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La izquierda después de la «tercera vía»

La presencia de los partidos de izquierda en el gobierno de los países de Europa occidental ha ido disminuyendo, lo que marca el fin del ciclo de la izquierda tecnocrática y reformista al estilo «tercera vía». Este fracaso se explica por el impacto negativo de la globalización y la europeización sobre su electorado tradicional, por las promesas incumplidas de la revolución educativa y por la falta de respuestas ante fenómenos sociales fundamentales como la inmigración. Para recuperar terreno, la izquierda deberá reorientar su estrategia, desembarazándose del economicismo cerrado sin abandonar la apelación estratégica al centro de la sociedad. Solo así podrá enfrentar con éxito los desafíos del conservadurismo light.

La izquierda después de la «tercera vía»

Ernst Hillebrand

La presencia de los partidos de izquierda en el gobierno de los países de Europa occidental ha ido disminuyendo, lo que marca el fin del ciclo de la izquierda tecnocrática y reformista al estilo «tercera vía». Este fracaso se explica por el impacto negativo de la globalización y la europeización sobre su electorado tradicional, por las promesas incumplidas de la revolución educativa y por la falta de respuestas ante fenómenos sociales fundamentales como la inmigración. Para recuperar terreno, la izquierda deberá reorientar su estrategia, desembarazándose del economicismo cerrado sin abandonar la apelación estratégica al centro de la sociedad. Solo así podrá enfrentar con éxito los desafíos del conservadurismo light.

Los partidos de centroizquierda de Europa occidental están en crisis. Desde principios de los 90, cuando la izquierda aún ejercía el gobierno en muchos países europeos, su presencia en el poder ha ido decayendo. En varios países, entre ellos Alemania, su papel se limita al de socio menor de gobiernos de coalición con predominio conservador. Jefes de gobierno de orientación conservadora ejercen el poder incluso en cuatro de los cinco países escandinavos, que muchos observadores consideran como sociedades socialdemócratas por excelencia.

Lo más inquietante de todo esto es que esta tendencia no refleja solo las oscilaciones habituales de las preferencias políticas. Los partidos de centroizquierda pierden votos en favor de sus tradicionales contrincantes de centroderecha, pero también, cada vez más, frente a partidos populistas de derecha o de extrema derecha de reciente formación. En algunos casos, el arraigo de estos partidos entre los votantes tradicionales de la izquierda ha alcanzado niveles alarmantes: en la primera vuelta de las elecciones presidenciales francesas de 2002, Jean-Marie Le Pen se convirtió en el candidato más votado por los asalariados del país.

El proyecto de la nueva izquierda reformista

Las derrotas electorales de los últimos años marcan el fin de un ciclo político-ideológico: el proyecto tecnocrático y centrista al estilo de la «tercera vía» de Gran Bretaña, el «nuevo centro» de Alemania o la «triangulación» de Bill Clinton, tan exitoso durante muchos años, ha llegado a su límite.

Este proyecto se caracterizaba por una adaptación exitosa de los partidos de izquierda a la política y la economía globales. Fue la expresión de una interpretación acertada del espíritu de la época y permitió que, desde la segunda mitad de los 90, los partidos de centroizquierda se afirmaran como la fuerza política predominante en Europa. Compartían aspectos programáticos similares: la combinación entre una posición moderadamente neoliberal en lo económico y fiscal, la insistencia en un papel limitado pero activo del Estado, y una perspectiva liberal progresista con respecto a cuestiones culturales y de valores que, al ser presentadas como evidencia simbólica de una convicción progresista, adquirieron un peso político importante.

Los aspectos más relevantes del proyecto de esta «izquierda tecnocrática reformista» en Europa occidental fueron, en principio, las reformas del Estado social, con énfasis en reformas en el mercado laboral y la reducción o redefinición de las prestaciones sociales, la disminución de los elementos redistributivos en los sistemas tributarios y la privatización de empresas y servicios públicos en áreas no esenciales, con el fin de reducir el déficit fiscal. Al mismo tiempo, se propició una adaptación de la economía y de los sistemas de previsión al espacio europeo: profundización del mercado interno, políticas europeas de desregulación y competencia, moneda única y fuerte restricción de las políticas industriales nacionales.

La oferta política se orientó hacia el centro y hacia la clase media. Los partidos de centroizquierda se presentaron ante estos grupos como los gestores más eficaces del capitalismo. Esta reorientación fue necesaria para ampliar la alianza electoral y recuperar la posibilidad de convertirse en mayoría. Partió del supuesto de que los votantes tradicionales de los partidos de centroizquierda no tendrían otras opciones a las que apoyar y que, a largo plazo, los respaldos sociales tradicionales de la izquierda –los sectores obreros y la clase baja de la era industrial– se desintegrarían como consecuencia del pasaje a una economía de servicios posindustrial.

Paralelamente, la educación fue ubicada en el centro del proyecto político. Se le asignaron algunas tareas que excedían el papel clásico de las escuelas y las universidades. En el nuevo proyecto, la educación asumió el rol que la política fiscal redistributiva había cumplido en la posguerra como instrumento fundamental de la estrategia reformista. De ahora en adelante, las inversiones en educación tenían que aportar soluciones a los problemas de justicia social, desempleo y competitividad internacional.

Las causas del fracaso

Estas políticas permitieron a los partidos progresistas atravesar tres lustros ganando elecciones y con gobiernos bastante exitosos. Sin embargo, en la actualidad, esta oferta política ya no resulta lo suficientemente atrayente para generar mayorías y garantizar victorias electorales.

Uno de los problemas que explican esta situación es el impacto negativo de la globalización y la europeización (como versión específicamente europea de la internacionalización) sobre la situación económica relativa de los trabajadores. En los últimos 25 años, la cuota salarial –es decir, el porcentaje del producto total de una economía que corresponde a sueldos y salarios– ha decrecido continuamente en la Unión Europea, pasando de 72,1% a 68,4%. Al mismo tiempo, el número de personas con trabajo aumentó: la tasa de empleo pasó de 61,2% a mediados de la década de 1990 a 64,5% en la actualidad. Esto significa que un número creciente de empleados debe repartirse un volumen decreciente de salarios. Paralelamente, aumentó la desigualdad del ingreso. En muchos países de Europa occidental, el Coeficiente de Gini ha ido empeorando desde los 80. A raíz de estas tendencias, el compromiso central de la izquierda reformista de representar mejor los intereses económicos y sociales de la «gente humilde» mediante la aplicación de una política técnicamente eficiente y de reformas «factibles» perdió credibilidad.

De la misma manera, perdió aceptación la segunda respuesta de los partidos de centroizquierda ante los cambios económicos: la promesa de crear un espacio económico europeo integrado que estableciera un marco novedoso y eficiente para la política social y económica. En la actualidad, muchos ciudadanos tienen una visión negativa de la Unión Europea, no solo en Francia y los Países Bajos, donde fracasaron los plebiscitos sobre la Constitución. Y no se trata de una reacción irracional: si bien la UE actuó exitosamente como instrumento de política exterior y de paz, sus avances en materia de crecimiento económico y desempleo son insuficientes.

Las promesas de la «revolución de la educación» se revelaron vacías. Según estadísticas oficiales, en Europa el desempleo juvenil se ubica en 18,7%, aunque el porcentaje real podría ser más elevado. La posibilidad de que los europeos nacidos en hogares pobres alcancen los escalones más altos del sistema educativo no ha mejorado (por el contrario, tendencialmente está empeorando), y el porcentaje de estudiantes con formación secundaria completa sigue casi igual que hace 20 años. Paralelamente, el financiamiento insuficiente ha minado la calidad de los títulos universitarios. Los nuevos empleos no se crean en los sectores bien remunerados de la economía de servicios, sino en la base: en la Gran Bretaña de los 90, la profesión de peluquero creció más que ninguna otra. En la Europa de hoy, los jóvenes, incluso aquellos con una buena formación, padecen tasas de desempleo superiores a la media y su ingreso se ubica por debajo del promedio: en Gran Bretaña, entre los menores de 30 años, 37% son estadísticamente «pobres»; en Alemania, 42%; en los Países Bajos, 49%.

Al mismo tiempo, han surgido novedosos desafíos sociales, para los cuales la izquierda no ha encontrado respuestas adecuadas. Esto vale sobre todo para el tema de la inmigración. El concepto de «sociedad multicultural», núcleo ideológico de la respuesta de la izquierda a la inmigración masiva en Europa, fracasó. Este concepto creó sociedades fragmentadas y guetos de minorías marginadas que no se han integrado exitosamente. Al mismo tiempo, las frustraciones, tanto de los «viejos europeos» como de los inmigrantes, se han intensificado. Esto es especialmente cierto para los inmigrantes procedentes de países islámicos, entre cuyos descendientes de segunda y tercera generación se observan a menudo posiciones mucho más hostiles hacia las sociedades occidentales que entre los de la primera. Durante años, la izquierda se negó a discutir esas tendencias y las convirtió en un tabú. Eso explica que hoy la inmigración sea el tema respecto del cual los activistas y los funcionarios de los partidos de centroizquierda se encuentran más alejados de las opiniones y manifestaciones de su electorado tradicional.

Otro problema que debe enfrentar la izquierda es el discurso pasivo ante las tendencias globalizadoras e internacionalizadoras. La izquierda reformista y tecnocrática sostenía que solo quedaba adaptarse, como individuo y colectivo, a esas tendencias, ya que no pueden ser detenidas o modificadas. Este discurso refleja cada vez menos el sentir de la población, que aspira a que los Estados-nación asuman un papel más proactivo que el que les asignaba la nueva izquierda. En muchos países se vive un proceso de renacionalización emocional radicalmente opuesto al discurso proeuropeo y favorable a la globalización.Existen indicios de un paulatino cambio de valores que los partidos de centroizquierda no saben entender ni han logrado aprovechar políticamente. El espíritu de la época (Zeitgeist) parece inclinarse hacia posiciones más conservadoras. Según algunas encuestas, se registra un desplazamiento del barómetro de valores hacia posiciones más tradicionales. Como consecuencia, existe una creciente percepción crítica del liberalismo sociocultural y del relativismo de valores característicos de las sociedades hedonistas occidentales de las últimas décadas (y muy importantes para los tecnócratas de centroizquierda como prueba de su continua orientación «progresista»). Cada vez más, la derecha se hace eco de este estado de ánimo: en su exitosa campaña electoral, Nicolás Sarkozy dedicó mucho tiempo al «ajuste de cuentas» con la Generación del 68.

Como resultado de estos problemas, en la actualidad los partidos de centroizquierda de muchos países de Europa occidental se encuentran distanciados de una parte sustancial de su electorado tradicional. Justamente es con los sectores más humildes de la sociedad con los cuales estos partidos ya no saben comunicarse ni relacionarse culturalmente: no hablan su idioma ni comparten sus preocupaciones y problemas. En las zonas desfavorecidas de muchas ciudades europeas, las fuerzas políticas de centroizquierda prácticamente ya no cuentan con organización ni infraestructura. Este vacío está siendo ocupado por los nuevos movimientos populistas de derecha, que son utilizados en forma creciente como un vehículo para manifestar la frustración y que son percibidos como fuerzas dispuestas a ocuparse de aquellos problemas cotidianos que los partidos mayoritarios –sobre todo de izquierda– no quieren ver.

Los partidos de centroizquierda no encuentran respuestas a la pérdida de credibilidad de su discurso tecnocrático, el cual ha minimizado el potencial emancipador de la política y ofrecido solo una adaptación sin alternativas a la realidad «posmoderna» en lo económico, social y cultural. En ese contexto, una investigación de la Fundación Jean Jaurès, cercana al Partido Socialista francés, sobre las condiciones de vida de los «sectores populares» en Francia, cita a un habitante de una banlieue francesa: «No somos nosotros quienes nos hemos vuelto apolíticos; son los políticos quienes le han dado la espalda a la política». Por primera vez en décadas, se vislumbra el quiebre de la alianza social estratégica entre la clase baja y la clase media baja a partir de la cual los partidos progresistas de Europa se convirtieron en mayoritarios.

Se necesita un nuevo proyecto

Ante esta situación, la centroizquierda se ve obligada a formular un nuevo proyecto capaz de conquistar a las mayorías. Para ello deberá desembarazarse del economicismo cerrado de la «tercera vía», sin abandonar la apelación estratégica al centro. No puede haber un repliegue hacia los conceptos de los 70 y 80. Se necesita un discurso político que no solo interprete correctamente las ambiciones de la población –uno de los puntos fuertes del proyecto tecnocrático reformista que no se debería abandonar–, sino también que se ajuste a sus crecientes temores en un mundo cada vez menos previsible. Debe poner fin a la estigmatización de determinados grupos de la sociedad («perdedores de la modernización», «conservadores del statu quo») y reconocer que, para muchas personas, los últimos años han dejado un saldo negativo en términos económicos y sociales.

Al mismo tiempo, será ineludible que la izquierda deje de lado algunos tabúes ideológicos, sobre todo en relación con la cuestión de la inmigración. En este tema, más que en cualquier otro, la izquierda se ha negado a enfrentar las realidades sociales, lo que ha contribuido a alejarla de su electorado tradicional. La izquierda, además, debe buscar una nueva posición respecto al Estado-nación y la temática de la identidad nacional. En los últimos cien años, ha utilizado al Estado-nación como el instrumento central para lograr sus objetivos políticos y sociales y hasta el momento no ha encontrado un sustituto capaz de cumplir esa función. Hoy muchas personas esperan que el Estado-nación recupere un papel más activo, actuando como «protector» contra la globalización y no como su ejecutor, como durante los gobiernos de la «tercera vía». Se trata de una tarea compleja: formular un reclamo positivo sobre el Estado-nación, pero sin dejar de profundizar la integración europea. En última instancia, la izquierda debe volver a desarrollar proyectos políticos que beneficien a su electorado. Durante los últimos años, ha optado por ubicar los espacios de construcción de políticas exclusivamente en la esfera de los temas socioculturales. Al mismo tiempo, las cuestiones económicas, fiscales y político-institucionales (duras) fueron declaradas «zonas prohibidas». A la luz de la creciente desigualdad y del bloqueo de las posibilidades de ascenso social de las clases baja y media baja, esto tendrá que cambiar.

Un dilema adicional: la derecha también se renueva

Además de los desafíos señalados, las fuerzas progresistas deben enfrentar una amenaza adicional: la derecha también se renueva. En los últimos años se ha alejado del neoliberalismo radical para recuperar espacio en el centro de la sociedad.

El «retorno al centro» de los conservadores se observa en varios países: George W. Bush ganó dos campañas electorales con la promesa de un conservadurismo compasivo (compassionate conservatism); los conservadores suecos, bajo la conducción de Fredrik Reinfeldt, aceptaron no abandonar el Estado social y, de esta manera, ganaron las elecciones contra el Partido Social Demócrata; la Unión Demócrata Cristiana (CDU) alemana, luego de su casi debacle electoral de 2005, resultado de su campaña de inspiración neoliberal, ha vuelto a una orientación de centroderecha más tradicional; en Gran Bretaña, el Partido Conservador, liderado por David Cameron, logró una reorientación muy sorprendente (y exitosa, según las encuestas) que incluyó la promesa de realizar inversiones públicas, mantener el sistema estatal de salud y defender la ecología y el matrimonio entre personas del mismo sexo; por último, durante la campaña electoral en Francia, Nicolás Sarkozy no solo recalcó la «dignidad del trabajo» y la laicidad de la república, sino que se refirió también a Victor Hugo y Léon Blum, figuras sagradas para la izquierda. La estrategia del nuevo conservadurismo light ya no pasa por el rechazo a los objetivos del proyecto de centroizquierda –previsión y solidaridad social con límites, énfasis en la igualdad de oportunidades educativas y en los derechos de las minorías–, sino por un cuestionamiento al camino elegido para concretar tales objetivos. Según este enfoque, el Estado no es el instrumento idóneo para alcanzarlos; el mercado, la oferta privada y el compromiso voluntario serían más apropiados.

Paralelamente, se relativizan las diferencias en materia de política económica y financiera, por lo menos en los países con gobiernos de centroizquierda exitosos. Una vez más, la estrategia de este nuevo enfoque de la derecha consiste en centrar la crítica en una supuesta burocratización excesiva y en los problemas técnicos: la política de la izquierda ofrecería poco value for money o, más directamente, estaría mal hecha. En aquellos países en que los gobiernos de centroizquierda lucharon con éxito contra el desempleo, como Gran Bretaña o Estados Unidos durante la gestión de Clinton, se señala una supuesta exageración de la importancia de la política para la creación de fuentes de trabajo. El sector privado –se argumenta– se encargaría de ello.

En el fondo, se trata de la versión conservadora del eslogan del Partido Socialdemócrata alemán durante la campaña electoral de 1998 contra Helmut Kohl: «No cambiaremos todo, pero mejoraremos mucho». Hoy la nueva «derecha blanda» promete: «No cambiaremos todo, pero mejoraremos mucho... con menos fondos». Hasta el momento, los partidos de centroizquierda no han encontrado una respuesta eficiente a este conservadurismo light. Al parecer, la oferta de una política económica y social similar a la de la izquierda tecnocrática, sin sus particularidades en materia social y cultural, resulta bastante atrayente.

Una eventual contraestrategia deberá atacar muchos frentes, de los cuales el papel del Estado es el más importante. En este punto sí hay una diferencia entre las visiones de la nueva derecha y la nueva izquierda, particularmente cuando se trata de la cuestión del rol del Estado en la producción de las prestaciones sociales y bienes públicos (public goods). Hay claros indicios de que, en tiempos de creciente incertidumbre, muchas personas prefieren un Estado fuerte y activo, en lugar de un sistema en el cual las prestaciones sociales pasen de la esfera de los derechos ciudadanos a la esfera de lo arbitrario, selectivo y asistencial de los sectores comerciales y no estatales. En tiempos de incertidumbre vital y profesional, la izquierda debería poder ganar esta pulseada. Pero será igualmente importante romper dos ventajas electorales adicionales de la derecha: la monopolización de la Nación y el posicionamiento sincero con respecto a los problemas ligados a la inmigración.

Los partidos establecidos de derecha y de izquierda ya no disponen de mucho tiempo para formular nuevos proyectos políticos. La crisis de representación comienza a superar a los partidos y afecta, cada vez más, la legitimidad del sistema político en general, cuyo carácter democrático y participativo está siendo cuestionado: una encuesta de Gallup de fines de 2006 reveló que solo 30% de los británicos, 28% de los italianos, 21% de los franceses y un alarmante 18% de los alemanes respondieron afirmativamente a la pregunta de si «su país está gobernado según la voluntad del pueblo».