Tema central

«Tú, joven, finge que crees en mis ofrecimientos, y yo, Estado, fingiré que algo te ofrezco

Aunque la idea de juventud cambia y con ella las claves para su comprensión, algunos elementos permanecen inalterables. El más sobresaliente es la indiferencia funcional del Estado respecto de los problemas que atañen a los jóvenes: deserción escolar, consumo dedrogas, desempleo, escasez de vivienda, violencia intrafamiliar, sexualidad, sida,aborto. Este caleidoscopio de apuntes es un acercamiento a la juventud actual de México y América Latina. Contra todo pronóstico, los jóvenes igualan la carencia de oportunidades con la paradójica y decidida afirmación de su carácter como futuro inevitable de la nación.

«Tú, joven, finge que crees en mis ofrecimientos, y yo, Estado, fingiré que algo te ofrezco

Un país de jóvenes. En cada nación latinoamericana esta frase orienta la publicidad comercial y la oficial, y es el paisaje de los discursos de las secretarías de Estado, en especial las de Educación y Trabajo. Un país de jóvenes es la consigna de las sociedades que equilibran su desbarajuste económico (seamos optimistas) con su elevado índice de fertilidad, e igualan la falta de oportunidades con el catálogo de promesas y desgastes generacionales. Según las elites y los gobiernos, los jóvenes son la entidad «desincorporada», a la caza de la sombra de la identidad (sinónimo de empleo). Con o sin el reconocimiento de la paradoja, la gran mayoría de los jóvenes no solo y previsiblemente carece de poder; también, de acuerdo con el autoritarismo, ellos son el ejército industrial y un tanto espectral de reserva que hace de las ilusiones perdidas la fuente de sus experiencias.

Véanlos en la película de todos los días: los que nacieron en las zonas definitiva o parcialmente «indebidas» de la pobreza son el aluvión demográfico que se esparce en el metro, en los conciertos de rock o de música tropical, en las fiestas populares, en la vida nocturna, en los cines que fueron santuarios del descubrimiento de la imaginación colectiva y el sexo y hoy son el recuerdo vago de las multitudes entregadas a la religión de las sombras y los close-ups. Eje de lo citadino y de lo rural, la juventud atisba el monopolio de las oportunidades, sostiene la industria del espectáculo, afianza a los «ídolos» (ese convenio de la credulidad intensa con el olvido rápido), adquiere y venera (fugazmente) las canciones que las otras capas cronológicas ignoran, defiende a su modo lo nacional al asumir con devoción los productos televisivos (actores y actrices pero de telenovela, cantantes, cómicos, chismosos y pregoneros del amarillismo), reconoce lo insignificante como lo central, se enardece con la música (su catedral de la identidad jubilosa y sudorosa), repite con tal ansiedad los chistes que los reconvierte en resquicios de la solemnidad y, también, despliega y jubila en un parpadeo la ropa prêt à porter.

En el uso semántico de estas décadas, la juventud suele verse como la disponibilidad perpetua, el territorio eximido de la toma de decisiones. Más que atender a la edad, a la división por clases sociales, a los grados de escolaridad, etc., el término juventud resulta por lo común el sinónimo de público cautivo o a la deriva, la bomba de tiempo concentrada en los espacios del rencor social o el conformismo o, si la perspectiva es moralista, el alud de almas extraviadas en el torbellino del hedonismo, salvables solo si ejercen la abstinencia sexual. Los votos cívicos en verdad valiosos –afirma la derecha– son los de castidad, y por eso el 19 de octubre de 1998, la señora Mercedes Carús de Soto le escribe al diario Reforma: «Hoy día un estudiante de secundaria encuentra más tentaciones camino a su escuela por la mañana, que su abuelo encontraba un sábado en la noche andando en busca de ellas» (19/10/98). Al margen de la pregunta obvia (¿en qué pueblo abandonado vivirán esos abuelos?), esta angustia teatral se aproxima a la alegría de las revistas dirigidas a los jóvenes, que rápida y categóricamente definen a su público como el que de la lectura solo desprende lo que ya sabía, al amparo de la premisa tal vez modernizable de este modo: «No veas en la castidad un sacrificio, sino un ahorro seminal».

De la trayectoria de un vocablo

En la década de 1950 todavía no hay jóvenes en el sentido de la sociedad de consumo. Se es joven porque esto se desprende del acta de nacimiento, pero en la Ciudad de México la juventud es una etapa de la vida, y no una zona autónoma o autonómica, no un país de sensaciones, emociones y conocimientos específicos. Existe la madurez y lo no ajustado a ese molde es, si se quiere, joven, pero nunca en primer término. Los jóvenes se entrenan para volverse gente madura y responsable, recolectores de experiencias, anécdotas y consejos que aprenden en la sobremesa familiar o en las rondas del discurso público. El «Yo a tu edad», el «En mi época», notifican la permanencia del dogma: la juventud no es una etapa en sí misma, sino la variedad de entradas en el túnel de la respetabilidad o del fracaso «que no nos merece el menor respeto».

Luego, casi en un instante, las certidumbres desaparecen. Los adolescentes de la década de 1960 ya no creen en el continuum de las edades, y se adaptan con fervor a la nueva gran presencia, la americanización, y a su invento mercadotécnico, la cultura juvenil. Desde esa etapa, la juventud, orbe sin moralejas contiguas, dispone de su edad como ansia y disfrute de lo moderno, lo que se desglosa en slaloms, weekends, el hit parade, el faje y el ligue como santo y seña de la intensidad, la difusión sexológica, la levedad de las acciones. Y un fenómeno musical distribuye las sensaciones contemporáneas sin teoría adjunta. De improviso, el roncanrol, o más sucintamente, el rock, un producto de las comunidades negras en la década de 1950, dispone de himnos: «See You Later, Alligator», de Bill Haley; «Sweet Sixteen», de Chuck Berry y «Hound Dog» de Elvis Presley. El rock trastoca en definitiva la noción de juventud urbana, y la música al servicio de esta edad será contexto atrevido o dulce, la acústica de la nostalgia, la moda que fluye de las rockolas y las radios, si no el vínculo con el planeta, y, en el caso de América Latina, el estruendo que disuelve el aislamiento en la periferia. Escuchar a Little Richard o a Jerry Lee Lewis es percibir lo obvio: lo trepidante y lo estimulante, y en vez de voces bien portadas y comedidas (no se conocen entonces el blues y el gospel), Elvis Presley es un ofrecimiento a fondo de la sensualidad y la vanidad, del baile y la escenificación del coito, del goce promiscuo y la orgía unipersonal: «You’re nothing but a Hound Dog, crying all time».

Los jóvenes en las ciudades

Ahora solo es posible vislumbrar –al respecto no hay encuestas retrospectivas– lo que fue para los jóvenes el advenimiento destructivo y liberador de las macrópolis, su condición de magno fenómeno cultural. La Gran Ciudad –México, San Pablo, Lima, Caracas, Buenos Aires, Río de Janeiro, Santiago, Bogotá– ha sido el anonimato feliz y el anonimato desdichado, la cerrazón simultánea de cien mil puertas y el abrirse constante de las oportunidades heterodoxas, el infinito de los refugios eróticos y el conjunto de las represiones individuales y familiares. En lo tocante a los jóvenes, la macrociudad mezcla con energía lo auténtico (la expresión de los deseos que son nuevos porque nunca les habían pertenecido a tantos al mismo tiempo) y lo comercial (la técnica que suplanta los anhelos genuinos por las elaboraciones en serie, la reducción tramposa del demasiados al nomás yo).