Opinión

Las relaciones Estados Unidos-América Latina: Honduras como símbolo del cambio

Honduras se ha convertido en el símbolo del cambio en las relaciones entre EEUU y América Latina. El Golpe de Estado perpetrado contra el presidente constitucional de ese país, Manuel Zelaya, vino a certificar la «vuelta de página». Lejos de los años de la Guerra Fría, y lejos también de la era de George W. Bush, el gobierno de Barack Obama condenó el golpe sin atenuantes; suspendió transitoriamente la cooperación militar y su influencia fue clave en la decisión de los organismos multilaterales de frenar toda entrega de dinero a Honduras hasta tanto Zelaya no sea repuesto en el cargo y la democracia, restablecida.

Las relaciones Estados Unidos-América Latina: Honduras como símbolo del cambio

Honduras se ha convertido, por esas paradojas del destino, en el símbolo del cambio en las relaciones interamericanas. A principios de junio, en San Pedro Sula –segunda ciudad de ese país centroamericano–, el gobierno de Barack Obama dio la mayor señal de apertura de Estados Unidos hacia el régimen cubano en 40 años, al apoyar la histórica resolución de la Organización de Estados Americanos (oea) que dejó sin efecto la expulsión de Cuba de la organización votada en 1962. Tan sólo 25 días después, un golpe de Estado perpetrado contra el presidente constitucional de Honduras, Manuel Zelaya, vino a certificar la «vuelta de página» en las relaciones entre eeuu y América Latina. Lejos de los años de la Guerra Fría, cuando Washington apoyaba abiertamente a dictadores en su «patio trasero», y lejos también del velado apoyo de George W. Bush a la intentona golpista de abril de 2002 en Venezuela, la administración Obama no ha dejado margen para las dudas: condenó el golpe sin atenuantes; suspendió transitoriamente la cooperación militar (¡qué lejos de la época en que el Pentágono entrenaba golpistas en la Escuela de las Américas!); y su influencia fue clave en la decisión de los organismos multilaterales de frenar toda entrega de dinero a Honduras hasta tanto Zelaya no sea repuesto en el cargo y la democracia, restablecida. Estos acontecimientos no hacen más que ratificar algo que muchos suponíamos: en la Cumbre de las Américas, celebrada en Trinidad y Tobago en abril de este año, Obama respaldó –y convirtió en su propia política hacia la región– la estrategia del subsecretario de Asuntos Hemisféricos Thomas Shannon. Como afirma el siempre lúcido Abraham Lowenthal, «Shannon representa la ruptura del gobierno de Bush con relación a la preocupación por Cuba y Centroamérica que se venía arrastrando desde la Guerra Fría (…) No es la política de Bush, sino la de un funcionario de carrera, el subsecretario más capaz y efectivo de los últimos 20 años». La Cumbre, en definitiva, vino a explicitar la voluntad de Obama de acabar con los vestigios de la Guerra Fría. Los dos acontecimientos que tuvieron lugar en Honduras (el apoyo a la decisión de la oea de revocar la expulsión de Cuba del organismo y la condena del golpe a Zelaya) son la vívida comprobación de este fenómeno. Ahora bien, ¿significa esto que Obama prestará a la región más atención que la que le han concedido sus antecesores? No necesariamente. Lo que variará es la calidad de esa mirada. Finalmente, un párrafo para Sudamérica. Obama delegará en Brasil el vínculo con la subregión. La excepción, desde luego, estará dada por la situación en Colombia y Venezuela. Para el resto de los países, el presidente norteamericano –abrumado por los conflictos de Oriente Medio y Asia Central y por los desafíos que se ciernen sobre su más «cercana periferia» (México, América Central y el Caribe)– ha decidido delegar en un actor confiable los asuntos de una geografía de la que eeuu se ha retraído sustancialmente en las últimas dos décadas. Por ello no sorprende la reacción de Brasil frente a lo ocurrido en Honduras. El gobierno brasileño condenó el golpe, retiró a su embajador y suspendió todos los programas de ayuda a Tegucigalpa. Pero decidió, al mismo tiempo, no involucrarse directamente en el desenlace de los acontecimientos. Esta toma de distancia tiene que ver con una natural «división del trabajo» con Washington. Luiz Inácio Lula da Silva entiende, con realismo, que su influencia no alcanza a América Central, y esto forma parte de su acuerdo tácito con Obama.

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