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Razones para la incertidumbre

La situación de la integración en América del Sur no puede separarse de los cambios en el panorama político regional. Aunque el ascenso de gobiernos de izquierda alentó las expectativas de una articulación más fuerte, parece claro que la integración no puede darse por afinidad ideológica. Hoy prima una dinámica de cambio en un contexto de fragmentación. El análisis del caso del Mercosur, cuyos socios no logran articular políticas exteriores convergentes, es una muestra de la situación actual: la tentación de explorar acuerdos bilaterales y las dificultades para avanzar en una negociación con la Unión Europea confirman un diagnóstico de incertidumbre.

Razones para la incertidumbre

Los dilemas actuales de la inserción internacional de América del Sur

El contexto internacional demanda una acción sólida, a nivel nacional y regional, para una renovada inserción mundial de América del Sur. Los procesos y acontecimientos de auténtica proyección histórica que se vienen sucediendo a ritmo de vértigo exigen respuestas impostergables desde la región. Cabe reseñar algunos de ellos: la crisis financiera, con sus múltiples consecuencias y su previsible secuela de cambios en la arquitectura del sistema internacional; el advenimiento de un escenario mundial más multipolar, pero con la desventaja de una crisis aguda de los organismos multilaterales; el clima de incertidumbre mundial, en el cual las especulaciones (y también las esperanzas, que el tiempo se encargará de calibrar en su justa medida) tras el triunfo de Barack Obama conviven con los giros imprevistos de una Rusia refortalecida, una Unión Europea (UE) en recesión y las incógnitas del rumbo que seguirán China y las otras economías de Asia; el hecho de que, pese a los anuncios, la Ronda de Doha se resiste a morir, lo que enlentece y condiciona otras negociaciones internacionales relevantes para la región; los importantes cambios que se producen en distintas áreas de las relaciones internacionales; entre otros muchos factores.

Se podría seguir con una larga lista de procesos y acontecimientos similares, pero todos ellos convergerían en el mismo punto: la renovación radical de los desafíos globales impone una necesidad de reinserción internacional potente de la región y de sus países en el nuevo orden global. Es en ese contexto en el que hay que analizar el impacto de los avatares de los procesos nacionales en los países sudamericanos, así como las múltiples propuestas de integración y concertación política que conviven en el continente, con sus distintos formatos y alcances institucionales, ideológicos, comerciales y productivos. La situación de los procesos de integración actualmente en curso en América del Sur no puede descontextualizarse de lo acontecido durante el último tiempo en la política regional. En primer lugar, tomando como ejemplo privilegiado lo ocurrido en el seno del Mercosur, es evidente que resulta infértil aferrarse al espejismo de la afinidad ideológica entre los gobiernos como motor de una transformación positiva de los procesos de integración. Para profundizar este punto, hay que problematizar primero si realmente ha habido un giro a la izquierda en la región y, en caso de aceptarlo, analizar con rigor cuáles son los límites y alcances en materia de políticas específicas (indagando, por ejemplo, en las diferencias entre izquierdas clásicas, «progresismos», movimientos nacional-populares, etc.). Asimismo, es necesario advertir que el advenimiento de esos nuevos gobiernos ha promovido directa o indirectamente, o al menos ha coincidido con, el retorno de intereses sectoriales, nacionalistas y políticos, la mayoría de los cuales no parece proclive a apuestas –y, sobre todo, a sacrificios– integracionistas. En todo caso, resulta claro que los procesos de integración no se consolidan desde las afinidades ideológicas de los gobiernos, sino que requieren construcciones institucionales entre diferentes, inherentes a una integración entre Estados democráticos.

Otra nota insoslayable del panorama regional es la persistencia de situaciones de inestabilidad política, la continuidad de la crisis de los partidos y de las formas de la representación (junto con el auge del movimientismo, la personalización de la política, el desprestigio de los Parlamentos, etc.), y la consolidación de fuertes cambios en los mapas de movimientos y actores sociales. A este cuadro político conflictivo y cambiante debe sumársele la persistencia de desigualdades sociales inadmisibles, pese a que, desde hace por lo menos un lustro, la región ostenta niveles de crecimiento muy alto. En un marco que combina inseguridad interna con conflictos emergentes de diversa índole, con países que realizan fuertes gastos en armamentos y con una renovada presencia militar de Estados Unidos (sobre todo desde la reactivación de la IV Flota), América Latina, América del Sur y el propio Mercosur observan cómo se multiplican los signos de su relativa marginalidad en el contexto internacional. Véanse a este respecto los indicadores sobre porcentajes de comercio mundial, PIB y flujos financieros, y se advertirá con claridad esa situación. Sin embargo, en cuestiones como la capacidad para la producción de alimentos o la posesión de recursos naturales estratégicos (en particular hídricos y energéticos), la situación es muy diferente.

Los procesos de integración: un balance incierto

Con el telón de fondo de ese panorama político, la situación de los procesos de integración, no solo en América del Sur sino en general en América Latina, provoca una sensación de desencanto o, cuanto menos, de incertidumbre. Obsérvese a este respecto la evolución de algunos procesos. La Comunidad Andina de Naciones (CAN) oscila entre una lenta agonía y la posibilidad de reposicionarse gracias a una flexibilización que admita avances a dos velocidades. Chile, por su parte, busca perfilarse, cada vez con menos chances, como la usina del proyecto de una «Liga del Pacífico», con proyección privilegiada hacia Asia y EEUU, al tiempo que intenta (de manera más realista y pragmática) asociarse con Brasil en el impulso de la Unión de Naciones Sudamericanas (Unasur). Más al Norte, el Sistema de la Integración Centroamericana (SICA) y la Comunidad del Caribe (Caricom), más allá de las diferencias entre sus miembros, consolidan su inserción plena en la órbita norteamericana, al igual que México. Pero esta América Latina tan cercana a la influencia de EEUU comienza a sentir las duras consecuencias de una recesión norteamericana de duración incierta. Con la acelerada –pero todavía no resuelta en forma efectiva– decisión de sumar a Venezuela como socio pleno, el Mercosur se expande aunque sin una profundización consistente, postergando una y otra vez la concreción de los objetivos centrales de su agenda y su anunciado, ya hasta el hartazgo, «relanzamiento». Pese al fracaso del Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA) debido a la postura asumida por los países del Mercosur y Venezuela en la Cumbre de Mar del Plata de 2005, la presencia de EEUU en la región parece haberse consolidado mediante la firma de TLC. La Unasur, piedra angular del proyecto continental de Itamaraty, pese a algunos aciertos iniciales y a sus potencialidades en algunas áreas, no parece terminar de definir con claridad sus objetivos políticos y económicos.