Tema central

Trayectorias, transiciones y condiciones juveniles en Chile

La instalación de laescolarización comomecanismo legítimo deposicionamiento social en losjóvenes estudiantes delsistema público no solo estácambiando las estrategias dereproducción en estos grupossociales. También genera unanueva configuración deespacios y procesos culturalesque tienen que ver con laforma que se le quiere dar a lavida en el futuro. Esto ocurrea medida que se redefinen lasedades que se asigna a cadauno de los hitos que marcanlos pasos a la adultezy la valoración de lasestructuras e institucionesfamiliares tradicionales.

Trayectorias, transiciones y condiciones juveniles en Chile

Introducción

En 1964, Pierre Bourdieu y Jean-Claude Passeron ponían en el centro de la discusión las paradojas del sistema escolar. En Los herederos: los estudiantes y la cultura el punto central radicaba en que la institución escolar, lejos de reducir las diferencias sociales, se había convertido en un mecanismo que mantenía o incluso profundizaba la distancia social entre las clases. Primero, por su estructura, que ofrecía tipos de formación y guardaba destinos escolares diferenciados según la clase de que se tratara. Segundo, por la carga simbólica que fueron adquiriendo la institución escolar y los títulos que otorga, que terminaron trasladando al campo escolar la distribución de los signos de distinción y jerarquización social. Y tercero, por los mecanismos internos con que operan las instituciones escolares, sobre todo los destinados a seleccionar el ingreso y la permanencia, que hacen parecer naturales ciertas condiciones que tienen raíces estructurales. Convencidos de que las diferencias no se explican por la herencia genética, sino por el legado cultural y social, los autores se resistían a creer que las variaciones en el éxito del curso escolar se debieran a talentos innatos. Que unos ingresen en la universidad y otros queden fuera no responde a diferencias de capacidad, sino a las condiciones de origen, que se traducen en ventajas para los grupos de mayor capital cultural, más impregnados del tipo de cultura que promueve la institución escolar.

En este marco, es de interés relevar los efectos que está produciendo el proceso de escolarización en quienes permanecen en el sistema de educación pública, que en Chile concentra a las clases más desfavorecidas y a los grupos de más tardía incorporación al sistema escolar. A diferencia de Bourdieu y Passeron, nuestro interés no está en los herederos, sino en los desheredados; no en los que reciben buenas dotes de los distintos tipos de capital, sino en los que provienen de grupos con bajos niveles de capital cultural, social y económico a la vez. A partir de eso, se intenta indagar cómo pueden configurarse e imaginarse las trayectorias de vida de esos jóvenes y sus percepciones y modos de vivir el período de juventud en torno de sus condiciones juveniles.

Estructuras de transición

Para el enfoque de las transiciones a la vida adulta, la juventud representa un periodo intermedio que es paso y, a la vez, espera entre dos estados: entre la infancia y la adultez, el antes y el después, se encuentra la juventud, que es todo lo que comprende el pasaje de una a otra. Ser joven es «ir dejando» de ser niño sin aún llegar a ser adulto, estar expuesto a la vivencia de lo indefinido, a la tensión por el desajuste que se produce cuando se deja de ser lo que se era, cuando se altera la identidad entre cuerpo, mente y condición social.

Que la juventud represente un período de transición no significa que sea una etapa de pura latencia, de espera inerte, de moratoria inactiva. Por el contrario, toda transición es un proceso lleno de cambios, en que hay algo que está en curso, que se desarrolla, que se desenvuelve, y si algo define la juventud como etapa de la vida es la ocurrencia de cambios inscritos en el cuerpo de un sujeto. Los de orden biológico preparan su inicio y los de condición van marcando el ritmo de un proceso complejo que solo se produce porque los jóvenes actúan, porque son sujetos en tránsito, no en trance. En efecto, ser joven no es solo estar en una fase de preparación, en una «sala de espera», como diría Machado Pais, en que la vida transcurre entre los estudios y el ocio. Mientras se es joven, estadísticamente joven, ocurren acontecimientos que marcan de por vida: muchos se convierten en padres o madres, trabajan, se hacen independientes; cambios estos que, en su secuencia, su orden y sus tiempos configuran diferentes formas de «hacerse adulto», diferentes estructuras de transición.

La estructura de las transiciones tiene un carácter histórico. La edad y las formas de hacerse adulto presentan variaciones que dependen de lo que cultural y socialmente se define para cada clase de edad y, a su vez, para cada sexo en cada clase de edad. No siempre se han seguido estudios ni se ha permanecido en el hogar de origen por tantos años como en la actualidad. Tampoco quienes son madres han alternado siempre entre trabajo, estudios y maternidad. Si existe interés en analizar las transiciones juveniles es porque las formas de transición hasta hace poco «típicas» han ido cambiando o ya no son las únicas. La tradicional estructura lineal de transición, definida por una secuencia culturalmente establecida y socialmente reproducida, en que se pasa de estudiar a trabajar, de ahí al matrimonio y la crianza de hijos, todo con plazos estrictos, con edades prescritas, ha ido cediendo terreno a nuevas formas de hacerse adulto, nuevas formas de transición, con otra estructura, otro orden en la secuencia y otros tiempos para cada paso.

Que la estructura de las transiciones tenga un carácter histórico no quiere decir que cada época genere un único modo de hacerse adulto común para todos. Por el contrario, en cada época hay diferentes «libretos» para las transiciones, cada uno característico de un grupo social específico y de lo que cada grupo asigna a cada género. Las diferencias tienen que ver tanto con el tipo de etapas por las que se atraviesa como con los tiempos cronológicos en que ocurre un mismo cambio de condición. Las etapas por las que han pasado las generaciones de jóvenes de distintos grupos sociales han sido diferentes. No siempre los jóvenes de sectores populares han estudiado, luego trabajado y conformado familia. Hasta no hace mucho, el paso de la infancia a la adultez era para ellos corto, drástico, trabajaban desde temprana edad, sin estudios o con muy pocos. Esta situación era quizás más marcada en las mujeres, que pasaban de ser niñas a ser esposas y madres, sin etapas intermedias.

En la actualidad, la ampliación de la cobertura del sistema escolar permite que jóvenes de grupos sociales diferentes puedan pasar por las mismas etapas, ordenadas de la misma forma: de los estudios al trabajo y de ahí, a la formación de una familia, todos siguiendo la misma secuencia. Sin embargo, hay diferencias en los tiempos de duración que se asignan a cada etapa y las edades en que se produce cada pasaje. Por lo general, los jóvenes de bajos recursos económicos estudian menos años y comienzan a trabajar a edades más tempranas que los de clase media y alta. Como contrapartida, la edad hasta la que estudian los jóvenes de clase media y alta es mayor que la de los jóvenes de clase baja. Con todo esto, el tiempo se vuelve un factor central para el análisis de las transiciones. No incluirlo significa dejar fuera un elemento generador de estructuras de transición diferentes tanto entre períodos históricos como entre grupos o clases sociales.