Opinión

Una nueva política exterior en Colombia: el primer año de la administración Santos

Hace un año, el 7 de Agosto de 2010, se posesionaba un nuevo presidente de Colombia. Poca gente podía pensar que en el curso de meses iba a cambiar algunas de las tendencias de la política exterior de su país, haciéndolo más próximo a América Latina.

Una nueva política exterior en Colombia: el primer año de la administración Santos

Hace un año, el 7 de Agosto de 2010, se posesionaba un nuevo presidente de Colombia. Poca gente podía pensar que en el curso de meses iba a cambiar algunas de las tendencias de la política exterior de su país, haciéndolo más próximo a América Latina. Varias son las reorientaciones principales: PRIMERO: Una visión diferente del mundo. Para el antecesor de Juan Manuel Santos, el mundo se podía explicar como una competencia despiadada en medio de la anarquía mundial (a la manera de Hobbes), en la cual cada país debe velar por sí mismo y establecer sólo las alianzas necesarias para su propia supervivencia. Se llegó incluso a sostener que Colombia podría ser algo así como el Israel de América Latina, sin tomar en cuenta las profundas diferencias históricas y la capacidad de lobby en los grandes centros de poder mundial, que es obviamente incomparable en estos dos casos. En ese juego de competencia feroz, la seguridad -y algunos casos la defensa- adquirió un rol preeminente. Era la prioridad por excelencia de la administración, tanto en lo interno como en lo internacional. La política exterior se convirtió en un instrumento al servicio de la seguridad. El presidente Santos, por formación y por vocación, tiene una visión muy diferente: el mundo es una fuente de oportunidades para todos y todos ganamos con la cooperación y la aproximación pragmática de posiciones, con independencia de consideraciones ideológicas o de las diferencias en los modelos de desarrollo y de inserción internacional. Es algo más semejante a Rousseau, o a Smith y Ricardo: es decir, el pacto social mundial y el incremento de los intercambios de todo orden son positivos para el bienestar de todos. De lo que se trata es de buscar los nichos apropiados de inserción, las alianzas específicas dependiendo de los temas, el equilibrio y la aceptación de que el mundo es diverso y multiforme. Una política exterior guiada por dichos principios es, necesariamente, diferente a la anterior visión de feroz competencia por el poder nacional en un mundo salvaje. SEGUNDO: La importancia de lo regional. Para la administración Santos, y de manera muy clara para su canciller, es elocuente el ejemplo de los grandes centros mundiales de poder. Los países se insertan exitosamente en el mundo a través de mediaciones de preferencia regionales. Ningún país europeo puede hoy día hablar de su política exterior sin tomar en consideración a sus vecinos. Estados Unidos, China o Japón saben que, sin lo regional, su inserción global se ve disminuida. En lo político, lo económico, lo cultural, y en buena parte de la agenda externa e interna de cada país, la propia región juega un papel muy importante. La norma es que una relación apropiada con el entorno incrementa el poder negociador de cada país y permite potenciar sus posibilidades. Colombia se encontraba bastante aislada del contexto latinoamericano. Se creía que lo esencial era tener una excelente relación con una potencia hegemónica y que ello garantizaría la seguridad y la prosperidad del país. La nueva tendencia ha sido más equilibrada y sostenible: Colombia sigue teniendo una relación importante con Estados Unidos, pero intenta ahora abrir espacios políticos y económicos en Europa y en Asia Pacífico. Y sobre todo, ha “redescubierto” a América Latina, y quizás América Latina ha redescubierto a Colombia como parte de su propia pertenencia. Tres hechos son significativos en esa dirección. Se han regularizado, en contra de todas las previsiones, las relaciones diplomáticas con Venezuela, país con el cual se había llegado a una especie de “rumbo de colisión” en los últimos años. En la actualidad, se han reactivado mecanismos tradicionales de entendimiento entre los dos países, el flujo diplomático es apropiado, y existen mecanismos concretos de confianza. Las hipótesis de conflicto han ido perdiendo terreno frente a la necesidad y las ventajas de la cooperación. Los dos países ayudan mano a mano a la construcción de la UNASUR, como lo prueba el hecho ejemplar de que hayan acordado compartir, con una fórmula sucesiva en el tiempo (un año cada uno) , la secretaría general de dicho organismo: un primer año una ex canciller colombiana y el año siguiente un ex canciller venezolano. Se reordenó también la relación con Ecuador, que llegó a estar suspendida en el pasado reciente. Por otra parte, fue una propuesta conjunta colombo-venezolana la que desempantanó las posibilidades de regreso del ex presidente Zelaya a Honduras y que permitió un acuerdo político para dar vuelta la página en el proceso político de ese país y su regreso al seno de la OEA. TERCERO: La reconciliación es externa e interna. La actual administración colombiana ve una relación profunda entre su acción interna y la internacional, alimentadas por la misma visión del mundo. La inclusión política es esencial al modelo, al punto que en la alianza de apoyo al gobierno está comprendido aproximadamente el 80% de las fuerzas políticas del país con representación en el Congreso. Esa inclusión política y la búsqueda de consensos van acompañadas de mecanismos de reparación a las víctimas del conflicto armado interno y de profundización de los derechos humanos, las libertades públicas y de equilibrio entre las ramas del poder público. Se encuentran varios temas pendientes. El más importante es, quizás, el tipo de equilibrio y relacionamiento entre la defensa del medio ambiente y la existencia de crecientes explotaciones mineras. Otro es un reto de inserción que implica el desarrollo de la competitividad y la búsqueda de nuevos mercados. Finalmente, el gran desafío es evitar la reprimarización del país. Ello implica una gestión interna y externa en ciencia, tecnología e innovación. Un buen comienzo es que 10% de las regalías de la explotación minera vayan a ser destinadas a Ciencia y Tecnología. Pero es sólo el comienzo. De momento es claro que existe una nueva política exterior, más global, más equilibrada, que busca inserción en múltiples escenarios pero que ha entendido que debe marchar de la mano con la región latinoamericana.

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