el Centro de Documentación y Análisis Social (cendas). No en vano, es una sociedad donde alrededor de 90% de las personas pueden definirse como pobres, de acuerdo con lo que arrojó la Encuesta Nacional de Condiciones de Vida (Encovi) de 2018, organizada por varias universidades. Cáritas alerta que alrededor de 15% de los niños sufren una desnutrición tan grave que están en riesgo de morir. La Sociedad Venezolana de Salud Pública, una organización independiente, habla de más de un millón de casos de malaria durante 2018. Es el país con una de las peores crisis migratorias en tiempo de paz de las que se tienen noticias, con tres millones de migrantes por el mundo según el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (acnur) y la Organización Mundial para las Migraciones (oim). Buena parte de ellos se ha marchado a pie hacia los países vecinos, donde vive en refugios o en las calles. Esta cifra de migración es especialmente ilustrativa de la dimensión del colapso venezolano, porque está en los rangos de Afganistán (2,5 millones de refugiados), Siria (con seis millones) y Colombia (casi siete millones de desplazados internos).

¿Cómo es posible, entonces, que sin una guerra y después de recibir una bonanza petrolera de un billón de dólares durante el segundo boom petrolero, de 2004 a 2008, las cosas estén tan mal? A través de una apretada síntesis histórica esperamos dar una explicación. No podrá, por la extensión de este artículo, atender todas las variables, e incluso dejará por fuera algunas muy importantes, pero esperamos delinear los aspectos nodales: el esfuerzo de una sociedad por mantener su forma de vida y la manera en que fracasa en el intento. Nos enfocaremos en los pasos a través de los cuales la sociedad le entregó todo el poder a un hombre, este logró generar una ilusión de prosperidad por un súper boom petrolero, aprovechó la coyuntura para empujar las cosas hacia una versión moderada del socialismo real y, finalmente, cuando los petrodólares comenzaron a escasear, el país cayó en una bancarrota peor que la sufrida por la mayor parte de los socialismos reales antes de su colapso definitivo. Es también la historia del ascenso y el declive de una revolución, que pasó de ser una bocanada de esperanza aplaudida por buena parte del mundo a un régimen que hoy la mayor parte considera una dictadura ilegítima.

Contra el neoliberalismo, la naturaleza inicial de la revolución

Una primera respuesta de por qué las cosas terminaron tan lejos de cómo se imaginaron en 1999 tiene que ver con variables venezolanas, en particular con la historia anterior a la llegada de Chávez al poder. A diferencia de otros gobiernos del denominado «giro a la izquierda», que dominó la región en la primera década del siglo xxi, como los de Luiz Inácio Lula da Silva, Rafael Correa, José «Pepe» Mujica y Evo Morales, el chavismo decidió llevar las cosas por un camino más radical, tomó decisiones más temerarias en la administración de los recursos, se trazó metas más altas («la preservación de la vida en el planeta y la salvación de la especie humana», dice el Plan de la Patria 2013-2019), hizo más ruido internacional. Descontando los años del segundo boom petrolero (2004-2008) y los indicadores sociales que entonces hicieron aplaudir al mundo, la Revolución Bolivariana no logró ofrecer un periodo de estabilidad política, crecimiento económico, disminución de la pobreza y consolidación de las clases medias como los que, con más o con menos, ofrecieron sus aliados regionales.

En este sentido, hay que subrayar el papel del petróleo que, en esto, como en todo lo que refiere a Venezuela, moldeó el proceso. El chavismo fue inicialmente una reacción a la crisis del llamado «capitalismo rentístico», ese sistema de desarrollo financiado por los petrodólares que permitió la implementación de planes de industrialización, políticas sociales, obras públicas y negocios, y que hizo de Venezuela un país singularmente estable y libre durante la mayor parte del siglo xx. Para ver de qué se habla, baste señalar que hasta 1960 Venezuela fue el segundo productor de petróleo del mundo, cuando fue desplazado por la Unión Soviética, y el primer exportador mundial hasta inicios de los años 70, cuando Arabia Saudita ocupó ese lugar. En las décadas de 1950 y 1960, Venezuela fue uno de los 20 países más ricos del mundo si tomamos su pib per cápita. El «Estado mágico» iba más allá del «ogro filantrópico», en parte porque no era un ogro. Como por arte de magia, proveía créditos, subsidios, empleos, servicios gratuitos o casi gratuitos y un bolívar sobrevaluado que permitía comprar de todo, y les daba a todos un poco de lo que querían, creando lo que no en vano Moisés Naím y Ramón Piñango llamaron la «ilusión de armonía»1. Venezuela se volvió en gran medida una sociedad de «buscadores y reclamadores de renta», como la definió Diego Bautista Urbaneja, que vivían en un mundo ideal en el que había mucha renta petrolera que repartir2. La democracia instituida en 1958, tras la caída de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, profundizó ese sistema de consensos, que inicialmente permitió sortear los golpes militares de derecha y después obtener la más rápida victoria sobre una guerrilla de izquierda de la que se tiene noticia. Aunque un estudio de 1984 del Instituto de Estudios Superiores de Administración (iesa) evidenciaba una desigualdad enorme, en la que el 20% más rico captaba el 80% de la renta, había un alto conformismo y 90% de los electores votaban por partidos del sistema. No es de extrañar: era una desigualdad que, sin embargo, permitía que alrededor de 70% de los venezolanos fueran considerados, en sentido amplio, de clase media. Todo esto explica por qué fue especialmente traumático el declive del capitalismo rentístico, así como las reformas de mercado («neoliberales», aunque en Venezuela nunca se aplicaron a fondo) de los años 90. En ese periodo la economía se contrajo 20%, poco si se compara con el 50% del último quinquenio, pero ello no le quitó dramatismo a la caída. La pobreza aumentó a más de 70% para finales del siglo xx. La serie de disturbios y saqueos, finalmente sometidos a sangre y fuego por el Ejército, conocida como el Caracazo (del 27 de febrero al 1o de marzo de 1989), no puede atribuirse tanto al «paquetazo» en sí mismo, que llevaba solo una quincena de anunciado, como a la enorme indignación provocada por la evidencia de que el sueño de volver a la bonanza de los 70 era imposible. Y en efecto, cuando, aprovechando esta coyuntura, la logia militar Movimiento Bolivariano 200, creada en 1983, decidió dar un golpe de Estado el 4 de febrero de 1992, obtuvo gran apoyo.

De ese modo, el primer objetivo del chavismo, en tanto fenómeno político de gran arraigo social, no fue generar una revolución socialista, sino mantener, tanto como fuera posible, el sistema anterior. Obviamente, esto no fue declarado así, pero la «Agenda Alternativa Bolivariana» de Chávez (1996), llamada así para contraponerla a la «neoliberal» Agenda Venezuela, parecía ser el típico programa de un militar nacionalista reformista. Y fue el programa con el que obtuvo, una y otra vez, el respaldo mayoritario del electorado, que a través de una sucesión de votaciones le entregó todo el poder entre 1998 y 2006. Fue una etapa en la que Chávez sentó las bases de su poder desplazando a la vieja clase política, sobre todo con la elección de la Asamblea Nacional Constituyente de 1999, y sustituyendo poco a poco el neoliberalismo por controles y otras formas de intervencionismo estatal destinadas a mantener vivas las ilusiones de «armonía» y el «Estado mágico».

La Constituyente fue un enorme éxito, en la que el chavismo obtuvo 95% de las curules. La Constitución que redactó amplió algunos derechos (democracia participativa a través de referendos, admisión de la doble nacionalidad, reconocimiento del carácter pluriétnico de Venezuela, consagración de la progresividad de los derechos humanos, creación de dos poderes: el Ciudadano y el Electoral). También se cambió el nombre oficial del país, que pasó a llamarse República Bolivariana de Venezuela. Pero no fue una Constitución socialista.

Por supuesto, esto no obsta para que algunos (incluyendo, seguramente, al mismo Chávez) aspiraran a llegar tan cerca como fuera posible del socialismo real. En un principio el chavismo fue una alianza de políticos e intelectuales de izquierda y derecha, que tenían en común haber sido «antisistema» desde 1958 y haberse opuesto al neoliberalismo y, en grados diversos, a la democracia representativa3. El primer programa reformista, para la mayor parte de ellos, pareció haber sido un simple mascarón de proa.

El socialismo, 18 años después de la caída del Muro de Berlín

Rápidamente la alianza chavista se decantó hacia la izquierda. El convenio Cuba-Venezuela de 2000, la amistad estrecha con Fidel Castro, la llegada de miles de asesores cubanos y, finalmente, la Ley Habilitante de 2001, que le permitió a Chávez legislar sobre áreas sensibles como las tierras y el petróleo, fueron la voz de alerta para quienes barruntaban un camino como el cubano. Adicionalmente, a pesar del fervor popular que le hizo ganar una seguidilla de comicios, la economía estuvo lejos de mejorar. Para inicios de 2003, la popularidad de Chávez había caído a menos de 30%. Pero dos cosas vinieron en su auxilio: el golpe de 2002 y el boom de los precios petroleros en 2004.

La Ley Habilitante produjo el primer paro cívico en diciembre de 2001 y reagrupó a los sectores opuestos a Chávez. Había allí muchos grupos desplazados del poder, como los viejos partidos y sindicatos, pero también una parte de la Iglesia católica, el empresariado y casi toda la clase media, que temía al socialismo y la pérdida de la democracia. A un primer paro cívico de un día en diciembre de 2001 le siguieron unos agitados meses de protestas callejeras que desembocaron en un paro indefinido en abril de 2002, convocado por la central sindical, la empresarial y los gerentes de la industria petrolera. El gobierno se debilitó lo suficiente como para que la mayor parte del generalato lo abandonara el 11 de abril de 2002, en el marco de una multitudinaria movilización que se dirigió al Palacio de Miraflores. Chávez fue depuesto y detenido, en tanto que el presidente de la central empresarial, Pedro Carmona Estanga, se autoproclamaba presidente. Ello generó una reacción muy negativa tanto en el ámbito nacional como en el internacional, lo que precipitó que otro sector del generalato diera un contragolpe y regresara a Chávez al poder el 13 de abril. Aunque inicialmente su llamado fue de unidad y olvido, las tensiones volvieron a crecer rápidamente. En diciembre se inició otro paro, que tuvo como eje la industria petrolera. Pero tan pronto el gobierno retomó el control del sector, a inicios de 2003, el conflicto terminó siendo la oportunidad para que Chávez acabara de tomar el control de lo que le faltaba, por ejemplo, la estatal petrolera, de la que expulsó a unos 19.000 trabajadores; para que depurara el Ejército, que pasó a ser uno de sus sostenes; y para que obtuviera un aura de héroe invencible, que lo volvió a posicionar en las encuestas. También le dio una imagen internacional de revolucionario justiciero, enfrentado a las elites conservadoras, lo que solo era parcialmente cierto. En todo caso, fue en 2002, y no en 1999, cuando el sistema político fundado en 1958 terminó de morir, con la derrota de muchos de sus actores claves, como los partidos, las centrales sindicales ligadas a ellos, la gerencia de la industria petrolera y los empresarios, que hasta entonces habían gobernado el país en un sistema de consensos y reparto de la renta petrolera.

A esta situación le siguió el boom de los precios petroleros, que pasaron de unos 14 dólares a más de 100 dólares el barril en 2010. Este enorme volumen de petrodólares le permitió al Estado ser más «mágico» que nunca y a Chávez, volverse un gran demiurgo, con un rápido aumento de su popularidad, sobre todo entre los sectores populares. Y junto con el aumento de la renta vino la expansión del gasto público a través de múltiples subsidios, ayudas y otras formas de políticas asistenciales que se conocieron como misiones. Se trataba de programas para masificar el acceso a la educación y la salud, de venta de alimentos subsidiados, viviendas gratuitas y ayudas directas en dinero, que en general se englobaron, dentro del carácter cristiano que siempre enarboló el chavismo, en la llamada «Misión Cristo» (2005), cuyo objetivo era llevar a Venezuela a la «pobreza cero» en 2021. A ello se sumó un control de cambios muy severo, que sin embargo mantuvo el bolívar muy sobrevaluado, lo que permitía acceder a una gran cantidad de bienes importados. Ello significó un aumento de consumo para todos, dólares baratos (aunque racionados) para las clases medias y grandes negocios para muchos empresarios, incluyendo las transnacionales, que pudieron repatriar ganancias que no pocas veces fueron fabulosas. En este contexto, el gobierno pudo mostrar al mundo cifras muy alentadoras: los más pobres pudieron duplicar su capacidad de consumo, según un estudio de la Universidad Católica Andrés Bello, lo que explica que la pobreza bajara de 70% en 1999 a 30% en 2013, según cálculos de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal); en 2005, la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) declaró a Venezuela territorio libre de analfabetismo; en 2012, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (fao) señaló que el hambre se había erradicado del país; en 2013 el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (pnud) señaló que el índice de desarrollo humano había subido a 0,764, lo que ubicaba a Venezuela en el puesto 67 de 187 países. Es la época de oro del chavismo, cuando la vocación venezolana de ser una potencia regional y más o menos emular a Bolívar se echó a andar. De un modo u otro, Caracas ayudó a los movimientos de izquierda que tomaron el poder en casi todo el continente, y después estableció alianzas políticas y comerciales con ellos. A diferencia de lo ocurrido en la década de 1970, esta vez existía la intención ideológica de crear un eje alternativo a Estados Unidos. En 2004 se formó la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (alba) y en 2005, Petrocaribe. El billón de petrodólares se empleó a fondo en esto y hoy es razonable comparar la bancarrota venezolana con las españolas del siglo xvii: así como el oro y la plata americana se dilapidaron en una política imperial fracasada, en sinecuras de hidalgos y en la importación de manufacturas, los petrodólares venezolanos se deshicieron más o menos en lo mismo. Según algunos cálculos, solo por las facilidades otorgadas para obtener petróleo, Venezuela dejó de ganar unos 50.000 millones de dólares entre 2000 y 20174.

Pero no nos adelantemos. Los números de la época de oro del chavismo explican la sucesión de triunfos electorales que siguió obteniendo Chávez hasta 2006, cuando en las elecciones presidenciales duplicó la cantidad de votos del candidato de la oposición (62,84% contra 36,90%). Este triunfo marcó un parteaguas. Primero, porque Chávez, que por primera vez habló de socialismo en el Foro de San Pablo de 2005, señaló que ese era el objetivo del nuevo periodo presidencial. Probablemente pocos de sus electores repararon en la trascendencia del discurso o creyeron que se trataba de una continuidad de la bonanza. Pronto, dos hechos inesperados demostraron la debilidad de los indicadores. El primero, la crisis económica mundial de 2008, que provocó una caída en los precios del crudo. Con ello, a Venezuela volvió a pasarle, pero de forma amplificada, lo mismo que con los booms petroleros de los años 50 y, sobre todo, de los 70: todo era una especie de ilusión sostenida por petrodólares y gasto público, fenómeno ya identificado por Celso Furtado en su famoso estudio sobre Venezuela de 19575, y que después teorizó Terry Lynn Karl como la «paradoja de la abundancia»6. El segundo fue el cáncer que terminó llevándose la vida de Chávez en 2013.

El declive

Con el «Proyecto Nacional Simón Bolívar. Primer Plan Socialista del Desarrollo Económico y Social de la Nación para el periodo 2007-2013» (pps), puede afirmarse que Venezuela pasó a ser oficialmente un «Estado socialista» en 2007. Esto, inicialmente, se tradujo en una cadena de estatizaciones o, en todo caso, reestatizaciones de empresas privatizadas en los años 90, como la telefónica cantv (2007) o la Siderúrgica del Orinoco (sidor) (2008). Con respecto a las grandes fincas, el proceso había comenzado antes, en buena medida fomentando, o al menos tolerando, invasiones por parte de campesinos. Entre 2005 y 2017 se estatizó un millar de empresas, según cálculos del Centro de Divulgación del Conocimiento Económico (cedice)7. Esto, dentro del marco del Proyecto Nacional Simón Bolívar, que contemplaba poner en manos estatales todo lo fundamental de la economía y dejar un espacio marginal para lo privado. Lo que no se estatizó se sometió a controles rigurosos de precios, de acceso a divisas e incluso de comercialización.

El resultado de estas políticas se puede medir por algunos guarismos. Si Petróleos de Venezuela (Pdvsa), después del despido de los gerentes en 2002, vio cómo su producción pasaba de tres millones de barriles diarios en 1998 a un millón y medio para fines de 2017, en todos los demás rubros ocurrió un comportamiento similar: la producción de arroz bajó de 900.000 toneladas en 2007 a 405.000 toneladas en 2017; el maíz pasó de 2,4 millones de toneladas en 2007 a un millón de toneladas en 2017; la caña de azúcar pasó de ocho millones de toneladas en 2006 a 3,5 millones de toneladas en 2017, por solo nombrar tres rubros básicos de la dieta venezolana. De 170.000 vehículos producidos en 2007, la industria automotriz pasó a producir solo 2.768 en 2017. De cuatro millones de toneladas de acero líquido en 2008, la producción bajó a 270.000 toneladas en 2017. De 600.000 toneladas de aluminio en 2007, diez años después se pasó a unas 400.0008. Y así en todos los sectores. A la mala administración de las empresas estatizadas se sumó un férreo control de precios, que muchas veces obligaba a los empresarios a vender a pérdida. Mientras los precios del petróleo estuvieron altos, la obvia escasez que esto produce se compensó con importaciones (su valor en millones de euros pasó de unos 19.000 en 1999 a unos 39.000 en 2012), pero tan pronto los precios comenzaron a bajar, esta se disparó. Para 2017, el volumen de las importaciones ya era una cuarta parte del de 20129. No en vano la escasez en ciertos rubros, algunos tan importantes como determinados medicamentos, es de 80%. Pero era algo que ya se perfilaba en 2012 cuando el índice estaba en 16%. Para 2014, había saltado a 28%10. Fue entonces cuando se hicieron habituales en todo el país –y no solo en ciertas zonas– los racionamientos, tanto por la cantidad de productos que una persona podría comprar como por el día en que podía hacerlo según su número de la cédula de identidad; de ahí las grandes filas para acceder a determinados productos, así como la expansión del mercado negro. La ampliación del gasto público, por otra parte, mantuvo altos los índices de inflación en alrededor de 20% o 30%, más o menos similares a los que comenzaron con el boom petrolero de los años 70, hasta que en 2013 dieron un salto a 56% y desde allí siguen en ascenso hasta llegar a 720% en 2016, 2.000% en 2017 y, finalmente, 1.000.000% en 2018. Amenaza con ser la hiperinflación más larga de la historia de la humanidad.

Estamos ante la insostenibilidad del modelo rentístico, ya manifestada en la década de 1980, y su intento de rescate por el chavismo; así como ante la insostenibilidad de lo que se ideó para sustituirlo, el «socialismo bolivariano». A ello hay que sumar un correlato político. A pesar de que el chavismo se mantuvo en el poder, desde 2007 la oposición fue recuperando espacio, con un momento particular en 2015 cuando conquistó dos tercios de la Asamblea Nacional, hasta llegar al momento actual, en que tiene un presidente reconocido por gran parte de la comunidad internacional, Juan Guaidó, con control de parte de los activos del Estado venezolano en el exterior y con una representación diplomática reconocida como tal en muchos países. El primer –y en vida de Chávez, único– revés electoral del chavismo fue el referéndum para aprobar la reforma constitucional en 2007. Sorprendentemente, los mismos electores que votaron de forma abrumadora un año antes por «el Comandante» no apoyaron su intento de radicalizar la revolución. Aunque al final logró por medio de otro referéndum imponer la reelección indefinida, el funcionamiento cada vez peor de la economía, el personalismo creciente y la corrupción alejaron a muchos venezolanos del chavismo. Los resultados prácticos de un socialismo con bajos precios petroleros ahuyentaron a otros más. En 2011, Chávez anuncia, para sorpresa de todos y consternación de muchos, que padece cáncer, y la enfermedad lo aleja de la vida pública por un tiempo, para regresar después con recaídas. Debilitado física y políticamente, emprende la campaña electoral de 2012. Aunque logra vencer por unos diez puntos a Henrique Capriles Radonski, la reducción de la brecha con la oposición ya era notable. Pero fue un triunfo que no pudo disfrutar: poco después anunció en cadena nacional que, en caso de su falta absoluta, se votara por su canciller, Nicolás Maduro, lo que todos interpretaron como una confesión de la gravedad de su enfermedad. Fue la última vez que se lo vio con vida. Tras el anuncio de su muerte en marzo de 2013, en las siguientes elecciones, en medio de unos resultados muy controvertidos, Maduro ganó por apenas 1%. La erosión política del chavismo sin petrodólares y sin su líder era evidente. Desde entonces, Maduro ha logrado sobrevivir en el poder, pero cada vez con menos apoyos internos y externos y respaldándose cada vez más en las armas.

Balance

La mala marcha de la economía y la pérdida de apoyo social siguieron profundizándose con el gobierno del «hijo de Chávez». Aunque varias veces ha anunciado cambios en la conducción de la economía –cosa que incluso Chávez insinuó antes de morir–, por lo general estos terminaron siendo muy tímidos, por decir lo mínimo. El resultado ha sido el ya mencionado colapso económico. En 2018 se decretó la emergencia económica, se implementó una reconversión monetaria y se ensayó la creación de una criptomoneda, el petro, como forma de anclar los precios. Finalmente se optó por flexibilizar el control de cambios, lo que es una legalización de la dolarización de facto que ya existía, y por una contracción de la masa monetaria instrumentada mediante una especie de «corralito», que limita los montos de efectivo que se puede sacar de los bancos, y la prohibición en la práctica de los préstamos. Por otro lado, siguiendo el esquema cubano, grandes sectores de la economía han pasado al control militar, en áreas claves como la minería y el petróleo. También se ha profundizado el extractivismo, con la participación de empresas extranjeras, sobre todo (aunque no únicamente) rusas y chinas.

Pero sin duda el rasgo más nítido de la administración de Maduro ha sido la sistemática pérdida de legitimidad. De aquella visión de 2002 en la que Chávez era el líder joven y justiciero, ahora esa posición la ocupa, al menos para gran parte de la prensa internacional, el presidente de la Asamblea Nacional Guaidó o el encarcelado Leopoldo López, de su mismo partido (Voluntad Popular).

El intento de derrocar a Maduro con protestas callejeras en 2014, conocido como «La Salida», fue un fracaso que solo desilusionó a los opositores, produjo unos 40 muertos y terminó con el exilio y encarcelamiento de muchos líderes (López es el más famoso). Pero la represión desprestigió cada vez más a Maduro. La campaña #sosVenezuela fue apoyada por figuras como Cher y Madonna. La verdad es que la persecución a opositores, el cierre o el acoso de medios de comunicación independientes, el ventajismo electoral y la falta de autonomía en los poderes ya eran claros bajo el gobierno de Chávez. Según el Instituto de Prensa y Sociedad (ipys), entre 2005 y 2017 se cerró casi un centenar de medios de comunicación, sin contar con la prohibición de la transmisión de muchos canales internacionales, como cnn. Hay unos 9.000 millones de dólares en demandas por expropiaciones que, según los afectados, no cumplieron con los requisitos legales, o que cumpliéndolos no han sido canceladas. En 2010 Transparencia Internacional ubicaba a Venezuela en el puesto 164 de 178, uno de los peores del mundo. Pero con todo, Chávez se mantuvo dentro de ciertos límites que Maduro, acaso por la pérdida de respaldo popular y la falta de recursos, rompió. Cuando en las elecciones parlamentarias de 2015 la oposición obtuvo un enorme éxito con 56% de los votos y consiguió la mayoría calificada, el gobierno se limitó suprimir en los hechos a la Asamblea Nacional a través de 30 sentencias en las que el Tribunal Supremo de Justicia invalidaba cada una de sus disposiciones. En marzo de 2017 fue aún más allá y le quitó a la Asamblea, en la práctica, la capacidad legislativa. Eso produjo una de las rebeliones cívicas más largas de la historia: los 100 días de protestas y los disturbios, reprimidos con fuerza, con más de un centenar de muertos.

En medio del conflicto, Maduro convocó a elecciones para una Asamblea Nacional Constituyente, sin seguir los pasos que estipula la Constitución. Por ello, no fueron reconocidas como legítimas por los opositores ni por algunos países, entre ellos varios de la Unión Europea y eeuu. Otro tanto pasó con las elecciones presidenciales del 20 de mayo de 2018, que no fueron consideradas limpias por la inhabilitación de varios partidos y dirigentes opositores, buena parte de ellos en el exilio o encarcelados, además de la manipulación de las fechas de convocatoria. Es por eso que se consideró ilegítimo el nuevo mandato de Maduro, la vacante absoluta de la Presidencia de la República y, según la Constitución, el interinato en ella del presidente de la Asamblea Nacional, que por rotación entre los principales partidos recayó en Guaidó, un joven parlamentario, hombre de aparato, muy poco conocido hasta el momento. El descabezamiento de su partido por las prisiones y los exilios de los principales líderes le dio esa oportunidad. Maduro, entre tanto, parece atrincherado fundamentalmente en las armas, los apoyos –no poco importantes– de China y sobre todo Rusia, y 20% del electorado, que no es despreciable para el nivel de crisis que vive Venezuela.

Esta es la situación en que se está actualmente. Es imposible saber hacia dónde evolucionarán las cosas, pero el apretado balance del chavismo hecho en estas líneas deja en evidencia las líneas matrices de la historia venezolana de la que forma parte: el petróleo y el capitalismo rentístico que no se ha querido o podido superar (en este terreno sí que «20 años no es nada»), la búsqueda de su sustitución por una especie de versión light del socialismo real, la inviabilidad de ambas cosas sin el sostén de los petrodólares y su desembocadura en el colapso actual. Quedan por fuera muchas otras variables, como lo específicamente ideológico, el hecho de que una porción importante de la sociedad venezolana no haya dejado en 20 años de oponerse una y otra vez, sin importar las numerosas derrotas, al chavismo; el papel de los militares y el espacio gris que ha sido la corrupción que la abundante renta petrolera potenció, y otras fuentes más o menos ilegales de financiamiento. A 20 años del 2 de febrero de 1999, Venezuela es un país quebrado y ninguna de las esperanzas que hicieron de aquel día una celebración parece haberse cumplido. Por el contrario, los males que ya existían y que se buscaba remediar han sido amplificados a grados inimaginables incluso para los peores pronósticos.

Este artículo es copia fiel del publicado en la revista Nueva Sociedad 280, Marzo - Abril 2019, ISSN: 0251-3552


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