Tema central

Una breve revisión histórica

En su origen, el socialismo estaba estrechamente ligado a la democracia. Fue, en sus comienzos, un intento de radicalización de la democracia sobre la base de un proyecto de «democracia social» que pretendía articular libertad política con bienestar económico. El artículo argumenta que esto comenzó a cambiar con el auge del marxismo y la Revolución Rusa, cuando el socialismo pasó a ser visto como algo diferente de –e incluso opuesto a– la democracia. La cara más dramática de esta mutación fueron los socialismos nacionales de tipo fascista y estalinista. Aunque en buena parte de América Latina la democracia social ha ganado terreno, hoy se enfrenta al socialismo del siglo xxi, un tardío intento de regreso a las ideas del socialismo antidemocrático del siglo pasado.

Una breve revisión histórica

En la América Latina actual asistimos a una confrontación tácita, dentro de la mayoría de los países así como entre los diversos gobiernos de cada uno de esos países, entre aquellos que defienden los principios derivados de la democracia social y aquellos que postulan un regreso a los principios del socialismo antidemocrático que fracasó en el siglo XX. La reedición de ese socialismo fracasado ha recibido el pomposo pero también insustancial título de «socialismo del siglo XXI».En este artículo se defiende la tesis de que esa contradicción no es nueva. Por el contrario: es la misma que marcó, bajo otras formas, la historia de las ideas socialistas en la Europa de los siglos XIX y XX. A fin de comprobar esta tesis, se realizará un rápido recorrido a través de los momentos más decisivos en el desarrollo de la idea democrática social en Europa. Finalmente, se intentará extraer algunas deducciones que tienen que ver con las perspectivas políticas que asoman tendencialmente en América Latina.

Democracia social

Hubo un tiempo en que la palabra alemana Sozialdemokratie –que en español, por una mala traducción, llamamos «socialdemocracia», aunque la verdadera traducción es «democracia social»– no estaba separada de la idea del socialismo, del mismo modo en que este último no estaba separado de la idea de democracia. El socialismo de los primeros socialistas no era un estadio «superior» de la historia, sino una práctica política democrática y contingente. Eso quiere decir simplemente que el socialismo en su forma originaria no fue concebido como un nuevo modo de producción, sino como la profundización permanente de la democracia de origen liberal. Gracias al avance político de las organizaciones obreras en las naciones europeas de más alto desarrollo industrial –que desde fines del siglo XIX eran Alemania, Inglaterra y Francia–, las reivindicaciones sociales y la radicalización de la democracia política se convirtieron en una indisoluble unidad.

Desde un punto de vista económico, la idea de democracia social proviene de la Revolución Industrial europea o, mejor dicho, del interés mancomunado de una coalición formada por agrupaciones democráticas y sociales y los trabajadores industriales sindicalmente organizados, cuyo objetivo era dar forma política a una economía capitalista que en ese tiempo contaba con límites políticos muy precarios. Se trataba de un capitalismo sin política –hoy conocido como «capitalismo salvaje»–, cuyos estragos entre la población obrera europea llegarían a ser dramáticos y que fue descrito, entre otros, por Friedrich Engels.

Desde una perspectiva ideológica, la idea de democracia social proviene de las revoluciones democráticas de la modernidad, como la norteamericana y la francesa. En cierto modo, desde los primeros socialistas, pasando por los primeros anarquistas, hasta llegar a los bolcheviques rusos (que en la clandestinidad usaban como seudónimos los nombres de los grandes revolucionarios franceses), la idea del socialismo fue entendida en general como la continuación –y, en cierto modo, como la radicalización– de los ideales proclamados por las revoluciones democráticas de los siglos XVIII y XIX. En ese contexto se explica ese verdadero canto de amor de Marx a las conquistas «revolucionarias» de la burguesía europea, dentro de las cuales incluyó el propio colonialismo, canto que aparece en todo su esplendor en esa alegoría ideológica que es el Manifiesto comunista.

Si uno se toma el trabajo de leer los documentos fundacionales de las primeras organizaciones socialistas alemanas, organizaciones en las cuales Marx y Engels hacían ocasionales incursiones políticas, la continuidad entre las ideas de democracia social y de revolución democrática es perfectamente perceptible. Por ejemplo, en el Programa del Partido de los Trabajadores escrito en Eisenbach en 1869 se lee, ya en el primer párrafo, que uno de los objetivos será «la creación de un verdadero Estado del Pueblo» (Volkstaat). Vale decir, un Estado que, de acuerdo con el legado revolucionario francés, sea la máxima expresión de la soberanía popular (la palabra «pueblo» no estaba todavía en descrédito en Alemania). El punto 4 era aún más explícito: «La libertad política es la precondición ineludible de la liberación económica de la clase trabajadora. La cuestión social es, por lo tanto, absolutamente inseparable de la política, y su solución está determinada, y solamente será posible, en un Estado democrático». Esa, según mi opinión, era y es la noción central de la idea de democracia social.

La libertad política es, de acuerdo con la declaración de los líderes obreros en Eisenbach, la condición básica de la liberación económica de la clase obrera. Eso significa que, en la formulación programática de Eisenbach, hubo un intento para confederar el reino de la libertad con el reino de la necesidad, nociones que se convirtieron en antagónicas cuando los académicos marxistas se apoderaron de los partidos obreros. Se trata de una frase iluminada en la historia de la revolución democrática de nuestro tiempo. Como suele ocurrir, las grandes ideas hay que buscarlas en el origen de las transformaciones históricas.

En 1875, en Gotha, el Partido Socialista de los Trabajadores de Alemania alteró el proyecto originario de «democracia social» proclamado en Eisenbach acentuando su «carácter de clase». Una de sus premisas no podía ser más excluyente: «La liberación de los trabajadores debe ser obra de la clase trabajadora, frente a la cual todas las demás clases son solo una masa reaccionaria». No obstante, los objetivos principales del Programa de Gotha eran esencialmente políticos. Ellos se referían a la ampliación del derecho electoral y a la constitución del pueblo (ojo: del pueblo, no de la clase) como sujeto soberano de la política, al introducirse (creo que por primera vez en un programa político) el mecanismo plebiscitario en asuntos de vital importancia para una nación (como por ejemplo la declaración de guerra).

En comparación con la declaración de 1869, la de 1875 acentuaba la radicalidad política del programa democrático de los trabajadores alemanes. Pero cabe subrayar que en ninguno de los dos programas se establecía una separación entre objetivos tácticos (actuales) y objetivos estratégicos (metarreales), característica central de los socialismos antidemocráticos posteriores a Gotha. Karl Marx criticó, por cierto, el realismo del Programa de Gotha. Todavía no tenía lugar la alianza que iba a dar origen al marxismo (Marx, obviamente, no era marxista) entre fracciones académicas provenientes de la tradición hegeliana (hegelianos de izquierda) y determinadas organizaciones obreras. Los trabajadores no eran todavía «El Proletariado», la historia de la lucha de clases no era todavía «científica» y a la historia no la aguardaba todavía un final preestablecido. La conversión de la programática democrática de los trabajadores en un programa de la historia universal comienza recién con el Programa de Erfurt, en 1891.