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La mirada de la izquierda europea sobre América Latina y el temor al populismo

Si en los 60 y 70 la izquierda europea miró a América Latina como el lugar en el que se concretaban los sueños de socialismo imposibles en el Viejo Continente, hoy es con cierta perplejidad que se observa el giro político de la región. La llegada al poder de líderes como Hugo Chávez, Evo Morales y Rafael Correa desconcierta a intelectuales y políticos europeos, que recurren a la idea de populismo para definirlos. Pero el populismo es un concepto tan elástico que dice menos acerca de quienes supuestamente lo practican que de quienes lo utilizan peyorativamente, en este caso una izquierda europea que ya no encuentra en América Latina a los «buenos revolucionarios» que admiraba en el pasado.

La mirada de la izquierda europea sobre América Latina y el temor al populismo

Las victorias acumuladas por la izquierda latinoamericana desde los 90 continúan interpelando a los formadores de opinión en Europa. Un aire de déjà vu respiran aquellos que vivieron el entusiasmo suscitado, no solo en el seno de la izquierda, sino también en una parte significativa del mundo académico, por la Revolución Cubana de 1959, por el triunfo de la Unidad Popular en Chile en 1970 o incluso por la toma del poder de los sandinistas en 1979 en Nicaragua. Las experiencias conducidas por Fidel Castro, Salvador Allende o Daniel Ortega constituyeron en su momento modelos de vías originales hacia un «socialismo democrático» que ofrecía una perspectiva radicalmente distinta del «socialismo real» que en aquel momento reinaba en Europa Central y Oriental. Así pues, en Francia, cada proceso revolucionario triunfante en América Latina se convirtió en objeto de intensos debates dentro de la izquierda, que ilustraron a su manera Simone de Beauvoir y Jean-Paul Sartre al responder a la invitación de Fidel Castro en 1960. En aquel momento, el Partido Socialista (PS) francés se encontraba marginado, en un contexto político dominado por el movimiento gaullista, firmemente aferrado al poder, y el Partido Comunista Francés (PCF), principal representante de la clase obrera. En este marco, América Latina se presentaba como una tierra prometida, que mantenía viva la esperanza de generar un proyecto socialista, pero independiente de Moscú y de los intereses de la Guerra Fría. En aquella época, seguramente bajo influencia de un PCF electoralmente poderoso y con el cual se aliaba puntualmente, el PS todavía rechazaba la etiqueta de socialdemócrata. E incluso proponía programas de gobierno ambiciosos en materia de política económica y social, como los que presentó en las elecciones presidenciales de 1974 y 1981.

La socialdemocracia europea en el espejo de América Latina

La izquierda europea actual tiene poco que ver con la de 30 años atrás. El proceso de aggiornamento ideológico al que aludió proféticamente Otto Kirchheimer en relación con el Partido Socialdemócrata alemán, cuando este abandonó toda referencia al marxismo o a la lucha de clases en su Congreso de Bad Godesberg en 1959, finalmente se verificó en casi todos los partidos socialistas y socialdemócratas europeos. E incluso en el PS francés, al que sin embargo muchos de sus socios en Europa juzgan anticuado debido a las reticencias de algunos de sus dirigentes a aceptar a libro cerrado el liberalismo económico. Así, mientras que todos los partidos socialdemócratas apoyaban sin ambages el Tratado Constitucional Europeo (TCE), una minoría de miembros del PS insistía en cuestionar los beneficios de una economía de mercado desprovista de toda restricción significativa. No cabe duda de que para Anthony Blair, Gerhard Schröder, Lionel Jospin y Felipe González –los artesanos de la conversión de la socialdemocracia europea a lo que se define en adelante como el «social-liberalismo»–, esta posición es resultado de un anacronismo que ilustra la incapacidad de los socialistas franceses de aceptar el mundo tal cual es.

Si bien hoy la izquierda europea dirige nuevamente su mirada hacia América Latina con la esperanza de encontrar, como en el pasado, respuestas a sus propios dilemas, no la animan las mismas ambiciones. En el pasado, el Extremo Occidente era una tierra de resistencia armada que permitía augurar un futuro socialista y revolucionario. Las guerrillas victoriosas en La Habana o en Managua mantenían viva una aspiración que en Europa había desaparecido definitivamente al término de los «años de pólvora» cuyo símbolo más resplandeciente fue el Mayo del 68 francés. Tanto en Francia y en Alemania como en Italia, las grandes manifestaciones contra la guerra de Vietnam y las luchas estudiantiles y obreras fueron solo breves primaveras populares sin perspectiva. Por ese entonces, el escritor venezolano Carlos Rangel satirizó la visión idealizada de los intelectuales de izquierda europeos como una nostalgia de utopía orientada a la búsqueda desesperada, en América Latina, de los «buenos revolucionarios» que ya no se encontraban en el Viejo Continente.

En la actualidad, tanto los dirigentes de izquierda como los académicos europeos observan con una profunda perplejidad la efervescencia política de una región a cuyos líderes creían también completamente ganados por las virtudes del mercado. En 1999, Javier Santiso describía la conversión de los «buenos revolucionarios» en «buenos liberales» en el marco de las transiciones democráticas, como procesos «alimentados de decepciones y desencantos respecto de las revoluciones», caracterizados por una «adhesión a una economía política de lo posible, una economía y una política más preocupadas por una ética de las consecuencias que por una ética de las convicciones». Un análisis confirmado por la praxis a la vez pragmática y liberal de jefes de Estado autoproclamados de «izquierda moderna», como el chileno Ricardo Lagos o el boliviano Jaime Paz Zamora.Los protagonistas del ciclo de victorias de la izquierda iniciado a fines de los 90 –aunque comenzó con un Hugo Chávez que en su primera elección reivindicaba la Tercera Vía– a primera vista no tienen realmente nada que ver con sus antecesores. Ya se trate de Luiz Inácio Lula da Silva en Brasil, de Evo Morales en Bolivia, de Néstor Kirchner en Argentina o de Rafael Correa en Ecuador, sus triunfos electorales pueden percibirse como la expresión nacional de un rechazo a los efectos de las políticas económicas neoliberales que es común al conjunto del subcontinente. Todos exhuman también una retórica nacionalista y desarrollista que 20 años de ajuste estructural y privatizaciones parecían haber vuelto obsoleta para siempre. Sin embargo, se sigue queriendo contraponer a los dirigentes de esta nueva izquierda latinoamericana, a punto tal que el discurso sobre las «dos izquierdas» se ha vuelto una antífona repetida hasta el cansancio tanto en el campo político como en el intelectual. En junio de 2006, el ex-canciller mexicano Jorge Castañeda afirmó en una entrevista: «Hay dos izquierdas: una es moderna, abierta, reformista e internacionalista, y procede, paradójicamente, de la izquierda radicalizada del pasado. La otra, nacida de la gran tradición del populismo latinoamericano, es nacionalista, estridente y sectaria». Aunque proceda de un intelectual latinoamericano, este análisis es representativo de lo que se dice y se escribe en Europa. Una prestigiosa revista francesa de ciencias sociales dedicada a América Latina consagró un dossier a las «izquierdas de gobierno», opuestas, por supuesto, a las «izquierdas de rechazo». La dicotomía ha generado tal consenso que pocos cientistas sociales se animan a correr el riesgo de relativizarla.