Opinión

Las amenazas en Medio Oriente: de la «Media Luna Shía» al Califato Sunni en Irak y Siria

El Califato que la organización islamista del Estado Islámico declaró en Irak y Siria el 30 de junio de 2014 constituye un paso osado y le da al proyecto de los islamistas un significado geopolítico. Pero también es una nueva fuente de conflictos internos (en el amplio y heterogéneo campo de los Sunni) y externos -el Califato es una amenaza para las potencias occidentales que persiguieron un objetivo constante en la región: impedir la emergencia y consolidación de un liderazgo o ideología capaz de generar una potencia regional.

Las amenazas en Medio Oriente: de la «Media Luna Shía» al Califato Sunni en Irak y Siria

La intervención militar estadounidense en Irak en 2003, que derrocó al régimen de Saddam Husein y terminó ocupando el país, rompió el equilibrio geopolítico intra-islámico a favor de los Shía. Pese a los argumentos que trataron de justificar la agresión imperialista -desde la mentira de las armas de destrucción masiva y los supuestos vínculos de Bagdad con el terrorismo hasta el último recurso de la retórica de las virtudes de la lucha contra la tiranía y las virtudes de la democratización- es poco probable que a los estrategas en Washington se les haya escapado ese detalle.

No era su intención, por supuesto, el empoderamiento de Irán, al que probablemente pensaban contener con una presencia militar consolidada con la expectativa de firmar un acuerdo para establecer en Irak bases por un tiempo prolongado. Éstas vigilarían Arabia Saudí, cuna del wahabismo –la interpretación fundamentalista del Islam Sunni, fuente de legitimación para la monarquía de los Ibn Saúd, guardianes de las reservas petroleras y los mayores clientes de la industria armamentista occidental, pero también para la Yihad de Al Qaeda.

Con todo su horror espectacular el 11 de septiembre no había sido más que un ataque terrorista, un mensaje de poder provocador, siendo la verdadera batalla la conquista de la Tierra del Islam para la reunificación de la Ummah –la comunidad del Islam. Esta razón estratégica de la ocupación de Irak complementaría la razón económica: la desestatización del petróleo de Irak.

La retirada de las tropas estadounidenses en diciembre de 2011 no fue solo el cumplimiento de una promesa electoral de Barack Obama; también demostró el fracaso del proyecto de su antecesor. El gobierno de Al Maliki no aceptó la mínima presencia militar que el Pentágono requería y mantuvo bajo control estatal la producción del petróleo luego de acordar que cedería la parte correspondiente a los kurdos aunque sí la privatizaron parcial para atraer capitales y construir la economía de su (no tan) futuro estado independiente en el norte de Irak.

El gobierno de Maliki es la culminación de un proceso interno que la ocupación estadounidense no ha podido impedir. Por error o estupidez, la llamada “desBaasificación” de Irak -que de un día para el otro dejó en la calle unos 400 mil militares iraquíes- fomentó el resentimiento y fortaleció la resistencia a la ocupación, que pronto se radicalizó en términos sectarios. Al Qaeda encontró allí el terreno fértil para su expansión con la convicción de acercarse más al objetivo de reunificación de la Ummah. Así, y simplificando un panorama seguramente más complejo, las elecciones el 30 de enero de 2005 llevaron al poder a los Shía en un supuesto gobierno de coalición con los kurdos y los Sunni, mientras la resistencia a la ocupación y al gobierno la monopolizaban los islamistas de Al Qaeda.

En vísperas de las elecciones iraquíes, el rey Abdullah II de Jordania, fiel aliado de Estados Unidos, advirtió el 7 de diciembre de 2004 que un gobierno sectario en Irak rompería el balance geopolítico entre los Sunni y los Shía en la región. El Rey se refería al factor iraní que se había activado en la reconstrucción del orden político en Irak con, entre otros, la participación de más de un millón de iraníes que, según él, habían cruzado la frontera.

No era la primera vez que las monarquías temían la expansión de la influencia iraní; data por lo menos desde la Revolución Islámica, y, en este sentido, el apoyo que le dieron a Saddam Husein en la guerra entre Irak e Irán en los años 80 constituye un primer antecedente del ejercicio de la política del balance de poder en el Medio Oriente.

La novedad en la advertencia pública de Abdullah II fue la formulación del concepto metafórico de “media luna Shía”, que si se consolidara geopolíticamente se extendería de Irán al Líbano, pasando por Irak y Siria, y no solo amenazaría los intereses de Estados Unidos y sus aliados sino también desestabilizaría los países del Golfo, incluyendo a Arabia Saudí, donde hay un considerable sector de población Shía.

Los eventos de los años siguientes -entre la elección de Mahmud Ahmadineyad el 30 de agosto de 2005 en Irán y el éxito de Hezbollah en la llamada Guerra de 30 Días en julio de 2006- ayudaron a mantener la amenaza del fantasma de la “media luna Shía” en el Medio Oriente. Con este telón de fondo de una dinámica geopolítica en claves sectarias intra-islámicas, dos factores aparecieron a partir de 2009 como contra-balance a la expansión del poder de los Shía.

El primer factor es Recep Tayyip Erdogan, el líder del Partido de Justicia y Desarrollo (AKP) que llegó al poder en Turquía en 2002 y proyectó la imagen de un islam moderado, capaz de democratizar un país que desde su constitución como república en 1924 se encontraba bajo el tutelaje de los militares. Desde su intervención en Davos en 2009, cuando abandonó el escenario de debate con el presidente de Israel Shimon Perez acusando a su país de masacrar a los palestinos en Gaza, Erdogan se posicionó en el Medio Oriente como el nuevo referente y pronto opacó el protagonismo de Ahmadineyad. En los lentes de la geopolítica sectaria intra-islámica del Medio Oriente era el regreso de los Sunni y el desplazamiento del poder de los Shía, aunque el espectro de un “neo-otomanismo”, como se calificó extraoficialmente el giro en la política exterior de Turquía, no convencía a todos.

El segundo factor, y el más importante, es el desenlace de las revueltas árabes en 2011 y la sectarización de las protestas sociales, primero en Bahréin, donde se registró la primera intervención externa con las tropas saudíes cruzando la frontera para reprimir a los manifestantes en la plaza de Mana -a quienes la monarquía de los Al Khalifa acusó ser agentes de Irán- y sobre todo la guerra civil en Siria, donde la represión feroz del régimen a las primeras movilizaciones generó una reacción violenta de parte de los opositores y el conflicto muy pronto reavivó el resentimiento de la mayoría Sunni contra la familia de Al Asad proveniente de la minoría Alawita.