Coyuntura

Rusia en América Latina (y viceversa)

Con la desaparición de la Unión Soviética, Rusia disminuyó su peso en la escena internacional. La relación con los países latinoamericanos, con los que el ntiguo Estado ruso había iniciado vínculos diplomáticos ya en el siglo XIX, sufrió este cambio. Sin embargo, desde mediados de la década de 1990 el vínculo ha ido ganando fuerza: el intercambio comercial se ha incrementado, las visitas de jefes de Estado se multiplicaron y las asociaciones estratégicas (en especial con Brasil) se fortalecieron. El artículo analiza los diferentes aspectos de la relación ruso-latinoamericana y sostiene que se trata de una tendencia en ascenso en el nuevo orden global.

Rusia en América Latina (y viceversa)

La profundización y ampliación de los vínculos de Rusia con los países latinoamericanos constituye una de las muestras del regreso de Moscú a la política internacional multidimensional, una política con una tradición de varios siglos para el Estado ruso milenario. A pesar de sus nuevas características, tanto políticas como espaciales y demográficas, la Rusia actual es la principal heredera espiritual, cultural y geopolítica de aquel Estado, del que conserva el grueso del acervo histórico y el rol en la arena internacional como uno de los países más influyentes del mundo.

No es casual que cuando los países latinoamericanos comienzan la celebración de sus bicentenarios, se conmemoran también las fechas más importantes en el establecimiento de relaciones diplomáticas con Rusia. Dejando aparte el curioso episodio de fines del siglo XVIII, cuando el avance de los pioneros rusos les permitió entrar en contacto con la América española cerca del lugar donde se encuentra actualmente la ciudad de San Francisco, las relaciones entre Rusia y América Latina comenzaron hace cerca de 180 años. En el caso de Brasil, el inicio de los vínculos data de 1828; en el caso argentino, de 1885; y en el mexicano, de 1890, mientras que las relaciones con Uruguay comenzaron en 1857. Todo eso a pesar de las enormes distancias geográficas entre Rusia y América Latina.

Los recientes cambios históricos

La desintegración de la Unión Soviética y la aparición de la Federación de Rusia, que hoy ocupa más de dos tercios de su territorio e incluye a la mitad de su población, provocaron fuertes cambios no solo en la sociedad rusa sino también en su vinculación externa. Los dolorosos procesos de reorganización económica, política y social generaron costos altísimos. En los años 90, Rusia disminuyó considerablemente su peso en la economía mundial e incluso en el comercio internacional en comparación con los tiempos de la Unión Soviética. Uno de los vínculos más perjudicados fue el latinoamericano, en especial con aquellos países con los que se había construido una relación político-estratégica, como Cuba. En este caso, Rusia pasó del primer puesto a un lugar muy secundario en la lista de socios económicos, y el volumen de intercambio comercial disminuyó de varios miles de millones a unos pocos cientos de millones.

Pero esta realidad comenzó a cambiar entre fines de los 90 e inicios de la primera década del siglo XXI, como resultado de varios procesos y acontecimientos. En primer lugar, como consecuencia del restablecimiento del potencial económico de Rusia y, por lo tanto, de la necesidad de ampliar sus mercados externos. En este contexto, vale la pena señalar que la anterior política exterior de Moscú, motivada por las esperanzas de apertura de Occidente a Rusia, no dio los resultados deseados. En efecto, en muchos aspectos Rusia fue tratada como el perdedor de la Guerra Fría; así, se mantuvieron vigentes, por ejemplo, las barreras más odiosas para el acceso de sus productos a los mercados centrales de la economía mundial. Desde el punto de vista de la seguridad, a pesar de los abrazos diplomáticos y los elogios referentes a los avances de la democratización, la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) se acercaba a las fronteras rusas, absorbiendo no solo aquellos países que antes formaban parte del «bloque soviético» en Europa del Este, sino también a los que se independizaron de la misma Unión Soviética a partir de 1991. En este contexto, comenzó a primar en Moscú la sensación de contención y hasta de rechazo geopolítico por parte de Occidente, mientras que la sociedad rusa empezó a sentir una creciente desilusión por los efectos insatisfactorios de las reformas económicas y políticas y por las promesas incumplidas de Occidente. Como consecuencia, el país se reorientó. Y al inicio del nuevo siglo busca, tanto desde abajo como desde arriba, el restablecimiento de las funciones principales del Estado (tanto en el área económico-social como de seguridad) y una diversificación de la política exterior.

Paralelamente, los países latinoamericanos, una vez superada la ola reformista neoliberal y de democratización, comenzaron también a experimentar cambios, vinculados, por un lado, al rechazo del costo social de las transformaciones económicas y, por otro, a las nuevas posibilidades de avance electoral de las fuerzas políticas alternativas. En el ámbito internacional, se agotó la hipnosis de la unipolaridad. El exceso de «poder duro» (hard power) por parte de Washington durante el gobierno de George W. Bush, que en sus inicios generó una limitación a la autonomía de los Estados latinoamericanos en la arena internacional, provocó posteriormente una fuerte irritación en la opinión pública de la región. América Latina ha registrado la importancia del ascenso de nuevos polos de desarrollo dinámicos en la economía mundial, que crean chances alternativas de vinculación externa. En este sentido, es sintomático el rechazo al Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA), incluso en su versión light, junto con el lanzamiento del proyecto integracionista sudamericano (Unasur) y la Alternativa Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA), basado en la cercanía política como consecuencia del giro a la izquierda en la región. A todo eso se añaden los esfuerzos para construir puentes hacia la Unión Europea y los mercados emergentes del Sudeste asiático. Por supuesto, el creciente mercado ruso atrae cada vez más la atención de los empresarios latinoamericanos.

En este último caso, no se trató de un descubrimiento sorpresivo. Los latinoamericanos comenzaron a tocar las puertas de Moscú ya en la segunda mitad de los 90, cada año con mayor insistencia. Políticos, parlamentarios y hombres de negocios han visitado Rusia. En esta primera fase, los latinoamericanos se han mostrado más activos que los rusos. Ocurre que la inercia «occidentalista» en la mentalidad de la elite política y los incipientes empresarios de la nueva Rusia no permitieron entender, en un comienzo, el significado y la potencialidad de la colaboración con América Latina. Sin embargo, el imperativo de diversificar las relaciones exteriores actuó y, poco a poco, abrió el camino para una nueva mirada hacia América Latina. La interacción político-diplomática se elevó al nivel más alto durante la presidencia de Vladimir Putin, culminando, en el siguiente periodo, con las visitas del presidente Dimitri Medvédev a Perú, Brasil, Venezuela y Cuba en 2008. En total, desde 2000 hasta 2008, los presidentes de Rusia visitaron la región cinco veces y los ministros de Relaciones Exteriores realizaron nueve viajes, en dos ocasiones pasando por varios países. A su vez, solo en 2009 visitaron Rusia los presidentes de Chile, Brasil, Bolivia, Venezuela, Cuba y Ecuador, sin contar múltiples visitas a nivel ministerial.