Opinión

México: un país en busca de identidad

México parece haber quedado atrapado en sus múltiples transiciones y no tiene ni identidad ni rumbo claro que le permitan establecer relaciones con el exterior que redunden en beneficios para su población. A pesar de los esfuerzos por hacer del país uno de los tres miembros de América del Norte, ni sus ciudadanos ni los observadores externos pondrían a México en esa región, o al menos no a bote pronto, ni siquiera porque más del 80% del comercio del país se lleva a cabo con esa región o porque unos veinte millones de mexicanos residen al norte del río Bravo.

México: un país en busca de identidad

En cualquier libro de texto sobre América Latina, México ha merecido siempre un capítulo en solitario. Esto es porque el país no ha transitado por las mismas etapas históricas que sus vecinos regionales. Así las cosas, México, si bien comparte el pasado colonial con el resto de los países iberoamericanos, empezó una andadura distinta, particularmente al término de la Revolución mexicana, momento en el que se instauró un régimen sui generis, que nunca fue una dictadura y que, a falta de mejores términos, alcanzó sólo el calificativo de dictablanda.

Contrario a lo que se hubiera pensado, ese régimen consiguió sobrevivir más de setenta años en el poder y llevó a México de ser un país subdesarrollado, de obreros y campesinos, a uno que, en su momento, fue descrito como el país en vías de desarrollo más globalizado, al haber abrazado sin pudor la ola liberalizadora de la segunda mitad de los ochenta y los años noventa. Más aún, desde 2000, año en que se consiguió la alternancia en el poder, en buena medida concedida por el régimen anterior, se habla de una transición democrática sin precedente en la historia latinoamericana.

Sin duda, la transformación de México ha sido radical y esto, por obvias razones, ha repercutido en sus relaciones internacionales. Del país cerrado al exterior, casi autárquico, con una política exterior basada en los principios de la Carta de Naciones Unidas, con un Estado omnipresente y aferrado al nacionalismo revolucionario y a la «revolución institucionalizada» del partido hegemónico, México ha pasado a ser una de las economías más abiertas del mundo, como evidencia el gran número de tratados de libre comercio firmados con cuanto país o conjunto de países lo haya permitido, incluidos el Tratado de Libre Comercio de América del Norte, firmado con Estados Unidos y Canadá, y que implicó un giro de 180 grados en su política exterior, y el Acuerdo Global, firmado con la Unión Europea.

De igual forma, de la autarquía se pasó a depender casi totalmente de las importaciones y exportaciones, así estas últimas hayan dejado de ser eminentemente petroleras para incluir manufacturas. Los principios que, durante décadas, marcaron la política exterior de México y le permitieron al país y a sus diplomáticos adquirir un lugar preeminente en los organismos internacionales cedieron el paso a «nuevas» formas de hacer política exterior, a nuevas agendas y a nuevas alianzas, a pesar de que están consagrados en la Constitución. Del Estado mexicano de antaño, tras la aplicación a rajatabla del Consenso de Washington, no quedó ni la sombra; en muchos casos, ya no se trata de un Estado ausente, sino de uno inexistente. En cuanto a la ideología de fondo, del nacionalismo revolucionario o del oxímoron de la «revolución institucionalizada», tampoco queda nada; en su lugar, ha aparecido un popurrí de ideas que, para la mayoría de los mexicanos, y más aún en su realidad cotidiana, tienen poco sentido: democracia, derechos humanos, Estado de derecho…

Así las cosas, México parece haber quedado atrapado en sus múltiples transiciones y no tiene ni identidad ni rumbo claro que le permitan establecer relaciones con el exterior que redunden en beneficios para su población. Si se parte del tema de la identidad, cuesta trabajo colocar a México en categoría alguna. A pesar de los esfuerzos por hacer del país uno de los tres miembros de América del Norte, ni sus ciudadanos ni los observadores externos pondrían a México en esa región, o al menos no a bote pronto, ni siquiera porque más del 80% del comercio del país se lleva a cabo con esa región o porque unos veinte millones de mexicanos residen al norte del río Bravo.

Si se intenta colocar a México en América Latina, la historia reciente del país revela que no sólo no se ha acercado a sus contrapartes latinoamericanas, sino que quizá se ha alejado aún más, particularmente a partir de su gran apuesta para pertenecer a América del Norte. En consecuencia, México no ha transitado por el mismo camino que ha llevado a América Latina a virar a la izquierda, moderada o populista, como se esperaría en países democráticos con grandes rezagos y desigualdad sociales como éste, y tampoco está en la vanguardia del discurso internacional latinoamericano.

México no es el país más pobre ni del mundo ni de su propia región, pero tampoco es el más rico; de ahí que algún ocurrente pensara que el mejor papel que podía desempeñar este país en el escenario internacional era el de «puente» entre Norte y Sur, entre ricos y pobres, entre América del Norte y América Latina. El único problema de esa idea es que, para ser puente, tiene que haber quien reconozca al país como tal, lo cual está lejos de ser el caso. América del Norte no necesita a México de mediador para hablar con la América del Sur, como se demuestra día a día con la renovada relación entre Estados Unidos y Brasil. En el caso del diálogo entre ricos y pobres, a pesar de ser miembro de G-5 o del G-20, México no figura en las nuevas agrupaciones, se trate de los BRIC (ni manera de meter una M en tan peculiar acrónimo) o de la descollante Asia. Tal parece que la autopercepción de «país amigo» o «país bisagra» (¡vaya término desafortunado!) es otra de esas características que México no comparte con nadie más.

Si en este momento se hace una evaluación del papel internacional de México, queda claro que cualquier opción de liderazgo quedaría, si no cancelada sí pospuesta, dado el marasmo en el que se encuentra el país. Esto es particularmente cierto si se piensa en cualquiera de los nuevos temas de la agenda global: medio ambiente (no ha sido ni es aún una prioridad), migración (no basta con ser el mayor exportador de personas de América Latina para participar en esa conversación, y menos si se padece de «esquizofrenia migratoria» a juzgar por el doble discurso en la materia, dependiendo de si se trata de la frontera norte o de la frontera sur), narcotráfico (tener al Ejército en las calles implica que el Estado se jugó ya la última carta, sin que por eso se pueda augurar un buen final), derechos humanos (las violaciones a los derechos humanos en el país son ostensibles, recurrentes y crecientes, por lo que un discurso de defensa de estos derechos de cara a la galería internacional goza de poquísima credibilidad), operaciones de mantenimiento de la paz (un Estado atado a su pasado y con la soberanía como valor máximo difícilmente puede ser un socio creíble en este rubro), etcétera.

Ante este escenario, creo que es fundamental que el país parta de una profunda evaluación de quién es y qué quiere ser en el escenario internacional. Para eso, el único camino es la educación, pues no será sino hasta que los mexicanos estemos seguros de quiénes somos (un pueblo mestizo) y a dónde vamos (los vínculos con Estados Unidos no pueden más que crecer en el mediano y largo plazos, sobre todo con la gran cantidad defamilias trasnacionales que ya existen) cuando podremos encontrar un rumbo claro. En ese sentido, la centro-izquierda debería desempeñar un papel fundamental, pues sería la única parte del espectro político que podría conciliar la apertura hacia el exterior con la fortaleza del Estado en el interior, como lo pide la sociedad a gritos.

No obstante, la tarea no será sencilla. A pesar de lo cerca que pudo haber estado el Partido de la Revolución Democrática de ganar la Presidencia en 2006, tras la resaca del conflicto electoral lo que quedó fue una izquierda mexicana atomizada, debilitada, desprestigiada, atada a sus delirios y lejos de la realidad, amén de desprender un sospechoso tufo a naftalina. También quedó una democracia que, en vez de esperanzar, desilusiona y parece un lujo absurdo en un país con cincuenta millones de pobres, una desigualdad en la distribución del ingreso que permite que coexistan en el mismo espacio los miembros de la lista Forbes con las más lacerantes condiciones de vida, y una clase media que tiende a la desaparición, lo cual pone en entredicho, más que ningún otro rasgo del país, la supervivencia de la democracia. Si a esta mezcla se añade el flagelo del narcotráfico y del crimen organizado, la corrupción de todos los colores políticos, la ingobernabilidad en el país y el muy profundo cambio en los valores de la sociedad mexicana, que ha pasado de creer en la cultura del esfuerzo y del trabajo a pensar que el único signo de éxito está en tener dinero, y si éste llega fácilmente, mejor, es difícil albergar alguna esperanza.

Empero, ése es el país que le tocará vivir a la generación de líderes emergentes. Nosotros no tendremos el recuerdo de los años de «vacas gordas» como tuvieron nuestros padres, pero de nosotros depende que México encuentre por fin la manera de hacer que sus vínculos con el exterior le beneficien. Esto no será posible si no conseguimos que los mexicanos se «internacionalicen» de verdad, que tengan contacto con el exterior y aprendan más sobre el mundo que les rodea, y que se dejen de importar «recetas» para encontrar nuestro propio camino en el mundo que viene.

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