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Las chances de América Latina en el mundo que viene

El orden mundial está cambiando, del sistema unipolar generado tras el fin de la Guerra Fría a otro caracterizado por la emergencia de múltiples actores internacionales. Un mundo distinto, en el que los avances tecnológicos conviven con la revalorización de los recursos energéticos y los altos precios de los alimentos. ¿Cómo puede insertarse América Latina en este nuevo orden? El artículo sostiene que la eficacia de la estrategia dependerá de la capacidad para adaptar los viejos esquemas de integración, acordar posiciones regionales comunes en los foros en los que se define la regulación internacional y reformar los Estados para ponerlos a la altura de los nuevos desafíos. Todo esto es esencial para superar el gran déficit de la pobreza y la desigualdad, avanzar en la modernización económica y hacerse un lugar en un mundo cada vez más globalizado, competitivo y complejo.

Las chances de América Latina en el mundo que viene

El correr de la historia, acelerado por influencia de la globalización, plantea a todos los países el interrogante acerca del lugar que pueden ocupar en la cambiante estructura del orden mundial, las reservas que deben movilizar y las condiciones que les conviene aprovechar para afianzar su posición y evitar un deslizamiento hacia la cuneta del desarrollo.Para América Latina, posiblemente este interrogante se plantee de manera especial. Obviamente, no es esta una región que rezume prosperidad. La idea de que no ha logrado insertarse en el proceso de globalización y que ha perdido su importancia internacional se encuentra muy extendida, tanto dentro como fuera de la región. Dos indicios son significativos en este sentido: un pronóstico elaborado por el Consejo Nacional de Inteligencia (CNI) de Estados Unidos y el informe presentado en 2004 por el europarlamentario Rolf Linkohr. Ambos documentos, significativamente aparecidos luego del ciclo neoliberal, se muestran escépticos respecto de las posibilidades de América Latina.

La sentencia definitiva, por supuesto, la tiene la historia. Pero de todos modos, dentro de nuestras modestas posibilidades, podemos analizar las chances centrando el enfoque, por un lado, en las líneas de fuerza de las tendencias globales y, por otro, en los vectores principales de las tendencias regionales. Este cruce permite observar con más claridad los pros y los contras de la prospectiva latinoamericana, en el sentido de la tarea principal de este breve ensayo: señalar a grandes rasgos las chances de los países de América Latina en el orden mundial del siglo XXI.

El contexto mundial

Al caracterizar el contexto externo, no podemos evitar referirnos a la globalización. Pero hace tiempo ya que la tesis acerca de la globalización y su significado predeterminante suena banal. Ya se ha dicho y escrito bastante sobre su contenido tecnológico y su capacidad de influencia. No merece la pena extenderse más en ello, sino comprender que la globalización no es un proceso lineal. En primer término, es esencial y profundamente asimétrica, lo cual se manifiesta claramente en la situación actual de los países latinoamericanos. En segundo lugar, va acompañada por el fenómeno de regionalización, lo que implica que deja en pie ciertas barreras nacionales o establece otros marcos más amplios. En tercer lugar, la globalización es cíclica: por ejemplo, es posible que las turbulencias en la economía de EEUU, que presagian una desaceleración de su crecimiento, se traduzcan en una nueva recesión y una nueva oleada de proteccionismo, posibilidad que se refuerza ante la probabilidad de que los demócratas, tradicionalmente más inclinados a las políticas proteccionistas, lleguen a la Casa Blanca. Por supuesto, semejante desarrollo tendría repercusión negativa en las economías de América Latina.

Pero lo central es que estamos en el inicio de una transición hacia una nueva correlación de fuerzas internacionales, que presagia un relevo gradual en el club de países líderes. Por una parte, hay cada vez más síntomas de que EEUU dejó atrás el momento de apogeo de su hegemonía. El otrora todopoderoso dólar ha perdido su monopolio como moneda de reserva internacional y tiende a depreciarse, al tiempo que la crisis iraquí ha puesto de manifiesto las limitaciones de la preponderancia político-militar de Washington. Y a esto se suma el ascenso de los gigantes emergentes fuera de la zona del «Occidente rico»: China, por supuesto, pero también el resto de los integrantes del BRIC, Brasil, Rusia y la India. Todos ellos, probables socios del club de los principales actores mundiales en el transcurso de la primera mitad del siglo XXI.

¿Ese relevo se producirá sin conmociones? Ojalá sea así. Sin embargo, la historia no registra ningún caso en el que una recomposición semejante del escenario internacional haya transcurrido sin conflictos. Es cierto, por supuesto, que la confrontación inherente al sistema bipolar de la Guerra Fría ha quedado en el pasado, lo cual torna inútil el viejo sistema de regulación global y mantenimiento de la seguridad internacional. Los nuevos retos generan nuevos y graves riesgos: vulneración del régimen de no proliferación de las armas de destrucción masiva, terrorismo internacional, fundamentalismo religioso. A esta altura, ya está claro que la regulación global unipolar no ha cuajado. Sin embargo, en la actual situación de transición es poco probable que se logre implementar rápidamente un nuevo sistema. Y ello dependerá en buena medida de la capacidad de los viejos centros del poder mundial para adaptarse a una situación caracterizada por su pérdida de influencia: el desempeño del gobierno de George W. Bush no genera gran optimismo al respecto. En la Unión Europea, en cambio, se advierte un enfoque más pragmático, tal como lo demuestran las recientes declaraciones del presidente de Francia, Nicolas Sarkozy, sobre la necesidad de incorporar a Brasil, China, la India, México y Sudáfrica al Grupo de los Ocho. Finalmente, habrá que ver si los centros emergentes de poder evitarán exagerar sus ambiciones. Pero, aunque por supuesto no hay garantías totales al respecto, parece difícil que se produzca una segunda edición de la Guerra Fría, por cuanto el eje ideológico de contraposición global ha sido desmontado y, a nuestro juicio, no hay fundamentos que induzcan a la división del mundo en bloques rígidamente enfrentados, ni siquiera en los términos de Samuel Huntington. Lo que lamentablemente no está descartado es que, después de la Guerra Fría, la situación internacional no se convierta en una «paz caliente».

Al considerar esta perspectiva, conviene tener presentes los serios cambios registrados en la estructura del mercado mundial. En la antigua periferia o semiperiferia están surgiendo zonas de demanda masiva de inversiones y artículos de uso y consumo. Además, de allí proviene un poderoso impulso a la demanda de recursos naturales y derivados, con repercusiones inmediatas en la economía latinoamericana. Aunque parezca paradójico, la globalización, en combinación con la innovación tecnológica, se traduce en una revalorización de los productos naturales, minerales y agrarios. Nada indica que esto vaya a cambiar pues, aunque por supuesto pueden interferir las repercusiones de una probable recesión, sus efectos no se traducirán en un frenazo duradero.