Tema central

Menos desigualdad, más violencia: la paradoja de Caracas

Venezuela constituye una paradoja para los estudios sobre violencia urbana: si por un lado se observa una mejoría en sus indicadores sociales (en niveles de desigualdad, las cifras colocan al país junto a Uruguay), en relación con sus niveles de violencia se ubica junto a los países con las tasas de homicidios más elevadas de la región (como El Salvador o Guatemala). En ese marco, frente a la multiplicación de muertes violentas, cuyas víctimas habitan sobre todo en barrios populares, Caracas parece estar pasando de una ciudadanía del miedo a una (anti )ciudadanía del duelo.

Menos desigualdad, más violencia: la paradoja de Caracas

La mirada teórica y las opciones metodológicas

Pensar en el modo en que convivimos en el espacio citadino nos remite a la noción de ciudadanía. Y en este sentido, la propuesta de Elizabeth Jelin nos parece sugerente para hilvanar nuestra reflexión. Esta autora –dedicada a temas de memoria y ciudadanía– señala que «desde una perspectiva analítica, el concepto de ciudadanía refiere a una práctica conflictiva vinculada al poder, que refleja las luchas acerca de quiénes podrán decir qué en el proceso de definir cuáles son los problemas comunes y cómo serán abordados (…). En suma, tanto la ciudadanía como los derechos están siempre en proceso de construcción y cambio»1. En este quehacer de analizar los procesos sociales a través de los cuales se forja ciudadanía en las prácticas, en las instituciones y en las representaciones culturales, nos parece pertinente que una preocupación central la constituyan los procesos de construcción de subjetividades colectivas e individuales en relación con los otros en general, y con un «otro privilegiado» en particular: el Estado2. Entendemos, pues, la ciudadanía como un proceso situado en la ciudad, en tanto escena y espacio compartido donde nos relacionamos con los otros (cercanos y lejanos) y donde, en esta faena, construimos las fronteras espaciales y morales para definir las inclusiones que constituyen estos nosotros y las exclusiones que definen a los otros.

La constatación de una violencia que, más allá de su traslación en indicadores, se refleja en estados de ánimo que permean las interacciones entre desconocidos en la ciudad nos lleva a hablar de subjetividades preñadas de hostilidad hacia el otro diferente. Observando de cerca las transformaciones sucedidas en una década en Caracas, podemos sostener, siguiendo el agudo texto de Susana Rotker, la existencia de una «ciudadanía del miedo»3. Y en este marco se consolida una animadversión expresada en el establecimiento de fronteras que, además de marcar el espacio (fronteras espaciales), revelan la exacerbación de la hostilidad hacia el otro distinto y reflejan asimismo el endurecimiento de las fronteras morales.

Michèle Lamont propone que el establecimiento de fronteras simbólicas comprende un proceso social básico, generalizado, marcado tanto por los recursos culturales que la gente tiene a su disposición como por la situación estructural en la que se vive4. Las fronteras simbólicas constituyen el tipo de líneas que los individuos establecen cuando categorizan a las personas y marcan el «nosotros» como mejor que el «ellos»; en particular, las fronteras morales son aquellas que se enfocan en cualidades definidas socialmente como el bien, lo correcto, lo deseable5. Así, si bien el levantamiento de fronteras simbólicas entre el nosotros y el otro forma parte de los procesos cotidianos de construcción de identidades, lo que constatamos actualmente es que en periodos en que prevalece el miedo, motivado por una amenaza experimentada como inminente, esas fronteras se acentúan, se vinculan íntimamente a un espacio cada vez más pequeño y su carácter moral se exacerba.

El espacio urbano de Caracas, fragmentado, se tiñe de un intenso carácter moral y se traduce en una cartografía de zonas de peligro y seguridad6 que trunca nuestros itinerarios en la ciudad. La dimensión moral del territorio se realza y el mundo se restringe a los espacios conocidos de la ciudad: el de mi casa y mi familia, los míos; mi comunidad y mis vecinos, el nosotros geográfico inmediato; mis amigos y colegas, un nosotros ampliado que habita y transita en territorios similares. De esta manera, todo aquel que no forme parte del mundo de un nosotros más o menos homogéneo, el otro distinto, es percibido como el mal y, anticipando su intención de agresión, se prepara una defensa también agresiva, base del modelo urbano de confinamiento amenazante que expondremos seguidamente. Y, en su extremo, estando ese otro a tal punto negado, el uso de armas se expande; las soluciones de muerte se esparcen y las muertes ocasionadas no dejan huella, «se tornan necesarias» y nos atrapan en el círculo de deshumanización y violencia en que vivimos en la actualidad.

Finalmente, desde el punto de vista metodológico, en este ensayo deseamos presentar datos que dan cuenta tanto de tendencias generales como de vivencias subjetivas. Este texto se forja en un esfuerzo por reunir datos estadísticos de distintas fuentes y en el afán de registrar y comprender la experiencia de los habitantes caraqueños con respecto a la violencia, los otros y la ciudad, y la significación que estos tienen para ellos, en el marco de distintas investigaciones de aproximación fenomenológica que hemos realizado7. Nuestra avidez interpretativa en esta búsqueda de sentido y la necesidad de significar con palabras los eventos que nos sobrepasan nos llevaron a recurrir y a poner en relación el dato estadístico, el de la encuesta, la anotación producto de la observación etnográfica y la narrativa emergente en una entrevista. Todos estos «datos» nos parecen síntomas de la multiplicidad de sentidos que forjamos en nuestras realidades cotidianas en la Caracas de hoy; no pretendemos abarcarla en su totalidad, sino apostar por propuestas interpretativas que den cuenta de fenómenos que nos parecen salientes.

Menos desigualdad, más violencia

La Venezuela de la Revolución Bolivariana constituye una paradoja para los estudios sobre violencia urbana: si por un lado se observa una mejoría de las condiciones de vida básicas de la población más vulnerable por la inversión social estatal, por otro lado la violencia cobra miles de vidas en una tendencia creciente, precisamente entre estos mismos sectores vulnerables8. Las contradicciones se presentan de manera descarnada: hoy mueren menos venezolanos en sus primeros meses de vida9; fallecen menos niños y niñas por deficiencias nutricionales10; pero muchos niños que son salvaguardados pueden morir al llegar a la adolescencia y a la juventud en enfrentamientos con sus pares o con la policía. En Venezuela, el homicidio constituye la primera causa de muerte para los varones de 15 a 24 años (81% de las víctimas de homicidios son varones)11. Y obviamente existe una distribución desigual del riesgo de morir violentamente dentro de este grupo: la gran mayoría (83%) proviene de sectores urbanos en precariedad12.

  • 1. E. Jelin: «Citizenship Revisited» en E. Jelin y Eric Herschberg (eds.): Constructing Democracy: Human Rights, Citizenship and Society in Latina America, Westview, Boulder, 1996, p. 104.
  • 2. Ibíd., p. 101.
  • 3. S. Rotker: Ciudadanías del miedo, Nueva Sociedad, Caracas, 2000.
  • 4. M. Lamont: «Symbolic Boundaries and Status» en Lyn Spillman (ed.): Cultural Sociology, Blackwell, Malden, 2002.
  • 5. Ibíd.
  • 6. Jean Remy y Liliane Voyé: Ville, ordre et violence. Espace et liberté, puf, París, 1981.
  • 7. Concretamente: Iniciativas juveniles contra la violencia en Caracas: experiencias de jóvenes varones de sectores populares. Y en compañía de Manuel Llorens, Gilda Núñez y John Souto: «Sistematización acuerdos de convivencia entre comunidades y jóvenes de bandas armadas: claves para aprender y difundir».
  • 8. Entre 2003 y 2008, el porcentaje de hogares definidos como pobres en Venezuela (de acuerdo con el método línea de ingreso nacional) ha descendido de 55% a 28% del total de hogares.
  • 9. La tasa de mortalidad infantil se redujo de 19 por cada 1.000 nacidos vivos en 1999 a 13,9 en 2008. Fuente: www.sisov.mpd.gob.ve/indicadores/, fecha de consulta: 18/9/2012.
  • 10. La tasa de mortalidad por deficiencias en la nutrición descendió de 72 a 27 cada 100.000 habitantes entre los niños menores de un año entre 1997 y 2006. Fuente: www.sisov.mpd.gob.ve/, fecha de consulta: 18/9/2012.
  • 11. Ministerio de Poder Popular para la Salud: Anuario de mortalidad, Caracas, ediciones 1997-2008.
  • 12. Según los datos de la Encuesta Nacional de Victimización y Percepción de Seguridad Ciudadana, la gran mayoría de las víctimas de homicidio provienen de los dos estratos en mayor desventaja: 56% del estrato iv y 27% del estrato v. Instituto Nacional de Estadística (ine): Encuesta Nacional de Victimización y Percepción de Seguridad Ciudadana 2009, ine, Caracas, 2010.