Opinión

Por qué la paz global necesita Estados nacionales

Los Estados-nación deben seguir siendo los pilares para construir un orden mundial estable. La gente parece temer la pérdida de su identidad en asociaciones estatales mayores, y de ahí que se sienta más segura en naciones más pequeñas. Esto explicaría por qué en nuestro mundo globalizado el número de Estados nacionales sigue creciendo, por qué tras la Guerra Fría se desintegraron tantos países y por qué vemos un incremento de los movimientos separatistas, incluso en Europa. La paz y la estabilidad no se conseguirán sin Estados, sino con ellos.

Por qué la paz global necesita Estados nacionales

El ministro de Relaciones Exteriores alemán, Heiko Maas, declaró recientemente que «el nacionalismo es la madre de todos los problemas políticos». Esta declaración debe entenderse en el contexto de la agitada historia alemana. Sin embargo, en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, Alemania puede enfrentar un desafío totalmente diferente: de qué modo rescatar a los Estados nacionales. De hecho, el futuro de los Estados nacionales se ha convertido en una cuestión central en nuestros tiempos. En un mundo de comunicación instantánea, de organizaciones supranacionales, de empresas transnacionales y flujos de capital transfronterizos, de elites internacionales, de viajes globales y migración en masa, de misiles balísticos y exploración espacial, ¿es todavía deseable –o incluso posible– organizar a las sociedades humanas en áreas geográficas limitadas por fronteras?

Para resumirlo en una palabra: sí. De hecho, los Estados nacionales pueden haberse vuelto más importantes, no a pesar de, sino a causa de la globalización. Cualquier otra cosa conduciría al caos.

El argumento más convincente a favor de los Estados nacionales es el creciente número de los que fracasan. Crean en el orden global «agujeros negros» de lugares ingobernables que afectan la supervivencia y el bienestar de decenas de millones de personas y tienden a desestabilizar regiones enteras. Virtualmente todos los conflictos armados del mundo se producen hoy dentro de Estados nacionales fallidos. Se han convertido en un problema de seguridad global.

De los 178 países relevados en el Índice de Estados Frágiles de 2018, solo 56 fueron considerados estables, mientras que 122 (68%) se incluyeron en listas de varios niveles de fragilidad e inestabilidad; 32 países (18%) se categorizaron como en estado de alerta, en alerta elevada y en alerta muy elevada. Los problemas de estos países no son causados por presiones externas sino casi exclusivamente por conflictos internos, la mayoría de profunda raigambre histórica. Como resultado, los gobiernos pierden el control sobre sectores del país y sus poblaciones, ya sea de manera física –en forma de áreas vedadas– o social –como ausencia de servicios públicos–.

El vacío que esto crea es ocupado por actores beligerantes no estatales, en su mayoría armados, y nunca por alguna forma de gobernanza global. Estos actores no estatales van desde organizaciones extremistas islamistas hasta diversos movimientos ideológicos, étnicos, religiosos o separatistas. Incluyen a caudillos militares, milicias, grupos paramilitares e incluso pandillas juveniles, estructuras de clanes y grupos rebeldes. Se superponen a organizaciones delictivas y de crimen transnacional, traficantes de drogas y redes corruptas dentro de los gobiernos. Los propósitos de estos actores no estatales son diversos. Algunos quieren derrocar a un gobierno, otros controlar áreas de un país; otros solo quieren espacio para sus negocios ilegales.

Lo que tienen en común es que desafían el monopolio estatal del uso de la fuerza, provocan violencia, crean inestabilidad e impiden el desarrollo, además de asesinar a gente inocente. En 2016, bastante más de medio millón de personas murieron en forma violenta en todo el mundo. Solo 18% de esas muertes violentas fueron resultado de conflictos armados internos; 72% fueron homicidios intencionales emparentados con delitos, guerras entre bandas o disturbios raciales. Esto indica una gran pérdida de autoridad por parte del Estado.

El crecimiento de la población, el calentamiento global y el atraso económico pueden acelerar la violencia entre comunidades y contribuir aún más al fracaso de los Estados nacionales. Para evitar esto, debemos abandonar los sueños de un gobierno global que reemplace a los Estados nacionales y, en cambio, encontrar un nuevo equilibrio entre estos últimos y el gobierno global. De hecho, un gobierno global eficaz necesitará Estados nacionales fuertes.

Los Estados nacionales cambian a través del tiempo

La mayoría de los analistas políticos occidentales desprecian a los Estados nacionales porque los consideran responsables de guerras, colonialismo y chauvinismo. Tienen razón. Sin embargo, lo irónico es que estos Estados nacionales «nacionalistas» ya no existen. Desaparecieron con el fin de la Segunda Guerra Mundial. La Carta de las Naciones Unidas de 1945 fue su acta de defunción. Cuando los Estados miembros de las Naciones Unidas acordaron que «en sus relaciones internacionales, se abstendrán de recurrir a la amenaza o al uso de la fuerza contra la integridad territorial o la independencia política de cualquier Estado», pusieron fin al militarismo en el que se basaban los Estados nacionales nacionalistas. Y cuando los Estados miembros de las Naciones Unidas reafirmaron «la fe en los derechos fundamentales del hombre, en la dignidad y el valor de la persona humana, en la igualdad de derechos de hombres y mujeres y de las naciones grandes y pequeñas», pusieron fin a la «superioridad racial» como justificación para ejercer supremacía sobre otros países y pueblos.

Con el inicio de la Guerra Fría, las actitudes hacia los Estados nacionales se volvieron ambivalentes. Los triunfadores de la Segunda Guerra Mundial –la Unión Soviética y Estados Unidos– ahora promovían ideologías contrapuestas que deseaban aplicar a escala global. Las políticas nacionalistas independientes ya no eran posibles. En verdad, ambas ideologías creían que sus sistemas políticos y económicos, en última instancia, volverían obsoletos los Estados nacionales. Esto, por supuesto, no ocurrió. La mayoría de los países que en la actualidad son Estados miembros de las Naciones Unidas experimentaron a los Estados nacionales nacionalistas tan solo como potencias coloniales y estuvieron mayormente en los márgenes de los enfrentamientos Este-Oeste.

Los Estados nacionales modernos rara vez son étnicamente homogéneos y su supervivencia depende de la integración entre comunidades y no de pretensiones de superioridad étnica. Se los juzga cada vez más por la seguridad, la justicia, los empleos y los servicios sociales que proveen antes que por la fuerza de su ejército. Esto no solo vale para los países democráticos. Algunos de los mayores éxitos en términos de desarrollo económico y erradicación de la pobreza se dieron bajo regímenes autoritarios, como los de Corea del Sur, Singapur, Taiwán, Chile y, por supuesto, China. Ni siquiera lo que se conoce como Estados rebeldes son una excepción en este aspecto.

Como resultado, prácticamente ya no hay guerras entre Estados nacionales. También han declinado las alianzas militares. Muchas disposiciones de seguridad son parte de acuerdos de cooperación regionales, como la Unión Africana, la Comunidad Económica de Estados de África Occidental (ECOWAS, por sus siglas en inglés), la Zona de Paz y Cooperación del Atlántico Sur (ZOPACAS), la Comunidad de Desarrollo de África Austral (SADC, por sus siglas en inglés) y, por ahora, incluso la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS). Ya no están dirigidas contra un enemigo externo sino que buscan el apoyo mutuo en el mantenimiento de la seguridad regional. La excepción es la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN).

Integrar las dos caras de los Estados nacionales

Con el colapso del comunismo, se asumió que la democracia liberal sería la respuesta al debilitamiento de los Estados nacionales. Sin embargo, esto casi nunca funcionó. La razón por la cual ningún sistema político se adapta a todos los Estados nacionales reside en el carácter dual: no solo son un «Estado» sino también una «nación». Esto es lo que los hace únicos.

El «Estado» es la cara tangible de un país: el gobierno, la institución nacional, el Poder Judicial, el Parlamento, las fuerzas de seguridad, los sistemas legales. La «nación» es la cara más esquiva: las identidades nacionales, la solidaridad nacional, los valores comunes, el sentimiento de pertenencia. El aspecto de nación le da al Estado su legitimidad, mientras que el de Estado le da a una nación su forma. Para que un Estado nacional sea estable y pacífico, ambos aspectos deben estar en armonía. Virtualmente todos los conflictos armados internos de la actualidad pueden remontarse a años de mal gobierno que conducen a la división de lealtades nacionales, y viceversa.

El aspecto de nación domina. Si no se responde a la pregunta de si la gente o las comunidades quieren vivir juntas y, si es así, de qué manera, es imposible construir instituciones estatales sustentables. La gente parece temer la pérdida de su identidad en asociaciones estatales mayores, y de ahí que se sienta más segura en naciones más pequeñas. Esto explicaría por qué en nuestro mundo globalizado el número de Estados nacionales sigue creciendo, por qué tras la Guerra Fría se desintegraron tantos países y por qué vemos un incremento de los movimientos separatistas, incluso en Europa. También explicaría por qué la mayoría de los Estados nacionales son acosados por movimientos separatistas y por problemas con la integración europea. Europa todavía carece de identidad común y solidaridad suficientes para construir instituciones «estatales» creíbles que podrían convertirse en un «supra-Estado nacional».

En particular, los sectores más pobres de la población ven los Estados nacionales como una salvaguarda de los beneficios sociales, de la atención de la salud a un costo accesible, de los sistemas de educación y justicia y como una protección frente a las desgracias y el impacto negativo de la globalización. Esto explicaría por qué los Estados nacionales gozan de tanto apoyo popular en todo el mundo. De acuerdo con la Encuesta Mundial de Valores, un promedio de más de 80% de los ciudadanos están orgullosos o bastante orgullosos de su país, incluso en países como Zimbabue, que son relativamente nuevos y en los que el Estado es en buena medida disfuncional.

Aceptar diversos sistemas políticos

Debido a su carácter dual, es probable que los Estados nacionales adopten sistemas políticos que estén enraizados en sus experiencias históricas, sistemas de valores locales, creencias religiosas y organizaciones sociales preexistentes. Esta es una mala noticia para quienes al final de la Guerra Fría tenían esperanzas de que la democracia liberal se convirtiese en el sistema político global unificador. Desde 2005, la democracia liberal está en declive a escala global y no se vislumbra que el «fin de la Historia» anunciado por Francis Fukuyama llegue en el corto plazo.

Las intervenciones occidentales pueden haber contribuido a esta situación. Afganistán, en medio de negociaciones con Estados Unidos por la paz, puede terminar con los talibanes en el gobierno. En Libia, las elecciones presidenciales podrían llevar a Saif Qaddafi al poder y en Siria, es probable que Bashar al-Ásad se mantenga en la Presidencia. Pese a los miles de millones en ayuda extranjera, difícilmente podría decirse que Iraq es una democracia liberal en funcionamiento. Quizás tengamos que apoyar soluciones políticas que no nos gustan en otros lugares problemáticos del mundo, entre ellos Somalia, Yemen, Congo, Sudán del Sur, Mali, la República Centroafricana, Venezuela e incluso Ucrania.

Debemos aceptar que los Estados nacionales adoptan sistemas políticos diferentes y, por nuestro propio bien, dejar de percibir el mundo como dividido entre regímenes democráticos y autoritarios, entre países buenos y malos. El panorama político mundial es mucho más complejo y Occidente ya no tiene poder para cambiar esto.

Irónicamente, es posible que sea el gran número de Estados nacionales lo que absorba puntos de vista y enfoques políticos divergentes en todo el mundo y lo que impida que estos se transformen en conflictos abiertos. La diversidad política de los Estados nacionales aporta así un factor crucial de estabilidad global. El gobierno global sin Estados nacionales no podría lograr lo mismo.

Fortalecer las Naciones Unidas

En esto consiste la ventaja comparativa de las Naciones Unidas, un sistema de gobierno global construido sobre la base de Estados nacionales y que ha desarrollado un marco normativo e institucional en torno del cual pueden agruparse Estados miembros con diferentes sistemas políticos. Esta es la debilidad de las Naciones Unidas, pero también su fortaleza. Con base en su Carta Orgánica, existen ahora numerosas convenciones y acuerdos internacionales a los que se ha sometido la mayoría de los gobiernos del mundo. Dos conjuntos de normas son de particular importancia para construir la cooperación entre Estados nacionales con diferentes sistemas políticos:

- sus tratados e instrumentos de derechos humanos definen las relaciones entre un Estado y los ciudadanos de cualquier país miembro, independientemente del sistema político que este tenga. Incluyen los derechos políticos y civiles, los derechos económicos, culturales y sociales y los derechos de las minorías, las mujeres, los niños, los migrantes y las personas con discapacidades;

- la Agenda de Desarrollo Sostenible de 2030 provee un marco para que todos los Estados miembros trabajen en forma conjunta en los temas apremiantes que enfrenta nuestro planeta: de la erradicación de la pobreza a la seguridad alimentaria, de la educación a los servicios de salud, de la seguridad del agua a la energía, y del cambio climático a la justicia económica y social.

El mundo no será un lugar perfecto, pero si construimos sobre la base de lo que une a los Estados miembros y nos enfocamos menos en lo que los separa, podríamos convertirlo en un lugar mejor. En oposición a lo que piensan quienes diseñan políticas en la actualidad, las Naciones Unidas todavía ofrecen el mejor –y quizás el único– foro para esto.


Traducción: María Alejandra Cucchi

Fuente: https://www.ips-journal.eu/regions/global/article/...