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La socialdemocracia criolla

El actual giro a la izquierda en América Latina trae una novedad absoluta: el estreno de gobiernos de tipo socialdemocrático en Brasil, Uruguay y Chile, que aunque asumen rasgos propios guardan semejanzas con los congéneres europeos. A diferencia de otras experiencias de la región, en estos países gobierna una izquierda institucional, con partidos bien establecidos, que operan en sistemas de partidos relativamente institucionalizados, plurales y competitivos, asumiendo las reglas de la democracia representativa y las restricciones de la economía capitalista en mercados abiertos, pero impulsando al mismo tiempo un reformismo moderado. Los tres gobiernos tienen un potencial socialdemocrático diverso, en función de sus recursos políticos, cultivando en todo caso el compromiso entre capitalismo y democracia, en busca de nuevas formas de desarrollo, que compaginen progreso económico y cohesión social.

La socialdemocracia criolla

En América Latina se registra un acontecimiento histórico. Agrupamientos políticos de izquierda o centroizquierda –progresistas, en un sentido más amplio– acceden al gobierno en un amplio arco de países que incluye a algunos de los más importantes de la región.El giro a la izquierda tiene el carácter de una «ola». No obstante, estos gobiernos muestran una marcada diversidad. Entre ellos hay nuevas composiciones populistas (Venezuela, Bolivia, Ecuador) y también gobiernos que recrean las manifestaciones precedentes del nacionalismo popular (Argentina y, eventualmente, Panamá). Ambas figuras presentan singularidades relevantes, pero se inscriben en el viejo tronco del populismo, un fenómeno recurrente en América Latina en distintas fases históricas y que ha asumido distintos signos políticos.

Al mismo tiempo, esta temporada registra una gran novedad: el estreno de gobiernos de tipo socialdemocrático en Brasil, con Luiz Inácio Lula da Silva; en Chile, con Ricardo Lagos y Michelle Bachelet; y en Uruguay, con Tabaré Vázquez. Se trata de fórmulas inéditas en nuestra región, que presentan rasgos propios de su condición periférica, específicamente latinoamericana, pero que pueden compararse con los referentes europeos clásicos. En particular, encuentran similitudes con las experiencias socialdemocráticas tardías que surgieron a partir de los 70 en España, Portugal y Grecia, las cuales sobrevinieron –como las nuestras– al paso de una doble transición: luego de las respectivas transiciones democráticas y en el surco de la transición liberal, fuera de los círculos virtuosos de la era keynesiana y a la hora de un nuevo empuje de la globalización.

Las experiencias de esta socialdemocracia criolla, que trata de encontrar su camino en Brasil, Chile y Uruguay, tienen diferencias palpables. Las tres son resultado de rutas políticas diferentes y muestran configuraciones gubernamentales muy diversas, con posibilidades variadas de continuidad e innovación: transitan una senda posneoliberal y enfrentan el desafío de labrar un nuevo paradigma, que no viene diseñado de antemano sino que –como es usual en los recodos de la historia– se forja sobre la marcha, sin que medie un libreto acabado.

La izquierda institucional

Para clasificar a los gobiernos de izquierda atendemos a su naturaleza política: fundamentalmente, el tipo de partido o movimiento en el poder y, como variable basal, la fisonomía de cada sistema de partidos, su nivel de competitividad y su grado de institucionalización, lo cual remite a su vez a rasgos diferenciales en el gobierno presidencial, los estilos de liderazgo y la calidad de la democracia. En el arco que va de los populismos a las figuras socialdemocráticas, observamos las estructuras políticas, el balance de poderes partidarios y la efectividad de la competencia como condicionantes principales de la forma de llegar al gobierno y de la forma de gobernar.

De manera muy esquemática, cabe decir que en América Latina encontramos izquierdas sin partidos o con partidos, que actúan en sistemas de partidos relativamente fuertes o en sistemas débiles o en colapso, y en el marco de democracias que exhiben distintos grados de competencia efectiva. Todo esto genera consecuencias importantes en los procesos electorales, las prácticas de gobierno y la consistencia de la oposición.

Por definición, los gobiernos socialdemocráticos están protagonizados por una izquierda que cabe considerar institucional en dos sentidos. El primero es el grado de institucionalización que presentan los partidos de izquierda que forman el gobierno: el Partido de los Trabajadores (PT) en Brasil, el Partido Socialista (PS) en Chile y el Frente Amplio (FA) en Uruguay. El segundo es que tales partidos están integrados a la competencia electoral y al régimen democrático republicano, en el seno de sistemas de partidos plurales y competitivos, más o menos institucionalizados.

El primer punto –la institucionalización de cada partido– responde desde luego a los trazos generales del sistema de partidos, pero tiene una dinámica propia y características específicas. A su vez, los tres partidos mencionados tienen formatos políticos distintos, que llevan la marca de su modelo genético y que reflejan los cambios suscitados ulteriormente por la competencia inter- e intrapartidaria.

Se trata, en los tres casos, de partidos bien establecidos, que llegaron al gobierno con más de 20 años de antigüedad y tras sobrevivir a las vedas autoritarias. Son partidos muy estructurados, que se foguearon en la oposición y en la conducción sindical, que han mantenido su representación parlamentaria por periodos relativamente prolongados y que compitieron en varias elecciones presidenciales. Todo esto posibilitó acumulación de experiencia y responsabilidad en base a un aprendizaje democrático. Este aprendizaje, que viene de la historia, se desplegó en las fases de transición y está marcado por las lecciones que dejaron las dictaduras y los sucesos críticos que condujeron a ellas. En la fase siguiente, ya en democracia, se fueron desarrollando las elites partidarias y construyendo liderazgos que se afirmaron primero en las filas del partido para adquirir luego reconocimiento nacional.

La longevidad, asociada a la continuidad y la aptitud de adaptación frente a los cambios, es un indicador del grado de institucionalización partidaria. Se trata de un factor que contribuye a delinear distinciones entre las actuales izquierdas gobernantes, como se sintetiza en el cuadro 1, donde se aprecia que los partidos de izquierda de Chile, Uruguay y Brasil se encuentran entre los más longevos y los que enfrentaron un mayor número de elecciones antes de acceder al poder.

Los tres partidos viven en sistemas de partidos plurales y competitivos, relativamente institucionalizados. Esto constituye otro factor definitorio, que delinea una pauta de evolución política que resulta positiva para el conjunto del sistema y para el propio partido de izquierda en carrera. La institucionalización significa que los sistemas adquieren estabilidad y son valorados como tales, por sus propios integrantes y la ciudadanía, de modo que los partidos y las contiendas electorales gozan de reconocimiento y legitimidad, como resortes de representación política y arbitraje democrático. Ello implica también cierta continuidad en los patrones de competencia y los alineamientos políticos, con volatilidad electoral moderada.