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Un balance necesario y algunas propuestas de cambio

Tras la crisis de principios de los 90 y la reforma económica posterior, Cuba ha logrado recuperar el crecimiento en un contexto de equilibrio fiscal, bajo desempleo y, por primera vez en mucho tiempo, superávit de la balanza de pagos. Esto es resultado del buen momento internacional y de la expansión de actividades intensivas en conocimiento, especialmente la exportación de servicios médicos a Venezuela. Pese a ello, persisten desafíos que es necesario enfrentar: el salario real deteriorado, el sistema de doble moneda y el estancamiento de la producción agrícola, que obliga a destinar recursos a las importaciones y eleva los precios de los alimentos, son algunos de los más importantes. Para enfrentarlos es necesario encarar una profunda reforma económica.

Un balance necesario y algunas propuestas de cambio

Los políticos, los cientistas sociales y los lectores en general –no solo en Cuba, sino en muchos foros académicos en el exterior y en distintas publicaciones– coinciden en que el bienestar alcanzado por los cubanos en los 80 fue afectado seriamente a partir de la crisis económica de los 90. Todos, aun los más escépticos, están de acuerdo en que ese deterioro se debió tanto a factores externos –como la desarticulación del sistema socialista mundial, la intensificación del bloqueo de Estados Unidos y la crisis económica que sufrieron los países subdesarrollados– como a factores internos –básicamente, las dificultades para aprovechar el potencial material y humano existente en el país–.

Hoy Cuba vive un proceso de recuperación de la economía. Sin embargo, algunos problemas siguen vigentes, como el alto coeficiente de importaciones derivado de las dificultades estructurales que Cuba ha tenido siempre, entre las que se destaca la elevada dependencia de la importación de alimentos, resultado de una política agraria poco adecuada. Las importaciones también son consecuencia –aunque en menor proporción– de los requerimientos de energía, de la necesidad de bienes intermedios para el proceso productivo y de los bajos niveles de eficiencia y productividad, tanto en la industria como en la agricultura.

Las reformas institucionales de mediados de los 90 permitieron que las fuentes de ingresos de la población se diversificaran. Tanto el creciente papel del mercado en la generación de ingresos como las estrategias diseñadas por la población se expresaron en una paulatina diferenciación social que aún se mantiene, a pesar de las medidas adoptadas en el marco de la llamada «Batalla de Ideas».

El tiempo transcurrido obliga a prestar la máxima atención a las desigualdades sociales generadas en este periodo. Aunque se intentó implementar los cambios económicos necesarios con el menor costo social posible, la contradicción entre el tiempo de los procesos y el tiempo humano se mantiene. Por lo tanto, para analizar la situación de la economía cubana es necesario tener en cuenta un conjunto de indicadores que nos permitan conocer el estado actual del país y también el grado de bienestar de sus habitantes, para luego intentar una aproximación a los retos del futuro. Esos son los objetivos de este artículo.

Evolución macroeconómica y productiva

La economía cubana ha mantenido un elevado ritmo de crecimiento entre 2001 y 2007, a un promedio de 7,5% a precios constantes de 1997, aunque con diferentes niveles dentro de este periodo, como muestra el gráfico 1: entre 2001 y 2003 el crecimiento fue de 2,9% anual, pero entre 2004 y 2007 promedió 9,3%. Este salto se explica tanto por la nueva metodología de cálculo del PIB como por la expansión de las exportaciones de servicios profesionales. Al analizar la estructura del PIB salta a la vista la tendencia a la reducción del peso relativo de la agricultura, la construcción y el transporte, y se destaca un incremento importante de los servicios, que en 2007 (ver gráfico 2) representaban 76% del PIB total. Esto refleja de forma coherente la prioridad que el Estado cubano ha otorgado en su estrategia de desarrollo a los programas sociales. El crecimiento se ha logrado manteniendo los equilibrios macroeconómicos alcanzados desde mediados de los 90. El déficit fiscal se encuentra en valores controlables (alrededor de 3,2% del PIB). De igual forma, la política monetaria ha posibilitado alcanzar uno de los objetivos principales –la estabilidad de la tasa de cambio de Cadeca–, a pesar de que la liquidez monetaria ha alcanzado niveles extraordinarios, superando los 22.000 millones de pesos en 2007.

Esta evolución se ha dado pese al impacto de fuertes sequías, violentos huracanes, sucesivas crisis de generación eléctrica y el recrudecimiento de las presiones de EEUU, a través de las restricciones a los viajes de los cubanos en el exterior, el recorte del envío de remesas y, más recientemente, las persecuciones a los activos financieros cubanos en el extranjero. En la actualidad, además, siguen manifestándose problemas estructurales de la economía cubana, tales como la escasez de divisas, las distorsiones del sistema de precios relativos derivadas del tipo de cambio oficial sobrevaluado y de la ausencia de convertibilidad, la dualidad monetaria, los mercados segmentados, el pobre desempeño de la industria azucarera, los problemas de la agricultura y la baja eficiencia de las empresas públicas, todos temas abordados en diferentes momentos por el presidente Raúl Castro.

Desde el punto de vista sectorial, se han obtenido resultados positivos en algunas áreas, como la extracción de petróleo y gas. De hecho, la producción de petróleo se ha incrementado seis veces desde 1990, mientras que la producción de gas, que hace quince años era despreciable, hoy supera el millón de metros cúbicos. Esto permite reducir el volumen de petróleo importado en un momento en que su precio internacional aumenta a un ritmo galopante, aunque el convenio petrolero con Venezuela contribuye a amortiguar esa espiral inflacionaria.

La producción de manufacturas ha venido disminuyendo de manera sistemática, a punto tal que en 2007 su participación en el PIB fue de apenas 12,3%. Sin embargo, el desempeño muestra fuertes diferencias según de qué producto se trate: el níquel, las bebidas y los licores y la elaboración de tabaco, entre otros, han aumentado. El principal desplome es el de la actividad azucarera. Las últimas zafras son 15% inferiores a las de principios de los 90: apenas un millón de toneladas en 2007. Esto es resultado de la falta de recursos para cubrir las necesidades básicas de la agroindustria azucarera, la falta de estímulos a los productores y la baja prioridad otorgada en los 90. Durante los últimos años, este sector vivió un proceso de descapitalización que tuvo repercusiones desfavorables en el rendimiento y la producción, lo cual derivó en una baja de las exportaciones y, por ende, en una disminución de los ingresos y los flujos de financiamiento que se obtienen por vía del azúcar. A esto se suma la decisión de cerrar la mitad de las fábricas de azúcar del país.