Opinión

Los BRICS y el multilateralismo expansivo chino

Con China encumbrada como la defensora de la globalización y el multilateralismo, el bloque integrado por Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica, que prometía hacerle sombra a las potencias occidentales, celebró su primera cumbre formal tras la llegada de Donald Trump a la presidencia estadounidense.

Los BRICS y el multilateralismo expansivo chino

En el clima de creciente polarización que caracteriza al sistema internacional, las estrategias externas de China y Estados Unidos van adquiriendo cada vez más diferencias. Con la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, Washington pasó a implementar un bilateralismo defensivo a la hora de vincularse con los demás países.

Desde esta visión, todo esquema multilateral es culpable hasta que se demuestre lo contrario. Ya sea porque Estados Unidos asume el costo económico para que los demás usufructúen los beneficios –como la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) o la Organización de las Naciones Unidas (ONU)– o porque perjudican a las empresas y al «pueblo norteamericano» –como el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), el Acuerdo sobre cambio climático o el Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP, por sus siglas en inglés)–. Es mejor, entonces, deshacerse de las estructuras que generan ataduras y negociar «mano a mano».

En este juego de las diferencias, China decidió pararse en la otra vereda. La estrategia, en este caso, es la de un multilateralismo expansivo. Según el gigante asiático, las instancias y los organismos de carácter global deben ampliarse cada vez más y todo lo que implique sectarismo y proteccionismo debe ser combatido.

La forma en la que Beijing pretende rediseñar al sistema internacional es un buen prisma para analizar la última cumbre de los BRICS, celebrada –precisamente– en la ciudad china de Xiamen, del 3 al 5 de septiembre. A ello podemos agregar otros dos aspectos que merecen ser destacados: los conflictos entre los integrantes del bloque y el desempeño de los dos países latinoamericanos que participaron del cónclave: Brasil y México (como invitado).

Los BRICS son un grupo estadocéntrico e intergubernamental que pregona como objetivo la cooperación Sur-Sur para el desarrollo entre potencias emergentes. Ahora bien, más allá de esta pretendida horizontalidad, el enorme peso económico que tiene China frente al resto hace que, por momentos, se transforme en un primus inter pares. En este marco, todo parece indicar que China está decidida a hacer del BRICS un eslabón más en su estrategia orientada comandar el proceso de globalización que Occidente –en tiempos del Brexit y de Trump– está dejando vacante. En esta línea hay que interpretar algunos de los puntos de la declaración final y las palabras del presidente chino, Xi Jinping, en el discurso inaugural: «necesitamos abogar por una nueva economía global, apoyar el régimen de comercio multilateral, oponernos al proteccionismo y volver a equilibrar la globalización económica para hacerla más incluyente y equitativa». Esto no significa anular el orden liberal surgido en la posguerra fría, sino adaptarlo a la distribución actual del poder global, reformando las viejas instituciones de Bretton Wodds –como el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial– y, también, creando y expandiendo otras nuevas. No por nada, uno de los resultados más notorios de la cumbre fue el anuncio de que el Nuevo Banco de Desarrollo (NBD) de los BRICS financiará cuatro grandes proyectos de infraestructura por un monto de más de 4.000 millones de dólares.

Sumado a lo anterior, por iniciativa de Beijing fueron invitados los mandatarios de México, de Egipto, de Guinea (que preside la Unión Africana), de Tailandia (a cargo del foro Diálogo de Cooperación de Asia) y de Tayikistán. Si bien no es la primera vez que un país anfitrión convoca a otros países, el convite chino tuvo como condimento adicional que se hablara de un «BRICS plus». Es decir, un bloque que podría sumar nuevos miembros permanentes. Desde luego, nada es azaroso: Egipto y Tayikistán son países importantes dentro del megaproyecto chino de la nueva Ruta de la Seda –la Belt and Road Initiative– y la inclusión de México puede leerse como un mensaje para Estados Unidos: «los heridos de tu proteccionismo son aquí bien recibidos».

Pero no todo es cooperación y cordialidad entre los llamados emergentes. La cumbre de los BRICS estuvo atravesada también por las rispideces entre sus dos miembros más importantes en términos económicos: China y la India. El fuego cruzado entre Beijing y Nueva Delhi tuvo un reciente episodio de tensión militar en la zona fronteriza de Doklam –

un territorio en disputa– que puso en suspenso la asistencia a Xiamen del primer ministro indio Narendra Modi.

Los desencuentros, en realidad, vienen de antes y no se limitan al conflicto fronterizo: en la cumbre de 2016, la India intentó que se declarara a Pakistán «Estado terrorista». China y el resto se opusieron. He aquí el meollo de la cuestión: Pakistán es un enclave fundamental en el trazado geopolítico de la ruta marítima de la seda, ya que le permite a Beijing acceder al puerto de Gwadar. Esto, desde luego, no despierta simpatías en Nueva Delhi. De hecho, el nacionalista Modi decidió no participar en una cumbre sobre la Belt and Road Initiative organizada por China hace unos meses y se encuentra en conversaciones con Japón para el diseño de un proyecto alternativo de conectividad entre Asia y África.

Por último, cabe preguntarse qué pasó con los países de la región que asistieron al cónclave. En el caso de Brasil, como sucede con todo lo relativo a su política exterior, la coyuntura crítica doméstica no hace más que limitar su accionar internacional. En Xiamen, el presidente brasileño, Michel Temer, se limitó a exponer su programa de reformas económicas y aseguró que «la crisis económica no existe». Pareciera que el objetivo de Brasil en los BRICS, hoy en día, se reduce a justificar que es lo suficientemente «confiable» como para seguir mereciendo estar en el bloque. Pero lo cierto es que el país verde amarelo está tan desdibujado, que ni siquiera opinó sobre la invitación a México. Atrás quedaron los tiempos en que Itamaraty manejaba la llave de acceso del resto de América Latina a los BRICS (Argentina bien lo sabe). Eso sí, como resultado de sus gestos «amigables» a las inversiones, Temer se llevó el compromiso de que se va a instalar una oficina del Nuevo Banco del Desarrollo en San Pablo o en Río de Janeiro.

Para México, la asistencia a la cumbre se da en un contexto de renegociación del TLCAN que pone en riesgo el destino del 75% de sus exportaciones. En este marco, diversificar sus vínculos externos es una forma de contrarrestar la dependencia del mercado norteamericano. Un indicador de ello es el lugar que viene ganando China en el mercado automotriz mexicano y en la explotación petrolera, luego de que Peña Nieto terminara con el monopolio estatal sobre los recursos hidrocarburíferos. El problema para el país azteca es el abrumador déficit que tiene en la balanza comercial con China, lo cual contrasta con el superávit que aún mantiene con EEUU. Más allá de este primer acercamiento, todavía resta ver si el «BRICS plus» con México incluido logrará materializarse. Como en todo club, ir como invitado es muy distinto a participar con el carnet de miembro pleno.

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