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Libro 2.0

La revolución tecnológica que afecta al mundo editorial es la más radical que se recuerde desde que Gutenberg inventó la imprenta de tipo móvil. Como es natural, un cambio de tal magnitud ha incubado ideologías, tanto proféticas y amantes del cambio, como reaccionarias y opuestas al cambio, que pretenden predecir y orientar el sentido de lo que viene. Las implicaciones económicas son considerables para todos los involucrados: escritores, editores, agentes literarios, libreros y las grandes compañías de internet que ofrecen libros digitales. Este artículo es el intento de un lector veterano por ubicarse en el agitado maremágnum del Libro 2.0.

Libro 2.0

Es difícil que exista en el mundo una mercancía más extraña que los libros. Impresos por gente que no los entiende; vendidos por gente que no los entiende; encuadernados, criticados y leídos por gente que no los entiende y, lo que es peor, escritos por gente que no los entiende. Georg Christoph Lichtenberg

A riesgo de que me digan dinosaurio, me alegro de no haber comprado un aparato electrónico para leer libros, pese a que lleno mi computador de PDFs que indexo para poder consultar y a que adoro tener bases de datos de todo tipo, además de periódicos y revistas, a un click de distancia.La primera y más obvia duda que me asalta es: ¿cuál aparato comprar? La oferta, que incluye las famosas «tabletas» tipo iPad, cambia día tras día. El primer aparato en volverse popular fue el Kindle, la paradójica respuesta de Jeff Bezos, el fundador de Amazon, a su inmenso éxito a la hora de vender libros de papel por internet. La compañía dio el bandazo sin dolor y hoy, apenas uno abre su página, la oferta del Kindle lo recibe como una suave cachetada. Pronto se multiplicaron los aparatos disponibles: están los Sony Readers (contemporáneos del Kindle), el Nook de Barnes & Noble y el iPad de Apple, mientras que para este año se anuncia la Chrome Tablet de Google y se especula que en poco tiempo podrían lanzarse al mercado hasta cien adminículos con pantalla lectora, no ya para hacerle competencia al Kindle, sino para garantizarnos a los lectores un futuro caótico. El supuesto Libro 2.0 amenaza con convertirse en el Libro 0.25.

Los datos que incluyo en la nota1 son los que nos ofrece la foto vigente durante un par de meses a mediados de este año de 2010, si bien la tendencia no es difícil de detectar: los aparaticos disponibles empezaron caros pues explotaban la novelería de los consumidores, luego descendieron de precio y van a seguir descendiendo, de suerte que tarde o temprano la tentación electrónica estará al alcance de la mayoría de la gente. Al mismo tiempo, es imposible saber cuáles aparatos sobrevivirán y cuáles desaparecerán en unos años. Lo único seguro es que a Bartleby le va a llegar mucha compañía para el Betamax que conserva allá en su escondite de las cartas perdidas y de los objetos fracasados.

Una perogrullada necesaria nos dice que no existe la lectura, sino los lectores, lo que significa que los hay y los habrá para objetos diversos. Pero el que sí es tangible es el precio que se paga por el material que uno lee, el cual también está bajando a marchas forzadas, hecha la importante salvedad de lo que publican ciertas revistas especializadas. Sugiere la tónica despiadada en boga que el precio de los libros bajará al menos hasta que uno, en ese caso necesariamente electrónico, cueste más o menos lo mismo que una gaseosa. Me asalta la pregunta obvia: ¿acaso es tanta la gente que se ha quebrado comprando libros? No, desde luego que no. Los que sí se han estado quebrando con frecuencia son los vendedores de libros –y me abstengo de mencionar a quienes los editan o los escriben, para no deprimirme– porque aunque la competencia es de siempre en la industria, la vertiginosa espiral descendente de los últimos veinte años trajo un rompimiento con la tradición. Cuesta recordar a estas alturas que hubo un tiempo en que el precio no era el elemento central en la compra de libros, al menos no para un grupo importante e influyente de lectores al que podríamos llamar «de tapa dura», quienes aceptaban pagar un sobreprecio considerable por el privilegio de leer una novedad.

Reina, pues, una comprensible histeria en el ambiente. Jason Epstein2, un veterano que solía tener nervios de acero, ahora habla del «miedo a la obsolescencia» como el combustible que mueve esta gran máquina de especulación verbal y ventila su nerviosismo en modo profético, tratando de reducir la ansiedad por medio de arriesgadas especulaciones sobre el porvenir. El futurismo, me temo, es una actividad tanto más peligrosa cuanto que sus saltos sean audaces. No cabe duda de que otras industrias han sido diezmadas y hasta destruidas por cataclismos tecnológicos y que los antecedentes no son tranquilizadores. La gente va del llanto al entusiasmo utópico, dice por su parte Robert Darnton3, director del sistema de bibliotecas de la Universidad de Harvard.

¿Qué es un libro?

Sí, ¿qué es? Dado que estamos sopesando su destino, no sobra recordarlo: un libro es un objeto físico, hecho con hojas de papel impresas por ambas caras y encuadernadas entre dos tapas más resistentes que el resto. Viaja, se mueve con facilidad, no se transforma sino mínimamente con el paso del tiempo, es resistente si uno lo mantiene a salvo del agua y de los rayos directos del sol y requiere apenas de un mínimo cuidado. Tratado con cariño, un libro impreso en papel no ácido puede durar cientos de años. De otro lado, el libro es un objeto con una riquísima tradición, en la que pesan de forma desigual varios factores. Uno fundamental nos dice que antes de la llegada de la imprenta de tipo móvil, los libros eran objetos de costo prohibitivo, casi sagrados por ello mismo, pues se hacían a mano o con planchas fijas, labradas en madera. La invención de Gutenberg redujo los costos y facilitó la impresión de manera dramática, si bien los libros todavía siguieron siendo caros y exclusivos, a precios comparables, mucho más que hoy. Este costo constituyó una influencia crucial en la génesis de la ideología editorial, por así llamarla, que se hizo preciosista, arrogante en su forma y espacio interiores, amén de excluyente: había que rechazar los manuscritos deficientes, había que editar los textos, había que reducirlos a su esencia, había que concentrar sus efectos porque, dados los altos costos, no quedaba otro remedio. En paralelo, al nacer en una sociedad absolutista la industria tuvo que ser genuflexa ante el monarca y la Iglesia, poderes que pronto algunos intelectuales por el estilo de Diderot desafiaron con sus libros. El árbitro en tiempos burgueses pasó a ser el dinero, aunque sus mandatos se podían desoír pagando el precio de la marginalidad. La posterior vulgarización del libro debida a las ediciones en rústica, inventadas en el siglo XIX a la par con la democracia política, creó un segundo mundo, un segundo paradigma editorial, el cual no descartó los elementos centrales del original. Así, hacer un libro siempre fue una de las actividades intelectuales de mayor efecto concentrador que se conocen. No solo se requería de la lectura y comprensión de cientos de libros para producir uno nuevo de mérito, sino que el buen escritor iba por esencias, es decir que tendía a querer suprimir lo superfluo. En el sentido contrario, los libros contribuyeron a alfabetizar a la población y sembraron ideas, diseminando conocimiento y placer urbi et orbi.

  • 1. Un repaso reciente me da por lo menos las siguientes opciones: el Kindle de Amazon por estos días bajó de us$ 489, a us$ 189/us$ 139, según el modelo. Hay tres millones en circulación. Están el Nook de Barnes & Noble (us$ 149 o us$ 199), el Sony Reader (Touch Edition us$ 199,99, Daily Edition us$ 349,99, Pocket Edition us$ 169,99), el iPad de Apple (un mínimo de us$ 499), el más exitoso de todos, con tres millones vendidos en menos de un año. Los libros digitales alternan entre us$ 12,99 y us$ 9,99, con algunos por encima y otros por debajo. No sé a los lectores, pero a mí esa abundancia de 99ves me da la impresión de una inseguridad profunda.
  • 2. «The Revolutionary Future» en The New York Review of Books, 11/3/2010.
  • 3. «Google and the Future of Books» en The New York Review of Books, 12/2/2009.