Coyuntura

¿Por qué Evo Morales sigue siendo popular? Las fortalezas del MAS en la construcción de un nuevo orden

Evo Morales cumplió en enero pasado siete años en el poder, lo que ya lo hizo ingresar en la acotada lista de los gobiernos más largos de una historia caracterizada por la inestabilidad política social. Pese al desgaste de la gestión, el mandatario boliviano mantiene una aprobación que ronda el 50%. ¿A qué se debe esa fortaleza política, que lo blinda por el momento contra cualquiera de sus contrincantes electorales? Este artículo, apelando a las cifras y al análisis sociopolítico, explica las fortalezas económicas, políticas y sociales del Movimiento al Socialismo (MAS) en un contexto económico inimaginable hace una década.

¿Por qué Evo Morales sigue siendo popular? Las fortalezas del MAS en la construcción de un nuevo orden

El 28 de marzo pasado, durante la celebración de un nuevo aniversario de la fundación del partido de gobierno, el Movimiento al Socialismo (MAS), Evo Morales y Álvaro García Linera iniciaron el esfuerzo para ser reelegidos por segunda vez como presidente y vicepresidente de Bolivia en 2014. Dadas las restricciones legales que pesan sobre esta pretensión, esta se viabilizó mediante una autorización especial del Tribunal Constitucional. Pero lo cierto es que el MAS y sus dos candidatos no solo estarán presentes en las elecciones, sino que constituirán el eje en torno del que girarán todas las campañas electorales.Luego de seis años de gobierno, el oficialismo carece de la excitante aura de novedad que lo rodeaba al principio del llamado «proceso de cambio». En líneas gruesas, el cambio ya ha sucedido y cambiar ha dejado de ser la pulsión dominante del país, como lo fuera entre 2002 y 2009. El aporte principal del MAS a la innovación boliviana ya está hecho; el futuro de este partido depende ahora de su posibilidad de representar la continuidad de las leyes, las instituciones y las políticas que diseñó y aplicó durante estos años.

Esta afirmación, sin embargo, es problemática. Hoy la lucha ideológica boliviana se sigue entablando en torno de la cuestión del cambio: ¿fue una promesa cumplida y en qué medida? ¿En qué consistió realmente la transformación del país, qué signo tuvo (socialista, nacionalista, capitalista de Estado)? Tal es el motor del debate político, porque de la dilucidación de estas interrogantes depende la posición que cada partido ocupa respecto del gobierno: aliado, seguidor crítico, adversario o enemigo.

Un signo de que Bolivia pasa por una nueva etapa es que la discusión ya no se proyecta hacia el futuro, como ocurrió durante tanto tiempo, sino hacia el pasado. Puesto que su potencial revolucionario se ha disipado en gran medida, el proceso boliviano ha entrado en una «etapa retrospectiva», consagrada a hacer balance y a rentar de los «años heroicos».Lo que queda es el capital acumulado por el MAS durante y gracias a su gestión de gobierno. Este artículo describirá este patrimonio –sobre el que se erigirá la nueva campaña electoral masista– para mostrar que no es un castillo de naipes, como señala la mayor parte de la oposición. Nuestra pretensión es hacer una evaluación objetiva de lo sucedido desde un punto de vista muy preciso: la edificación de un nuevo orden. Por esta razón, medidas como la creación de empresas estatales poco sostenibles, que son decisiones discutibles para lograr el desarrollo nacional, se ponderan por su capacidad para insertar a determinados grupos poblacionales en el aparato estatal, evitar conflictos civiles, asegurar la presencia del Estado en el territorio y en los mercados, a fin de favorecer a los productores locales. Y así…

Para quienes se ubican a la izquierda y a la derecha del MAS, las transformaciones de estos años han sido más retóricas que reales, más simbólicas que materiales, más obra de la casualidad que de la voluntad, y ha habido más errores que aciertos. Las distintas oposiciones coinciden en este diagnóstico, aunque apoyándose en razones diferentes. Para la oposición de izquierda, las realizaciones del régimen no se corresponden con los sueños iniciales. Se ha recaído en el desarrollismo extractivista y en el nacionalismo populista de los años 50. El avance que se ha logrado en la lucha contra la desigualdad social es mucho menor que el que podría haberse alcanzado de otra manera. Los medios empleados habrían terminado convirtiendo el MAS en un partido «tradicional», es decir, vertical, demagógico, caudillista.

Para la oposición de derecha, en cambio, el problema comenzó con los sueños: el estatismo sería un medio para cambiar el modelo de redistribución, para favorecer a los sectores allegados al gobierno (dificultando de paso la actividad privada), pero no para enfrentar los problemas estructurales del país. El empoderamiento de los indígenas habría sido simbólico, primero, y segundo, se ha restringido a los grupos cercanos al oficialismo, ya que los indígenas de carne y hueso siguen sin contar con oportunidades económicas, que son las que en definitiva importan. La economía marcha bien por obra del boom de los precios internacionales del petróleo y otros minerales, que ha impulsado el consumo interno de bienes importados y de aquellos que solo se pueden producir en el país («no transables»), pero Bolivia sigue obteniendo la mayor parte de sus ingresos de la exportación de dos o tres variedades de materias primas. Y el gobierno estaría despilfarrando los ingresos extraordinarios que recibe en proyectos carentes de racionalidad económica.

Estas críticas tienen un mismo defecto: señalan lo que las realizaciones gubernamentales no hacen o no llegan a ser, pero no observan con espíritu veraz lo que sí hacen y sí son. De ahí la oportunidad y la necesidad de escribir estas líneas.

Fortalezas económicas

El gobierno de Evo Morales está coincidiendo con el mejor momento económico de la historia boliviana. La existencia de una relación causal entre ambos hechos es dudosa, ya que la principal dínamo de la bonanza nacional son los elevados ingresos por exportaciones, que en una década han pasado de alrededor de 2.000 millones de dólares a estar en el orden de los 10.000 millones. Estos ingresos, a su vez, se deben a los altos precios internacionales. Sin embargo, hay que atribuir al gobierno el mérito de haber impedido que este flujo se perdiera por la fuga de capitales al haber nacionalizado la principal cadena exportadora, la del gas, y algunas minas y fundiciones claves. Además, gracias a la política de fortalecimiento de la moneda nacional y la debilidad de las finanzas internacionales, las inversiones en bolivianos son la norma, como se observa en la cifra récord de depósitos y créditos (equivalentes a 7.700 millones de dólares y 6.400 millones de dólares, respectivamente) con que la banca cerró 2012. Además, Bolivia nunca tuvo un monto igual de reservas internacionales, más de 14.000 millones, es decir, casi 60% del PIB.