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La oposición boliviana, entre la «política de la fe» y la «política del escepticismo»

Las derechas bolivianas se dividen, según una geometría variable, en dos tipos: una denegatoria y otra dialogante con el proceso dirigido por Evo Morales. En las últimas elecciones, el 12 de octubre de 2014, estos dos espacios fueron representados respectivamente por el ex-presidente Jorge «Tuto» Quiroga y por el empresario y ex-constituyente Samuel Doria Medina. Ambas derechas deben hacer política bajo el nuevo orden que se ha ido consolidando en el país. El desafío es pasar de una Oposición (con mayúsculas) fuera del nuevo orden establecido, a una oposición con minúsculas, capaz de aspirar a ocupar el gobierno bajo el sistema de alternancia democrático.

La oposición boliviana, entre la «política de la fe» y la «política del escepticismo»

Cuando una sociedad atraviesa procesos profundos de transformación que alteran sus formas de producir y distribuir lo producido, es decir, su forma de resolver el «problema económico», y que en consecuencia desplazan clases sociales hacia el poder o fuera de él, destrozando algunos partidos y encumbrando a otros desde la nada; cuando en su seno se erigen nuevas elites políticas, nuevas elites intelectuales y hasta nuevas elites frívolas; cuando de la noche a la mañana se empoderan y enriquecen sectores que antes vegetaban en la periferia de la «vida social»; en fin, cuando la continuidad histórica se ve abruptamente interrumpida por una crisis más o menos integral, que en algunos casos los historiadores describen como «revoluciones» o «contrarrevoluciones», y en otros como «crisis de posguerra» o «grandes depresiones», en esos momentos aparecen en el escenario político fuerzas y personalidades que los observadores externos querrían agrupar en una suerte de «corte del rey destronado».

Estos individuos y asociaciones, generalmente comprometidos con los gobiernos y las instituciones económicas y sociales del periodo previo al «cataclismo» –que no siempre debe ser extremadamente violento para ser percibido como tal–, son conducidos por sus viejas lealtades y sus nuevos resentimientos, por la lógica agonista de los acontecimientos históricos de la hora, así como por derrotas económicas y políticas específicas, hacia un estado ambiguo y fluido de reproche que convendremos en llamar «Oposición» (con mayúscula).

Usamos la mayúscula para destacar que las fuerzas de Oposición no están institucionalmente insertas en el nuevo sistema político que emerge de la crisis como alternativas de conducción de ese sistema (como sí lo está la «oposición» sin mayúscula). Estas fuerzas no se cuadran a lo sucedido (al «cambio») y quieren revertirlo, en una primera etapa, cuando esto todavía parece posible; después, si no lo logran, quieren socavarlo mientras no se haya asentado plenamente; y cuando finalmente se ha asentado, si esto ocurre, quieren reconducirlo de maneras reformistas o destruirlo radicalmente.

Como se ve, muchas son las posibilidades que se abren ante la Oposición, que así adquiere una geometría variable, es decir, una forma capaz de modificarse en cada momento, como lo hacen las alas de un avión según esté volando o aterrizando. Para los propósitos de este artículo, sin embargo, asignaremos un límite a esta plasticidad y fluidez: diremos que la Oposición es incapaz de convertirse en «oposición», es decir, de ser absorbida por el sistema político emergente, lo que supone una determinada caracterización de este sistema, en la que no entraremos en este artículo; digamos simplemente que implica una mayor rigidez y verticalidad que la democracia liberal «normal».

La metáfora de la geometría variable implica un entendimiento de la política como un juego libre –aun cuando las situaciones en las que se desenvuelva sean constringentes– y, por tanto, como un objeto de análisis cambiante e irregular, es decir, poco modelizable. El gran politólogo conservador Michael Oakeshott decía que la política era la «búsqueda de las insinuaciones de la realidad», y esto es tan válido para ejercitarla como para comprenderla. El dudoso trabajo del análisis político consiste en establecer una relación probable entre estas insinuaciones a fin de atribuirles cierta racionalidad y previsibilidad, e incluso, yendo más allá, encontrarles causas, aunque no se las entienda de forma determinista. Pero la realidad rara vez se insinúa de una forma clara y fácilmente transmisible.

El maravilloso ensayo póstumo de Oakeshott divide el quehacer político en dos grandes tendencias o, para usar las palabras del autor, dos «estilos» de actuación, que denomina la «política de la fe» y la «política del escepticismo»1. Aquí la pregunta obvia es ¿fe o escepticismo en qué? Y la respuesta es: en la propia política, en sus facultades para trastocar lo dado y alterar el curso de la historia, en su capacidad de imponer la voluntad de una generación, un partido o una colectividad al orden heredado. La primera de estas políticas, la de la fe, confía en esas facultades y da por supuesta esta capacidad. La otra duda profundamente de ellas y, en el extremo, las niega. Oakeshott encuentra expresiones de estos dos tipos ideales de política, que considera típicamente modernos, en las prácticas de gobierno, mientras que nosotros los usaremos –esperemos que justificadamente– para clasificar prácticas de Oposición.

La política de la fe: la Oposición denegatoria

Cuando una facción o un individuo de la Oposición hacen política de la fe, es decir, tienen fe en la política, proyectan esta confianza hacia el pasado y el futuro. Al hacer lo primero, consideran que el cambio social que están sufriendo/enfrentando ha sido el resultado de la subjetividad política, es decir, de una maquinación de fuerzas claramente identificables, poseedoras de un plan y de la capacidad de ejecutarlo, que aprovecharon una situación favorable para tomar el poder y, una vez en él, usaron el aparato y los recursos del Estado para construir unas bases de sustentación que ulteriormente les darían estabilidad política. Consideran el proceso del que han sido víctimas como intencional, con insospechadas ramificaciones internas y en el extranjero, operado por objetivos muy concretos (la obtención del poder, el enriquecimiento de determinados grupos, la ejecución de ideologías revolucionarias, el cumplimiento de designios mafiosos, etc.), y por tanto consumado en la «superficie» de la historia; por eso lo encuentran equiparable a otras revueltas previas o, mejor aún, a un golpe de Estado que en este caso no ejecutan los militares, sino unas masas enardecidas que actúan como «rebaños», sin esclarecimiento intelectual, por contagio o «psicología de masas», por pura negatividad respecto al pasado (envidia, rechazo a ciertas ideas y prácticas anteriores, revanchismo frente a pasadas derrotas), es decir, manipuladas por sus líderes que, en cambio, saben muy bien lo que quieren, y que triunfan porque se les da espacio para hacerlo, es decir, justamente, porque hacen política. Pero estos líderes también pueden ser detenidos, cuando no se interponen los blandos o los traidores que los toleran, o cuando se «explican» mejor las razones contrarias al cambio (cuando la Oposición hace, entonces, una mejor política).

  • 1. M. Oakeshott: La política de la fe y la política del escepticismo, Fondo de Cultura Económica, México, df, 1998.