Ensayo

Nueva civilización política, barbarie económica

Dos visiones diferentes frente al neoliberalismo. Dos posicionamientos muy distintos en el mundo político. Dos cosmovisiones distantes al extremo. El reciente libro de los asesores de campaña Jaime Durán Barba y Santiago Nieto, mentores del acceso al poder de Mauricio Macri en Argentina, y el del ex-ministro de Economía griego Yanis Varoufakis nos permiten acercarnos a la actual razón neoliberal desde perspectivas opuestas: la de quien busca que los políticos se amolden
al nuevo contexto posdemocrático y la de quien intenta situarse como un político antisistema desde el interior del propio sistema. Por eso resulta productivo pensar en conjunto La política en el siglo XXI. Arte, mito o ciencia y Comportarse como adultos. Mi batalla contra el establishment europeo.

Nueva civilización política, barbarie económica

Todos sabemos lo que hay que hacer, lo que no sabemos es cómo hacer que nos reelijan después de hacerlo.

Jean-Claude Juncker

José María Velasco Ibarra, presidente de Ecuador cinco veces –una de ellas como dictador–, contrajo matrimonio con una poetisa argentina, y una placa en el Barrio Norte de Buenos Aires señala la sede de su exilio en la ciudad. Como a tantas figuras de su país, nadie lo recuerda en Argentina. Los argentinos, tan cosmopolitas en su autoimagen, ignoran la historia de sus vecinos regionales. La cultura popular latinoamericana abunda en bromas contra esta y otras altanerías. Ilusoriamente conectados de manera directa con el «centro del mundo» –Europa y Estados Unidos–, los argentinos han comenzado a experimentar vuelcos históricos en su cultura política. La sorpresa no es solo que el «posmoconservador» Mauricio Macri esté ahora en el poder pregonando aquella ficticia conexión directa que fascina a las clases medias autóctonas, mientras demora en producir resultados tangibles en términos de inversiones externas. Se trata de que, de pronto, un ecuatoriano se haya convertido en el principal intelectual público de estas tristes provincias; a Jaime Durán Barba se lo señala como artífice del triunfo presidencial de Macri.

¿Principal intelectual público? Después de lograr que su pupilo vernáculo se proyectara desde la presidencia de un importante club de fútbol asociado a un barrio popular –Boca Juniors– hacia el control de la capital del país como jefe de gobierno y luego hasta la cúspide del poder nacional, resulta comprensible que uno de los consultores de campaña más exitosos de América Latina sea incapaz de disimular su orgullo profesional y goce exhibir sus vastos conocimientos mediante libros, artículos y declaraciones provocadoras que los medios locales replican. Macri acredita esa reputación, puesto que constituye su principal pergamino profesional: logró ubicarlo en el poder del tercer país de la región, en términos económicos y demográficos, cuando apenas había quien lo presagiara. De allí que sea simplemente natural que, junto con su asociado Santiago Nieto, también ecuatoriano, Durán Barba pretenda acuñar en mármol para la posteridad un apotegma personal, a la vez incierto y poco original en el panorama de la political science establecida: la política es una ciencia como las naturales.

Eso concluyen Durán Barba y Nieto tras la extensa digresión con la que inician su libro La política en el siglo xxi, donde fundamentan sus ocurrencias a partir de la historia de la física y la astronomía, el origen del lenguaje y la crítica a los dogmas de las religiones orientales y de las monoteístas. Quien opine lo contrario sería alguien incapaz de comprender su época.

Hacia una ciencia política realmente científica

Los autores sostienen una epistemología singular y buscan respaldo en un colaborador del diario El País de Madrid, el físico Jorge Wagensberg, y en reputaciones más consolidadas: Thomas Kuhn y Carl Sagan. Hay que ir a los hechos –sostienen en este libro–, puesto que la marca de la verdadera ciencia consiste en buscar descripciones empíricas y no perder tiempo en teorizaciones, tal como esas heterogéneas eminencias habrían demostrado. La cuestión reside en respetar «la lógica y el sentido común» sin enredarse en perimidas lealtades a los fantasmas del marxismo (los únicos mencionados).

Teorizar es propio de fanáticos sometidos a unos decadentes criterios de autoridad: «Lenin lo dijo», «Gramsci lo escribió», «Marx ya lo había anticipado». La única autoridad racional deriva de la observación fáctica, no de la cita a los próceres, adorados por sectarios, que solo formulaban teorías indiferentes a los hechos. Pocas páginas después, sin embargo, se lee lo siguiente: «Einstein expuso la teoría general de la relatividad, Stephen Hawking trató de asociarla con la teoría cuántica y teorizó acerca de la existencia de los agujeros negros. Sus trabajos causaron polémica, fueron un aporte al avance de las ciencias, pero ahora tienen que integrarse en una teoría general». La teoría no parece aquí un tema tan tóxico o propio de dogmáticos. Por otro lado, ¿qué observaron en la realidad Einstein o Hawking? ¿Acaso no derivaron sus concepciones de puras especulaciones, a la espera de pruebas que las validaran? La apelación al prestigio de las autoridades, que Durán Barba y Nieto deploran, se vuelve aquí palmaria. Eso no es muy científico. Para colmo, solo arroja resultados contradictorios con lo que pretenden respaldar a partir de dos grandes nombres de la ciencia.

La epistemología de Durán Barba es unilateral y atrasa varias décadas. El revolucionario trabajo de Kuhn, durante mucho tiempo el filósofo estadounidense más difundido (al menos hasta la irrupción de John Rawls), ha sido sometido a múltiples críticas y ajustes a lo largo de los años y no es el caso de reseñarlas aquí. El empirismo de Durán Barba y su socio tambalea. Es que no hay observación posible sin teoría: todo dato es producto de un sistema que lo busca, lo interpreta y lo reinterpreta a la luz de nueva evidencias o de nuevas teorías. El taxativo «sistema de la ciencia» que ilustra este libro produce sorpresa o sonrisas. Puede impresionar a un público de políticos elementales, pero su alcance se restringe a esa audiencia, quizá la única a la que buscan impactar con su despliegue de referencias.

Sin embargo, los hechos cuentan mucho en política; y en ese experimento crucial que son los comicios, se denominan resultados. Durán Barba y Nieto lograron un excepcional desempeño electoral en Argentina. Combinando lo más nuevo del escenario político nacional (Propuesta Republicana, pro) y lo más antiguo (la Unión Cívica Radical, ucr), consiguieron desplazar al peronismo del poder tanto en el plano nacional como en el principal bastión electoral, la provincia de Buenos Aires. Allí, para mayor desafío a la sabiduría recibida, ganó una mujer poco conocida (María Eugenia Vidal) y quebró así la tendencia que relegaba a las mujeres a heredar el control de sus maridos (como Hilda «Chiche» Duhalde) o de sus antiguos jefes que aspiran a competir en ligas mayores y les conceden un puesto para que todo quede bien atado en las instancias que dejan atrás. En 2017, Durán Barba y Nieto repitieron la hazaña, incluso la ampliaron: lograron más votos para el oficialismo en las elecciones de medio término y, como se ufanó el consultor, esta victoria es inédita puesto que se consiguió en medio de un feroz ajuste de salarios y de tarifas de servicios públicos. Esto constituyó un desafío a la llamada «maldición de Juncker» enunciada en el epígrafe del presente artículo.

En La política en el siglo xxi no se pierde ocasión de tomar distancia de las vetustas ilusiones políticas del «sesentismo»; con todo, el postulado central es una bien conocida frase de esa época, adaptada al tema del libro: el candidato es el mensaje. En sus páginas podemos encontrar que en la comunicación política adquieren relieve todo tipo de elementos, pero el menos importante es aquel al cual mentalidades todavía modernas siguen apegadas: el contenido programático de la propuesta partidaria. Los votantes no están interesados en él, lo consideran aburrido; exigen soluciones en lugar de afirmaciones de principios. Deciden su voto por motivos emocionales más que intelectuales. Solo una parte insignificante del electorado sopesa programas o adhiere a alguna ideología. En política, el único actor racional es el consultor; los otros se mueven por vanidad (los candidatos) o por impulsos sentimentales, identificaciones emocionales, o bien por lo que ven en la red u opinan sus conocidos (los electores). La tarea del consultor consiste en lograr que una corriente de empatía emerja del océano informativo que nos inunda y se dirija subrepticiamente hacia un perfil político determinado. Para ello es preciso que su discurso se refiera a temas que atraen a la gente desinteresada por la política y que su imagen comunique novedad y una positiva levedad. De este modo, es posible que esa figura pase a formar parte de la conversación social digitalizada. Ese objetivo es lo más decisivo en campaña. Se vuelve preciso entonces que el candidato, por lo común un personaje egocéntrico, pueda someterse a una disciplina diseñada por el consultor, quien no debe abusar de la publicidad –la política no es marketing–, sino centrarse en determinar en cada caso qué mueve la voluntad del electorado.

Los viejos partidos y las antiguas maneras de transmitir, centradas en ideas expuestas con una oratoria solvente y en intuiciones sociológicas, han quedado definitivamente atrás. El secreto de la política consiste en entender que ella ya no cautiva a casi nadie. El nuevo votante es pragmático y deplora la confrontación entre los dirigentes. Los más jóvenes suman al desinterés generalizado una profunda desconfianza. Y no son los únicos que la tienen. Los acuerdos de las elites que decidían el curso de los acontecimientos en el pasado ya no funcionan; los electorados se rebelan contra las cúpulas que negocian a sus espaldas. Esto explicaría el «Brexit», la derrota de los demócratas en Estados Unidos y el rechazo a los Acuerdos de Paz en Colombia, tres fenómenos desconcertantes que signaron el año 2016. La «gente común» cambió de mentalidad. No quiere quedar relegada al papel de espectador pasivo que aplaude a un jefe o convalida un contubernio.

El fin de la «era de la palabra» en política genera, de un modo algo paradójico, una opinión pública más autónoma aunque volátil en sus preferencias electorales, aseguran los autores. En la tradición occidental, la autonomía y la libertad siempre se asociaron al uso de la razón, pero ya habría dejado de ser así. La fuente de la libertad se cifra en la ruptura de los viejos lazos identitarios que vinculaban a individuos y grupos con alguna posición partidaria; eso todavía caracteriza a una minoría de la sociedad, pero carente de futuro. Durán Barba y Nieto abundan sobre la maravilla de la comunicación total e instantánea que ha derribado las fronteras del pudor, así como la sumisión a los prestigios que rigieron la conducta de generaciones previas. La fuente de la libertad no es el uso de la razón, como creían los iluministas, sino el uso de internet. El chisme es más potente que el concepto; hablamos para murmurar, no para debatir.

Como afirmó Ralph Waldo Emerson y repitió Jorge Luis Borges, los argumentos no convencen a nadie. En palabras de La política en el siglo xxi: «Cuando un candidato ofrece algo, las palabras que pronuncia no son tan importantes como el efecto que produce en los electores el conjunto de su comunicación, incluidos los contextos, los eventos y las actuaciones». Un candidato sería apenas un holograma cuyas capacidades son connotativas; aquello que su voz denota llega a unos receptores que en realidad reciben los significados a través de su inteligencia emocional.

Durán Barba y Nieto no se limitan a redundar sobre la superioridad de las técnicas para la victoria en unos comicios (a las que apenas se refieren, para desilusión de los lectores). Aspiran a mucho más. Pretenden respaldar sus comentarios y consejos en una visión antropológica. Interpretan la esencia del Homo sapiens, sus motivos para hablar, las causas profundas de sus conductas. Afirman haber llegado a esta sabiduría guiados por la ciencia y el estudio de los electorados. Desde luego, no hay ninguna ideología en lo que sostienen, solo evidencia empírica (aunque, a diferencia de los científicos, apenas la dan a conocer). Las valoraciones sobre la condición humana oscilan, incoherentes, entre la euforia apologética (nunca fuimos tan libres ni estuvimos tan informados) y la negatividad (la sociedad «parece capturada por la banalidad», todo es exhibicionismo y entretenimiento, «Google domina al mundo»). Al mismo tiempo –el principio de no contradicción tiene escasa incidencia en esta filosofía–, retratan a los seres humanos atrapados en sus pantallas y desprecian la soberbia moderna que califica de superficial nuestra cultura.

La política en el siglo xxi, de manera inusitada, se comporta como un vulgar candidato. Promete y no cumple. Lo que abunda en la política finalmente llegó a las librerías y funciona bien. El libro está destinado a fascinar a su público real: la masa oportunista que pugna por candidaturas.

¿Tragedia griega, isabelina o policial negro?

No menos narcisista a su modo –puesto que es el relato en primera persona de las peripecias de un héroe (griego)–, pero en absoluto cínico, Yanis Varoufakis expone en Comportarse como adultos. Mi batalla contra el establishment europeo las crudas verdades infraestructurales –por usar un vetusto vocabulario– que Durán Barba y Nieto estilizan en un nivel superestructural. El autor fue ministro de Economía durante 162 extenuantes jornadas en el gobierno de la Coalición de la Izquierda Radical (Syriza, por su acrónimo en griego), partido por el que fue elegido parlamentario con el mayor número de votos en enero de 2015. Con un talento narrativo inesperado, el libro repasa su lucha contra la hegemonía europea del neoliberalismo. Esta palabra aparece, empero, pocas veces en el texto. El hecho es, por una parte, sorprendente; por la otra, se vuelve superfluo, puesto que la denominación es reemplazada por algo más sustancial: una descripción detallada de sus mecanismos operativos en los niveles institucional y global.

El vasto volumen se lee como un policial hard-boiled, si bien su autor, descartando el lugar común de la tragedia ática, prefiere ubicar la historia que relata bajo el sangriento signo de Macbeth. El asesino se conoce de antemano, el suspense deriva de los entretelones que llevan al crimen. Y son muy animados, están expuestos con lucidez, resultan lúgubres y cómicos a la vez. Ninguna otra memoria política contemporánea compite con Comportarse como adultos, cuaderno de bitácora de un outsider calificado al que su destino (helénico) ubicó de pronto en el tempestuoso núcleo del «círculo rojo» mundial.

La primera conclusión que se extrae de este thriller crematístico es que –recurrentes tecnicismos aparte– en el mundo de las altas finanzas institucionales apenas se trata de razones económicas (¡estúpido!). Varoufakis deja en claro desde el comienzo que los acreedores de Grecia se muestran menos interesados en recuperar sus miles de millones que en la imposición de un programa de ajuste salvaje, el cual –y esta es la segunda aclaración importante– saben perfectamente que no funcionará para el logro de sus objetivos declarados.

El deudor jamás obtendrá, mediante recortes salariales y presupuestarios en todo nivel, un ahorro siquiera suficiente para afrontar los intereses de los préstamos acordados. De modo que se verá obligado a pedir otros préstamos y a someterse a «reestructuraciones» todavía más dolorosas (e inútiles) que dinamitarán sus posibilidades de recuperación y lo llevarán a una catástrofe humanitaria, en la que Grecia ya se hallaba sumida. ¿Por qué se insiste entonces en una receta tan imposible como cruel? En una conversación privada reproducida en el libro, la directora del Fondo Monetario Internacional (fmi), la francesa Christine Lagarde, reconoce ante el autor que ella advierte de sobra las consecuencias del «plan», pero alega que quienes lo promueven invirtieron en él tanto «capital político» que ya no se puede dar marcha atrás ni en el caso griego ni en ningún otro. Porque el «programa» de ajustes es el mismo para todo el mundo, y este es otro motivo para que no se admitan excepciones, sea cual fuere la situación de algún país específico.

«Adultos en el cuarto» (adults in the room) es otra frase de Lagarde que el libro aprovecha como título en su edición en inglés. Su sentido sugiere que toda resistencia al «programa» es una niñería, los argumentos contra él redundan, todos los conocen; en las negociaciones, se trata de comportarse como adultos y acatar sus directivas. Otra versión del tina thatcherista (iniciales de There is no alternative), a esta altura ya sinónimo del liberalismo global: las cosas son de una sola manera, quien no lo vea así es inmaduro, idiota o demente.

Amplios motivos liberales

Como el liberalismo se considera a sí mismo sinónimo de racionalidad, cualquier oposición a sus bases no puede sino provenir de alguna especie de terrorismo. No hay para él adversarios, solo criminales; los opositores admitidos discuten detalles, no fundamentos. Esta anatomía del pensamiento liberal no proviene de la izquierda, sino del polémico Carl Schmitt, un conservador católico coyunturalmente aliado al nacionalsocialismo antes de la Segunda Guerra Mundial. Aunque Comportarse como adultos no lo menciona, y cualesquiera hayan sido las aberraciones de Schmitt, su diagnóstico aún constituye la mejor síntesis de la forma mentis dominante en la llamada troika con la que Varoufakis chocó una y otra vez en su papel de ministro. La troika es el grupo integrado por el fmi, el Banco Central Europeo (bce) y el decisivo –aunque no surgido de elecciones y, como llegamos a saber, carente de estatuto institucional– Eurogrupo, integrado también por todos los ministros de Economía de la Unión Europea. Con una gracia peculiar derivada de la precisión de su prosa y de rápidas digresiones en las que exhibe un tacto peculiar para el detalle significativo y una sutil capacidad para la observación humana, Varoufakis deja testimonio de su primer encuentro (en todos los sentidos de la expresión) con el Eurogrupo en Bruselas. Los integrantes de este homogéneo cuerpo de tecnócratas coinciden con el diagnóstico del flamante ministro griego en el sentido de que es preciso reestructurar la deuda, detener la hecatombe social del país y estimular su crecimiento para salir de la espiral del endeudamiento. Sin embargo, se niegan a cualquier modificación del «programa». Debaten diez horas seguidas porque el griego quiere anteponer, como débil objeción, la palabra «modificado» al sacrosanto «programa» en la declaración final. Pero hay una rotunda voluntad que se niega: la de Wolfgang Schäuble, ministro de Finanzas alemán, ostensible macho alfa de la manada. La capitulación debe ser incondicional. Nadie osa levantar la voz. Las mayores comparsas con que cuenta el ministro germano son los pequeños países bálticos de la ex-órbita soviética, sumados a Eslovaquia y Eslovenia.

La economía griega está en bancarrota y Varoufakis arriesga todo. El peligro más inminente es el colapso del sistema bancario de su país en cuestión de horas si el bce retira su asistencia, algo con lo que su presidente, el italiano Mario Draghi, ya lo había amenazado apenas unos días antes en Fráncfort. Las cartas del ministro son escasas, pero letales: el súbito abandono del euro –un «Grexit»– provocaría un terremoto continental, pero también un inmediato desastre doméstico, puesto que, entre muchos otros motivos, no hay un solo dracma disponible para afrontar el más sencillo intercambio.

Entretanto, la corrida bancaria helénica ya se había desatado. El «Grexit» constituía para Varoufakis un indeseado plan x, según lo denomina, pero necesitaba organizarlo para el caso de que no consiguiera vencer la rigidez del alemán y su compacto grupo de adláteres. Debía comprar tiempo. Opositor en su momento a la entrada de Grecia al euro, el ministro apenas contaba con un margen de maniobra para un plan b (que diseña a toda velocidad); la segunda opción era salir de él (plan x) conteniendo sus inmediatos efectos caóticos, aunque a mediano plazo constituyera una solución factible para escapar del laberinto económico. Este es uno de los aspectos que diferencian la crisis griega de la que sufrió Argentina a partir de finales de 2001 –además del hecho de que Grecia carece de commodities–: el control de la moneda soberana y la posibilidad de devaluarla. Grecia solo podía depreciar salarios y pensiones, un proceso sin final a la vista en el que el país venía embarcado desde hacía tiempo y al que el gobierno de Syriza –al menos eso prometió en las elecciones– aspiraba a poner freno. Una vez elegidos, no sabían cómo hacerlo. Era casi la inversión de la «maldición de Juncker».

Una primera reunión con Schäuble ya había tenido lugar días antes en Berlín, ocasión en la que este renovó sus credenciales como cuadro mayor del ordoliberalismo tradicional en su país a partir de la última posguerra. Un antiguo colaborador, transfugado ahora al bando de Varoufakis, le anticipó algunos rasgos personales del superministro alemán: ante todo un abogado, débil manejo económico, odia los mercados, ardiente europeísta que goza interpretar el papel de policía malo, si bien se puede debatir con él. Previamente, el encargado de finanzas italiano le había comentado en Roma que cuando le preguntó a Schäuble cuál sería la medida decisiva que debería tomar para ganar su confianza, este le respondió sin vacilar: «una reforma laboral de mercado». Coherente con este retrato, Schäuble no perdía ocasión de contraponer la probidad alemana a la corrupción griega; entrando en cuestiones de fondo, le aseguró a Varoufakis que el Estado de Bienestar europeo era excesivo en su generosidad y debía ser sacrificado sin contemplaciones en el altar de la productividad global. Un comentario general, aunque propedéutico respecto de lo que tenía que prescribirle a Grecia. Y no solo a ella. Su objetivo final no era Atenas –ni Madrid, ni Roma–, sino París.

Si la férrea ortodoxia de Schäuble no sorprendía a nadie, los dobleces de los socialdemócratas europeos todavía pueden llamar la atención. Tanto el responsable de la economía del gobierno de François Hollande como el jefe del Partido Socialdemócrata Alemán (spd) que cogobernaba con la canciller Angela Merkel (única persona capaz de contrarrestar la radicalidad de Schäuble, al menos en ocasiones) coinciden en privado con el programa que les expone Varoufakis para resucitar la economía de su país. Pero tras esos cónclaves a cuatro ojos sigue la habitual ronda de prensa donde, sin previo aviso, declaran todo lo contrario ante el ministro con el que habían departido minutos antes. Varoufakis interroga a ambos personajes sobre el brusco cambio de actitud. Sigmar Gabriel reconoce que cada vez le cuesta más ese tipo de piruetas; el francés es menos individualista: «Francia ya no es lo que era», arguye con una sonrisa. Para un antiguo asesor del Movimiento Socialista Panhelénico (pasok, por sus siglas en griego) como Varoufakis, estos episodios no hacen sino confirmar el carácter continental de la capitulación socialdemócrata ante el dogma del tina. El único cuadro europeo que se revela más consistente es uno que haría historia tras el naufragio del Partido Socialista Francés (psf): Emmanuel Macron, entonces uno de los varios funcionarios económicos de Hollande, pero sin presencia en el Eurogrupo. Una gestión de buena voluntad de Macron en el clímax de la crisis fue abortada por el entorno de su presidente. Las vueltas de la historia hicieron de Macron el líder que ahora intenta aplicar à la française el menú de Bruselas-Berlín.

Regreso a Ítaca

La propuesta de la troika era desastrosa no solo para Grecia, sino también para los contribuyentes europeos, puesto que se trataba de financiar lo que no tenía futuro alguno e iba a demandarles cada vez más dinero dirigido, en realidad, a sostener a los bancos griegos cuyos propietarios estaban fundidos (solo en los papeles, puesto que se habían beneficiado de los muchos préstamos y habían fugado sus ganancias). Sobre estos fundamentos, Varoufakis imaginó entonces que esos contribuyentes podrían ser los dueños de los bancos, algo que la troika rechazó de plano. El problema era que no podían permitir que un gobierno con ideas alternativas se saliera con la suya y generara émulos en el muy endeudado continente, aun cuando solo se hablara de reestructurar las deudas y no de repudiarlas. Una vez superada la coyuntura de la quiebra bancaria griega que inicialmente amenazó el entero sistema financiero alemán y francés antes de la asunción de Syriza, el dinero seguía sin ser lo más importante para los acreedores. La subordinación era lo central. En el Eurogrupo nadie deseaba ver emerger a Grecia cuando se aproximaban elecciones en Irlanda, Italia, España y Portugal, países que habían sido sometidos a la disciplina fiscal. Los españoles, aclara Varoufakis, tampoco querían ver triunfar los proyectos de los amigos de Podemos.

Las ideas de Varoufakis no solo eran resistidas por el ala izquierda de Syriza, sino también por otros analistas internacionales que las rechazaron por considerarlas demasiado moderadas, inviables en el campo de fuerzas políticas vigente en la arena europea y excesivamente favorables a los intereses de los acreedores. Eric Toussaint lo acusó de connivencia con la antigua clase política de su país y de ofrecer apenas una rebaja del superávit exigido por Bruselas, cuando debía propugnar un déficit para movilizar la inversión y expandir el gasto social. Estos planteos presuponen el repudio a las instituciones europeas y a su moneda única. Como su prioridad era mantenerse en la zona euro, Varoufakis, según este comentario, admitía bajo ciertas condiciones las privatizaciones exigidas que debilitaban al Estado griego y aceptaba entregar a Europa la propiedad de la arruinada banca privada, a cambio de fundar un ilusorio banco para promover el desarrollo nacional. Lo que debía hacer –según estas opiniones– era atenerse al programa inicial de Syriza y forzar una auditoría de la deuda con participación popular mientras se suspendía todo pago. Pese a sus concesiones, y como no podía ser de otra manera, su plan keynesiano fracasó y Alexis Tsipras terminó firmando un acuerdo leonino tras el alejamiento de su ministro.

Más allá de las objeciones que puedan elevarse al programa que expone Comportarse como adultos para salir de la crisis, el libro describe un panorama político de máximo interés. Muestra, por ejemplo, que la ahora popular noción de «hechos alternativos» o posverdad se incubó primero en los cónclaves financieros (un antiguo funcionario del fmi no duda en advertirle que allí se miente descaradamente). Varoufakis relata una y otra vez reuniones en las que sus interlocutores le daban la razón, para luego alinearse con posiciones dogmáticas en los plenarios, por no hablar de los gráficos y cálculos erróneos con los que respaldaban sus dictados. Las contraargumentaciones en esas cumbres, ironiza Varoufakis, tenían el mismo efecto que entonar el himno nacional sueco.

Por otra parte, su propio ministerio estaba colonizado por burócratas que respondían a Bruselas y percibían sueldos incluso mayores que el del primer ministro. El delegado de Grecia en el Eurogrupo era un quintacolumnista al servicio de la troika, así como también un apreciado ex-colega de la universidad al frente del «independiente» Banco Central del país, herencia envenenada del gobierno anterior hundido por las políticas que le habían impuesto desde el eje Bruselas-Berlín. La oficina de impuestos tampoco le respondía. Lo curioso es que la troika insistía en visitas de sus expertos a Atenas para recabar datos de los que ya disponía de primera mano. Se trataba en realidad de escenificaciones políticas: columnas de autos de alta gama que llevaban a funcionarios coloniales a hoteles cinco estrellas rodeados de seguridad y con la clase política indígena a su disposición.

En el desenlace, el aspecto decisivo fue que en el partido en el poder comenzaron las conspiraciones y defecciones, encabezadas por la del propio jefe del gobierno de Syriza, Tsipras, cuya actitud oscilante, depresiva en ocasiones, lo condujo a la capitulación ante la troika pese a que había conseguido un impresionante 61,31% de apoyo popular en un referéndum sobre la deuda. En realidad, asegura Varoufakis, Tsipras lo había convocado para perder y justificar su sumisión, aunque obtuvo una victoria impactante. Nadie, fuera del ministro, festejó el arrasador triunfo en la casa de gobierno. Al día siguiente, con todo el capital político para enfrentar de nuevo al Eurogrupo, el ministro debió renunciar porque le resultó claro que su premier estaba decidido a firmar cualquier acuerdo que se le presentara desde Bruselas. Resulta difícil entender por qué esperó tanto para dar ese paso. A lo largo de los últimos tramos del libro trata de justificarse sin llegar a convencer. Arguye motivos de lealtad, espera que Tsipras recapacite, se apega a ciertos gestos, comentarios y señales inconsistentes.

Ya era evidente, sin embargo, que su jefe político se había entregado o había caído en la trampa mortal que le había tendido Merkel. El paso final fue la aprobación, a espaldas del resultado electoral, de un programa recalcitrante avalado por abrumadora mayoría parlamentaria (232 diputados entre el oficialismo y la oposición pro-troika), con solo 32 votos en contra de disidentes de Syriza y 11 abstenciones. El devastador plan, un documento de 1.000 páginas, mal traducido al griego, llegó por la noche y se votó a primera hora de la mañana siguiente.

Este episodio nos lleva al núcleo político de la historia de la deuda griega, que por supuesto se proyecta al destino de las democracias occidentales. En una de sus primeras asambleas con el Eurogrupo, Schäuble afirma que las iniciativas de Varoufakis para alterar los términos de un fracasado acuerdo financiero no se pueden aceptar puesto que no es posible que «las elecciones permitan cambiar la política económica». Son irrelevantes para lo que realmente cuenta. Las opiniones populares no pueden torcer el curso de la realidad. Aquí reside una cifra de la crisis de legitimidad de las democracias actuales. Grecia sucumbió finalmente a la troika, pero los complejos e indirectos efectos de su hundimiento quizá puedan rastrearse en reacciones posteriores como la del «Brexit» o la emergencia de Donald Trump. En un contexto así, la ingeniería electoral de Durán Barba y su socio –su scienza nuova para las democracias– no parece tener tantas perspectivas. Hay contenidos que se ponen en juego para todos en momentos de agudización de la crisis.

Varoufakis soportó una lluvia radioactiva de críticas mediáticas paneuropeas que lo persiguieron incluso después de su renuncia. Pero el poder periodístico concentrado (en Grecia pasó a manos de los bancos, en cuyo control vieron la posibilidad de su supervivencia) no logró torcer la voluntad de los votantes en el referéndum. Por otra parte, las comunicaciones del ministro estaban interceptadas. Jeff Sachs, un economista estadounidense –«ex fmi»– que colaboraba con él lo llamó de nuevo tras una conversación para contarle que el National Security Council de su país se había comunicado para confirmar si la amenaza de default de la que habían hablado un momento antes iba en serio.

Los alemanes, de su lado, conocían sus maniobras para obtener asistencia financiera de China y las bloquearon para impedir que Grecia pudiera recibir oxígeno por fuera de su área de influencia exclusiva, estatuto reconocido por los propios funcionarios de eeuu. En este último país, sin embargo, Varoufakis recibió el espaldarazo simbólico de unos sindicalistas demócratas. El consejo que le dan es la versión proletaria de las consideraciones de Schmitt: «Se quejarán de tu irracionalismo hasta que adviertan que no pueden comprarte o engañarte o intimidarte. Solo entonces negociarán en serio, a menudo muy tarde por la noche».

Las noches interminables son una constante en este libro, donde nadie descansa y se suceden el estrés y las inútiles reuniones. El lema de esos sindicalistas de Washington estaba inscripto en la pared de sus oficinas: «Ninguna persona razonable logró nunca nada». Así enfrentaban la selectiva y autocontradictoria razón liberal. Nada parece más sensato.