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Populismo de otrora y de ahora

El gobierno de Hugo Chávez en Venezuela combina rasgos tanto del populismo histórico como de un populismo de generación reciente que algunos sociólogos denominan «neopopulismo». La novedad está en que, a diferencia de los viejos populismos, Chávez ha probado ser muy afecto al militarismo. Al igual que otros movimientos de este corte, el gobierno chavista mantiene una relación ambigua con las instituciones democráticas y un acentuado inmediatismo que mina la institucionalidad y la democracia misma. Allí pueden ubicarse las razones que explicarían el deslizamiento de los populismos delegativos hacia formas autoritarias propensas a reproducir esquemas totalitarios de gobierno.

Populismo de otrora y de ahora

El gobierno de Hugo Chávez en Venezuela combina rasgos tanto del populismo histórico como de un populismo de generación reciente que algunos sociólogos denominan «neopopulismo». La novedad está en que, a diferencia de los viejos populismos, Chávez ha probado ser muy afecto al militarismo. Al igual que otros movimientos de este corte, el gobierno chavista mantiene una relación ambigua con las instituciones democráticas y un acentuado inmediatismo que mina la institucionalidad y la democracia misma. Allí pueden ubicarse las razones que explicarían el deslizamiento de los populismos delegativos hacia formas autoritarias propensas a reproducir esquemas totalitarios de gobierno.

Introducción

En los últimos años, tanto en América Latina como en el resto del mundo, se ha desplegado un intenso debate alrededor del populismo. El retorno de líderes con fuerte carisma y gran ascendiente sobre las masas, como lo fueron Juan Domingo Perón en Argentina o Getulio Vargas en Brasil, ha hecho resurgir el interés por el tema. Numerosos trabajos se han escrito intentando dar cuenta de la significación de la emergencia en los últimos lustros de fuertes liderazgos basados en un gran carisma personal, no solo para sus respectivos países, sino para la región. Estos trabajos han permitido dimensionar lo que la literatura ha bautizado como «neopopulismo» y, a la vez, establecer comparaciones con los populismos históricos, aquellos que tuvieron lugar en los años 40 y 50 del siglo pasado.

El chavismo en Venezuela guarda muchas semejanzas con esos populismos. Replica el peronismo cuando intenta un diseño de sociedad cerrada, sin ranuras, al molde del proyecto del máximo jefe, pero también lleva la marca de los nuevos tiempos cuando se aviene a fórmulas económicas que pueden portar el signo de las corrientes neoliberales o reniega de los viejos partidos políticos, desde un discurso fuertemente antipolítico.

Partiendo del reconocimiento de la estirpe populista del gobierno de Hugo Chávez, este documento intenta sistematizar los rasgos que posibilitan su ubicación tanto en los viejos como en los nuevos fenómenos de esta naturaleza, siguiendo las líneas teóricas que algunos autores han desarrollado para el estudio de cada uno de ellos.

Chávez y el viejo populismo

Casi todas las características que han sido atribuidas a los viejos movimientos o gobiernos de corte populista se reproducen en Chávez con sorprendente parecido. Así, una fuerte retórica anti statu quo y una disposición a incorporar a los grupos menos favorecidos al sistema político han sido señalados por Ellner como elementos de coincidencia entre el chavismo y el peronismo. De igual modo, las políticas de injerencia en la economía, así como las de corte social, son características apuntadas por este mismo autor. Pero aquí no se agotan las semejanzas. Si atendemos a algunos elementos tales como la movilización popular, la dinámica carismática de liderazgo, el programa reformista más que revolucionario (Knight 1998, p. 1) o, como ha señalado Bourricaud (en Ianni 1975, p. 60), una concepción del desarrollo en sentido autónomo y una preferencia por las coaliciones antes que por la acción de clases al modo marxista, terminamos por cerrar el círculo de las similitudes con los viejos populismos.

En primer lugar, y al igual que Perón, Chávez ha desplegado a lo largo de su actividad política un discurso que se identifica básicamente por su antielitismo: contra los partidos políticos, contra la Iglesia, contra los medios de comunicación, contra los empresarios, contra los viejos sindicatos. «Cúpulas podridas» es el calificativo que Chávez ha empleado desde los días de campaña electoral para designar a los representantes del antiguo establishment. Este discurso antielitista se apoya en una lógica divisiva de la sociedad, a partir de la cual se construyen nudos antagónicos que oponen en el imaginario al pueblo contra la oligarquía y a la Nación contra el imperialismo. De allí que el ataque contra los factores de poder no se agote en los espacios domésticos.

Otro de los frentes discursivos más radicales que Chávez ha abierto es aquel que tiene por blanco a Estados Unidos, encarnado en la figura de su primer mandatario, George W. Bush. Vale la pena recordar que este rasgo no está presente en el Chávez de los primeros años, cuando el enemigo por vencer se representaba en la «oligarquía» nacional; pero en la medida en que sus adversarios fueron perdiendo poder y dejaron de constituir una amenaza para su régimen, la frontera fue corriéndose hacia una exterioridad enemiga, más allá de los límites nacionales, como la que encarnan EEUU y su gobierno.

En segundo lugar, el chavismo ha reavivado la llama del nacionalismo en América Latina. Como se sabe, el nacionalismo populista tuvo su momento más fervoroso en los 40 y los 50, tiñendo tanto a las izquierdas como a las derechas del continente. Pueblo y nación se fusionaron en una sola identidad, cuya representación personificaba el líder populista, portador simbólico de todas las virtudes que se sintetizan en la gente llana, en la simpleza del populus. La otra cara del antiimperialismo en Chávez es su nacionalismo. Nacionalismo que no solo asimila la nación con el pueblo sino a su propia persona con el colectivo nacional, resumido en los excluidos, tal como Perón lo hizo en su tiempo. De allí que su retórica aparezca fuertemente protagonizada por su ego, espacio semántico a partir del cual parecieran encontrar referencias todos los demás espacios del imaginario nacional.

En tercer lugar, al igual que en los viejos populismos, la promesa de redención de los excluidos se ha hecho presente en el proyecto chavista. Pero esta promesa pasa necesariamente en el discurso por la imperiosa necesidad de aniquilar a los responsables de la exclusión en el pasado, so pena de que, como ha indicado García Pelayo (1981), «el reino feliz de los tiempos finales» –reino en que las promesas de redención se materializan– no se haga sustancia.

Ciertamente, el gobierno chavista ha estimulado vigorosamente la participación a partir de la creación de organizaciones de base popular pero sujetas al interés del proyecto del líder. Como apunta Pecaut (1987, p. 251), «el populismo hace por primera vez del igualitarismo en América Latina un componente central de las representaciones políticas. Pero ese igualitarismo no pretende participar en la autonomía de la sociedad civil ni de la instauración de lo social a partir de sí mismo». Con atención al caso particular del peronismo, Portantiero y De Ipola (1981, p. 14) han señalado que «el peronismo constituyó a las masas populares en sujeto (el pueblo) en el mismo movimiento por el cual sometía a ese mismo sujeto a un sujeto único absoluto y central, a saber, el Estado corporizado y fetichizado al mismo tiempo en la figura del jefe carismático».