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Las secuelas regionales de la crisis de Honduras

La crisis de Honduras ha abierto profundas grietas en el debate político regional, no porque se haya convertido en un laboratorio de ideas sino porque es una especie de morgue metafísica, en la que yacen los restos de procesos, normas e ideas que no lograron responder con eficacia a la situación. Quedó claro que la injerencia de la comunidad internacional en los asuntos internos de los pueblos tiene sus límites –así sea para defender el sistema democrático– y que eeuu tiene un interés nacional que trasciende las supuestas buenas intenciones del presidente Obama. En este contexto, el artículo sostiene que Honduras puede ser un punto de partida para pensar críticamente nuestra configuración como región y nuestra inserción en la estructura internacional.

Las secuelas regionales de la crisis de Honduras

Que descansen en paz…

La crítica situación que se ha presentado en Honduras debe ser objeto de atención y de una reflexión detallada. Una crisis local terminó fracturando un conjunto de nobles ideales, que de algún modo no pudieron ocultar el sol con un dedo. Las sombras de lo tradicional aparecieron nuevamente, a partir de ese episodio, y rompieron falsas ilusiones. En este artículo se explora, más que las causas, la proyección regional de la crisis de Honduras.Honduras no se ha convertido en un laboratorio, como han dicho las agencias internacionales y algunos analistas de renombre, sino más bien, utilizando un término forense, en una morgue, donde yacen los restos de personas, procesos, normas e ideas que no pudieron responder a un rosario de acontecimientos duros, olvidados por el paso del tiempo o ignorados por la ausencia de una visión amplia y flexible de la situación actual de la región. Vamos a entendernos: un laboratorio es un sitio donde se analizan datos y se experimenta científicamente. Lo otro es un depósito de cadáveres.

Y es que, de alguna forma, en Honduras se ha dado la convergencia de al menos tres procesos que han modificado, para bien o para mal, la situación regional. En primer término, el golpe y porrazo que significó para muchas almas piadosas la conducta de las Fuerzas Armadas hondureñas al sacar de su residencia al presidente Zelaya. Si él se lo buscó o si fue sorprendido por tal acontecimiento, no importa. Lo cierto es que ese movimiento castrense fue una puñalada certera al Estado de derecho. Desde luego, ese «madrugadazo» no es el único ejemplo reciente de las violaciones flagrantes del orden constitucional en la región. El presidente de Venezuela dicta cátedra sobre «la dama ciega» y se encarga de «sugerir» al Poder Judicial lo que tiene que hacer. En esta parte del mundo sobran los ejemplos de violaciones a los derechos humanos, la libertad de expresión y los procedimientos democráticos. Piénsese si no en los casos recientes de Argentina, Ecuador y Nicaragua.

En verdad, la acción militar contra el presidente de Honduras recordó lo frágil que es la democracia y cómo sus fines se pueden desvirtuar fácilmente. Los golpes de Estado, en principio, son condenables. No obstante, sería inútil utilizar un tapaojos con cadenas de acero alrededor de nuestra frente y seguir juzgando los acontecimientos de Honduras con viejos esquemas, con criterios de un tiempo ya pasado, más acordes con la Guerra Fría o con una visión liberal ortodoxa. La asonada militar reúne una serie de características sui géneris que la distinguen de los cuartelazos típicos de nuestra región.

Las conductas retóricas y desordenadas de la Organización de Estados Americanos (OEA), Estados Unidos, Brasil, Venezuela y otros actores regionales de importancia no contribuyeron a solucionar el problema. Al principio, la acción de los militares determinó un débil consenso en la comunidad internacional acerca de la ilegalidad de la destitución de Zelaya. Rápidamente, sin embargo, se pasó a dos conductas que dividieron a los actores involucrados. La primera se centró en la idea de que no se debía reconocer al gobierno interino y que el depuesto presidente debía regresar al poder. La segunda, más pragmática, sugería darle tiempo al tiempo y reconocer al candidato ganador de las elecciones presidenciales previstas para fines de 2009. Todo esto se dio en medio de una fuerte presencia mediática y de una ausencia significativa de los sectores populares.

No faltaron algunos episodios pintorescos que empobrecieron el proceso. Cabe resaltar, por ejemplo, el vuelo rasante del presidente Zelaya sobre Tegucigalpa en un avión de matrícula venezolana, quizás esperando que el pueblo tomara «el cielo por asalto», la fábula sobre su entrada a la Embajada de Brasil, los pasos resbaladizos del Secretario General de la OEA, las contradicciones surgidas dentro del gobierno de Barack Obama y la conducta peculiar del presidente hondureño de facto, Roberto Micheletti.

Al final, las cortinas se fueron cayendo y fueron pasando, uno tras otro, los actos de esta obra teatral. Pero quedaron dos cosas por estudiar, dos datos empíricamente demostrables: que la injerencia de la comunidad internacional en los asuntos internos de los pueblos tiene sus límites –así sea para defender el sistema democrático– y que EEUU tiene un interés nacional que transciende las supuestas buenas intenciones del presidente Obama, lo que afectó a aquellos que creyeron que se había abierto una nueva etapa, más gloriosa, en las relaciones entre EEUU y América Latina. En verdad, la crudeza del poder no necesitó de las lecciones de Maquiavelo para develarse en Honduras.

En cuanto a las secuelas que deja la crisis, ¿cómo queda ahora el escenario regional? No queremos decir con esto que América Latina y el Caribe están divididas desde la caída de Zelaya. Eso venía de antes, a pesar de los esfuerzos de algunos jefes de Estado por ocultarlo, tales como el presidente dominicano, Leonel Fernández Reyna, y el presidente brasileño, Luiz Inácio Lula da Silva, consagrados artífices del equilibrio político, empeñados en estar con Dios y con el Diablo. Las pugnas personales e ideológicas entre Álvaro Uribe y Hugo Chávez, entre la saliente presidente chilena, Michelle Bachelet, y el mandatario peruano, Alan García, y entre este y el presidente boliviano, Evo Morales, no son algo nuevo ni se originaron a partir de la crisis hondureña.

Sin embargo, es cierto que, luego del golpe en Honduras, las grietas regionales se hicieron más profundas y que, de paso, pusieron en una situación de debilidad a las estructuras de consulta, mediación, negociación, resolución y prevención de conflictos, que en años recientes evitaron muchos contratiempos en América Latina y cuyo máximo símbolo es la Carta Democrática de la OEA aprobada en 2001.

La hora de la verdad

Por más de 20 años, la Escuela de Copenhague, promotora de los conceptos de paz perpetua, seguridad humana y derechos humanos y propagadora del discurso supraestatal, dominó las investigaciones académicas realizadas luego de la superación de la crisis centroamericana de la década del 80 y la caída del Muro de Berlín. Incluso el conflicto colombiano fue analizado bajo estos supuestos, exagerando con la idea de que Colombia era un Estado fallido y que las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) debían ser reconocidas como interlocutor –de tú a tú– por el gobierno de Bogotá. No podía faltar en este discurso la creencia de que EEUU, bajo un gobierno demócrata, se aproximaría a los sentimientos regionales con una política de «zanahoria» y no de «garrote». Tampoco faltó quien dijera que la promoción de la integración y del comercio justos podía reducir las tensiones políticas externas y evitar el proteccionismo y la competencia entre Estados. ¡A fin de cuentas se estaba participando en la globalización!