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Occupy Wall Street: ¿la contracara del Tea Party?

El movimiento Occupy Wall Street (OWS) suele ser comparado, en medios periodísticos, con otro mucho más poderoso surgido desde fuera del sistema político estadounidense –y contra él–: el Tea Party. No obstante, mientras este último toma mucho del llamado «anarquismo de derecha», elogioso del egoísmo individual y de la ausencia de Estado, los activistas de OWS pusieron en la agenda una crítica, aún difusa pero efectiva, a esos valores conservadores fundantes de la identidad estadounidense, tratando de iluminar ideas y caminos progresistas que ese mismo mito originario ha cobijado desde el comienzo.

Occupy Wall Street: ¿la contracara del Tea Party?

En unos años, cuando alguien pregunte en el bar de turno en qué momento «se jodió» el sistema político de Estados Unidos, muchos responderán con una fecha precisa: el 11 de septiembre de 2001. Y se habrán equivocado. Los atentados terroristas confirmaron cambios en la política exterior post-Guerra Fría y aceleraron transformaciones en la vida interna que hicieron del comienzo del siglo XXI estadounidense una verdadera «década infame». Pero para encontrar algo genuino y nuevo en ese relato, habrá que mover el calendario un poco más adelante y detenerse en dos días sin brillo, el 19 de febrero de 2009 y el 2 de febrero de 2011. En sigilo, y sin que nadie imaginara lo que vendría, en esas dos fechas comenzaron a funcionar el Tea Party y Occupy Wall Street (OWS), los dos movimientos que pusieron en cuestión un sistema político estable y centrista, que hacía aparecer el bipartidismo como la competencia entre dos propuestas similares y opacaba la profunda polarización ideológica sobre la que esa misma sociedad está fundada. No es la primera vez que esa polarización se hace pública, pero lo ocurrido en estos dos años refleja y produce una de las mayores crisis de un sistema político que durante las últimas tres décadas se recostó en los principios fundantes del conservadurismo como núcleo duro de consenso y estabilidad. Si la discusión hoy pasa por ver si ese consenso se reconstruye sobre nuevas bases o es reemplazado por otro, se debe a la fuerza con que estos dos movimientos erosionaron –hasta ponerle fin– un statu quo que hizo de la competencia por el centro político la única estrategia democrática de poder en EEUU.

Ahí empiezan y terminan las similitudes entre el Tea Party y OWS, que protagonizan un mismo proceso pero desde veredas opuestas y en direcciones divergentes. El obstinado acostumbramiento de analistas y periodistas, convencidos de antemano de la irrelevancia de la política, dio base a gran cantidad de artículos que sugieren que se trata de fenómenos parecidos. El cansancio por la falta de respuestas ante una economía que no se recupera, la exasperación, la crítica a los partidos y a sus representantes, y la denuncia a las elites por traicionar a sus representados se citan como aquello que los pondría en un mismo plano. La ubicuidad del término «populismo» vino en ayuda de estos análisis, entendiendo el populismo (uno de los términos más maltratados por la prensa estadounidense) en su formulación más vaga, como un espíritu antielites que se presenta bajo la dicotomía pueblo/antipueblo.

Pero bajo una mirada más atenta, el énfasis en las similitudes esconde mucho más de lo que muestra. Si algo debería quedar claro después de leer estas líneas, es que lo que da fuerza a ambos movimientos son ideas de sociedad irreconciliables. En su lenguaje genérico, OWS expresa la demanda de una política descentrada de los ejes de libertad individual y derechos de propiedad como bases del sistema democrático, con estrategias que son en parte novedosas y en parte una recuperación del movimiento contracultural de los años 60. Y al igual que con este, lo menos importante para entender su influencia es detenerse en su éxito o su fracaso. Con la expansión global que logró en sus primeros dos meses de existencia y la influencia que unos cientos de jóvenes acampando en el centro de Nueva York han logrado en la agenda política nacional, la irrupción de OWS ya cambió la historia reciente de EEUU.

I. El Tea Party se puso en marcha sin que nadie lo advirtiera, en la mañana del 19 de febrero de 2009, cuando el periodista económico de la cadena CNBC, Rick Santelli, lanzó una retahíla de acusaciones contra el gobierno y su plan de salvataje para los propietarios de bajos ingresos que no podían pagar sus hipotecas. El periodista, ex-miembro de un fondo de inversión, estaba dándole forma a una de las interpretaciones más difundidas de la crisis financiera estadounidense, según la cual millones de personas pobres habían actuado con irresponsabilidad al tomar créditos que no iban a poder pagar. «Losers» (perdedores), los llamó Santelli horas antes de que abrieran los mercados, y dejó latente la posibilidad de que en breve se reuniera un «Tea Party» en Chicago para evitar que el gobierno usara fondos públicos para ayudar, supuestamente, a quienes estaban perdiendo sus hogares. Evocaba así el motín del té de finales del siglo XVIII que pasó a la historia como Boston Tea Party, contra los gravámenes introducidos por Gran Bretaña, y que se considera a menudo un antecedente de la Guerra de la Independencia.

Desde ese día, el movimiento creció de forma espontánea y exponencial, ganando consenso entre millones que veían los primeros meses de la presidencia de Barack Obama como una amenaza. Identificando sus ideas con los fundamentos de la nación, el Tea Party recibió entonces el empuje, apoyo y agenda de algunas de las principales cadenas televisivas y radiales y de los conductores y periodistas más populares del espectro conservador. El movimiento se hizo fuerte entre personas de mediana edad y adultos, en su mayoría hombres, abrumadoramente blancos, radicados en su mayor parte en los suburbios y sobre todo en aquellos distritos históricamente alineados con el Partido Republicano. Socialmente anclado en las clases medias, el Tea Party obtuvo de inmediato el apoyo directo e indirecto de grupos económicos y elites políticas conservadoras de larga tradición ligados a industrias diversas, desde las aseguradoras de salud hasta los contratistas de defensa, al mismo tiempo que extendía su base de consenso de forma masiva y hacia sectores sociales más bajos. Surgido de forma espontánea, el Tea Party integró a la política activa a muchos que nunca antes habían participado, al mismo tiempo que se nutría de un discurso arraigado en el núcleo duro de la ideología de las elites norteamericanas.El crecimiento del Tea Party fue tan rápido que en apenas unos meses estuvo en condiciones de incidir dentro del Partido Republicano. Así, logró imponer a hombres y mujeres identificados con su agenda como candidatos a diputados y senadores en las elecciones de 2010, con una oposición marcada a fuego contra el gobierno de Obama. Si el Tea Party no es explícitamente racista en su discurso, el racismo extendido que despertó la llegada de Obama a la Casa Blanca es la arcilla básica que da forma a la «excepcionalidad norteamericana» sobre la que se monta su propuesta política. Arraigada en los orígenes del pensamiento religioso y del liberalismo estadounidense, la idea de EEUU como un experimento único en el mundo tiene como centro un orden social en el que la homogeneidad desplaza a la igualdad, que se asienta sobre los principios del derecho a la propiedad y la libertad individual y que concibe la moral religiosa como fundamento del orden político. La superposición del Tea Party con otros movimientos novedosos y explícitamente racistas (sobre todo, el de aquellos que ponen en duda la nacionalidad estadounidense de Obama) o tradicionales y de derecha (la National Riffle Association, los think tanks económicos conservadores, los movimientos contra la legalización del aborto, etc.) reafirmó el racismo intrínseco que encuentra en cualquier propuesta política que cuestione esa excepcionalidad norteamericana una contaminación foránea a los elementos (y la raza) constitutivos de la nación.