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Me acuerdo

Me acuerdo

Me acuerdo del dinero.

Me acuerdo del personaje de Bohumil Hrabal que arrojaba calderilla en las aceras, para que ricos y pobres se agacharan a recogerla, como si les perteneciera.

Me acuerdo de la primera vez que me pagaron por tres libros vendidos, en una boleta rosada. Fue en una librería que no existe, en una unidad monetaria que no existe.

Me acuerdo de El Turco, el perro de dientes criminales de Honoré de Balzac, que recibía a las decenas de acreedores diarios que tenía el narrador con sus ladridos amenazantes mientras Balzac, en el piso de arriba, escribía dos o tres novelas simultáneamente para pagar esas deudas.

Me acuerdo de la sentencia de Elizabeth Costello: «Si aceptas el dinero, también tienes que aceptar el espectáculo».

Me acuerdo de una advertencia a los funcionarios del Estado de Benjamín Franklin: «El primer error que se comete en los negocios públicos es consagrarse a ellos».Me acuerdo de las cartas lastimeras de Edgar Allan Poe a su madrastra, y a veces incluso al padrastro, donde les pide que por favor le envíen dinero.

Me acuerdo de los siete empleos que tuvo que aceptar Mario Vargas Llosa para mantener a Julia Urquidi, su primera esposa.

Me acuerdo de que Charles Dickens dejó al morir, en 1870, propiedades valoradas en 80.000 libras, el equivalente a 8,3 millones de euros. Arthur Conan Doyle, a su muerte en 1931, dejó lo que a día de hoy serían 3,6 millones de euros. Lewis Carroll, quien murió en 1898, dejó 4.145 libras, equivalente a 538.500 euros.

Me acuerdo de que a Michael Chabon le ofrecieron un adelanto, muy generoso, por la primera frase de una novela que aún no había escrito.

Me acuerdo de que Anton Chéjov decidió convertirse en médico rural para paliar así la mala conciencia que le daba ganar tanto dinero con sus obras de teatro.

Me acuerdo de la primera vez que me rechazaron para una beca en una residencia literaria en Berlín.

Me acuerdo del narrador peruano Manuel Scorza, invitado a un encuentro de escritores en Argentina, donde habían publicado una novela suya y supuestamente le adeudaban regalías, quien cuando fue invitado a dar su testimonio anunció: «No traigo una palabra, traigo una cuenta».

Me acuerdo de un mendigo que cada vez que recibía una moneda, la mordía.

Me acuerdo de que había un programa de TV llamado El show de los libros.

Me acuerdo de Herman Hesse, quien al final de su vida le pagaba a un amigo actor para que se hiciera pasar por él y atendiera a sus lectores, dándoles siempre buenos consejos literarios.

Me acuerdo de que Lenin mandaba editar un ejemplar especial del diario Pravda para el anciano Máximo Gorki, que le era enviado todos los días a un hogar también regalado por el Estado, donde no había malas noticias.

Me acuerdo de que la única actividad literaria pública en la que Tomasi de Lampedusa participó fue un encuentro de escritores. Asistió acompañando a un primo suyo, que se las daba de poeta. La manera de vestir de ambos personajes intrascendentes, dicen quienes los recuerdan de esas veladas, era elegantemente provinciana y anacrónica.

Me acuerdo del huraño Thomas Pynchon, de quien solo se conoce una foto escolar de peinado en gomina y visibles dientes de conejo, quien aparece en un capítulo de «Los Simpson» con una bolsa de papel en la cabeza y dos aureolas recortadas en el lugar de los ojos.

Me acuerdo de Lord Byron, quien gustaba posar de aristócrata tanto como de ateo pero cuya herencia real, más allá de los títulos nobiliarios y blasones, era más bien una renta insignificante.

Me acuerdo de que, según Jesús Marchamalo, Clarice Lispector dijo alguna vez que prefería salir guapa en un periódico antes que recibir una buena crítica.

Me acuerdo de una superstición literaria que me confesó, en la década de los 90, el poeta y narrador español Benjamín Prado: cada vez que llegaba a una nueva ciudad, buscaba el primer ejemplar de un libro suyo que veía y lo compraba. En Cusco de esos años no pudo encontrar ningún ejemplar para cumplir su superstición, por cierto, aunque para ser honesto tampoco encontró ninguna librería.

Me acuerdo de una cita de Tolstoi: «El dinero es una nueva forma de esclavitud que solo se distingue de la antigua por el hecho de que es impersonal; no existe una relación humana entre amo y esclavo».

Me acuerdo de una anotación en el diario de Tolstoi: «Le pedí dinero prestado a Turguéniev y lo perdí».

Me acuerdo de una cita fabulosa que encontré de Santa Teresa de Jesús, pero no recuerdo dónde: «Rezo mejor cuando estoy cómoda».

Me acuerdo de Truman Capote (y no hay nada más que decir al respecto, porque con mencionar su nombre ya todas las anécdotas están contadas).

Me acuerdo de Camilo José Cela perdiendo póstumamente el juicio contra una autora que lo acusó de haberse robado el argumento de su novela inédita, que ella mandó al concurso Planeta cuando Cela fue jurado, para escribir La cruz de San Cristóbal.

Me acuerdo de la frase de Gabriel García Márquez: «Todos los editores son ricos, y todos los escritores son pobres».

Me acuerdo de Paul Theroux que, al enterarse de que V.S. Naipaul había vendido a un comprador de libros usados el ejemplar de una novela que Theroux le había dedicado, sin tener la gentileza por cierto de arrancar la dedicatoria, decidió escribir un libro para desnudar la maldad del Premio Nobel indio titulado La sombra de Naipaul.

Me acuerdo del escritor japonés Ryu Murakami, quien editó su nueva novela exclusivamente para usuarios de iTunes.

Me acuerdo de Fogwill diciendo sobre la novela El pasado de Alan Pauls, en la que se identifica a sí mismo como personaje: «él hace un parricidio malo, porque a lo largo de todo eso, hace la misma operación de Borges: que los mocasines, que la modernidad, que la droga, que esto, que lo otro, que el yate, que la regata Río de Janeiro-Ciudad del Cabo. Todo eso. Y en ningún momento dice que yo escribo mejor que él. Y eso es lo primero que tendría que decir».

Me acuerdo de un poeta peruano al cual, en un show de televisión, le regalaron una máquina de escribir eléctrica y un pliego de papel donde una academia literaria lo nominaba oficialmente al Premio Nobel.