Opinión

¿Qué hay de nuevo, Donald?

Como en ningún otro momento de la historia reciente de Estados Unidos, el triunfo de Donald Trump ha despertado un inusitado interés sobre el futuro de la política exterior norteamericana. Las polémicas promesas del millonario neoyorquino y la indignación generalizada de la opinión pública occidental abren una serie de interrogantes, pero ¿cuán rupturista puede llegar a ser la política exterior del nuevo presidente y cuál puede ser su impacto en América Latina?

¿Qué hay de nuevo, Donald?

Existen cuatro grandes tradiciones de política exterior en Estados Unidos. Cada una de ellas está asociada con prominentes figuras históricas de la política norteamericana. Así, la tradición jeffersoniana debe su nombre al ex presidente (1801-1809) Thomas Jefferson; la hamiltoniana, al ex secretario del tesoro Alexander Hamilton; la wilsoniana, a quien ocupara la Casa Blanca durante la primera guerra mundial, Woodrow Wilson; y la corriente jacksoniana sería así bautizada por la política externa del ex presidente (1829-1837) Andrew Jackson. En líneas generales, estas tradiciones se estructuran sobre determinados ejes e ideas-fuerza: cuál es el lugar ocupa Estados Unidos en el mundo; más intervencionismo o más aislacionismo; mayor peso de los factores ideacionales o de los materiales; o el predominio de una visión universalista o una más particularista.

La tradición jeffersoniana, por ejemplo, se basa en la idea de la excepcionalidad de Estados Unidos en el sistema internacional, tanto por sus valores republicanos como por no estar rodeados de vecinos en permanente conflicto (cabe destacar que durante la presidencia de Jefferson en Europa primaban las monarquías y el balance de poder). En base a este singularismo, la política exterior se caracteriza por una renuencia a inmiscuirse en asuntos externos y en regiones más allá del entorno inmediato. Especialmente, si el sostenimiento de un aparato militar y diplomático que intervenga permanentemente en el resto del mundo implica que el Estado federal aumente los impuestos y las injerencias sobre los derechos individuales de los ciudadanos.

La tradición iniciada por Woodrow Wilson, por otro lado, parte de la idea de que Estados Unidos sí debe desempeñar un rol activo en el mundo, impulsado y expandiendo determinados principios considerados universales, como la libertad, la democracia y el libre mercado. Sin embargo, no debe hacerlo solo, sino en compañía del resto de las naciones a través de la creación de instituciones multilaterales. La corriente hamiltoniana comparte con la wilsoniana algunos preceptos, como la necesidad de una activa intervención del país del norte en el resto del planeta y la creación de instituciones colectivas de carácter internacional. No obstante, el foco en este caso no está puesto en expandir determinados valores e ideas, sino más bien en consolidar el poderío económico de Estados Unidos. En este sentido, la democracia es concebida más un medio que un fin y la capacidad militar es menos importante que la supremacía comercial y económica.

La corriente jacksoniana, por último, se basa en una retórica más nacionalista, que proclama la autosuficiencia americana respecto del entorno internacional y, al igual que la corriente jeffersoniana, desconfía de la injerencia del Estado y las elites sobre el ámbito individual de los ciudadanos. En este sentido, si bien no se considera necesaria la intervención permanente de Estados Unidos en el resto del mundo, el país debe mantenerse fuerte y preparado –especialmente en términos militares- por si acaso tuviera que responder a una agresión.

En la mayoría de los casos, las políticas exteriores de los distintos gobiernos norteamericanos combinaron características e ideas de distintas tradiciones. Por nombrar algunos ejemplos recientes, George W. Bush articuló una visión jacksoniana –expresado en su desdeño por el multilateralismo y la enérgica reacción belicista a los ataques del 11-S- con la idea wilsoniana de expandir la democracia en tanto principio universal. En los gobiernos de Bill Clinton y Barack Obama, por caso, puede encontrarse el espíritu wilsoniano de promover la democracia global y las instituciones multilaterales así como la idea hamiltoniana de priorizar el factor económico, promoviendo el libre comercio (aun así, ninguno de ellos quitaría relevancia al poder militar como medio para garantizar los intereses norteamericanos).

Dicho lo anterior, cabe preguntarse si el recientemente electo presidente, Donald J. Trump, responde a algunas de estas tradiciones de política exterior norteamericana y, en caso que así sea, con cuál de ellas se encuadraría mejor. A priori resulta difícil lograr una clasificación certera. Por dos razones. En primer lugar, la obvia, porque la administración Trump todavía no comenzó. Si bien durante la campaña electoral las definiciones de política exterior son una constante –más aun en esta elección, en donde el protagonismo que tuvieron los temas internacionales solo se compara con las épocas más álgidas de la guerra fría- en la política estadounidense también es común encontrar una distancia entre las promesas y las realidades (el gobierno de Obama es un buen ejemplo de ello). Vinculado a esto último, el segundo factor que nubla el panorama es el eclecticismo de las propuestas del magante inmobiliario, tanto durante la primaria republicana como en la etapa de la contienda directa con Hillary Clinton. Por citar solo un ejemplo, Trump comenzó su campaña denunciando a los lobbies del famoso complejo industrial-militar y luego afirmaría que Estados Unidos debe seguir teniendo el ejército más poderoso del mundo.

No obstante, a efectos de aventurar una respuesta, si tuviéramos que encasillar a Trump la tradición jacksoniana sería la que probablemente encuadre mejor con sus ideas de política exterior. En efecto, Trump viene postulando la necesidad de priorizar el mercado interno norteamericano y desarticular los acuerdos de libre comercio como el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) o el Tratado Transpacífico de Asociación Económica (TPP, por sus siglas en inglés), así como dejar de involucrarse en conflictos internacionales «innecesarios». El slogan «America First», tan mencionado durante su campaña, se emparenta con la idea de un Estados Unidos menos intervencionista en lo político-militar y más proteccionista en lo económico. En esta línea, el ahora presidente electo sostuvo en un mitín de campaña que bajo su gobierno «vamos a dejar de tratar de construir democracias extranjeras, derrocar regímenes e intervenir imprudentemente en situaciones donde no tenemos derecho de estar»1. Sus críticas a la invasión a Irak y a la permanente injerencia norteamericana en Medio Oriente son también ejemplos de la actitud refractaria a una política exterior intervencionista y universalista. «La guerra de Irak inició la desestabilización de Oriente Medio, dio inicio al Estado Islámico, a lo de Libia, a lo de Siria», declararía Trump2.

Ahora bien, contrariamente a una idea de omnipresencia en todo el orbe, las posturas aislacionistas parten de una sensación de debilidad por parte de Estados Unidos. El diagnóstico general es que Washington no tiene la capacidad de proyectar su poder hacia todas las zonas del planeta con igual intensidad; o que el costo de hacerlo es demasiado alto a mediano y largo plazo. «No importa de qué país estemos hablando, cualquiera le gana a Estados Unidos», sentenciaría Trump en 20153. La situación desfavorable demanda, inexorablemente, un reordenamiento de las prioridades y los focos de acción. Las declaraciones de Trump dirigidas a retirar su apoyo a la OTAN –y, por extensión, a Europa- tienen como trasfondo esta sensación de inferioridad que, en este caso, se traduce en una iniciativa que se remonta a las épocas de la guerra fría: dejar de tutelar la seguridad de quienes tienen más posibilidades de arreglárselas solos y concentrarse sobre los enemigos más inmediatos. En la cosmovisión trumpeana, estos son fundamentalmente el Estado Islámico y China. La diferencia es que mientras que al primero se lo combate con la fuerza, con Beijing la disputa es principalmente económica y comercial.

A su vez, esta sensación de declive viene acompañada de una retórica de restablecimiento de un poderío perdido. De allí la idea mítica del «Make America great again» [Hagamos América grande otra vez]. Una idea que, vale decirlo, no es nueva sino que estuvo presente en varios pasajes de la era bipolar. Sobre todo en aquellos momentos en los que, según se creía, la balanza se inclinaba a favor de la Unión Soviética. Así fue a principios de la década de 1960, cuando John F. Kennedy lanzó su candidatura presidencial bajo el lema «Let’s get America moving again» [Pongamos a América nuevamente en movimiento] o a mediados de los ochenta, cuando Ronald Reagan utilizó el slogan «It’s morning in America again» [En América, vuelve a amanecer] en su campaña para la reelección.

Lo particular de este limitante a tener que elegir los frentes de batalla es que podría llevar a Washington a impulsar mayores consensos con otras potencias. En este caso no sería necesariamente bajo esquemas de instituciones multilaterales sino producto de un arreglo entre «grandes». No por nada Trump viene sosteniendo casi sin contradicciones la necesidad de sentarse a negociar con Vladimir Putin a efectos de consensuar una política común que ayude a recomponer el tablero en Medio Oriente. Un acercamiento entre las dos mayores potencias militares del mundo sin dudas que sería una novedad y hasta podría desencadenar en lo que el politólogo Julio Burdman denominó como «una pax ruso-norteamericana»4.

No obstante, si bien el eventual repliegue estadounidense augura expectativas también hay que tener en cuenta los potenciales riesgos. En efecto, la sensación de debilidad puede dar lugar, bajo circunstancias excepcionales, a una reacción desmedida en aras de restablecer la fortaleza y la supremacía norteamericana. El ideal jacskoniano se puede retratar con la metáfora de un cowboy con pocas pulgas que prefiere mantenerse en su granja, siempre y cuando no se metan con él. Ahora bien, en caso que suceda, la respuesta será por medio de la fuerza y, si es necesario, sin la ayuda de nadie. El gobierno de George W. Bush sea tal vez el mejor ejemplo: su actitud aislacionista y crítica del multilateralismo se tradujo, luego de los atentados a las torres gemelas, en la implementación de la doctrina de la guerra preventiva y la moralización absolutista de la política exterior entre «buenos» y «malos».

En el caso particular de América Latina, la principal incertidumbre que despierta la nueva gestión republicana está en la concreción y los alcances que puedan tener algunas de las iniciativas enfatizadas por Trump durante la campaña. Más allá de las polémicas medidas anti inmigratorias, una eventual implementación de políticas proteccionistas en materia económica afectarían sensiblemente la estrategia externa de la mayoría de los países de la región, cuyo modelo de inserción internacional se basa en la atracción de capitales internacionales y la liberalización del comercio. Si en la década anterior fueron los países latinoamericanos quienes profesaban una alternativa al paradigma globalista liberal –basado en el libre comercio, la gobernanza trasnacional y las cadenas globales de valor- el escenario actual parece haberse invertido: los pilares del orden liberal están siendo cascoteados desde los centros de poder occidental y son los países latinoamericanos quienes reivindican los beneficios de la globalización y el recetario de políticas neoliberales. Este tablero invertido obligará a muchos gobiernos de la región a recalcular su política exterior.

De igual forma, si bajan las tensiones entre Washington y Moscú, y Estados Unidos reorienta todos sus cañones hacia China, las disputas entre las dos mayores potencias económicas pueden recrudecer en otras partes del globo, especialmente sobre América Latina. Por caso, el aparente knock-out al TPP que sobrevino a la victoria de Trump puede alentar a que sea China quien impulse un megacuerdo de libre comercio de similares características. De hecho, el gigante asiático ya cuenta con tratados de libre comercio con Chile y Perú y otros países, como Argentina y Uruguay, manifestaron su deseo de seguir la misma vía, ya sea en el marco del Mercosur o de manera bilateral.

En tercer lugar, si Trump termina por cumplir su promesa de renegociar el TLCAN, es esperable que esto también repercuta sobre el tablero regional al sur del Río Bravo. En efecto, si Estados Unidos cierra el grifo de las importaciones puede empujar a México a reorientar su política externa en materia comercial y económica e intentar ocupar espacios en el mercado latinoamericano. Esto sería un retroceso para las aspiraciones de un alicaído Brasil, quien durante la pasada década se dedicó a construir una proto-hegemonía regional en torno al espacio sudamericano. En un nuevo escenario, México podría aspirar a ocupar, al menos parte, el lugar de Brasil como el gigante regional, sobre todo en lo que tiene que ver con la internacionalización de sus empresas más competitivas. Si, además, México comienza a pisar más fuerte en América Latina es factible que el regionalismo aperturista y monocomercial que encarna hoy la Alianza del Pacífico se reposicione todavía más entre los países latinoamericanos.

Por último, habrá que seguir de cerca los movimientos del nuevo gobierno respecto del acuerdo sobre cambio climático firmado recientemente en París, muy criticado por el Partido Republicano en general. Un retroceso en esta materia afectaría especialmente a los países de América Central y el Caribe, tradicionalmente azotados por desastres naturales.

En definitiva, en un año donde los grandes sucesos internacionales parecen estar atravesados por la nostalgia de volver a un pasado idealizado, si no se producen acontecimientos que puedan afectar sensiblemente al «orgullo americano», la llegada de Trump no solo puede resultar una buena noticia para quienes añoran un sistema internacional más estable, sino también para quienes condenan el intervencionismo norteamericano en los países de la periferia. En caso contrario, nos encontraremos –una vez más- con la cara más impúdica, cruda y violenta del poder imperial.


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