Qué tal, América Latina / Edición XX aniversario (120 / Julio - Agosto 1992)
Revista
Nueva Sociedad NUSO 120 Julio - Agosto 1992

Qué tal, América Latina Edición XX aniversario

En esta edición especial por los 20 años de la revista pensamos que una manera fácil y ágil de recoger la realidad latinoamericana de las últimas dos décadas es presentar impresiones y reflexiones personales, indicativas de nuestro continente, desde las diferentes capitales de América Latina.

Qué tal, América Latina

Asunción, desperezada

Asunción, mayo de 1992 Querido Alberto: La bahía y el río son uno solo ahora. Tantas cosas cambiaron en nuestras vidas desde la última vez que nos vimos poco después de la caída de Stroessner pero, sin embargo, el río sigue creciendo y continuamos sin tener soluciones efectivas para quienes viven a sus orillas. Así fue en el 74, 82, 83, yo lo recuerdo bien. A pesar de que el río rodea a Asunción, la ciudad y nosotros, sus habitantes, crecemos de espaldas a él. Pero sólo somos algunos de los asunceños quienes no nos relacionamos con el río, ya que miles de personas viven casi sobre él y ahora, como en el 74, deben dejar sus casas inundadas y ocupar calles, plazas y parques. En realidad la clase media y alta no se vincula con el río porque tampoco establece lazos con los pobres. El río Paraguay es de ellos o mejor, ellos son del río.

Bogotá: informe final

En estos, mis últimos días en la capital de Colombia, me he dado cuenta de que he pasado cincuenta años viviendo no en una ciudad sino en una increíble máquina de ascenso social; una escalera, casi automática, que se ha construido a sí misma desde los años treinta en un acelerado proceso de urbanización. He sido testigo diario de esa construcción física y social que convirtió en sólo sesenta años una ciudad provinciana de 300.000 habitantes en la mayor ciudad de los Andes: cinco millones de habitantes viviendo a 2.600 metros sobre el nivel del mar. Ahora es tiempo de rendir mi informe.

Buenos Aires. Piedras en la ciudad bajita

Mi favorita está colgada del filo que separa dos suposiciones; de un lado se supone el río; del otro, la ciudad. Ella intenta, como todas ellas, reproducir lo pasajero de un muerto; la estatua vampiriza al modelo. Ella fue tallada hace más de cien años y él fue pasajero del barco que separaba, ya entonces, Buenos Aires de Montevideo. La noche del 20 de enero de 1871, aquella noche, él intuyó, en medio del naufragio, que en esos tiempos sin televisión el esfuerzo de un gesto le valdría un monumento. Trémulo, afectando la máscara de la serenidad, le cedió casi sin miradas su salvavidas a una señora de carnes desbordantes y se hundió, acto seguido, con un último manotón de cortesía.

Caracas. El collar del gigante

¿Es verdad, la ciudad existe? Desde la alta torre de madera, coronada por un inquietante estandarte negro, la banda de rock hechiza a la multitud y se impone sobre los disparos de los cañones. Enormes columnas de humo negro se elevan hacia el cielo sin nubes, el cielo terrible de las tardes calurosas. Es la historia de Francia que desfila por la amplia avenida Bolívar, extraño paisaje para estas mujeres de la corte que indiferentes levantan hasta el cuello sus lujosos vestidos y airean sus sofocadas piernas.

Carta a América Latina en sus 500 años desde San Pablo

A la memoria de José Aricó San Pablo, mayo de 1992. No es fácil para un brasileño escribirte, incluso, como es mi caso, si él vivió muchos años fuera del Brasil, en Santiago, Montevideo, París - una ciudad más «latinoamericana» de lo que se piensa - o frecuentó más de una vez tus capitales: Buenos Aires, Lima, Caracas, San José, México, Panamá, Managua, La Habana. Pero los brasileños son así. Denominamos a nuestros vecinos continentales «latinoamericanos», como si no lo fuésemos también. Tus quinientos años no tienen aquí la misma repercusión que en otros países del continente, e incluso en Europa. Tal vez sea porque sólo fuimos «descubiertos» en 1500. O tal vez porque el portugués que hablamos sea poco entendido por la mayoría de tus hijos. O, quién sabe, porque, con nuestros ocho millones de kilómetros cuadrados, nos consideramos un continente aparte. Con eso apenas justificamos los simpáticos chistes que nuestros hermanos latinoamericanos hacen sobre la opinión que los brasileños tienen de su país o de sí mismos: «Os maiores do mundo...».

Carta desde Panamá a una amigo del Norte

Estimado amigo: Mucho le agradezco sus líneas y el interés que despertó en usted la ciudad donde vivo. Explica muy bien en su carta, que las imágenes de la televisión en relación a la más reciente invasión norteamericana de 1989, le hizo recordar el olor a lejanía y embrujo que el nombre Panamá tenía para usted cuando jugaba de niño en el puerto de Hamburgo. Agradezco al amigo que le dio mi nombre y ahora con gusto intentaré responder a sus preguntas. Esta ciudad no fue plantada en este lugar porque la tierra era apta para la agricultura o ganadería, o por el buen clima o la existencia de yacimientos mineros. Las razones fueron muy diferentes. La metrópolis española irrumpe a partir de 1510 en el istmo ya habitado por 350 mil aborígenes, que defienden la madre tierra con su vida, y progresivamente toma posesión de partes de este istmo que desde las edades precolombinas fungía y ostentaba su vocación de camino entre regiones y culturas.

Carta sobre -o debajo de- Lima

Centro de demasiadas cosas concéntricas y que ya no funcionan, Lima, la extensa, aloja y cultiva un caos que llega hasta sus arenales periféricos, ya habitados al igual que las colinas de los Andes que frenan sus nubes casi perpetuas. En ella sin duda está el centro histórico más degradado entre sus, a cual la UNESCO viene de premiar con involuntaria ironía declarándolo «Patrimonio de la Humanidad», título que habría que explicárselo a sus usuarios actuales para quienes se trata de un lugar de supervivencia. Y en ella hay, y crece cíclicamente, una inmensa periferia sin articular. El impacto territorial de Lima en la costa cuenta con más de 100 kilómetros y hacia el interior marca el carácter de las ciudades andinas y selváticas alcanzadas por sus ejes extractivos.

En la antesala de los 500 años, notas desde Santo Domingo

Ayer fueron los indígenas y los negros. Hoy son los pobladores de la ciudad. Todavía hoy, en la antesala de los 500 años, la fuerza parece seguir imponiéndose sobre la razón Un poco de historia: los procesos En los últimos 30 años, la ciudad de Santo Domingo ha experimentado una serie de cambios significativos en su fisonomía y dinámica, en los cuales convergieron factores de carácter económico, político-jurídico y cultural-ideológico que han ido definiendo, de manera procesual, la conformación del universo urbano, explicando así la complejidad de sus manifestaciones.

Guatemala. La inquietud de su capital

Para unos la ciudad es el apéndice de modernidad en un entorno rural distante en el tiempo. Eso se puede contemplar a simple vista, de tener la oportunidad de ver, desde la ventanilla del avión, el alto relieve circundante y la hilera de volcanes, en una magnífica perspectiva, hacia la costa del Pacífico. Un apéndice, un tanto ajeno a la realidad, como dice un amigo historiador, como lo era la Universidad en el período colonial, allá en Antigua Guatemala: sin mucho que hacer para favorecer al desarrollo agrícola, al campesinado.

Hemos avanzado

En 1968 firmamos un convenio de cooperación entre fuerzas democráticas latinoamericanas y la Fundación Friedrich Ebert. Por las primeras, suscribimos aquel breve, pero histórico documento, don José Figueres y yo. Por la Fundación don Alfred Nau y don Günther Grunwald. A partir de entonces, se institucionalizaron y sistematizaron las relaciones entre ambas partes; se desarrollaron acciones conjuntas a favor de la democracia social y se abrió una ventana de observación e interpretación de la Alemania de la segunda post-guerra. El paso del nazismo y los factores belicistas dentro de la propaganda dejaron una imagen totalmente distorsionada de Alemania.

La Habana al reencuentro de la ciudad perdida

La búsqueda de la identidad y coherencia que caracterizó a la ciudad tradicional se ha convertido en tema obligado entre los urbanistas contemporáneos, tanto para preservar esos valores en la sustancia construida heredada como para tratar de reinterpretarlos en las zonas de nuevo desarrollo. Con ese objetivo se analiza aquí la belleza como parte inseparable de la calidad integral, y se intenta penetrar en la relación causal entre procesos y productos para explicar diferencias cualitativas evidentes apoyándose en una comparación de tres zonas de la capital: el Vedado, La Habana del Este y Alamar. El trabajo plantea la revalorización de esa escala de trabajo casi siempre descuidada, el barrio, en una acción desde adentro y de abajo hacia arriba, tanto en el plano físico como en el social y cultural; y concluye con un llamado a buscar un modelo de desarrollo verdaderamente sustentable, viable, accesible, participativo, ecológicamente racional, creativo, nacional e independiente.

Managua, la ultrajada

Un booggie de moda en los años cuarenta, que puede escucharse como música de fondo en una de las escenas de la película El tercer hombre, repetía un estribillo pegajoso: Managua, Nicaragua is a beautifull town you buy an hacienda for a few pesos down... Y una vieja canción folklórica nos dice, con ilusión vana, que Managua sin rival en la América Central, es la novia del Xolotlán, el lago color de plomo que borda la costa de breñales resecos y donde desembocan las alcantarillas de la ciudad. La novia ultrajada de un horrible desposorio.

México, ciudad salvada de las aguas

En una superficie amorfa de 126 mil hectáreas, el valle de México, sus cerros y llanos adyacentes albergan el conglomerado sin solución de continuidad denominado Zona Metropolitana de la Ciudad de México, gobernada por un regente del Distrito Federal, un gobernador del Estado de México y una decena de presidentes municipales, todos miembros del Partido Revolucionario Institucional.

Montevideo. La espera sin ansias

Altero el ritmo espasmódico de nuestras cartas para contarte de un tirón que me piden desde Caracas un artículo no demasiado extenso sobre Montevideo, es decir, «Montevideo», una de las capitales de uno de los países de este continente en el que yo sigo viviendo. Tal vez si siguiera viviendo en Caracas, la rapidez del recuerdo ilusorio haría saltar una evocación instantánea que a lo mejor no sería del todo real. Pero como escribo desde mi máquina Adler - en la era de las computadoras con módem yo todavía tengo una «máquina de escribir» - precisamente en Montevideo, es que desde hace semanas le vengo dando vueltas al asunto. Por eso te escribo, tipo chorro o canilla abierta, o goteante, para pedir ayuda urgente, aunque la respuesta llegue cuando yo haya enviado el artículo, cuál Montevideo, dios mío. El que representa a quiénes, la historia de cuál de nosotros, la de cuál clase social; quién debería sentirse representado en esto que tengo que escribir, los que vivimos entre el centro y la costa; los que nos dedicamos a buscar respuestas sobre este país y sólo nos encontramos con nuevas preguntas; o los que nunca van a leer esto, porque no leen nada; o los hijos de mi generación que no tienen dinero para volver a la Europa de los abuelos y se van a Buenos Aires o Brasil abandonando la «ciudad-bajón» a la que llegan a su vez los jóvenes del interior que abandonan los suburbios quietos. Paro, releo y sigo. Pienso que es mejor empezar a mandarte algunas fotos en vez de escribirte sobre las dudas respecto al destinatario del artículo, no el que lo leerá en la revista sino ese otro fantasmal, doble de uno mismo cada vez que se escribe, tábano de lo escurridizo verdadero o verosímil.

Por un diálogo fructífero

Jürgen Burckhardt Director Ejecutivo de la Fundación Friedrich Ebert, Bonn - RFA Es para mí un placer felicitar a Nueva Sociedad con motivo de su vigésimo aniversario. El año 1972 fue el de la fundación de Nueva Sociedad. Desde aquel entonces la importancia de la revista para una cultura basada en el diálogo pluralista y progresista ha aumentado constantemente y ha jugado un gran papel en el proceso del desarrollo de la democracia, la política, la economía y la sociedad en América Latina.

Puerto Principe, la desconocida

Provinciano llegado a los 16 años por primera vez a esta capital, era para mí la Gran Ciudad. En mi provincia, en los años 50, había en total siete automóviles particulares y 12 camionetas que realizaban el servicio hacia y desde Puerto Príncipe... Por ello, al llegar a la calle principal de la capital me impresioné: el tránsito, los carteles luminosos, la cantidad de gente en las calles, la hermosura de los patios, prados y colores de las casas de los barrios ricos. La impresión que me produjo Puerto Príncipe no ha sido borrada ni por la modernidad de La Habana, que descubrí saliendo de Haití, huyendo de la dictadura de los Duvalier a principios de los años 60, ni por la grandiosidad de México a donde fui a parar; ni por lo fastuoso, trepidante y ordenado, las grandes avenidas, los magníficos monumentos de París, Moscú, Montreal, Nueva York.

Qué tal, América Latina

¿ A caso no es esta una pregunta poco científica, ambiguamente seria e incluso casi frívola ? Y también sabemos que la respuesta convencional «bien, gracias» tampoco corresponde a la verdad - ¿o alguien últimamente ha encontrado análisis o reflexiones donde se exprese que América Latina y el conjunto de todos nosotros estamos bien? -. No obstante, la pregunta inicial, aunque en apariencias trivial, ha sido la interrogación que cada dos meses, durante los últimos veinte años, el equipo de Nueva Sociedad ha formulado frente a los autores, los lectores y la realidad. Se dice que la labor de preguntar puede no terminar nunca, y así el «¿que tal, América Latina?» prolifera en preguntas cada vez más breves y al mismo tiempo amplias en su comprensión; por ejemplo, dado el hecho de que existen tantas Américas Latinas como países, intereses, grupos políticos, sectores sociales y ambientes culturales se manifiestan y conviven en nuestro continente, «Qué América Latina».

Quito. La vieja ciudad recoge sus pasos

Hacia fines de 1991, el autor, historiador y crítico inglés de novelas policiales, W.K., llegó al Ecuador para una estadía de un año. Vino, según lo confesó, atraído por una serie de sucesos criminales que llamaron su atención. W.K. estuvo en Quito como agregado cultural de la embajada británica en el período 55-62, y conservó la imagen de una ciudad conventual, dominada por las campanas y las letanías, y cuyas profundas pasiones se escurrían detrás de las cuatro paredes de los cuartos, sin salir jamás a la luz. Y he aquí que de pronto se entera de sucesivos crímenes de masa: las cincuenta niñas asesinadas por el llamado «monstruo de los Andes» - los crímenes de una figura esperpéntica, salida del universo, de nombre Camargo; y, finalmente, la muerte violenta, en poco menos de dos meses, de cinco homosexuales y 12 taxistas.

Responsabilidad europea en el mundo uno

Los retos globales y regionales deberían ser enfrentados simultáneamente y, siempre que ello sea posible, con idéntico esfuerzo. Ya sé que es más fácil decirlo que hacerlo, pues entiendo muy bien que las energías - y no sólo las políticas - se debilitan notablemente cuando la distancia entre los propios intereses y dichos retos aumenta. Es por ello que abogo por un proceder internacional consensuado: En primer lugar, teniendo como meta asumir nuevamente los retos globales - para lo cual aún estamos más o menos a tiempo -, debe fortalecerse un gran número de organizaciones multilaterales. En este sentido, la responsabilidad política mundial europea debería reconocerse en el compromiso que asuman los europeos para contribuir a fortalecer la ONU y reformar los organismos de Bretton-Woods.

San Juan, ciudad lacustre

San Juan ha sido una ciudad en busca de su idealidad utópica, de su metáfora. Nacimos de la irresolución, originalmente concebido su asentamiento en el sitio de Caparra, la visión de trasladarla al islote, oteado al otro lado de la bahía, fue una inspiración bienaventurada, sobre todo porque entonces nacimos de un deseo alterno, de una visión esforzada, ya promiscua, aunque no del todo utópica.

San Salvador: fugacidad de los momentos, perdurabilidad de los recuerdos

San Salvador, finales de abril de 1992 Geraldina: Muchas veces te dije que San Salvador me parecía una ciudad con pocos rincones donde la poesía pueda hacer su nido. Quizá esta impresión de la ciudad, de sus barrios, de sus calles, tuviera que ver con las escasas construcciones antiguas, a pesar de que ya casi cumple 500 años, que los frecuentes y obstinados terremotos que ponen a bailar el valle en que ella descansa, han permitido permanecer en pie. Pero no, creo que la raíz de esta persistente visión es el invisible silencio que cubría las ruidosas expresiones de sus habitantes, allí donde la represión, el reino de lo prohibido, el terror de lo proscrito, hacían de San Salvador un mundo de expresiones más subterráneas que visibles, más subyacentes que manifiestas, sujetas a la disciplina de largas dictaduras militares.

Santiago, Adiós a los Témpanos

Santiago, junio de 1992 Querido Alberto, ...Y así, podría seguir buscando muchas otras explicaciones para decirte: ¡perdóname por el atraso! Mis razones, lamentablemente, son mucho más simples y menos sofisticadas. La verdad-verdad, como diría un mexicano, es que cada día me cuesta más escribir. Nunca fui demasiado expedito en esta materia pero no me complicaba mucho. Siempre tenía la pretensión de que había algo relativamente inteligente y significativo que se podía decir. Ahora no. Escribir ha perdido toda connotación placentera. Mas bien se constituye en una cierta tortura. Debo exprimir mi cabeza para imaginar algo que no sea elemental o un lugar común más. Así me paso largo tiempo redactando y redactando mentalmente textos inconclusos. Unos son escuetos. Otros largos retóricos y tediosos, casi ridículos. Les doy vueltas y vueltas. Maldigo haber aceptado por enésima vez un compromiso que me complica. Juro y rejuro que nunca más lo volveré a hacer. Y así expuesto en mi desnudez intelectual me entra paulatinamente la sensación de que tengo escasas ideas que comunicar. Y ante esta sequedad me angustio. Me lleno de dudas: ¿será un problema personal? ¿o quizás una consecuencia de los consensos planos a que nos obliga el proceso de transición a la democracia en Chile?, o ¿un signo de estos tiempos en que los sueños de igualdad que excitaban el alma y la mente se derrumban junto con las perversas catedrales que quisieron personificarlos?...

Tegucigalpa. Paseo por la ciudad desolada

Vivo en un paisaje donde el tiempo no existe y el oro es manso... R. Sosa Por muchos motivos esta ciudad mediterránea de un millón de habitantes población flotante, anillo de circunvalación de villas-miseria, pobres devaluados por las cifras oficiales, dos ríos, doce puentes, seis montañas, dos catedrales, treinta ermitas, trescientas sectas protestantes, un castillo de alquiler, cien socavones de oro abandonados, mil callejas, dos avenidas, cincuenta guerras civiles, quince gobernantes de a dos meses, un gobernante de a dos días, seis dictaduras militares, una tiranía de dieciséis años, dos ciudades gemelas y una democracia impuesta por los organismos internacionales de la usura merecería estar protegida como patrimonio de la humanidad.

Tres cartas a Victoria de Miguel, de San José

7 de enero de 1992 Mi querida Victoria: Nunca como ahora me resulta tan adecuado y alentador llamarte «mi querida Victoria», porque estoy pasando por un momento de terrible derrota y tu imagen, tu nombre y tu recuerdo, me proporcionan el impulso necesario para superar este difícil trance. Ocurre, querida amiga, que de tanto «meter la pata», finalmente me la he quebrado. Sí, así como suena, literalmente me he hecho polvo una rodilla jugando al fútbol como si fuera un chiquillo de 15 años y no este más que cincuentón que ahora te escribe. Has de creer que aprovechando los feriados de comienzo de año me fui con la familia a la casa de campo que el Colegio de Periodistas tiene cerca de San Josecito de Alajuela - ¿recuerdas todavía aquellos paseos que solíamos dar por viejas calles cercanas a la ciudad de Alajuela, cuando tú eras una estudiante de enfermería y yo un galán sin ventura que bebía los vientos por ti? - y ahí formamos una «mejenga», como decimos en costarricense, y nos pusimos a patear una bola de fútbol, con tan mala fortuna que en una jugada en la cual defendía la portería con sin igual arrojo, al lanzarme a detener la pelota tropecé con el globo terráqueo y «crack», al girar todo el cuerpo sobre una pierna trabada en la tierra, el plato de la rótula derecha se fracturó.

Visión de La Paz

La impresión sobrecogedora que la honda quebrada de Chuquiabo ejerce sobre el visitante que llega de la pedregosa y monótona meseta y se encuentra ante el filoso borde que la cuenca recorta en la estepa, súbitamente y sin advertencia, no puede expresarse. Ante los ojos, una legua más abajo, se derrama la ciudad reververando en una transparencia e intensidad luminosa únicas: un anfiteatro que confluye, en el sitio donde los 140 ríos, arroyos y torrentes que cruzan la quebrada, rompen el cerco de montañas al pie del Illimani, el eterno resplandeciente.